22/09/09

Directriz para "Rusas" "El regalo" y "Hartos de Dios"

Esclavos

RUSAS

Madrugada

- Mátala joder, lo ha visto todo, mátala.
El chico sujetaba la cabeza de la muchacha contra el suelo de gres, el revolver fijo en la sien.
- Te digo que dispares Panchito de los cojones.
Alina intentaba no tragar la sangre que fluía del interior de su nariz, la obstruía la garganta y sentía que se asfixiaba, quería escupirla, pero la fuerte presión que ejercía el colombiano contra las baldosas se lo dificultaba, veía a través de una bruma por la estrecha abertura de los parpados inflamados por los golpes, aun así intentaba no perder de vista el cuerpo inerte de Yurdana. Por sus muslos sintió que descendía un fluido caliente, quizás fuera orín, lo deseó.
- Llamemos a Carlos, que él decida.
Estaba muy alterado, no era fácil verlo así, a pasos cortos y rápidos recorría de lado a lado la estancia como oso en jaula, intentando teclear en el móvil una clave numérica que se le resistía. Alina escuchó alguna frase suelta de la frenética conversación que Charly sostenía, - la morena - , - se nos fue de las manos - , - sí, seguro, no respira - , y pudo ver con dificultad como Charly pasaba sobre el cuerpo de su amiga y ofrecía el teléfono al hombre que la inmovilizaba.
- Alo, sí jefe, OK, OK, no hay problema, OK entendido.
Alina notó con cierto alivio que el hombre la soltaba del cabello y retiraba el arma de su cara, después oyó un ruido de acople de mecanismos y la presión del cañón del arma, esta vez sobre la nuca, escuchó: adiós Alina, y no supo si la voz provenía de uno de los dos hombres o de su padre cuando de amanecida la besaba en la frente antes de salir hacia el trabajo. Apretó los dientes, cerró los ojos. Un impacto seco retumbó en la habitación.

Tarde.

El golpe fue duro y seco, pero no causó el efecto fulminante que esperaban.
El enorme hombretón se quedó unos segundos desconcertado sin comprender qué había sucedido. El sabor agridulce de la sangre, que brotaba con fuerza y caía desde la nariz sobre las baldosas pareció alertarle de lo que sucedía, pero ya era tarde. Un nuevo impacto de la barra de hierro, de nuevo sobre la cabeza le hizo hincar las rodillas. La expresión denotaba un estado de semiinconsciencia. Charly estaba noqueado.
- Déjalo Alina y vámonos, rápido.
La muchacha no pareció oír a su compañera, totalmente encorelizada volvió a levantar el duro metal sobre la cabeza, jadeaba y sus ojos, muy abiertos, reflejaban desesperación.
- No Alina, no. Su amiga rodeo su frágil cuerpo con un abrazo que inmovilizó el arma. Tú no eres así Alina, déjalo ya y huyamos.
Intento zafarse de los brazos de su amiga contorsionándose, bramando, sacudiéndose y tras unos segundos de pueril esfuerzo desistió. Su compañera la soltó y asió con ambas manos su cara angelical, un rostro embadurnado de sudor, lágrimas y rimel en el que destacaban unos ojos profundos que miraban sin ver.
- Tú no eres así, Alina salgamos de aquí.
- Acercó tanto su cara a la de su amiga que podía sentir sus jadeos, presionó un poco más las manos sobre las mejillas y agitando levemente la cabeza intento que fijara los ojos en los suyos.
- Tú no eres así, Alina.

El sonido metálico de la barra contra el suelo pareció sacar a la muchacha del estado hipnótico en que se encontraba.
- Huyamos ahora, Alina, huyamos.
Elena tomó la mano de su amiga y salieron del local apresuradas. La luz del sol de mediodía las deslumbró. Fuera sólo se encontraba el coche de Charly. El calor plomizo de verano caía a plomo sobre los campos recogidos de cebada. Atrocharon en dirección al pueblo. Estaban solas, solas por primera vez desde que salieron de casa.

Mediodía

- No llores más muchacha, te he dicho que serán solo un par de meses, después volverás otra vez con nosotros y por esas fechas ya estará casi pagada la deuda y tú y tu amiga os podréis ir a vuestro puto país a moriros de hambre.
- No Carlos por favor no me he separado de Alina en todo este tiempo no lo soportaré.
No tenia demasiado claro si le incomodaba más el hablar de negocios en la mesa o que una puta le insistiera reiteradamente sobre una decisión que tenía tomada de antemano y que no iba a cambiar por nada en el mundo. Intentaba mantener la sonrisa plácida y el gesto sereno pero la jodida rusa llevaba toda la comida rogándole aunque ya había dado el asunto por zanjado. Le estaba cuestionando su autoridad con tanto lloriqueo delante de los hermanos Chamorro, ¿que iban a pensar estos de él?, noto calor en la cara y temió que se le notara el enojo.
- Por favor no me separes de Alina, estoy dispuesta a alargar el plazo dos meses más si tú quieres, pero déjame aquí.
Quiso decir algo más pero un bofetón con el revés de la mano del proxeneta se lo impidió, cayó aturdida al suelo.
- Sácala de aquí Charly. Id al Club y que se prepare para el viaje.
Se tiró elegantemente de las mangas de la camisa que se habían escondido bajo la chaqueta por el brusco movimiento. Perdonadme, no sé que le pasa, debe estar algo nerviosa por el cambio pero os aseguro que se portará bien.
- Claro Carlos, no te preocupes, es normal que esté algo nerviosa, ya se le pasará.
Charly salio del comedor sujetando a la chica por las axilas. Sangraba. El anillo de Carlos le había hecho un corte bajo el parpado. Alina salió tras ellos.

Mañana

Estaba en casa, en su casa, todo estaba allí en su sitio, igual que el día de la partida. El banco de hierro en que conversaba con sus amigas y algún que otro pretendiente. No fallaba nunca. Ese banco de patas finas y forja voluptuosa, desde donde veía a su madre cuando la llamaba para que subiera a cenar, podía verlo e incluso palparlo, siempre el mismo banco, a Alina le intrigaba el por qué, luego, la luz ocre del atardecer resaltaba la figura de su hermano en la estación. Oleksander también aparecía ineludiblemente, el sueño era recurrente, y sabía que no tenía otra opción que abrir los ojos.
Despertó angustiada, lo cual no era una novedad. Supuso que sería mediodía por como se adivinaba la claridad tras la persiana de madera, el cuarto olía a humedad, humo y whisky barato. Le costó incorporarse en el sucio colchón de lana en el que yacía. En la penumbra pudo distinguir los cuerpos de las dos mujeres que aun dormían. Se incorporó intentando no hacer ruido, y se dirigió lentamente hasta enfrentarse a un espejo sin marco atornillado a la pared. Su angustia se acentuó, el paso rutinario del tiempo, ya más de dos años de su llegada a España, no lograba que se llegara a acostumbrar a su apariencia actual, aún llevaba el sujetador y el tanga rojo, el rimel le emborronaba gran parte de la cara ensuciándosela sus carnosos labios ya no estaban enmarcados por el carmín económico que le suministraban y el pelo había perdido la suavidad y el brillo que tanto gustaba a su padre, pero sin duda lo que mas detestaba Alina de su aspecto actual eran sus ojos tristes, turbios, apagados, sin vida. Un claxon como sirena de barco empezó a sonar en la distancia creciendo en intensidad conforme se iba aproximando el vehículo al club en el que se hallaban. El camionero, cambio el compás del infernal ruido haciendo tres cortes en el monótono sonido de la bocina justo en el momento en que pasó frente a ellas. Un dolor punzante le atravesó las sienes. Las otras dos chicas se incorporaron asustadas de sus catres. Las descomunales ruedas sobre el pavimento hicieron tintinear los cristales de la única ventana de la habitación, el tremendo alboroto se fue diluyendo según se alejaba el camión
- Que gracioso el hijoputa - exclamó, Daniela, mulata portuguesa, aunque ella, si le preguntaban por su nacionalidad siempre afirmaba que era brasileña, - mala hostia se pegue contra el pilar de un puente.
Lo habían tomado por costumbre, sabían que a esa hora dormían y era una gracia que les hacían, seguro que por la noche se lo recordaría divertido mientras las sobaba con sus asquerosas manos. Las dos chicas se dejaron caer en las camas maldiciendo entre dientes.
- Voy a abrir un poco la ventana, si no os importa, chicas.
- Ábrela jodida rusa, ábrela.
Alina la abrió y tiró de la cuerda enrollando la persiana, el cuarto se inundó de luz y le hizo entornar los ojos. El paisaje era desolador, tras la carretera bacheada y sin arcén, una inmensa llanura manchega seca, sin árboles con algunas naves industriales desperdigadas por ella. Se desplazó con desgana hasta la puerta para comprobar lo que ya sabía, estaba cerrada desde fuera.
Daniela se acercó a Alina que se había dejado caer al suelo y con gran dulzura acarició su cabello con unas manos duras, de mujer de vida difícil y trabajada.
- ¡Eh! mi niña ¿cuándo vas a dejar de llorar?, todas las mañanas lo mismo. No será por haberte dicho rusa, ya sé que no eres rusa mi niña pero no se me queda en esta cabezota mía el nombre del país tan raro del que sois, dímelo otra vez mi niña, que ya no lo voy a olvidar, anda dímelo preciosa.
- Ucrania.
- ¿Ves mi vida? así mejor, ya verás como no se me vuelve a olvidar, grabado para siempre jamás. Se golpeó repetidamente la frente con el talón de la mano.
La llave entro en la cerradura y abrió el doble cierre, un gigante rubio apareció al empujar la puerta.
- Vestíos, rápido, vamos a comer a la capital, a casa de Carlos. Alina y Daniela se levantaron.
- Me has oído Yurdana.
- Si claro Charly, ya me visto. Como un resorte se incorporó en la cama.
El hombre dio media vuelta y bajó las escaleras dejando la puerta abierta.
- ¿De que país somos Daniela?, dijo Yurdana retirándose el cabello enmarañado de la cara.
- De Ucrinia mi vida ya se quedó aquí para siempre. Repitió el gesto de golpearse la cabeza.
Las dos muchachas se miraron cómplices y sonrieron.

Dos años antes.

Cae la tarde en la vieja ciudad de Uzhgorod, hace un viento glaciar que dos jóvenes, cogidas de las manos, parecen ignorar sentadas en un banco de hierro a orillas del río que parte la urbe en dos.
- Es la oportunidad que esperábamos Yurdana, es ahora o nunca.
- No sé Alina, me cuesta mucho decidirme, ¿estás segura que corren con los gastos?
Dice mientras suelta las manos de su amiga y se retira un mechón de cabello negro que se escapa del fruncido pañuelo que le recoge su larga melena.
- Con todos los gastos del viaje y del primer alquiler, luego se lo iremos devolviendo con el sueldo del restaurante, me han dicho que aun así en estos primeros meses podremos, incluso, enviar algo de dinero a casa.
Un muchacho hace sonar el timbre de hojalata desde el otro lado de la calle mientras saluda a las chicas quitándose la gorra sobre su bicicleta. Yurdana se levanta y utiliza sus manos como altavoz.
- Adiós Vassily, será mejor que mires al frente si quieres que te vuelva a entrar la gorra en la cabeza. Se deja caer en el banco con una sonrisa que ilumina su pálida faz.

- Nos merecemos una oportunidad Yurdana, aquí ya sabemos qué pasará, tú te casarás con Vassily y yo no sé con quien pero acabaremos en la fábrica y nos pondremos feas y gordas. Infló los carrillos cuanto pudo en un gesto divertido.
- Lo que no comprendo es que ganan con tomarse las molestias de proporcionarnos el viaje, buscarnos el trabajo y la vivienda. ¿Qué ganan ellos?
- Es un negocio Yurdana, apuesta a que nos cobraran al menos el doble de los gastos, aparte el dueño del restaurante les da una comisión por conseguir trabajadoras. Es un país en crecimiento continuo según me dijeron, la tierra de las oportunidades y la libertad. Hace una larga pausa y la mira queriendo traspasar sus pupilas. Yo cuidaré de ti. Probemos Yurdana, probemos, ¿que podemos perder?
Yurdana se abraza a Alina y siente el calor de la mejilla de su amiga sobre la suya, la arrulla más fuerte y sonríe, el estomago se le contrae y percibe como un vértigo en su interior
Las dos muchachas escuchan el timbre de la bicicleta de Vassily por el extremo de la avenida por donde desapareció minutos antes, le ven aparecer con los pies sobre el manillar, con la sonrisa feliz del enamorado adolescente, se quita y se pone la gorra, rítmicamente al pasar frente a ellas.

EL REGALO

El amor que sentían por sus padres era incuestionable, por eso en las bodas de plata quisieron hacerles un regalo que no olvidaran jamás.

Cuando intrigada, la madre abrió el sobre, vio los boletos de avión, la reserva del hotel y hasta los papeles del auto alquilado. Por fin conocerían el extranjero.

Desde que pasaron la línea de inmigración y terminaron de despedirse agitando las manos, comprobaron que a pesar de los temores y confusiones propios de la inexperiencia, todo estaba organizado y tanto en tierra como en aire, empleados y funcionarios les iban indicando lo qué debían de hacer.

Luego, en aquél céntrico hotel de la ciudad terminaron de valorar el espléndido regalo de sus queridos hijos.

Enseguida establecieron las diferencias para darse cuenta de que allí todo era mucho mejor: autos, luces, escaparates, ¡Todo! Y ¡Cuántas cosas! Y !Qué organización! Eso sí, cada uno a lo suyo, pensando en sus cosas, hablándole al teléfono móvil, o escuchando música con los auriculares puestos. A nadie parecía importarle que cada cual fuera vestido como quisiera según su religión, raza u apetencia. La gente andaba deprisa y absolutamente ajena al resto; tanto si pasaban dos jovencitas tatuadas con la cara llena de piercings, como si dos hombres caminaban agarrados de la mano. Nadie se inmutaba si un ejecutivo comía de pié en la acera, o si otro se afeitaba mientras el semáforo se abría. Daba gusto ver tanta libertad, tanta tolerancia, tanto progreso.

En la mañana un taxi les llevó hacia el Rent a car para recoger el auto alquilado. Se complacieron en el trayecto tratando de reconocer edificios de renombre e imaginar todo lo que les quedaba por ver.

Subidos en el flamante auto comprobaron su estabilidad, seguridad y fácil manejo; realmente disfrutaron del paseo a pesar del desconocimiento de la ciudad. Ya hacia el medio día quisieron detenerse para comer y sobre todo para ir al baño, pero en cualquier lugar donde intentaban aparcar el estacionamiento estaba prohibido, y no fue sino hora y media más tarde cuando pudieron dejarlo en un parking, que, aunque carísimo, resulto bienvenido.

Donde sí se sintieron torpes de verdad fue en la fila del aquel establecimiento de comida rápida, perdidos entre combos, ofertas, cajeras poco comprensivas y clientes impacientes. Echaron de menos su restaurant de siempre, donde les saludaban al entrar, les recomendaban al ordenar la comida y luego les despedían como es debido.

Pero una vez aseados recuperaron el ánimo y después de comer con apetito, que no con gusto, se concentraron en el mapa para regresar al hotel. De nuevo en marcha, se vieron muy rápidamente absorbidos por un torrente de autos en la misma dirección que les llevó hacia un nudo de salidas de la ciudad, varias veces trataron en vano de parar a preguntar, pero una sinfonía de bocinazos les hacía deponer la intención. Como fuera un rato después estaban en una autopista y en dirección desconocida. A la primera ocasión intentaron regresar tomando una salida… para caer directamente en otra autopista. Viendo el hombre de reojo la cara de preocupación de su esposa hizo algún comentario optimista a cerca de la emoción de descubrir los lugares por azar. La mujer trató de sonreír pero permaneció en silencio.

Ya anochecía cuando en una de las bifurcaciones vieron el cielo abierto en forma de estación de gasolina con una pequeña cafetería. El hombre consiguió repostar después de tres visitas al interior para que la empleada le explicara con fastidio el proceso de poner la tarjera de crédito en el surtidor, esperar la autorización, seleccionar el tipo de combustible y auto servirse. Complicadísimo para un hombre acostumbrado a echar gasolina sin siquiera bajarse del auto con un empleado que si lo requería le miraba el aceite, el agua y hasta le limpiaba los cristales, y al que con gusto le dejaba propina. Finalmente después de repostar, cenaron con el sándwich y el café aguado que les ofrecieron en la cafetería sin pasarles desapercibida la similitud con tantas escenas de película acumuladas en su memoria. Después la camarera les explicó lo mejor que pudo el itinerario de vuelta a la ciudad y lo intentaron.

A la una de la madrugada, ya con la autopista casi vacía alcanzaron a ver las luces traseras de un camión y lo siguieron cuando éste tomaba un desvío que les llevó a un pequeño hotel de carretera. Convinieron que descansarían unas horas; a la luz del día todo sería mucho más fácil. Aún así, la mujer murmuraba haciendo alusión a la faena de tener que pagar una noche de hotel teniendo el suyo en la ciudad.

Después del frugal desayuno que ofrecía el motel, pusieron toda la atención en las explicaciones que con un español muy precario, el recepcionista, posiblemente árabe de origen, les daba con el mapa abierto para el camino de regreso. Aún así y como medida preventiva se abastecieron de panecillos y botellitas de agua.

Dos horas después de salir supusieron que debían estar llegando a juzgar por la cantidad de salidas que anunciaban los carteles, sin embargo esta vez decidieron continuar hasta que la autopista les vomitara a la ciudad, pero eso no sucedió y continuaron kilómetros y kilómetros hacia ningún sitio. Ni la mujer podía ya disimular el llanto, ni el hombre podía consolarla. Y giraban tratando de cambiar de sentido y volvían a ponerse en ruta, siempre perdidos y siempre con la sensación de ya haber pasado por ahí. Ya casi de noche, el fatigado conductor recordaba en silencio que a esas horas sus amigos estarían en plena partida de dominó y tomando lo de siempre.

Se habían convertido en esclavos de la autopista. Hicieran lo que hicieran daba igual, siempre terminaban circulando por ella.. Nadie se fijaba en ellos, nadie los ayudaba, nadie los extrañaba; en realidad, a nadie le importaba si en ella vagaban por toda la eternidad. Eran dos almas entregadas a su destino errante. Habían entrado en una especie de trance en el que sólo existían líneas, asfalto y fatiga.

Con las inequívocas luces rojas y azules de la policía tras ellos, recuperaron eufóricamente la esperanza. El hombre de inmediato frenó, tocó el claxon y bajó la ventanilla agitando el brazo con vehemencia. Cuando se detuvieron el oficial se aproximó cauteloso linterna en mano, al iluminar hacia el interior vio a la pasajera que reía y lloraba a la vez e instintivamente dio un paso atrás llevándose la mano al arma reglamentaria cuando el conductor trató de estrecharle efusivamente la mano mientras trataba nerviosamente de abrir la puerta.

A pesar de dar negativo en la prueba de alcoholemia, el oficial decidió llevárselos detenidos para averiguar en la estación de Policía el por qué de tan extraña actitud.

Y así fue como después de una noche toledana de explicaciones, traducciones y justificaciones, llegaron dos empleados del Rent a car en su busca para formalizar de mala gana la devolución del auto y el regreso a la ciudad.

En el aeropuerto, los hijos esperaban impacientes, deseosos de conocer los pormenores del viaje sin saber que sus padres habían llegado al aeropuerto con el vuelo ya cerrado y que habían tomado ese avión por los pelos. Tampoco podían ni imaginarse sus angustiosas experiencias atrapados en la autopista.

Después de saludar, contestaron con escuetos “bien” y algún que otro monosílabo a cada una de las eufóricas preguntas. Los hijos achacaban la parquedad al lógico cansancio del viaje porque desconocían que en un espontáneo acuerdo tácito sus padres habían determinado no contar lo sucedido, no sólo por vergüenza sino por evitar innecesarias muestras de ingratitud. Aún así de camino a casa cada uno pensaba para sí que no era tan malo el plácido y anticuado estilo de vida de su pueblo.



Oscar Zazo. Verano 2009

Hartos de Dios

El corazón golpeándole en el pecho como un puño sobre una almohada. Creyó morir a causa de la tremenda conmoción preocupándose por palmarla con esa ridícula expresión, con esa media sonrisa y con los ojos entornados de un colgado apretando un billete de lotería con ambas manos.

Pero no fue su último día, se puede suponer que aun le quedaban muchos más que soportar, cada uno de ellos cubriendo de aburrimiento a la antigua tristeza que formaba parte de su existencia al igual que el lunar descubierto en la espalda durante la infancia.

El hecho de que el billete de lotería fuera el más remunerado de la historia no lo liberaría del profundo arraigamiento en la apatía, aunque es cierto que durante unos meses la fuerza del acontecimiento conseguiría rescatarlo de una vulgar cotidianidad, de la simpleza de míseras rutinas, la fortuna lo llevaría en volandas por los cielos de las fantasías cumplidas satisfaciéndolo todos los deseos en edenes donde el dinero es Dios y su poseedor el dueño de Dios.

Pero sucede que al escritor no le merece la pena describir aquellas fechas porque siendo agotador para él para el lector puede resultar aburrido ¿quién no conoce alguna historia sobre algún nuevo rico? de alguien que de repente se hace millonario y que llegando a las costas de la felicidad descubre un mundo dichoso al que es necesario colonizar; afortunados que se instalan en paraísos que no saben cultivar limitándose a tomar posesiones y a hartarse el gozo tratando de apagar los ardientes recuerdos de las carencias, de las frustraciones.

Al cabo de algún tiempo el protagonista, si fuera listo, se convertiría en algún tipo de robinsón complacido con sus pertenencias que ya no espera el barco de las provisiones, con eso que tanto se echa en falta en esas cumbres: la verdad, lo auténtico, el desinterés; si no fuera listo probablemente arruinaría el territorio, habría secado el vergel y en el vacío de la pérdida soñaría desesperadamente con el barco del regreso a su antigua vida, a las rutinas vulgares, a la sencillez de la existencia minúscula.

El escritor, ya está dicho, no desea escribir una historia repetida una y mil veces, historias de libertos que se limitan a pastar entre sus riquezas, historias de los que añoran el yugo, a la tranquilizadora irresponsabilidad del esclavo, a las cómodas dimensiones de las verdades aparentes, a la confortable residencia en las tradiciones.

Al escritor le gustaría escribir la maravillosa historia de un navegante que no tiene temor a sufrir un nuevo naufragio, la de alguien que con pulso firme, día a día, va perfilando el mapa de sus emociones; escribir sobre el que podría ser el único ser humano libre del planeta, de ése que se conquistó a sí mismo antes de conquistar el mundo, de ése que nada teme, que nada desea; escribir, por ejemplo, sobre un hombre que abandonó su casa dejando las puertas abiertas y que después de enterrar su oro dibujó cien mapas verdaderos lanzándolos a cien aguas diferentes en cien botellas iguales con la esperanza de encontrar al menos a un soñador digno de su riqueza; escribir sobre alguien que se deshace de su fortuna entregando fajos de dinero en los aeropuertos intentando insuflar aire en las velas del auténtico viajero, de ése que prefiere seguir adelante, hacia el futuro, en lugar de regresar a su pueblo para dormir al calor del dinero oculto en su colchón; pero… aunque parezca que el escritor es todopoderoso, que en sus fabulaciones hace y deshace, que como único Dios de su universo puede crear infinitos mundos, a veces, las criaturas, sus personajes se revelan, porque no creen en ningún dios, porque ni siquiera creen en sí mismos cuando el lector no los descubre. Así podría ocurrirle al hombre agraciado con el mayor premio de la historia de la lotería mundial, y puede que fuera por eso por lo que se reveló contra su creador haciendo pedazos el billete para no tener que conquistarse, para no tener que abandonar su casa dejando las puertas abiertas, para no tener que enterrar tesoros y repartir fajos de billetes en los aeropuertos tal y como le gustaría escribir a Dios.

A veces ocurre así, los personajes se revelan, obligan a escribir al escritor su verdad, su propia historia, en la que generalmente no quieren ser protagonistas de nada porque están hartos de los excéntricos caprichos de la fortuna, de los inconmensurables sucesos, de gestas heroicas, de las tremendas exigencias de sus creadores.

La mayoría, simplemente quiere que el escritor escuche sus oraciones.

06/07/09

LA FUNERARIA

¡Esto es un sin vivir!

Sospeché que ya nada sería como antes en el momento que comenzaron a circular en el barrio rumores de que estaban construyendo una funeraria en mi calle. La verdad, al principio no creí tan tétricas murmuraciones, pero las obras fueron avanzando y cada vez con peor pinta; que si columnas sobrias, que si grandes faroles, que si portón espacioso, que si puertas de madera con vidrieras al fondo, hasta que un mal día colgaron el cartel. Desde entonces cada vez que paso por delante, no puedo evitar mirar de reojo el ataúd que tienen en la puerta con su camillita y su revestido de tela azul y su plástico por encima para que no coja polvo mientras que llega un cliente… y trato de pensar en otra cosa, pero no puedo, llego a mi casa con el corazón en un puño y visiblemente afectado.

Ya ha pasado más de un mes y no he conseguido acostumbrarme. Sin embargo dicen que el propietario está desesperado por que aún no se ha estrenado. Hay quien asegura haberle escuchado decir malhumorado que si es que en este pueblo no se muere la gente.

Yo en cambio cada día le veo en la puerta esperando su muerto con paciencia, y mientras conduzco me mira, no dice nada, pero me mira como escrutando mi aspecto, yo creo que con la esperanza de encontrar en mi fisonomía algún signo de enfermedad terminal. De inmediato aparto la vista, y en cuanto me alejo, sin poderlo evitar me miro con aprensión al espejo retrovisor. Esas ojeras… no sé.

Si en la mañana conduzco aprisa calle abajo para no llegar tarde al trabajo, allí está ese pájaro de mal agüero clavándome su mirada, al parecer complacido de mi aceleramiento, yo creo que es por si la prisa pudiera convertirme en candidato para ocupar en breve su maldito féretro vacío. Entonces reduzco la velocidad aparentando una serenidad que ya no tengo, y tratando de persuadir al cuervo de su perverso anhelo.

¡Esto es un sin vivir! ¡Ojalá quiebre!, si no, me voy a tener que mudar, porque a decir verdad, esto ya no es vida. He perdido la ilusión por las cosas y día a día se me escapa la esperanza de volver a tener una existencia tranquila. Es que ese ataúd con terciopelo azul pálido y con la tapita abierta para que se le vea la cara a su inminente ocupante atrae irremisiblemente mi mirada. Estoy empezando a pensar que el hombre-funeral, en verdad piensa que su caja me pertenece. Siempre está ahí, como esperando, no dice nada, no saluda, no cambia la expresión, sólo mira, como un buitre en rama seca esperando su cadáver.

Si finalmente el carroñero se saliera con la suya, vería pletórico, por fin su funeraria en acción. Mi familia, mis amigos, mis compañeros del trabajo, esos traerían una corona, seguro que barata; incluso se acercaría algún curioso, sólo por morbosidad, aunque nunca hubiera hablado conmigo; y sacarían café y se harían corrillos para comentar los pormenores, para especular, para comentar lo bueno que yo era, aunque, seguro que también sacaban algún chisme; de con quién estaba liado o algo parecido. “Eso sí, trabajador sí era”, dirían, y se acercarían a la maldita caja de terciopelo azul pálido y me mirarían la cara por la ventanita y harían comentarios. Alguna persona, claro, adoptaría el rol de plañidera con lamentos en voz alta, no fueran a decir, porque sin gritos ni aspavientos no hay velorio que se precie. Seguro que también se verían expresiones sobrecogidas, ya se sabe, cuando roza la muerte se disimula pero, un poco se presiente la propia…
¡Esto ya no es vida! Esto… esto debería estar prohibido. Tendría que quejarme a las autoridades. No se… pero ¡Esto es un sin vivir!

Oscar Zazo

Pésames ingrávidos

Murió como generalmente se muere en los hospitales, en soledad, sin dolor. Lo último que reconocieron sus sentidos fue un anuncio publicitario en el que una figura popular se presenta como periodista y madre alquilando su verosimilitud a una fabrica de productos lácteos que asegura ayudar a las defensas del organismo humano gracias a los beneficios de sus bacterias patentadas.

Fue un ser de genio dócil, amable, hizo muchos amigos, tuvo algún que otro adversario pero jamás un solo enemigo declarado. Amó a casi todos sus amantes aunque reservó lo mejor de sí para los hijos complaciéndose con su presencia mientras estuvieron a su lado, después, los triunfos de cada uno de ellos le siguieron colmando de felicidad y orgullo. Su última pareja falleció repentinamente y apenas tuvo tiempo para sentir algún vacío pues aún permanecía su olor entre la ropa del armario y parecía resonar el eco de sus palabras en la casa. Empaquetó, poco antes de ingresar en el centro hospitalario, las más valiosas posesiones de su cónyuge muerto apilando las cajas en el sótano; álbumes de fotos, discos, libros, vídeos, cartas de amor; todo tan fresco durante unos instantes y tan rancio durante años; gloriosos testimonios que justificaban una prestigiosa existencia; diplomas, certificados, escrituras de propiedad, pasaportes; se pudrirían ahora en la húmeda oscuridad de un rincón

Alguien le despojó de la bata del hospital, alguien le vistió sus propias prendas, alguien maquilló su cara, alguien introdujo el cuerpo en el féretro de caoba alquilado, alguien lo trasportó hasta la sala refrigerada destinada a las exposiciones cadavéricas donde lucía impecable al otro lado del gran cristal, frontera que separa a los muertos de los vivos en los tanatorios, una urna con ventilación independiente y termómetro indicador visible desde el exterior que marca cero grados. Encerrar a la muerte al otro lado; aparecer como durmientes en el escaparate de una floristería, rodeados de ofrendas, de hermosos arreglos florales; ramos lujosos, coronas fúnebres que intentan compensan con sus colores y aromas la espantosa putrefacción contenida en tan funesto receptáculo.

Nada de condolencias para sepelios estándar, a nuestro fiambre se le vela en un tanatorio premio Nacional de Arquitectura en el que la prestación de los servicios contratados hace especial hincapié en la atención a familiares y amigos disponiendo para ellos de un oratorio multiconfesional, así como de servicio de cafetería, restaurante, parking público, venta de féretros, lápidas, floristería. Un confortable centro comercial de la muerte que ofrece servicios como asesoría jurídica, asistencia psicológica, esquelas en periódicos; diseño de recordatorios; obtención de certificados oficiales, tramitación ante los organismos del estado: Seguridad social, pensiones, últimas voluntades, y, por supuesto, tanatopraxia, para que los conocidos puedan ver por última vez con una apariencia natural y tranquila a su pariente intentando hacer que la situación sea algo menos traumática; aunque todos los muertos son feos porque la muerte es espantosa; por eso a casi nadie le gustan los funerales ni los entierros; por eso únicamente lunáticos o psicópatas descubren belleza y paz en las funerarias, en los ecos de los llantos cada vez más escasos; por eso se oculta a la muerte; por eso pagamos a extraños para que se encarguen de los restos de nuestro padre, de nuestra madre, de nuestros hijos, de nuestro seres queridos.

La sala contratada está vacía esperando la llegada del primer visitante. La música, composiciones elegidas de un prestigioso catálogo, comenzó a sonar por altavoces camuflados desde su apertura un par de horas atrás. En una gigantesca pantalla aparecen instantáneas del ser humano que está en el ataúd tras el limpio cristal. Imágenes en que se aprecia una evolución vital, caras felices, sonrisas, abrazos; siempre en compañía, en la playa o sobre la nieve de las montañas. La inexpresividad del cadáver contrasta con la viveza de su cara en las fotografías que aparece feliz casi siempre abrazando a alguien, compañeros de trabajo, amigos, vecinos, hijos, a su pareja, a cualquiera, a todos.

La amplísima habitación genera quietud y serenidad. No aparece ningún símbolo religioso. Una agradable temperatura, los colores neutros, cremas, beige, marrones, procuran sensación de tranquilidad, el negro está prohibido, el luto, no se manifiesta. La iluminación, el mobiliario inducen a la calma. Es un espacio acogedor diseñado con todo lo necesario para que el adiós de los vivos resulte lo más agradable posible. Se aprecia la profesionalidad, la eficiencia del personal en cada uno de los detalles, la atención personalizada que se oferta las 24 h. los 365 días del año, como la realizada por el agente asignado que acudió al centro hospitalario para hacerse cargo del cuerpo y los trámites.

Hoy, el más ancestral de los ritos se procura discreto, amable, contenido. Obviar a la muerte en una vida orientada al placer de eso se trata, ignorar la pena, al terror existencial impregnado en todos los átomos de todos los seres vivos; disimular al muerto entre flores; mirar en la pantalla el vivo color de su sonrisa; por qué sufrir una fea realidad que manchará vuestra memoria; son los atrasados, los pobres, los que no puedan pagar el servicio los condenados a vivirla; vosotros podéis contratarlo; os merecéis espacios y protocolos que os seden el alma confeccionándoos bellos recuerdos y donde prime la comodidad para los que veláis al muerto, salas individuales que preserven la intimidad, aseos, duchas con un diseño más propio de un hotel que desdramatizan el acontecimiento. Evadir la muerte, esconderla como a una horrible verruga tras un hermoso decorado. Una cultura neopagana que no cree en una vida después de la muerte tiene consiguientemente que buscarla antes de que ésta llegue deseando que sea durante el profundo sueño y tan amable de nos despertaros en un último sobresalto. Ser considerados, procurar dejar un hermoso cadáver, un elegante cuerpo inerte digno de admiración ante el que apenas se derrame alguna lágrima, lejos del mal gusto de la incontinencia emocional y su insoportable resaca.
La banda sonora finaliza pero al cabo de unos segundos vuelve a sonar desde el principio; han pasado cuatro horas; en la pantalla, el bucle de imágenes sigue mostrando afectos.

Acaso una hija mayor se encargara de contratar los servicios aunque no pueda asistir al funeral porque como miembro de alguna ONG en algún Hospital Infantil de Tubinga su trabajo sea indispensable y su ausencia desencadenante de algún colapso; otro hermano podría estar disfrutando de una a beca para artistas visuales en Nueva York o en París preparando una primera exposición que fatalmente coincida con el fallecimiento siéndole imposible postergar la misma; sería el encargado de esparcir las cenizas tras la incineración según deseo del finado, aunque dada la imposibilidad de asistencia puede que contratara el servicio con la funeraria dando indicaciones del lugar donde esparcirlas; puede ser que tengan otro hermano al que haya sido imposible localizar, quizá un sacerdote de los Misioneros del Verbo Divino que misiona en la lejana Australia. Seres solidarios comprometidos con sus semejantes que trabajan incansables por una vida mejor para todos los seres humanos.

En otra pantalla más pequeña van apareciendo pésames ingrávidos, condolencias y excusas recibidas por internet y telefonía; cientos de mensajes dolientes, postales electrónicas ilustradas con puestas de sol, lagos y altas cumbres llegan desde distintas partes del mundo. Al fin, la puerta se abre, aparece un hombre con una guitarra, echa un vistazo a su alrededor y no se sorprende al encontrar la sala vacía, mira su reloj y después a una mesa en la que se presenta un surtido tentador servido por una prestigiosa empresa de catering; se resiste a probar bocado, es un profesional; desenfunda la guitarra, carraspea e inmediatamente comienza a cantar alguna canción favorita de la persona difunta, puede que 'Let it be' de The Beatles; ni en una ocasión mira al interior del ataúd y cuando termina sale inmediatamente cerrando la puerta despacio. Han pasado muchas horas, casi todas; la inasistencia a sus honras fúnebres deshonra al cadáver aunque quizás le realicen el mayor homenaje posible desde la lejanía olvidando sus ofensas, sus carencias, dejando su nombre limpio de ellas en la memoria de todos los ausentes. Nada más; una vida completada; alguien que debió morir hace mucho tiempo; nada fatal; tuvo suerte falleciendo mucho después de que murieran sus ilusiones, ya no deseaba nada, ni siquiera un día más de vida; si acaso, deseó en el último instante estrechar una mano querida, porque eso sí es triste, eso es lo verdaderamente triste; morir solo en la habitación de un hospital; a pesar de haber sido un ser amable, tolerante, respetuoso.

La empresa cuenta con expertos directores de eventos y a la mañana siguiente entra el asignado a la familia dando órdenes a los asistentes. El cadáver, las flores, se retiraron de la cabina y no hubo que limpiar los restos de ningún beso en el cristal. Siguen llegando condolencias con muestra de poemas y textos relacionados con el fiambre, los altavoces siguen repitiendo la misma música, se ultima el homenaje, el adiós, ya empezó a olvidarse todo lo que esa persona fue o representó, todo lo que hizo o dejó de hacer; así hasta dejar de existir definitivamente con el último recuerdo del último ser vivo que nos conoció. Un operario desconecta las pantallas, apaga las luces y retira su nombre del panel de anuncios; la sala queda limpia, silenciosa, preparada para un nuevo servicio.

Olvidamos, pero cuando parten los que nos conocían nos dejan más solos y si se puede contar más conocidos muertos que vivos el fin no está muy lejano. Se es inmortal hasta ver al primer muerto, entonces se reconoce que algún día alguien dejará una flor sobre nuestro féretro con gesto recogido y sintiéndose culpable por no sentir dolor alguno, igual que te ha pasado o pasará a ti, porque desde niños nos blindan contra el sufrimiento y si nos sedan los dolores físicos, por qué no sedar los del alma; la muerte no se puede evitar pero el sufrimiento sí; la pena poco a poco está siendo desterrada en los entierros hasta llegar a convertirlos en una fiesta; se trata de pasar rápidamente la página de la tragedia para regresar de inmediato al confortable refugio de la rutina, al consumo de microdosis de alegría y felicidad porque no hay mayor dolor que el de no poder consumir.

Incinerar inmediatamente a los muertos, sus cenizas no tardarán en perderse entre el polvo de los remordimientos, liberaos de los tributos al dolor, de esos homenajes ante las tumbas que encierran los cuerpos corruptos de seres queridos, tan corrompidos como la mayoría de los individuos ultra-estandarizados que perdieron sus instintos domesticados por los medios, sometidos a todo tipo de influjos consumistas y obsesionados con el poder adquisitivo.

Tras la incineración fue encargada una urna ecológica para las cenizas, compuesta de sal marina se diluye en el agua en 30 minutos sin dejar residuos. La gratificación extra no fue motivo suficiente para que el empleado de la funeraria cumpliera el encargo y en lugar de arrojarla al mar según las indicaciones, se deshizo de ella en una alcantarilla cerca de unos grandes almacenes donde quería aprovechar el último día de rebajas.

La bahía de los suicidas

- Cuéntame como fue tu muerte.
- No creo que quieras saber como ocurrió, además es una historia larga y triste.
- El tiempo y las emociones aquí no existen, son conceptos que sólo utilizan los vivos.
- Está bien, tú lo has querido, yo morí de tristeza; Solo, arruinado y despreciado por los que más quería.
- Pero, ¿cómo?.
- Un día, como otro cualquiera en mi desdichada vida, decidí que no quería seguir allí, en el mundo de los vivos como dices tú, y me quite de en medio sin más.
- Perdona que insista, ¿pero cómo lo hiciste?
- Fue una mañana en la que desperté algo más conchabado con la vida, el motivo era que al ser fin de semana podría ver a mis hijos, cada quince días una juez me autorizaba a pasar un día completo con ellos, era mi única razón para vivir.
Los interrumpió una camarera ofreciéndolos unos combinados de licor y frutas con una amplia sonrisa. El mar estaba en calma y la bahía inundada de luz.
- Sigue por favor.
- Pues que no los vi ni ese fin de semana ni ningún otro, mi ex mujer me llamó justo a la hora en que debía de entregármelos para decirme que no los llevaría, que no querían ninguno de los dos verme. Yo me encontraba en el parque acordado con unos regalos bajo el brazo y no quise creerla, por lo que sin más dilación me los puso al teléfono y me confirmaron, uno tras otro, las palabras de su madre, “ Papa no te quiero volver a ver”.
- Y entonces, alargó la última silaba animándolo a que siguiera.
- Volví al piso, a el maldito piso de alquiler que compartía con un mensajero, fui a la cocina, me senté en un taburete, apoyé la cabeza en la encimera con la punta de la nariz rozando el quemador y abrí el gas, por ultimo coloqué frente a mi una fotografía de varios años atrás en la que distendidos y sonrientes aparecían mis hijos y la que entonces era mi mujer en un día feliz de playa.
- Y eso fue todo, fue el fin.
- Si, varias horas después el olor a gas alertó a los vecinos que llamaron a los bomberos y estos me encontraron en esa extraña postura y mas tieso que la mojama.
Hizo un silencio y se volvió a su compañero que descansaba en la tumbona.
- ¿Está ahora satisfecho?.
- Sí, ahora por fin, sí
Dio un sorbo largo al refresco a través de la pajita y perdió la vista sobre las aguas cristalinas.
- Me gusta saber los últimos instantes en la vida de las personas, son irrepetibles.
- Sin embargo los acontecimientos que te llevan a ello no parece que te interesen mucho.
- No, son todos similares, desamor, tristeza y soledad. Todos los que estamos aquí hemos sufrido mucho por esas causas, por una de ellas, por dos, o como es tu caso por las tres. Pero eso no nos hace diferentes, más bien al contrario, nos iguala, por eso no me interesa. Lo que sí nos hace únicos es ese último momento, por que si bien el modus operandi puede ser igual, las circunstancias de cada uno lo hacen único en cada caso.
- Y por qué crees que ocurre eso.
- Es lógico, todos los que aquí estamos decidimos en su momento poner fin a nuestra vida y eso no es algo que se haga a menudo en la trayectoria vital de una persona, solo una y eso es lo especial, lo que a mi me interesa y me entretiene, por eso cada vez que conozco a alguien en esta playa mi primera pregunta es la misma que te he hecho a ti, cuéntame como fue tu muerte.
Un joven muchacho ofrecía ostras a los grupos de personas que se encontraban dispersos por la arena, las cargaba sobre un hombro en un curioso cesto confeccionado con hojas de palmera.
- OK ahora te toca a ti.
- Debes hacer la pregunta concreta.
- Está bien, cuéntame como fue tu muerte.
Dejó el vaso en el suelo, se levantó enérgico de su confortable tumbona y avanzó hasta la orilla del mar y se introdujo en las tranquilas aguas de la bahía, tras un breve baño se volvió a acercar a su acompañante, el agua le resbalaba por toda su anatomía.
- Yo morí quemado.
Se secó la cara con una toalla y prosiguió.
- Bueno en realidad ya estaba muerto cuando el fuego me abrasó como a un leño de encina.
- Qué muerte más horrible la de morir quemado.
- Como te digo ya había fallecido. Pero empecemos por el principio yo también tengo una historia previa al suicidio.
- Te escucho con atención.
- El motivo principal fue la soledad, y no puedo reprochar a nadie este hecho, porque fui muy mala persona durante toda mi existencia y me tuve bien ganado el castigo que al final me trajo hasta aquí. Primero arruiné la vida a mis padres y a mi hermana, más tarde a mi mujer y a mi hija, fui mal amigo, mal compañero, mal vecino y como te digo me tuve bien ganado que nadie quisiera nada conmigo, los últimos años de mi vida no hable prácticamente con nadie, era un desecho social, huraño, sucio y casi siempre drogado y borracho me arrastraba por las calles del barrio en el que había nacido y del que apenas salí en mi triste existencia.
- Y que te llevó a llevar esa vida.
- No sé, yo diría que el egoísmo, siempre anteponía lo mío a lo de los demás y siempre busqué el beneficio propio, a un sabiendo que a veces éste se sustentaba en el perjuicio de los que me rodeaban. Además fui yonki en mi primera juventud y aunque salí de la heroína me pasé el resto de mi vida consumiendo sustancias de todo tipo desde las anfetaminas al hachis, pasando más tarde por la cocaína, las drogas de diseño y en fin todo lo que me pusieran por delante, además del alcohol que también fue un largo compañero de viaje.
El ostrero se acomodó sobre la fina arena con gesto amable y sosegado tomó una concha y la abrió con facilidad con un cuchillo de acero corto, después separó el molusco, le impregnó con unas gotas de lima y se lo ofreció al suicida más cercano, seguidamente repitió la misma operación para el otro, susurrando una suave melodía el muchacho continuó su tarea dejando sobre una hoja de palma los manjares que iba abriendo, los dos hombres se incorporaron de sus hamacas para acceder mejor a las ostras.
- Por lo que cuentas no se puede decir que tuvieras una vida muy agradable.
- No, de hecho fue un asco de vida por lo que imagino que no te extrañe en absoluto que quisiera poner fin a ella.
- Bien ahora viene el cómo, dijo a la vez que engullía un nuevo manjar.
- Por mi experiencia con los tóxicos no me fue difícil elegir el modo, me preparé un cóctel que no podía fallar.
- No parece una muerte muy extraordinaria, ¿Dónde está lo especial?.
- Hasta aquí nada especial, fue después de fallecer donde mi caso se volvió único.
- Estuve cinco días muerto dentro de mi vivienda y al igual que en tu caso fueron los vecinos los que alertaron por el olor que producía mi cuerpo en descomposición, en todo este tiempo nadie se preocupo por mi, nadie me hecho en falta y si no hubiera sido por la molestia que producía a mis colindantes todavía seguiría allí convertido en una momia.
- Sigo sin ver lo sorprendente.
Se limpio la boca con el dorso de la mano, bebió un sorbo de refresco y prosiguió.
- También en mi caso fueron los bomberos los que accedieron al piso y más de uno lo abandonó vomitando, a esas alturas me había convertido en una especie de sapo hinchado y el aspecto que presentaba junto al hedor que desprendía hacían la estancia en ese piso insoportable.
- ¿sapo hinchado?
- Sí, los cuerpos al descomponerse generan un gas llamado metano que si no encuentra una salida natural se acumulan en él produciendo el efecto globo o sapo.
El ostrero se había relajado un momento de su faena y escuchaba interesado.
- Se fueron los bomberos y llegaron los sanitarios que certificaron mi muerte y salieron de mi casa sin demora, tras ellos llegó el juez a levantar el cadáver y ni siquiera pasó del quicio de la puerta, por lo que en todo este trasiego de profesionales nadie siquiera me tocó. Los últimos en llegar varias horas después fueron los de la funeraria a retirar mi cadáver, eran dos chicos jóvenes que aunque acostumbrados a estas labores no por ello les resultaba sencillo el trabajo por lo que lo hicieron presurosos para acortar el tiempo que debían de pasar junto a mi.
- Sí, es un trabajo muy desagradable.
El ostrero asintió.
- Como digo el tiempo les apremiaba por lo que se anduvieron sin miramientos a la hora de cargarme dentro del saco y subirme a la camilla, fue en ese preciso momento cuando bien por una pequeña abertura que se producirá en mi ya podrido cuerpo o bien por un orificio natural, salio el gas en mí alojado y fue a toparse con una estufa que allí se hallaba y de la que nadie, de los muchos que por allí pasaron, se percato en apagar, por lo que la deflagración fue inevitable y no ocurrió una desgracia mayor por que como digo los dos operarios eran jóvenes y bajaron las escaleras de tres en tres con el pelo encendido como alma que lleva el diablo.
- ¿se quemó la vivienda?
- Completamente, y no se quemó todo el edificio por la rápida actuación de los bomberos que otra vez acudieron a el lugar al igual que los sanitarios, policías, el Juez, etc.
El muchacho, de rodillas sobre la arena, comenzó a reír en principio conteniéndose por respeto, pero al no poder contenerse estalló en una sonora carcajada a la que no tardaron en incorporarse los otros dos hombres, los demás residentes de la playa los miraban curiosos mientras la tarde comenzaba a caer sobre la bahía.

Directriz para La Funeraria , Pésames ingrávidos, La bahía de los suicidas

Funeral

21/05/09

De las personas con olvido

De repente, el silbante viento aparece peinando los mechones del juncal y riza la superficie del charco en la que una anciana se miraba hasta entonces como en un espejo. Levanta despacio la vista al camino, después, al cielo; las nubes pasan raudas como si fueran un archipiélago aéreo; ajironan con sus blancos el profundo azul del cielo. Por entre ellas se cuela un haz de luz que cae sobre un húmedo campo de tierra rubia salpicado con los verdores de los árboles, de los matorrales, y también con el granítico volumen de los inamovibles peñascales.

La mujer permanece sentada, casi recostada, sobre la arena húmeda que bordea el charco. En el gris de la cabellera despeinada se evidencia el paso de sus muchos, muchos años. Los sucios mechones se los sujeta tras las orejas dejando al descubierto una frente amplia con algunas manchitas marrones y cruzada de lado a lado por finos surcos, por arrugas que parecen zigzagueantes culebrillas paralelas. Le desaparecieron las cejas y los ojos se le hunden en las cuencas, los párpados sin pestañas no cercenan la perfecta circunferencia de sus iris; de los brillantes discos verdes que permanecen inmóviles enfocados a la lejanía, mirando a nada.

El azulado claroscuro de la cercana sierra le cierra el horizonte a la ondulante campiña recosida con el óxido de los alambres de espino y trazada de lado a lado por el cableado de las líneas de transmisión eléctrica. Una confiada liebre sin reparar en la mujer cruza el camino olisqueando la tierra; una golondrina garabatea en el aire con su nervioso vuelo antes de planear durante un instante sobre el charco y desaparecer; la señora ve a tres jilgueros aleteando sobre el barro más blando y antes de poder contarlos desaparecen jubilosos lanzando trinos.

Una risa estrepitosa brota de su boca; de igual forma, para de reír, en su rostro reaparece un rictus que manifiesta un estado de ánimo angustioso. Dejó en silencio a los campos, parece que incluso el aire cesó ante las carcajadas descompuestas de su risotada. Vista desde lejos, la inmovilidad del avellanado cuerpo cubierto con un blanco camisón estampado parece cualquier cosa menos una persona o una amenaza; las aves no tardan en reanudar los cantos.

La octogenaria enferma, sola, deambulando por campos desconocidos es una imagen que provocaría angustia moral a cualquier espectador, aunque la senectud desvalida; la perturbación de la razón; el desamparo; no impiden a esa mujer ser intensamente feliz en esos mismos instantes, aunque ella no sabe que es feliz en ese instante; no lo sabe, porque no sabe nada;, porque olvidó todo, por eso es feliz; a pesar del rictus de angustia que le dejó el alma marcado en el rostro; con la pureza de un animal, es feliz, plenamente feliz.

Elevándose tras la sierra, pareciendo salir de un volcán, aparecen nubes más blancas y altas que las que pasan sobre su cabeza aligeradas por el vigoroso viento. Un jilguerillo se posa sobre el alambre de una cerca, su nervioso coleteo le confunde la vista mezclando el amarillo, el rojo y el negro de sus plumas.

La anciana está perdida desde hace muchos años; se fue perdiendo en su casa, después en residencias y hospitales, perdida entre rostros irreconocibles, confundiendo palabras, recuerdos, afectos. Supervisada por desconocidos que rigen su existencia imponiendo rutinas y que no paran de hacer preguntas estúpidas ¿en que se parecen una pera y una naranja? Aún así, necesita a esas personas porque desaprendió a vestirse, a alimentarse, a hablar y empezó a alucinar. Dulces alucinaciones que en su amarga existencia son más verdad que la realidad que le rodea. Vio el tintero abierto de su infancia sobre la mesita de noche en la habitación de la residencia, reflejándose la luz de la bombilla como una ondulante luna sobre la superficie de la negra tinta; vio a su madre pelando patatas a los pies de la cama y acarició al gato que murió atropellado por un tranvía setenta años atrás.

Los espinosos cardos se esfuerzan en mantener su digna verticalidad y parecen más dignos que el flexible junco vecino pero las impetuosas rachas los hacen tiritar y parece que es de miedo ante la invisible fuerza del viento. Un cernícalo, a unos metros de altura sobre el terreno, en vuelo estacionario, casi inmóvil, espera avistar alguna presa entre un macizo de florecillas silvestres; las sombras de las dispersas nubes se perfilan y pasan como manchas de vaca sobre la inmensidad de los campos. A ratos el viento cesa permitiéndole escuchar los pajareros cantos y no muy lejos, sobre la hierva que bordea el camino, descubre a una perdiz inmóvil confundiéndose con las piedras.

La mujer ahora no alucina, pero no sabe que no alucina, porque la mujer no sabe nada. No sabe como llegó hasta ahí caminando descalza, que se perdió y que estando tan cerca de la residencia parece imposible que nadie la haya descubierto. Ella ahora, al igual que en su infancia se siente una con la naturaleza. Una cosa sola que se dispersa y que está en todas las partes y en cada una de las cosas que le rodean. El suelo sobre el que se recuesta, los pájaros, las plantas, constituyen la totalidad del mundo y siente como un animal, porque es un animal, porque ha recuperado la esencial libertad primaria que consiste simplemente en ser; en olvidar; en vivir sin comprender.

Descubre el pequeño tatuaje que lleva en uno de sus pechos desde hace sesenta años, un pequeño corazón flechado y con dos iniciales que es incapaz de leer; después baja la vista hasta llegar a la larga cicatriz que le cruza el vientre, la recorre lentamente con la yema de uno de sus dedos y acaba justamente en el momento en que un pato oculto levanta vuelo hacia el norte; el estrepitoso aleteo aviva el pulso de la anciana que se inclina sobre el charco y bebe como un gato. No es mas que una mujer que estuvo presa en la red de actividades rutinarias de lo que los seres humanos entienden por vida aunque ya no recuerda que es una mujer, que es un individuo único e irrepetible al que le ha sido otorgada una única oportunidad de vivir, con esperanzas y desilusiones, con dolor y temor, con amor y el miedo a la nada. Por eso es feliz, por eso su estrepitosa risa resuena de nuevo por el campo cuando ve su ajada cara reflejada en la superficie del agua serena. Se ha convertido en niña, es pura, es una despierta. Perdió la palabra, la razón, la moral, la virtud. Su alma murió antes que su cuerpo: así, pues, no teme ya nada ¡es libre! ¡es la demencia!

CUENTO SÓRDIDO

Estaba decidida. Dejaría la calle y reharía su vida. Iba en serio, esta vez sería diferente.

Ahora debía encontrar un trabajo que le devolviera un poco de dignidad. No era tan ilusa como para esperar un buen empleo, ni lujos, ni siquiera comodidades. Pero sí, encontraría algo. Y tal vez con el tiempo podría incluso, traer a su niña a vivir con ella.

Esta decisión determinada le proporcionó cierta euforia, pero enseguida comprobó que con tan escasa experiencia laboral y con su casi nula preparación académica nunca encontraría nada decente, por no hablar de sus antecedentes penales, de manera que las buenas intenciones se fueron desvaneciendo y día tras día volvía a la pensión cansada hambrienta y decepcionada.

Después de una semana infructuosa, su ánimo hacía aguas por todas partes. Una noche se miró con detenimiento en el mugriento espejo de su cuarto y decidió que lo veía no le gustaba, por eso, tomó una decisión inevitable. Recurrió a los escasos recursos cosméticos que estaban a su alcance en un desesperado intento de conseguir una imagen medianamente aceptable y salió a la calle.

En la barra de aquél bar de barrio se encontraba padeciendo la estridente música y esperando resignada que algún cliente se fijara en ella. Ya no tenía edad como para darse el lujo de elegir a sus clientes y desde luego no era una niña para andar con mojigaterías, debía conformarse con lo que viniera. Si bien alguna vez hubo sombra de diversión en su oficio, a estas alturas se había esfumado definitivamente. Pero por encima de todo lo que más le pesaba era constatar que el sueño de dignificar su vida había fracasado de nuevo.

Caminando hacia el baño se fijó distraídamente en los dos hombres de la mesa del fondo, que ya hartos de cerveza daban cuenta de un servicio de pollo. Comían con avidez y directamente del recipiente sintético usando los dedos sin el más mínimo pudor. Uno de los dos, el más gordo, levantó de la comida sus ojos saltones y al cruzar la mirada con ella, detuvo el gesto de llevarse a la boca un muslo a medio comer para ofrecérselo, la mujer declinó con un leve ademán disimulando la repugnancia. Cuando ya estuvo a su altura ambos dirigían la vista con descaro al ceñido pantalón justo a la altura de la entrepierna al tiempo que voceaban alguna grosería ininteligible que se confundió con la música. Ella hizo caso omiso y siguió indiferente.

Como fuera unas cuantas cervezas después, se encontraba sentada junto aquél fulano execrable, soportando que desplegara un cortejo más que previsible e infinitamente más próximo a la ordinariez que a la elegancia. Ella se limitaba a esbozar sonrisas tratando de que no parecieran forzadas, no fuera a poner de manifiesto que, lejos de ser una “chica de vida alegre” era una mujer asqueada, sobretodo de sí misma, y de sobra sabía que una de las quejas más usuales de los clientes era precisamente esa: mujeres “poco divertidas” y en muchos casos con la amargura reflejada en el semblante.

Entraba al cuarto tras el hombre después de haber negociado el precio hasta el límite de lo inaceptable. Ahora sus esperanzas se cifraban simplemente en terminar cuanto antes, pero éstas desaparecieron en cuanto el hombre se desnudó y pudo comprobar que su miembro no reaccionaba a pesar de los esfuerzos. Supo entonces, que tendría que usar la boca para excitarle. Y con resignación se puso a ello diligente.

En cuanto inició la tarea, tuvo una sensación extraña, remotamente familiar... era el sabor. ¿A qué sabía? ¡Pollo! ¡Sabía a pollo! El muy cerdo debió ir a orinar justo después de comer, pensó ella aguantando a duras penas las nauseas y las lagrimas. En ese momento tuvo la certeza que tarde o temprano regresaría a prisión. Difícilmente podría evitarlo. Sería por romperle una botella en la cabeza a uno o por arrebatarle el dinero mientras dormía borracho a otro, no sabía. Lo que sí sabía era que no habría forma de escapar a su destino.

Sentada en la acera con la mirada perdida trataba de no pensar. Se sentía sucia, sucia por dentro y por fuera; y cansada, era un cansancio viejo que se tragaba su vitalidad, su dignidad y su esperanza.

El bar ya había cerrado y otra de las mujeres se sentó a su lado, de debajo de la ropa sacó una botella, las dos mujeres bebieron. Ninguna dijo nada.

Libertad efímera

Aquella mañana con la pequeña mochila pertrechada y después de firmar el formulario de rigor, me dispuse a salir del penal por cuarta vez ya en mi corta vida.

Ésta vez la estancia no había sido muy larga, siete meses y un día, pero sí quizás, si la sopesamos con el hecho acontecido, que no fue otro sino la disputa en que nos enzarzamos un agente de la benemérita y yo mismo por un asunto que no lo merecía, o al menos yo lo creo así, y que fue mas bien la cabezonería del agente y reconozco que la mía propia la que nos llevo a pasar de los reproches a los guantazos, también aquí reconozco que yo fui el primero en utilizar la violencia en modo de puñetazo en la jeta, pero es justo reconocer, como le conté a su señoría, que si bien yo fui por delante en esto él y sus compañeros, que acudieron como centellas tras el golpe, me molieron a palos a conciencia, y si bien a un agente no se le debe agredir, creo yo que a un ciudadano, totalmente reducido en el suelo por cuatro de ellos, tampoco.

Su señoría llevaba grabado en la cara que estaba del lado del cuerpo y que por más que me empeñara en explicarle que llevaba razón en la riña que desencadenó todo el rifirrafe que nos llevaba ante él, no demostraría una mínima empatía hacía mi persona en ningún momento del juicio, mas bien todo lo contrario. Por lo que una vez escuchadas las partes y visto por él mis antecedentes, salí de aquel juzgado esposado y en furgón policial con destino al centro penitenciario que ahora acababa de abandonar, no sin antes ver la sonrisa con que me despedía el cabrón del picoleto, así que hice el camino a la trena humillado, a oscuras, con las manos amarradas y por supuesto sin el autógrafo de Raúl que tanto deseaba.

Siempre que recuperaba la libertad me invadía una sensación de limpieza, de purga, me sentía como un vehículo recién pasada la revisión, con el aceite limpio y los filtros nuevos, dispuesto otra vez a seguir haciendo kilómetros. Pero debía de ser cauto y sensato, controlar mi mal genio y asumir que las cosas son como son y no como a mi me gustaría que fueran, como me enseño la psicóloga del centro.

Cuando subí al autobús que me llevaría a Madrid tuve la sensación de que todo el mundo me miraba sin ningún pudor, me eché un vistazo rápido por si llevaba algo que delatara el lugar de donde acababa de salir, al no ver nada extraño opté por dejar pasar el asunto y sentarme en mi asiento tranquilamente.

Me deleité, mirando tras la ventanilla, como se habría ante mi, nuevamente, un mundo maravilloso. Casas, coches, gente en bicicleta, un rebaño de ovejas, las montañas al fondo, todo me resultaba fascinante después de siete meses a la sombra.

Intenté concentrarme en el plan que había tramado minuciosamente en la cárcel, para de una vez por todas encauzar mi vida, pero las ganas de mojar el churro hacían imposible esta labor, y sólo venían a mi cabeza la casa de campo con sus putas, que sin ninguna duda sería el primer lugar al cual me dirigiría.
Una vez en Madrid y después de la visita obligada por el pulmón de la ciudad, que me puso el cuerpo en mi sitio y volvió a hacerme sentir macho, me dirigí a casa de mi hermano, única familia que tenía y el único lugar donde tendría cama y comida, o eso pensaba.
Mi hermano residía y se buscaba la vida en el barrio de la Ventilla, allí poseía una casucha semiderruida que fue de nuestra abuela y que la hizo suya al ser el mayor. La compartía con un perro con muy malas pulgas que era su única compañía. Pasaba más tiempo en los bares que en casa, así que me dispuse a realizar un recorrido por la ruta normal en él, y que yo conocía perfectamente, no en vano le recogí borracho de todos ellos varias veces.

No tardé en encontrarle y me sorprendió, negativamente, su aspecto, pues vestía sucio y desaliñado, como habitualmente, pero la cojera la tenía acentuada y uno de los vidrios de las gafas lo había sustituido por un trozo de cartón, sin duda roto en una de sus continuas caídas; cuando sorpresivamente me plante ante él su primera reacción fue mostrarme los decimos que colgaban de su pecho, ignorando que tenía ante sí a sangre de su sangre.

Pasé lo que quedaba de tarde con él y al caer la noche se mostró muy generoso, como ya sabía yo, de ofrecerme el viejo sofá donde dormía el perro, éste, que sin duda no conocía bien de que trataba la cortesía y la solidaridad entre hermanos, no dejaba de gruñir hacía dentro y mostrarme sus afilados dientes. He de reconocer que a mitad de la noche ya sentía nostalgia por la litera de mi celda, aunque cueste asumirlo.

Al amanecer el día salí de la casa y de la barriada con premura, a paso vivo llegue,sin darme apenas cuenta, a la zona financiera de la ciudad, con sus cuatros rascacielos recién inaugurados, y me resultó chocante lo mucho que cambiaba el paisaje urbano en unos cientos de metros.

Me encaminé a la estación de Chamartín, con el caminar mas pausado, al comprobar que me sobraba tiempo para tomar el tren hacia una nueva vida.

Al entrar en la estación pensé que era la primera vez que iba allí con propósito de viajar, siempre había ido a robar cobre o a timar a los incautos turistas.
El tiempo de espera se me hizo corto mirando a la gente que por allí deambulaba. Siempre fui bueno para elegir a las presas y se debía, con certeza, a la paciencia que empleaba en observarles.

Me senté en un banco y saqué de la mochila el papel con el nombre y la dirección que me había escrito mi compadre y compañero de celda. De esas pocas letras dependía mi futuro. Sonó el primer aviso de mi tren y me aseguré de guardar el papel en lugar seguro, cogí mis pocas pertenencias y tomé dirección al andén, iba a comenzar a bajar las escaleras mecánicas que dan acceso a éste cuando noté que alguien me sujetaba del brazo, me volví para ver a dos agentes del cuerpo nacional de policía que sin ninguna educación me pedían mi documentación. Juro que les expliqué que salía mi tren, les supliqué que no me entretuvieran, pero no hubo manera, por lo que no me quedó otra que salir corriendo hacia el tren, pero los agentes, más jóvenes y rápidos que yo, no tardaron en darme alcance, ahora estaban mucho mas cabreados, lo que me llevo a pensar que estas nuevas generaciones de policías salen mucho más preparados físicamente que las anteriores pero con la misma mala hostia. Me pusieron de cara a la pared, me cachearon y sacaron la documentación que revisaron a conciencia, con parsimonia, después utilizaron el Walki para pedir información sobre mí, todo esto sin escuchar mis súplicas, pues sonó el ultimo aviso, previo a la partida y yo veía esfumarse el sueño de una vida mejor.

Una vez informado desde su central de la clase de individuo que era, pero también de que mi deuda con la sociedad estaba saldada se dispusieron a entregarme mis cosas, a dejarme marchar, momento que yo esperaba ansioso para salir zumbando a mi destino.

Pero uno de ellos, rubicundo y pecoso, quiso jugar con mi pobre persona y fingiendo apuntar otra vez mis datos se recreaba en su libreta mientras yo me desesperaba mirando del tren al guardia y del guarda al tren, rogando con lagrimas en los ojos que me entregara mis papeles para salir corriendo y apurar esos veinte metros hasta el último vagón.

Pero lo inevitable siempre acaba sucediendo, se cerraron las puertas y el convoy inició su marcha con el sonido in´crechendo característico, momento que, de muy mala baba, aprovechó el agente para, con media sonrisa que ya conocía, entregarme mi carnet de identidad.

Entonces comprendí que la libertad es un privilegio que yo no debía merecer, debido sin duda a unos genes que heredé de mis progenitores y que no me habían traído más que problemas.

Antes de notar el impacto de mis nudillos en el rostro del policía ya sabía lo que vendría después, por lo que tras sentir una milésima de segundo de satisfacción al ver al rubicundo caer con la boca partida me tumbé en el suelo en posición fetal.

Entonces me acordé de la psicóloga del penal.

Directriz para De las personas con olvido, Cuento sórdido y Libertad efímera:

Libertad recuperada

01/04/09

Año bisiesto

Eran estómagos agradecidos, la ropa que les alienaba no era barata y las Scooter retocadas que les esperaban indicaban que no eran marginados, sin embargo, con solo observarles unos minutos se apreciaba que rebosaban odio. Uno de ellos tallaba a navaja unas iniciales en un banco con destreza, se veía que estaba acostumbrado a su uso; otro miembro de la manada dibujaba siglas con spray sobre el pedestal de una estatua de un rey español.

29 de Febrero de 2008

Tomás hacía tintinear los hielos de su whisky mientras observaba el vuelo del pajarillo de un lado al otro del salón. No sabía cuanto puede vivir un gorrión pero estaba casi seguro de que no podía ser el mismo año tras año. Paco y Chuchi, sus dos compañeros de mesa se ponían al corriente de sus vidas como cada cuatro años.

Era el aniversario del fatal incidente que llevaba juntarse a los tres amigos desde hacía ya dieciséis años. La idea partió de Don Víctor, en la homilía previa al entierro de Jesusin, Tomás creía recordar sus palabras exactas: “Cada 29 de Febrero honraremos en este mismo lugar santo la memoria del inocente niño Jesús Martín Expósito y daremos gracias a Dios por evitar que la desgracia se cebara aun con más fuerza en nuestros hijos”. Para él fue como el padre que no conoció, sus enseñanzas y consejos aun los tenia en valor. Siempre agradeció que les tratara como a hombres, como aquel día que les saco de clase de gimnasia para enseñarles un recorte de periódico donde aparecían ellos con un pie de página que decía “Los héroes del San Gines”. Las palabras posteriores también las tenia grabadas: “Alegrar esas caras, hicisteis algo maravilloso, y sobre todo no os culpéis”.

Don Víctor murió dos años después de estos acontecimientos y en su entierro los tres decidieron seguir adelante con su propuesta, a parte de honrar a Jesusín les serviría para seguir en contacto una vez acabado el colegio. En lugar de verse en la capilla del colegio eligieron un café cercano que se encontraba en los jardines de un palacio de cuento de hadas del cual tomaba el nombre.

Tras la cristalera, se veía a un grupo de macarras molestando a una anciana que levantaba su bastón amenazante, uno de ellos se lo arrebato tan bruscamente que estuvo a punto de caer al suelo, después lo lanzo con fuerza lejos de allí, todos reían y se burlaban de ella con una especie de baile simiesco. Nadie la presto ayuda.

Tomas y Chuchi vieron la escena perfectamente.

_Como esta el mundo, si se nos hubiera ocurrido a nosotros con su edad putear así a una pobre abuela.

_ Pues el primer hombre que hubiera pasado cerca nuestro nos habría dado dos hostias, Sentencio Tomás.

_ Estoy seguro de ello, tío, este mundo o al menos esta ciudad se esta deshumanizando, ya no existen valores a respetar.

_ Los valores si existen, Chuchi, lo que hay es mucho insolidaridad y sobre todo mucho miedo. Ahora solo patrullan las calles la policía y ante este tipo de comportamiento poco pueden hacer. Los demás nos limitamos a cambiar de acera o mirar a otro lado, no es nuestro problema.

Tras un trago largo del whisky de malta recordó el barrio de entrevias donde su tía Charo, su única familia, le llevaba cada quince días a pasar el fin de semana, el Felipe, el Banana, el Hueso, eran como espectros que se le aparecían ahora, con sus caras demacradas por la droga, sus pantalones de pitillo y su mirada orgullosa de inadaptados a una sociedad que les despreciaba. Eran gente dura, de otra época mucho más difícil que la actual a la cual no sobrevivió ninguno de ellos. Pese a ello jamás les vio reírse de una vieja o abusar de un débil, existían códigos no escritos que respetaban, esos códigos, pensó Tomás, se perdieron en algún cambio generacional.

Las gorras de béisbol y los pantalones abombachados a punto de caer rodeaban ahora a dos jóvenes estudiantes aterrorizados.

_ Serán cabrones ahora la han tomado con esos dos chavales.

Paco se giró para ver de qué hablaban sus amigos y cambió radical el tema de conversación.

_ Me quiero deshacer del BMW, si sabéis de alguien a quien le pueda interesar.

_ En cuanto lo venderías, pregunto Chuchi.


29 de Febrero de 1992

El timbre que se utilizaba como aviso de fin del recreo le despertó bruscamente. Que fuera de noche y que no dejara de sonar produjo en el una sensación de desconcierto. Cuando salió de la habitación la mayoría de sus compañeros ya se encontraba en el pasillo y la confusión era total. Los monitores, se desgañitaban por dirigir a los niños a que bajaran las escaleras que llevaban al hall principal, se zafó de uno de ellos y se tomó unos segundos para comprender que sucedía, subió unos escalones en dirección contraria a lo que decía la lógica, y por fin comprendió qué estaba pasando; un humo negro y espeso salía del pasillo de los internos mas pequeños. Una vez vencida su curiosidad se dispuso a escapar cuando algo le hizo detenerse, creyó oír una voz infantil pidiendo auxilio, avanzó unos escalones hasta llegar a la misma boca del lobo y afino el oído, ahora lo aprecio con claridad eran los gritos de un niño, un niño muy pequeño que aterrorizado pedía que le sacaran de allí, no podía creer que el inútil del monitor que dormía con ellos se dejara a un pequeño en aquel infierno, Tomás se indigno al recordar verle bajar atropelladamente entre los niños para ponerse a salvo. Intento serenarse, conocía esas estancias a la perfección pues él mismo las ocupo hasta cuarto curso, aun así trato de visualizarlas mentalmente, un pasillo largo, la primera puerta un dormitorio con seis literas, a continuación de este otro ocupado por el celador y al fondo el cuarto de baño.

Cuando noto la presencia de Paquito y Chuchi, ya tenia anudada la chaqueta del pijama en la cara por lo que ellos obraron igual, era como un juego, se agarraron los tres y con el corazón en un puño entraron en el túnel, sin pensar, sin hablar antes, sin razonar, tuvieron un impulso y se adentraron en las tinieblas sin más. Las carótidas le latían con fuerza, la falta de oxigeno y el calor le abrumaban, pero lo peor era la tupida nube de humo que no les dejaba ver nada, curiosamente allí reinaba el silencio, solo roto por el sonido devorador del fuego y los cada vez mas débiles gritos del niño que provenían del fondo, del sitio mas alejado, el cuarto de baño. Se agacharon instintivamente los tres, aun seguían cogidos unos a otros con fuerza. Desde el suelo, donde el humo era menos denso pudieron apreciar con mayor claridad la escena, el fuego provenía de la habitación del monitor, las llamas salían con fuerza de esta y chocaban con la pared del pasillo, lo que dejaba aislado por completo el servicio. A través de la llamas le vieron, era Jesusín con su osito de peluche bajo el brazo y el rostro negro por el humo, lloraba, dos surcos provocados por la lagrimas se habrían paso por el hollín de la cara, ya no pedía ayuda, solo contemplaba a los tres muchachos agarrado al quicio de la puerta.

El miedo se apoderó de ellos, estaba claro que no era un juego, tenían que salir lo antes posible de aquel sitio y se dispusieron a ello, fue entonces cuando Paquito abrió la puerta del dormitorio que se encontraba frente a ellos y para su sorpresa encontraron a siete pequeños acurrucados en una esquina con el terror grabado en sus angelicales caras, todo surgió rápido, Paquito y Chuchi encabezaron la expedición y los niños se agarraron a sus pijamas salvadores, Tomás cerraba la fila y por eso fue el ultimo en salir de aquel infierno, no sin antes mirar por ultima vez a Jesusin, que ya sin llorar doblo las rodillas.

Bajaron las escaleras, donde ya no quedaba nadie, al llegar al hall encontraron a varios profesores que les sacaron a empujones al frío de la noche. Al poco rato, arrullados con unas mantas atendieron a una llamada de atención, la luz de un flash los cegó. Todo había acabado.


29 de Febrero de 2008

Le estaban golpeando, un instante antes su amigo salio corriendo escapando de la jauría, ahora estaba solo y asustado, le rodeaban entre seis y le golpeaban alternativamente, uno de ellos portaba un estilete que el chaval aterrorizado no perdía de vista.

En el interior del café encendieron las luces, estaba atardeciendo y la luz que entraba por los ventanales empezaba a ser escasa. Tomás observo a sus amigos, cada cuatro años se juntaba con ellos, se tomaban unas copas se ponían al día de las novedades en sus vidas y se volvían a separar hasta otro 29 de Febrero. Era como un ritual, y así lo sentía él, no los unía apenas nada, compartieron infancia en un colegio de huérfanos y una noche de aquella etapa paso algo extraordinario que cambió para siempre sus vidas, sobre todo la de él, pues rara era la madrugada que no despertara angustiado y bañado en sudor con la pesadilla de siempre, Jesusín en llamas ofreciéndole los brazos.

_ Joder esto ya esta pasando de castaño a oscuro, quizá deberíamos llamar a la policía, no os parece, pregunto Chuchi a sus amigos.

Lo decía porque las alimañas del jardín estaban humillando al chico hasta un extremo vomitivo, le vaciaron la mochila esparciendo cuadernos y libros por el suelo y le seguían agrediendo sin que nadie hiciera nada.

Paquito miro el reloj y se levanto de la mesa sobresaltado.

_ Hostias las siete y media, Belén me mata, está con la niña en el dentista y tenía que recogerlas a las siete, lo que me extraña es que no me haya llamado ya.

_ Nuestras mujeres respetan mucho estas reuniones, dijo Chuchi y pidió con un gesto la cuenta a la vez que se enfundaba su chaqueta. Este año pago yo.

Ya en la calle Tomás pensó en lo paradójico de la situación, cada cuatro años se juntaba con Paquito y Chuchi, compañeros de colegio, y todo venía motivado por el terrible incendio que asolo gran parte de éste y que los elevo a la categoría de héroes con medalla incluida, sin embargo no tenia nada en común con ellos, entre otras cosas él no se había casado ni tenia hijos, que era el tema de conversación principal de estos encuentros, el único tema que les unía a ellos es algo que paso hacia muchos años y de lo que curiosamente jamás volvieron a hablar.

Se abrazaron y Tomás se quedo en la puerta del café apurando un cigarrillo mientras veía alejarse a sus compañeros, antes que doblaran la esquina llamo su atención.

_ ¿Sabéis una cosa?, se volvieron los dos aun tiempo, Jesusín tendría ahora veinticuatro años.

Siguieron su camino y no tuvo la seguridad de que le hubieran escuchado, se subió las solapas de la chaqueta y encamino sus pasos al jardín mientras entre dientes mascullo unas palabras.

_ No temas Jesusín voy a por ti.

La noche convertía en siluetas al grupo de orangutanes que seguía abusando del chaval que ahora se encontraba en el suelo.

La voz sonó potente.

_ Eh, vosotros, panda de hijos de puta, dejar ahora mismo al chico en paz, si no queréis que os saque a hostias toda la mierda que tenéis en vuestras cabezas.

Se encamino hacia ellos con paso decidido y antes de recibir el primer golpe vio al muchacho escapar tras los matorrales.

Josel Momar

Héroes

Los jóvenes de aquel pueblo, ociosos casi siempre, se reunían en los escalones de la plaza, a la sombra del frondoso árbol centenario. La inactividad no impedía que su disparatada imaginación juvenil les hiciera soñar con viajes y hazañas. Por eso, aquella tarde, junto con los hombres que llegaron llamando a la insurrección desde lo alto del camión, también llegó la oportunidad que los mozos habían estado esperando para alcanzar la gloria.

Todos sin excepción, empacaron sus escasas pertenencias y desoyendo los prudentes consejos de los mayores, subieron a bordo de aquel improvisado “Banderín de Enganche”.

Como fuera, aquella noche partieron hacia la costa donde embarcarían antes del amanecer rumbo a la capital para iniciar la revuelta.

Las primeras horas fueron de absoluta euforia. Codo con codo como auténticos camaradas, entre “hurras” y “vivas” que se sucedían acompañados de consignas cada vez más fervorosas. Su valentía y su sentido del deber les conduciría directamente a la victoria, y regresarían a su pueblo como héroes, donde serían recibidos en olor de multitudes. Tal vez hasta les hicieran un monumento…

Pero el traqueteo del camino y el ronroneo del sufrido motor fueron suavizando la exaltación, y poco a poco el ambiente se fue impregnando de una pesada sensación de sopor.

El amanecer los encontró a la orilla del mar con los ojos enrojecidos por la vigilia y con el estómago encogido por el ayuno, pero la gloria exigía sacrificios, de manera que de buen grado abordaron la vieja barca que les iba a llevar hasta alta mar, donde serían recogidos por la fragata que habría de enfrentar a las tropas gubernamentales.

Los primeros vaivenes de las olas enardecieron al grupo y enseguida se profirieron gritos llamando al valor que de inmediato fueron secundados por todos. Al rato aún se escuchaba alguna que otra consigna, todavía coreada tímidamente. Después, un silencio total se adueñó del bote desde donde surgían miradas, ora escépticas hacia el capitán y su dudosa pericia, ora aprensivas hacia la enclenque embarcación, extrañados con razón de que aún se mantuviera a flote.

Ellos no lo advirtieron, pero uno tras otro sus rostros iban adquiriendo un indefinido color ceniciento entre el amarillo y el verde que les confería un aspecto poco saludable.

El olor a humo y a aceite quemado se alojaba en nariz y boca de los muchachos provocando algunas muecas y a continuación las primeras arcadas.

Con cada movimiento aumentaba alarmantemente el mareo, que conectando la cabeza con el estómago, incrementaba las ya incontrolables nauseas.

Después de un rato se iban intercalando las cabezas inclinadas hacia la borda arrojando lo poco que les quedaba en el estómago primero, y las bilis luego hasta que ya no quedó nada dentro. Pero lo peor aún estaba por venir, porque cuando llegaron al punto de encuentro, (que punto habría, pero lo que se dice de encuentro, nada,) allí estaban con el motor detenido, esperando a merced de la marea mientras el capitán especulaba con diferentes posibilidades a cerca de la incomparecencia de la fragata. El viejo cascarón ahora se movía de babor a estribor y de proa a popa o como quiera que se llamaran todos y cada uno de los puntos existentes o imaginables en tales embarcaciones, en una danza arrítmica y antojadiza que terminó por someter las últimas resistencias de los maltrechos jóvenes, que por cierto ofrecían aspectos lamentables en posturas grotescas: unos, asomados por la borda con cabeza, brazos y hasta las babas colgando en un estado de semiinconsciencia; otros tumbados en el suelo emitiendo una especie de quejido permanente tal vez provocado por el evidente malestar o tal vez por la imposibilidad de controlar sus esfínteres. Los que tenían más aguante, movían lentamente la cabeza sujetada a duras penas entre los brazos y en constante gesto de negación.

No sintieron alivio alguno cuando el capitán tomó la decisión de regresar a la costa en busca de nuevas instrucciones, porque nadie estaba en condiciones de interpretar, ni esa, ni ninguna otra orden que se diera a bordo.

Finalmente hubo que ayudarles a bajar a tierra, y tuvo que pasar un buen rato para que los muchachos fueran volviendo en sí. Aun estando ya en suelo firme sentados, tumbados o de rodillas, todavía volvían las arcadas con sólo mirar a la embarcación.

En cuanto pudieron, se fueron enderezando y comenzaron a caminar en dirección opuesta al mar sin decir nada, sin atender a preguntas, propuestas o reclamaciones que allí les pudieran hacer.

Y como pudieron regresaron a su pueblo y a su lugar en la plaza a la sombra del frondoso árbol centenario, aunque nadie les recibiera como héroes, ni les hicieran monumentos.

¿Y la gloria?

¡Anda y que la jodan!

Héroe de marzo

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.

Cuando el perro me lo propuso supe que había llegado mi hora, que habría de morir en poco tiempo por deseo de Alá. Juro que al saberlo sentí paz, que no tuve ningún temor y que por fin dejé de soportar el fatigoso peso de mi pecadora existencia. Me dijo que todo estaba perfectamente organizado, que yo correría pocos riesgos ganando mucho dinero. Supongo que pensaba que era lo que yo que quería oír: dinero. Pero el perro se equivocaba; en realidad lo que yo deseaba escuchar es que sería un héroe, un ejemplo para los míos, pero él remarcaba lo del dinero, hablaba de montañas de dinero para mí y para otros pensando que era lo mejor que podía decir a los que nos dedicamos a la briba, a un haragán, a una escoria social como era yo.

A esa hora la luz del sol entraba por el escaparate evidenciando la suciedad del cristal y dándonos de pleno nos hacía guiñar los ojos aunque por aquellas frías fechas se agradecía el calorcito. El perro hablaba repanchingado en una de las sillas tapizadas con skay rojo del mismo bar donde me dio el soplo de un alijo muy fácil de robar, donde me habló del despreocupado representante de joyería, en fin; era mi informador y yo era su soplón. Allí, en aquel pequeño bar le chivaba aquello que me interesaba que supiera de mis competidores, de esos arrastrados con los que a sangre me disputaba el barrio. Sentados a esa misma mesa le di el nombre del que apuñaló al agente municipal, del que robó el coche del diputado; de la verdadera historia del secuestro del hijo maricón de la concejala del distrito. Fue él quien me convirtió en el rey de la zona más podrida de la ciudad, o mejor dicho, me convirtió en el virrey porque el rey era él, el amo y señor era él; un dios en el que era imposible creer pero que podía acabar con cualquiera de nosotros con tan sólo señalarle con uno de sus jodidos deditos. A pesar de las sospechas jamás se demostró que fuera policía, lo que sí estaba claro es que era un tipo poderoso, que estaba blindado por otros aun más poderosos y que sabía demasiado.

Como ya he dicho, cuando en esa mañana me informó del asunto supe que estaba muerto. Nadie sale con vida de un negocio así implicándose con tipos como el perro como podría imaginarse cualquiera con dos dedos de frente aunque siempre hay idiotas sin dos dedos de frente tal y como él supondría que lo sería yo. Mientras hablaba de euros, de fajos de euros, yo lo miraba como si mirara la soga con la que habrían de colgarme comprendiendo que ya era una pieza quemada para él, para ellos; para los que fabriqué cientos de historias de infamia que al fin se remataban así.

-No quiero dinero; quiero redención, quiero ganarme el paraíso –dije.

Sorprendido preguntó que de qué coño de paraíso hablaba, porque hay muchos paraísos y que se trata de saber cual es el que le corresponde a cada uno. Callé la respuesta, no quise decirle que me ahogaba en el fangoso deshonor de mi existencia, que desde niño anhelé protagonizar un acto heroico que me librara de un destino marcado elevándome sobre la inmundicia de la que siempre estuve rodeado. Esperé la gran ocasión de mi vida para ponerme a prueba y demostrar al mundo que no era solamente un narcotraficante, un chapero; que en lo más profundo de mi ser germinaba la pureza, la semilla de un héroe que tras tantos años de oprobio tenía al fin su oportunidad para ser admirado, respetado; y eso para mí; más que un deseo; era una necesidad. Por eso sentía paz sin ningún temor; el perro sin saberlo me brindaba la ocasión, el acto heroico, la hazaña con la que purgaría mis pecados y que me redimiría ante mis venerables antepasados, con mi familia, con mi religión, con mis gentes.

La sanguijuela fumaba exhalando humo y halagos. Comprendió que le convenía cambiar su discurso para tentarme mejor y se dedicó entonces a envanecer a mi pequeño ego; dijo que se alegraba por fin de descubrir en mí a un verdadero musulmán, a un ser humano con principios aunque atrapado en el apestoso mundo del lumpen; dijo que podía llegar a comprender el odio que sentíamos muchos de los de mi religión contra la arrogancia de los infieles europeos y americanos, que olvidados de su propia fe aplastaban al pueblo de Alá arrasando países con ansia materialista, con la avaricia del mercader por el beneficio del petróleo. Todo lo que decía el perro era basura, igual que él, pero aun así doy gracias a Dios por presentarme al infiel en mi camino de dolor hacia la salvación. Pasara lo que pasara yo ya estaba agradecido. Si Dios me predestina la cárcel, diré lo que dijo el Shaykh Ibn Taimiyya: “¿Qué podrán hacer conmigo mis enemigos? Si me encarcelan será para mí un retiro, si me destierran será un viaje, y si me matan seré mártir”.

Levanté la mano y calló. Yo sabía que en ese momento me podía permitir el lujo, la arrogancia, que no me plantaría un puñetazo en los hocicos como habría hecho en otra ocasión sin dudarlo ni un instante, pero ahora me necesitaba tanto, debía aguantar todos los desplantes que me apeteciera hacer, por eso yo tenía la mano levantada y él callaba. Noté que la rabia le hacía apretar los labios, aunque en realidad el perro no tenía labios; su boca era un pozo oscuro, una sajadura en la geta por la que expulsaba el humo y las promesas. Permanecí así con la mano en alto mirando a través del escaparate del pequeño bar. En la plaza reverberaba el sol y parecía que también reverberaba el fracaso de los que por ahí bullían; hormigas sin hormiguero que aparecerían y desaparecían por la desembocadura de las calles; delincuentes disimulando, putas del mediodía, el borracho regular, la cofradía de los politoxicómanos, el gremio de los trabajadores del desempleo, también ancianos sin delito viviendo en un presente inimaginable. Recuperó mi atención echándome el humo del tabaco en la cara.

-No quiero dinero –dije- lo único que pido es que cumpláis con lo que prometes, que se diga públicamente que soy un mártir, un fiel de Ala; un guerrero de la fe, un puto Ché islámico; que lo hice empujado por el odio que os tengo. Maldigo a este país de perros, a todos los que son como tú, a tus compatriotas. Quiero que se diga que yo soy la pena, el castigo a vuestra arrogancia. Juro por Alá, que no puedo soportar más el vivir en este mundo, humillado y débil ante vuestros ojos de infieles; que tengo miedo a que Dios me pida cuentas en el día del juicio y yo no tenga una excusa legítima para que pueda perdonarme. Por fin he dejado de seguir los extravíos de Satán, de humillarme ante el mundo entero que se ríe de mí, de nosotros. Yo maldigo a los tiranos y juro combatirlos con todas mis fuerzas. Pido a Dios que me facilite el martirio.

Entonces, el que levantó la mano fue él.

-Bueno bueno... no hace falta que me eches más sermones. Para de decir gilipolleces de una puta vez moro de mierda. Sólo quiero saber si estás dispuesto a colaborar, a hacer lo que se te pide, a poner la puta bomba donde se te diga. Me da igual que lo hagas por dinero o por tu puto Alá. Dime de una vez si tienes los cojones suficientes para hacerlo.

Le dije que sí buscándole la mirada tras el oscuro de las gafas, le reafirmé mi compromiso sabiendo que iba a morir utilizando a los que me querían utilizar tratando de convertirme en un terrorista suicida sin saber que me convertirían en un mártir. Al optar por el camino del yihad cesaron de repente los ecos de suicidio que desde hacía tanto tiempo resonaban en mi cabeza. Por eso sentí paz. Me hizo repetírselo otra vez y le dije que sí, que pondría el explosivo donde y cuando ellos me dijeran. Se levantó arrastrando la silla que sonó como el chillido de una fiera herida, arrojó el cigarro al suelo, dijo que alguien me llamaría para darme las órdenes y que no me moviera del barrio. Fue la última vez que lo vi. Mi vista lo siguió hasta que desapareció entre los que pululaban por la plaza. Permanecí un rato más ahí observando el blanquecino humeo de la colilla mientras era incapaz de encontrar otra alternativa a mi futuro que no fuera la de la expiación, la de la purificación por medio del sacrificio. Causé tanto mal que ya había gastado toda la autoestima intentando justificar las injusticias que cometí; deshonré a mi familia quebrantando nuestra Ley, cometiendo actos impuros; atenté tantas veces contra la bondad de Alá que se me hacía insoportable el pensar en vivir un minuto más de esta vida de pecado; mi único anhelo entonces era el ofrecer mi inmolación como súplica y que la religión triunfara al fin por la sangre. Volví a los Dichos del Profeta (Dios reza por su alma). Me aferré al Islam como yihad no como hasta entonces había hecho reduciéndolo a unas cuantas oraciones en la mezquita.
Días después, un individuo me entregó un teléfono en plena calle sin decir palabra. El aparato sonó casi de inmediato, una voz me dio instrucciones.

Empezaba a asomar la luz de un nuevo día de marzo cuando subí al vagón de un tren de cercanías. Tal como me ordenaron dejé la mochila con el explosivo bajo mi asiento protegiéndome de la vista de los que iban a morir tapando parcialmente mi rostro con una mano. No me atreví a mirar a ninguno de los que me rodeaban. Gente soñolienta que cumplía por última vez con su deber ignorando que en ese amanecer cerraron por última vez la puerta de su casa. Viajaba con ellos y yo los iba a separar definitivamente de sus madres, de sus hermanos, de sus hijos, de sus esposos, de sus mujeres; de todas esas personas que acabarían con el alma tan desmembrada como los cuerpos de los que ahora estaban a mi lado y que parecían conservabar el calor de sus camas. Fuera, la silueta gris de los barrios periféricos se recortaba sobre el horizonte anaranjado y de un cielo que se iba azulando. Me fue imposible el no fijarme en alguno de los rostros reflejados en el cristal de la ventana, casi todos eran jóvenes, ninguno hablaba, parecían dedicarse a enhebrar sus deseos en la realidad.
El rodaje de las ruedas sobre la vía, el ligero vaivén, la calefacción complacían al pasaje hasta que llegando a una nueva estación las puertas resoplaban horriblemente y se abrían dejando pasar al frío y a nuevos viajeros. Yo me apeé en ésa, en la que me indicaron, nadie reparó en la mochila que dejé bajo el asiento. Juro que entonces yo invoqué a Dios pidiéndole las fuerzas que me facilitaran el martirio para unirme con los míos en el Paraíso, pero para mi vergüenza no tuve el valor de seguir en el viaje en el tren de los muertos y me bajé temblando como una mujer intentando ahogar las arcadas que me vidriaban los ojos con los que vi entrar el tren en la gran ciudad como si entrara el justiciero sable del Profeta en ella.

A la hora indicada me dirigí al piso. Cuando llegué ya estaban todos. Ninguno era hermano en el Camino de Alá. Un perro me apartó a mí y a otros dos para grabar el video que reivindicaba los atentados. Te lo prometieron, me dijo, te dijeron que aparecerías como un héroe, cuando vean la esto lo serás para millones. Encapuchados, armados, a los otros los disfrazaron de yihadistas, yo era yihadista; estábamos tan ridículos con el Corán, la metralleta y llenos de cartuchos los bolsillos de los chalecos que si no fueran esos momentos tan dramáticos sería gracioso mirarse con esa pinta en un espejo como preparados para el desfile en un día de carnaval. Amenazamos con sangre y destrucción según lo escrito en el papel que nos hicieron leer. Después los perros se fueron y nos dejaron solos, nos quedamos ocho compatriotas en el piso. Permanecimos durante mucho tiempo en silencio, nos prohibieron hablar. Pasaron los minutos y algunos empezaron a cuchichear hablaban de dinero, de millones, de pasaportes falsos, de billetes de avión, de los explosivos que cada uno dejó en los trenes. Pasamos así más de veinte días, encerrados, casi en silencio, sin luz, comiendo la basura que nos traían y esperando dinero, yo era el único que esperaba la muerte, nada más; deseaba morir, por eso era el más paciente y cada día que pasaba me sorprendía el seguir vivo. Alguno habló de cargo de conciencia aun sin saber a cuantos habríamos matado, pero a mi no me pesaba ninguna de las muertes; me hacía más daño la muerte de mi honor que la muerte de los infieles a los que quitara la vida; no los maté por dinero, los maté por Alá, eso es lo que yo sabía y lo que al final contaba. No devolvería si pudiera la vida a ninguno de esos perros infieles; no me arrepiento de sus muertes, me arrepiento de de las ofensas que hice a Dios, por eso deseo morir, por eso soy un suicida que pronto morirá inmolado, como muere un héroe.

De repente llegaron; eran dos hombres y una mujer, abrieron la puerta y nos pidieron salir del salón donde introdujeron un fardo de unos veinte kilos. Yo sabía que en ese fardo no había dinero ni pasaportes pero los otros no apartaban la vista de él calculando el peso de los millones. Cerraron la puerta y tras unos momentos salieron. Nos dijeron que no tocáramos nada hasta que llegara la persona encargada del reparto, pidieron un poco de más de paciencia. Nos hicieron pasar al salón y cerraron la puerta con llave, la única puerta blindada del piso. Me extrañaba que ninguno de mis compañeros sospechara que iba a morir en poco tiempo. Al rato, uno preguntó que por qué nos encerraban; que por qué había una puerta blindada en el salón; otro respondió que sería para evitar que huyéramos con el dinero; otro dijo que no había cerraduras ni cierres en ese fardo hermético, otro, que parecía pesar demasiado para ser el dinero. Entonces fue cuando empezamos a escuchar los gritos.

Desde el portal nos exigían rendición. Las voces decían ser de las fuerzas especiales de la policía, querían que saliéramos desnudos, con las manos en alto y de uno en uno. Cuando mis acompañantes comprendieron al fin que era una trampa y que estábamos perdidos comenzaron a maldecir, supieron entonces lo que yo sabía desde el principio; que no teníamos escapatoria. Decidieron entregarse y chillaron cuanto pudieron diciendo que no podíamos salir porque no teníamos llave, como locos intentaban abrir la puerta desde adentro pidiendo clemencia y que no nos dispararan, rogaban que vinieran a buscarnos, el que abrieran la puerta. La policía gritaba también desde abajo aunque yo no los entendía, entonces sonaron algunos disparos.

Todos callaron y en ese instante de silencio yo dije:

- Vosotros no sabéis dónde está el Bien. Eso es una bomba; la que os mandará al infierno. A mi no. Yo me sacrifico partiendo de mi total convicción y porque el Yihad es una obligación para los creyentes. Os confirmo que dejaré feliz este mundo porque no vale tanto como vosotros pensáis, y porque yo quiero encontrarme con mi Dios y que esté Él contento conmigo.

Volvieron a gritar, lloraban, maldecían pero después todos acabaron gritando al unísono: Alá es grande, muerte al infiel. De repente sonó un teléfono dentro del fardo, una única llamada antes de la explosión.

Ahora no sé donde estoy; si soy un héroe o un asesino; es tan poca la diferencia. Todo depende del dios al que se rece.

Qué la maldición de Alá caiga sobre los injustos.

Directriz para Año bisiesto, Héroes y Héroe de marzo:

Héroe, héroes, heroicidad...

27/02/09

Una Bachata

Aquella canción inclemente espoleaba su angustia, sin embargo quería oírla, incluso, en un acto de autocomplacencia ante el dolor, pedía al paciente cantinero una y otra vez, que la pusiera en la vieja bellonera.

Tenía los ojos rojos. Por el insomnio tal vez, o por la pena, o simplemente por la cantidad de alcohol que corría por sus venas.

Las mujeres de la barra, conmovidas, se sentaban a hablar con él tratando inútilmente de aliviar su angustia. Pero nada ni nadie parecía poder sacarle de sus recuerdos, aligerar sus culpas o mitigar el amargo sabor de la traición.

A su mente acudían en oleadas recuerdos inmisericordes que pesaban como losas. Recuerdos que laceraban sus entrañas.

Una y otra vez visualizaba la cara resplandeciente de la mujer que no podía dejar de amar, se acordaba de sus ojitos risueños y de sus labios prometedores. En especial, se acordaba del día en el que, en un arranque de desprendimiento típico del amor incondicional, colocó en su delicado cuello el macizo medallón de plata que tiempo atrás, heredara de su abuela.

Ahora, la ingrata le había abandonado y aquel hombre herido, por toda explicación, sólo había obtenido indiferencia e incluso desdén.

La amargura se reflejaba en su semblante taciturno y le confería un aire como de abandono. Sin embargo, y aún en esas circunstancias mantenía cierto porte. Lucía un fiero bigote que endurecía sus facciones y usaba un sombrero de ala que ensombrecía su rostro desafeitado. Era un hombre recto, recto de espaldas, que no doblaba ni para subirse al caballo, y recto de proceder, hacía lo que debía y nunca faltaba a su palabra. Era un hombre de los de antes.

Pero el azar o el demonio, que no desaprovecha ocasión, quiso que esa noche, justo cuando aquel hombre levantaba la cara para apurar el último trago de su vaso, viera por encima de las puertas de vaivén, a su amada, que con toda desfachatez, paseaba del brazo de aquél conocido rufián.

Sus ojos irritados cobraron brillo de rabia. Se levantó con violencia y su banqueta rodó estrepitosamente por el suelo. De unas cuantas zancadas ganó la calle, entonces la llamó por su nombre. Al oírlo, la pareja giró despacio, ella clavando los dedos en el brazo de su acompañante, él llevándose instintivamente la mano al puñal. El hombre despechado no pudo contener la ira. Aquel canalla llevaba al cuello el viejo medallón que él mismo regalara a esa mujer traidora y que constituía el objeto de sus obsesiones. Era una ira roja y densa que le nacía en el estómago y le subía bullendo hasta el rostro.

Un instante después, dos aceros brillaban en la mitad de la calle. Los hombres en posición giraban lentamente, muy medidos, absolutamente concentrados y ya ajenos a los gritos de las mujeres y al murmullo de cuantos curiosos se agolpaban alrededor. Todos sabían que correría la sangre.

Crispados movimientos que no eclipsaban ni un ápice de la frialdad, el cálculo y la determinación de cada uno de los contendientes. Hombres trabados acuchillando cuanto podían, respiraciones entrecortadas, jadeos, gruñidos, ropas tiñéndose de rojo, algún reniego, ningún lamento. Evitando por todos los medios caer antes que su rival.

Pero al hombre del medallón le abandonaban las fuerzas y terminó cayó de rodillas, su adversario no dudó un instante, y le lanzó una estocada brutal en el centro del pecho con la aviesa intención de partir en dos el corazón de quien ya había partido el suyo llevándose a su hembra. Sin embargo, éste ahora miraba perplejo y exhausto la hoja quebrada de su puñal. Paradójicamente, entre el cuchillo y el corazón, entre la vida y la muerte de su víctima, se había interpuesto el medallón.

Para todos, claro está, eso fue un designio de la Providencia. El pleito se dio por concluido.

Antes de que llegaran las autoridades, cada amigo o doliente se llevó a su herido y “aquí paz y después gloria”. Eso sí, nadie se opuso a que el vencedor, en justicia, arrebatara de un tirón, al vencido, el enigmático medallón macizo de plata que tiempo atrás, heredara de su abuela.


Oscar Zazo
Febrero del 2009

Bosque de ensueños

El joven funcionario de la Jefatura Provincial de Tráfico se enamoró de la bella muchacha que esperaba el autobús todas las mañanas frente a una de las ventanas de su oficina. Nunca habló con ella, no conoce su nombre, ni su edad ni cosa alguna sobre su persona. Lo único que le importa saber es que es la mujer más hermosa que camina sobre el planeta; a sus ojos un ángel; una diosa; un ser casi divino que le cambió horas de sueño por horas de fantasía.

Fue en una luminosa mañana del mes de mayo cuando la descubrió y entonces supuso que jamás podría olvidarla. Apareció repentinamente en la pequeña plaza donde estaba la jefatura y la parada de la línea P3 y al igual que el arco iris, su presencia era capaz de hermosear cualquier entorno. La plazoleta por entonces parecía preñada de vida, todo parecía germinar y brotar por doquier. El verde lustroso de los recortados parterres reflejaba la bendita luz de un sol complaciente mientras que en las acacias de flor blanca empezaban a verdear las abundantes hojuelas elípticas que brindarían su ancha y agradecida sombra durante el abrasador verano a los que transitan la glorieta de la olvidada ciudad provinciana. Desde ésa primera mañana esperaba sentada en el bordillo enladrillado que cerca el parquecito del centro de la plaza exponiéndose con agrado al sol tempranero que junto al aire fresco que circulaba a esas horas del mes de mayo le componían un fulgente halo que desde la distancia le daban una apariencia pura, virginal, casi sobrehumana. El joven funcionario observaba a su antojo oculto tras los sucios visillos y desde su posición la joven aparecía recortándose sobre el cielo de azul inmaculado, justamente en el centro de dos esbeltas farolas de hierro fundido que parecían darle escolta. Mentalmente y a veces a viva voz el muchacho lanzaba agradecimientos de la misma manera que arrojaría botellas con mensaje al mar, quería mostrar su gratitud a Dios, dar las gracias a cualquier dios correspondiendo por la belleza que genera y contiene este mundo nuestro, por su gozo, por la complacencia de estar vivo.

Así corría el tiempo satisfaciendo al muchacho que aguardaba en agitación placentera el único momento de regocijo que le ofrecían los días. No se cansaba de admirar su extraordinaria imagen símbolo de virtud, la majestuosa serenidad del gesto, la equilibrada armonía entre su cuerpo y sus movimientos cuando subía al autobús, igual que subiera Cleopatra al más alto de sus tronos; el vehículo partía entonces transmutándose de simple autobús a nave dichosa, en la gloriosa carroza de la línea P3 que trasladaba a su divinidad en días laborables.

Poco a poco fue levantando un frondoso bosque de ensueños donde a ratos podía adentrase desatendiéndose de la triste realidad que lo consumía; fue capaz de edificar una excelsa fantasía simplemente sobre la imagen de una desconocida; un mundo de pasiones desordenadas; de emociones extremas que le hinchaban las venas; un microcosmos paralelo a su anodina existencia.
La hizo su reina, el eje sobre el que giraba este pequeño y feroz universo, ella era el leitmotiv, el único sostén de tan tremenda ilusión. Ahí regía la inocencia, la utopía, el perfecto amor inmaculado pleno de gracia y bondad.
Él era el creador, él era el rey y el reino, el dios de sus ficciones, inventaba mundos a cada instante en los que después se recreaba construyendo escenas, imaginando momentos tales como un quimérico roce de sus labios rezumantes de una dulzura adictiva que obligaba a besarlos con placentera insistencia y que lo llevaban al éxtasis cuando los oía pronunciar su nombre.

Cerraba los ojos el funcionario de la Jefatura Provincial de Tráfico y soñaba una blanquísima luz cenital que reverberaba sobre una plana laguna de color esmeralda de la que emergía su enamorada, vistiéndole el brillante agua su piel trigueña, después la imaginaba acercándosele con el obsequio de un sonrisa suprema, llegaba y, antes del besarle, antes de juntarse las curvas de sus negras pestañas, lo miraba igual que cualquier madre mira a su hijo por vez primera.
El embeleso lo liberaba de la áspera cotidianidad, de esos días enfermos de aburrimiento y que morían de tristeza sin haber sido capaces de engendrar otra cosa nada más que vacío.

La pequeña ciudad polvorienta apenas realzada en la ancha llanura y a la que tiempo atrás detestaba se consagró de repente por ser el cofre de su juguete, por albergar a su dueña, por ser origen de sus únicas dichas. Ahora su nombre le sonaba sublime, como si se lo hubiera dado el canto de un pájaro, ya no recordaba el fastidio que antes le daba el pronunciarlo. Ciudad santa por la que su amada paseaba perfumando plazas y jardines iluminando sombras por la alameda y las avenidas haciéndolas más anchas en el alma del joven igualándoselas a las más bellas del mundo.

Si no hubiera sido por su doncella, por esos momentos en que oculto tras los visillos se holgaba en la visión de tan irresistible belleza irremediablemente habría enfermado de melancolía, de esa epidemia que se incubaba en casi todas las casas de la población y que maceraba a las pobres almas cubriéndolas con tedios, con simplezas. Habría sucumbido al invierno emocional que perduraba por siglos en la ciudad helando a corazones cansados, corazones solitarios que esperaron durante mucho tiempo una salvación; una sorpresa; un no sé qué; alguna respuesta. Corazones como esos a los que atendía en su desabrida oficina, ánimos desfallecidos encerrados en cuerpos desinteresados a los que nadie prestaba atención, ojos que apenas le miraban cuando presentaban algún formulario relleno con casi todo lo que ellos eran, una minibiografía escrita con dolor en la que manifestaban cómo se llamaban, dónde vivían y a que se dedicaban, poco más podrían decir de sí mismos.

La última mañana de esta historia la muchacha no apareció como siempre sentada en el bordillo enladrillado que cerca el pequeño parque justamente en el centro de dos esbeltas farolas de hierro fundido que parecían darle escolta; apareció entrando por la puerta de la Jefatura Provincial de Tráfico dirigiéndose directamente hacia él. Llegó y puso sobre el mostrador un impreso oficial junto con otra documentación requerida para solicitar una licencia de conducción. Al fin, allí estaba todo ante él, su nombre y apellidos; su edad; su dirección. La chica tras cumplimentar el trámite dio las gracias al joven funcionario sin mirarle, él ni siquiera levantó la vista. Desde entonces desapareció de su vida; de sus fantasías.

Directriz para Una bachata y Bosque de ensueños:

Desamor

28/01/09

Sexoconsentido

Una firme determinación le llevó a aquella consulta.

Con cada sesión semanal aumentaba la esperanza de acabar con la pobre y aburrida vida sexual que había llevado hasta entonces.

En cada cita, el especialista le iba mostrando el camino de la desinhibición, de la espontaneidad y del desenfado, por no mencionar la cantidad de opciones ilustradas con que aquel profesional obsequiaba a su paciente ávido de conocimiento disparando desenfrenadamente su imaginación y su deseo.

El paciente aportaba creatividad e imaginación, pero seguía al pié de la letra las instrucciones, lo que día a día le iba proporcionando intensidades que hasta entonces desconocía.

Ya en la parte final del tratamiento el especialista propuso culminar su aprendizaje con una arcaica práctica hindú consistente en disfrutar el sexo a través de los sentidos; dedicarían, por tanto, una sesión a cada uno de ellos.

Primero comenzó con el de la vista. Sugería recrearse antes de cada acto con la panorámica que ofrecía el cuerpo desnudo de su amante; y sólo después de disfrutar las imágenes escudriñando hasta el último de los espacios, exploraría cada rincón deseado con todos los recursos disponibles.

Con el oído pretendía dos estimulaciones; la primera inducía a deleitarse con una música cuidadosamente elegida que exultara el espíritu antes, durante y después de cada apareamiento. La segunda y más importante, proponía que de la boca de su amante, una voz sugerente y queda, gimiera y susurrara a su oído en los momentos álgidos de placer.

Con respecto al tacto, el experto recomendaba, en primer lugar vendarse los ojos para concentrarse mejor en el proceso, entonces recorrería con la yema de los dedos cada parte de la anatomía de su pareja deteniéndose y recreándose en los lugares predilectos. Luego instaba a repetir la práctica con los pies, las rodillas y otras partes del cuerpo.

Del olfato, decía que era un sentido difícil de instruir. Lo haría a partir del perfume habitual de su amante, pero luego debía retornar a los orígenes. Porque tendría que adiestrar sus pituitarias para escudriñar hasta encontrar los olores corporales íntimos que se alojan detrás de los artificiales y asimilarlos poco a poco. Le aseguraba que éstos, durante toda la historia del hombre habían ejercido como estimulante sexual, por mucho que las nuevas exigencias sociales fueran ahora sus detractoras. De manera que debía despertar el deseo a través de estas sensaciones ancestrales.

El más sutil de todos, aseguraba, era el gusto. Este sentido, indicó, reside únicamente en la lengua, por lo tanto, ella sería la responsable de llevar a cabo la recolección de sabores procedentes de los lugares más recónditos del cuerpo, y le puso algunos ejemplos.

A medida que iba avanzando en su aprendizaje, y a instancias del especialista, el paciente trataba de enlazar unos sentidos con otros en caprichosas combinaciones, tales como reconstruir a su amente en la total oscuridad a partir de su contacto, de su olor, de su sabor o de su voz; de esa manera iba alcanzando cotas de placer insospechadas.

Para entonces creyó que había llegado el momento de prescindir de su sexólogo, muy a pesar de las advertencias que éste le hiciera respecto a las sesiones que aún faltaban para concluir el tratamiento.

Sin embargo, tuvieron que ser las circunstancias, las que le hicieran admitir que el aprendizaje sobre los sentidos aún estaba inconcluso.

La profesional que contratara para las prácticas, le había robado su dinero, sus tarjetas y cuantos objetos de valor pudo cargar, mientras le duró el sueño que le produjo la bebida atiborrada de somníferos que ésta le brindara. Había fallado el sexto sentido, el de la intuición.

Algún tiempo después, todavía no repuesto de su decepción, leía incrédulo en un análisis rutinario dos fatídicas palabras: “V.H.I Positivo”, constatando que por falta de precaución también le había fallado otro sentido, quizás el más importante de todos: El sentido común.



Oscar Zazo
Enero 2009

Una gota en el océano

Siempre estaba ahí. Me lo encontraba en todos los sitios, a cualquier hora. No quiero decir que me siguiera porque algunas veces cuando yo llegaba, él ya estaba, parecía estar esperándome, en otras ocasiones aparecía después y al encontrarnos nuestras miradas chocaban.

Aparentaba una edad muy cercana a la mía, no puedo decir mucho más de él, siempre estaba solo; decir que sin leer nada pasaba las hojas de un periódico sentado a la mesa en alguna cafetería; que ensimismado bebía cerveza al final de la barra de cualquier bar; que parecía un islote, una pequeña isla desventurada apenas levantado sobre una plana y extensa normalidad. Si entraba a una panadería era muy probable que al instante llegara él, y si había silencio, mientras esperaba el turno, se podía escuchar el canto de su corazón a mis espaldas. No pasaba mucho tiempo sin que me lo cruzara subiendo o bajando alguna escalera; sin que viajáramos en el mismo bus fuera cual fuera el trayecto; le vi rezar en muchas iglesias; me lo encontré en los estadios; en los cines; en los supermercados; en centros de ocio; en los hospitales. Donde fuera, en cualquier sitio, él siempre estaba ahí.

Al principio, cuando fui consciente de sus presencias, pensé que a la casualidad le gustaba entretenerse con nosotros y que no eran nada extraordinarios esos acercamientos entre tipos con aficiones comunes pero perdí el sosiego al sospechar que cobraba por espiarme, aunque; quién pagaría a un detective tan torpe, a qué cuerpo de seguridad le interesaría seguir los pasos a un individuo tan normal y cumplidor de todas las leyes como era yo. El hombre no disimulaba su asistencia aunque algunas veces era difícil verle entre otros, ocasionalmente me echaba algún vistazo o me mantenía la mirada igual que si mirara sus ojos en un espejo. Pensé en recurrir a la policía pero qué denunciar, no había acoso ni seguimiento, nuestros encuentros eran claramente fortuitos.

Jamás le hablé, me limité a estudiarlo intentando dar razón a lo absurdo. Su fisonomía y comportamiento no tenían realce ni peculiaridad alguna, vestía sin nada fuera del común en gente de su edad. Olía bien; estando cerca se podía percibir el ligero aroma de una marca muy conocida. Aun sin verle sabía que llegaba o que acababa de marcharse porque como un testigo, la tenue fragancia aparecía o desaparecía de repente.

Pasaba el tiempo procurando evitarlo, antes de entrar en cualquier sitio buscaba; miraba; olfateaba; y al descubrirlo, me iba gruñendo maldiciones por calles y jardines, me hizo salir encolerizado de oficinas, de centros comerciales, de gimnasios, de restaurantes. En otras ocasiones, cuando era yo el que estaba, él hacía lo mismo. Parecíamos estar condenados a ocupar una realidad común e indivisible, obligados a compartir espacio y tiempo en una existencia ordinaria, incapaces de desligarnos el uno del otro tratando de acostumbrarnos a lo predecible.

Poco a poco se convirtió en el eje de mi existencia. Su omnipresente mediocridad me asfixiaba, pero si digo la verdad, cuando no estaba, me sentía solo, perdido. Cuando no nos encontrábamos disfrutaba en un acto íntimo del sueño de la independencia, breves momentos llenos de genuina libertad en los que me sentía señor de mi existencia aunque sabía que no tardaban en romperse cuando al levantar la vista lo veía reflejado en el cristal de un escaparate o conduciendo un taxi. La obsesión redujo todo mi interés exclusivamente a esa angustiosa conexión nuestra, olvidé mis aficiones, las ilusiones, la fantasía, mis sueños. Desatendí a mi familia, a los amigos aunque no sé por qué los sentía cerca a todos cuando el tipo enfocaba la mirada en el vacío de una pantalla de televisión como si ése fuera el mar de los encuentros, el sitio donde todo confluía.

Procuré refugiarme en las exigencias del trabajo, dejé de asistir a lugares públicos y me recluí en casa, la última guarida de mi intimidad, mi pequeña patria celestial, el hogar. Ahí podía tener los ojos abiertos sin verle y mis oídos descansaban del incesante ruido que provocaba a su alrededor. Un silencio divino me cubría protegiéndome de su recuerdo, me alejaba de él, entonces me sentía recuperado y escuchaba mis propias preguntas; momentos en los que por fin sentí calma; paz necesaria para vagar por la tierra interior; por lo más reservado y oculto de mi ser; descubriéndome tal como soy; no como él cree que soy.

Así pasé mucho tiempo, solo, aliviado por el olvido, ya casi ni me acordaba de la cara del tipo, a decir verdad, era un rostro tan común que era imposible su recuerdo. Llegué a pensar que todo había sido un sueño, el delirio de un loco, hasta que una mañana conecté de nuevo la televisión. Ya en el primer noticiario apareció el sujeto; daban noticia a pie de calle sobre la fuerte nevada del día anterior y tras la reportera cruzó la pantalla de lado a lado arrebujado en un abrigo gris. Sentí el reverdecer de la angustia en el estómago, cambié de canal y ahí estaba entre el público que aplaudía en un programa concursó mirando fijamente a la cámara, mirándome a mí. Dando arcadas desconecté el aparato. Quise recuperar la calma, recobrarme, volver a mí, pero fue imposible. Tras vomitar abrí un ventanuco buscando aire fresco y tras la película que formaban mis lágrimas lo vi asomado a una de las pequeñas ventanas del bloque de enfrente observándome con la boca entreabierta.

Bajé a trompicones las escaleras hasta llegar a mi coche arranqué, sin saber a donde ir y conduje durante horas por una ancha carretera solitaria hasta llegar a una infinita llanura donde no había casa, ni árbol, ni piedra sobre la tierra. Salí del vehículo y caminé durante un buen rato sobre la nieve mullida y plana. No se oía absolutamente nada, ni siquiera el sonido de mis pasos sobre la nieve. Al cabo de unos minutos le descubrí en la lejanía, recortándose sobre un cielo gris, venía hacia mí. Seguimos andando hasta encontrarnos de frente, cara a cara, nos miramos a los ojos y pregunté:

– ¿Quién eres?
– No sé – respondió y comenzó a llorar.
– ¿Cómo te llamas? – dije algo asustado.
– Tengo millones de nombres, miles de millones, también el tuyo – dijo secándose las lágrimas con un pañuelo que exhaló su perfume.
– ¿Cuando nos separemos dónde irás? ¿Donde está tu casa? – volví a preguntar.
– No sé – dijo tendiéndome la mano.

Se la estreché, sentí su calor y sonreímos por primera vez, después lo abracé y supe que estaba solo, que era efímero, único, y comprendí al fin que esa era nuestra maravillosa grandeza. No nos dijimos nada más.
Jamás volví a verle.

Directriz para Sexoconsentido y Una gota en el océano

Los sentidos

14/12/08

Justicia

La sorpresa precedió al miedo y enseguida supo que era grave. Ojala el niño estuviera dormido. Ese fue precisamente el reflejo que le reprimió el grito y la impulsó a obedecer. “Llévense lo que quieran pero no nos hagan daño” se había oído decir mientras los dos hombres fingían escucharla con atención esbozando sonrisas cínicas. “Nos lo llevaremos después, y si te portas bien no te haremos daño… todo lo contrario”. A la mujer, el miedo le provocó un nudo en el estómago que le produjo nauseas, pero se sobrepuso e intentó llegar corriendo al baño. Lo consiguió y puso el cerrojo. Allí, trataba desesperadamente de pensar, pero no tuvo tiempo, una voz desde el otro lado de la puerta la convencía de la conveniencia de salir tranquila y dispuesta mientras ellos decidían si despertar o no al niño.

Temblando abrió la puerta, y en cuanto asomó, una mano la agarró por el cabello, la atrajo hasta sí y comenzó a darla instrucciones al oído: “mira, para empezar nos vas a poner algo de beber y después te vas a volver a poner tu uniforme de enfermera, ya verás lo bien que lo vamos a pasar”. Sin poder reprimir las lágrimas ella obedeció. Lo más decorosamente que pudo, se quitó el pijama y se puso el uniforme.

Cuando le acercó la cerveza al más grueso, éste le metió la manaza debajo de su falda, ella la retuvo instintivamente y él la propinó el primer bofetón con la mano abierta. “no has comprendido” la dijo flemático, “ a partir de ahora, si no quieres que nos divirtamos con tu hijo, vas a ser amable, o mejor aún, vas a seducirnos. Ven, dame un beso”, la chica no podía parar de llorar. ¡Que no llores!, gritó el más flaco de los dos. A ella le aterrorizó que hubiera despertado al niño. “Bésame” repitió el hombre, ella le besó cerca de la boca, “así no inútil, con la boca abierta y sonriendo”. La mujer habría deseado una violación pasiva, pero supo que no sería así porque disfrutaban humillándola. A partir de ahí la ordenaron constantemente que gimiera y que pidiera más.

Ninguna de las aberraciones, que fueron todas las imaginables, le dolió más que ver los ojos del niño abiertos de par en par en la puerta de la habitación.

Ahora, con la cara pegada contra la cama sentía las embestidas en un estado en el que el dolor físico ya no contaba. Quería morirse.

La policía la remitió a ella a un centro de salud y al niño a los asistentes sociales. Los desgarros y las contusiones sanaron pronto, las heridas del alma no. Tanto ella como el niño estuvieron por un tiempo recibiendo tratamiento psicológico.

Fue después de dos meses cuando recibió la primera llamada de la policía para comparecer en una ronda de reconocimiento. Se trataba de identificar entre siete a un sospechoso detenido que encajaba con el perfil elaborado a raíz de su descripción. En cuanto lo vio tras el cristal se puso a temblar, pero le señaló sin la menor duda. A los dos días se repitió la operación con el segundo de sus agresores.

El proceso fue simple, prisión preventiva y después juicio… en el que por falta de testigos y pruebas concluyentes, el juez dictó la puesta en libertad sin cargos para los dos “sospechosos”.

La mujer se tragó la indignación y declinó ante su abogado, la opción del recurso, porque en su mente ya tenía otros planes.

Como primera medida localizó la ubicación del abogado contrario e inició un discreto seguimiento. Su objetivo ahora era la memoria portátil que el letrado siempre llevaba al cuello e introducida en el bolsillo superior de su chaqueta.

El gimnasio le pareció el lugar ideal. Como cualquier otra abonada le fue relativamente fácil encontrar el momento para hacer saltar el candadito de la taquilla con la ayuda de una pequeña cizalla y llevarse la memoria, el reloj y la cartera para simular un simple robo.

Ante la pantalla de su “laptop” sonrió con malicia en cuanto aparecieron los datos de los clientes. A partir de ahora la cacería tomaba un rumbo más certero.

Desde el principio había desechado la ayuda de allegados e incluso la de cualquier profesional. “Lo que quieras que salga bien, - se había dicho - hazlo tu misma y lo que no quieras que se sepa… no se lo digas a nadie”.

Con el sencillo camuflaje de jeans, gorra y gafas oscuras perseguía con paciencia a su víctima.

Supo que en aquella concurrida discoteca tendría su oportunidad.

En cuanto el sujeto pasó al baño, ella se colocó discretamente unos guantes y entró tras él; mientras el hombre orinaba ella se le acercó por detrás sigilosa sosteniendo en la mano derecha un bisturí desechable. El hombre sólo percibió, en principio, un escalofrío que le hizo llevarse instintivamente la mano al cuello. Aún con el pantalón desabrochado se volvió para encontrarse de frente con el rostro de la mujer. Ésta dio un paso atrás y se quedó inmóvil observando como su víctima la miraba incrédulo, al momento caía de rodillas. Ella miraba como hipnotizada la sangre que a oleadas brotaba de aquella herida mortal. Aún tenía espasmos cuando le introdujo en el bolsillo de la camisa la tarjeta de un local de ambiente gay y unos recortes de periódico ofreciendo servicios homosexuales.

Mientras ganaba la calle con paso decidido, saboreaba su doble venganza: muerte y descrédito, aún así, se prometió un proceso más lento para la ejecución del segundo violador.

Tardó un mes en encontrar la ocasión, pero después de infinitas esperas y varios intentos fallidos, creyó que había llegado el momento.

Era hora punta y el autobús iba repleto de pasajeros. El hombre estaba apretujado en medio del pasillo agarrado a una de las barras superiores. Ella, con su camuflaje casual, se había ido aproximando poco a poco y con cautela. Cuando el autobús llegó a la calle prevista, sacó del bolso una jeringa y provocando un fortuito empujón se la clavó en el glúteo al tiempo que le inyectaba su contenido. El hombre se removió, pero cuando pudo volverse, ella ya estaba inmóvil y mirando hacia otro lado. Tal y como había anticipado, su victima se empezó a marear a causa del anestésico y para cuando se le doblaron las piernas, ya ella le agarraba presta llamándole por su nombre fingiendo preocupación. El violador no llegó a caer, enseguida dos hombres la ayudaron a sostenerlo y algunos de los pasajeros apremiaban al conductor para que se detuviera. La mujer decía en voz alta que su amigo sufría de epilepsia y que en unos minutos se pondría bien, además ella tenía el auto en la siguiente esquina. En cualquier caso los dos hombres ayudaron a llevar al enfermo al vehículo y lo acomodaron lo mejor que pudieron.

Después de deshacerse en gratitudes con los dos samaritanos arrancó deprisa mientras reía histérica de pura satisfacción. Dudaba que nadie se hubiera fijado mucho en ella y mucho menos en aquel auto alquilado.

En cuanto salió de la ciudad le inyectó otra dosis de anestésico en el muslo, eso le aseguraba el buen desenlace de la operación.

En el momento que llegó al apartado lugar elegido, arrastró al hombre, todavía inconsciente y lo amarró a un árbol, lo amordazó y se sentó a esperar.

Cuando el hombre abrió los ojos estaba completamente desconcertado. Ella pacientemente se ocupó de explicarle su situación. El hombre no dijo nada, pero reflejaba en su semblante el terror que le producía la fría determinación de aquella mujer a la que apenas recordaba. Cuando vio a su lado el hoyo que ella preparara días atrás, el hombre comenzó a sollozar. La mujer se explayaba sin ninguna prisa sobre los pormenores preliminares del desenlace en un soliloquio ante un interlocutor mudo, para pasar después a explicarle los detalles de su ejecución. El violador se orinó, y ella se estremeció al reconocer el íntimo placer que le producía el miedo de su víctima. Casi podía saborearlo, casi la excitaba. Pero se escandalizó al constatar que ahora su actitud no era muy diferente de la del propio violador, por eso decidió prescindir de las torturas que le había prometido y se propuso terminar de una vez con todo aquello. Sólo se limitó a colocarle una pinza en la nariz.

No murió de inmediato porque algo de aire debía entrarle a través de la mordaza. Ella observaba con atención sus ojos desorbitados y en el color púrpura que poco a poco iba adquiriendo su piel.

Ya casi era de noche cuando terminó de enterrar el cuerpo y de dejar el área como si nada hubiera sucedido en aquel lugar donde nunca pasaba nada.

Mientras conducía hacia su casa, pensaba en la trascendencia de haber trasgredido la ley de los hombres e incluso la ley de Dios, pero determinó que en realidad la importaba un bledo.


Oscar Zazo
Diciembre 2008

Sofistifagia

Miran desde lo alto, a través de las ventanas del helicóptero observan la nítida arquitectura, la luminosa pureza geométrica de la mansión construida en un claro del bosque a los pies de un macizo montañoso. Es la casa de Neus Celnegre, la persona con un mayor número de galardones otorgados por las más prestigiosas guías gastronómicas del mundo. En esa discreta residencia tienen algunos el exclusivo privilegio de asistir una vez al año a un banquete excepcional, elaborado y presentado por ella misma.

Érase una vez una niña muy pobre que ayudaba a sus papás en el pequeño negocio familiar, una carnicería donde no tardó mucho en demostrar sus dotes dejando encantada a la parroquia. Sus chacinas apasionaron a una clientela hasta entonces resignada a la baratura de unos productos sin alma. La tienda prosperó ocupando a varios parientes que felices despachaban carne de una extraordinaria calidad y las magistrales mezclas con las que se alcanzaba un aroma y sabor que hacía enloquecer de placer al más glotón y recuperaba el apetito del más desganado. Pasó el tiempo y la niña se convirtió en una joven que recién graduada en ginecología y obstetricia invirtió sus abundantes ahorros en la compra del antiguo palacete donde dio inicio a una sublime gastronomía.
A pesar de su autodidactismo en el arte de los fogones, apenas sin conocimientos prácticos pero con una gran confianza en sus facultades consiguió pronto reconocimientos, críticas favorables incluso de los calificadores más temidos y exigentes. Trabajadora infatigable, creativa, muy natural, desde el principio se abastece exclusivamente de los mejores productos en los mercados más prestigiosos del mundo con los que compone una poesía para cada plato gracias a una cocina técnica, elegante, dotada de un especial refinamiento que colma de satisfacción a la boca más fina. Esa mente tan creativa y tan singular sensibilidad hicieron crecer el negocio de forma imparable destacándose en el más reputado itinerario gastronómico con la selectas composiciones que sus restaurantes abiertos en distintas partes del mundo presentan a un público capaz de aguantar pacientemente la espera durante meses, o incluso años, antes de poder sentarse a alguna de sus mesas.

Muy pocos saben que ordenó construir un pabellón cercano a su residencia para albergar a jóvenes desvalidas. Una nave con sótano que penetra en una verde pendiente dando la sensación de ser un bunker, protegido bajo una cubierta vegetal que a penas le hace diferenciarse del entorno. El hormigón visto está presente en interiores y exteriores expresándose como una materia viva con claros volúmenes de líneas puras, un espacio, higiénico, diáfano y bien iluminado. En la estancia superior, panóptica, el paisaje se cuela por los estrechos huecos verticales que horadan los ásperos muros y que se cierran con cristales de seguridad. El escaso mobiliario se compone de una inmensa pantalla de TV sintonizada en un canal infantil y a la que es imposible desenchufar, frente a ella un cómodo sofá, detrás una cama, una mesa con una silla, a un lado una cinta de correr y una bicicleta estática. El inodoro, bidé y ducha tampoco están privados a la vista ajena. Al anochecer se desconecta la electricidad. Allí vive sola por el momento, Anna Damankova, a la que rescató de un burdel de Brest, en Bielorrusa; una mujer grande a la que apenas se le puede entender, con retraso mental y sin familia. Cuando llegó tenía 20 años, un lustro después seguía sola y vistiendo el mismo tipo de prendas con las que se le obligaba a vestirse, algo parecido a un kimono japonés, de colores neutros, marrón, grises y negros que hacían resaltar el azul de sus grandes ojos bovinos y el rubio casi blanco de su corta melena. La señora diseñó una dieta adaptada a sus características y necesidades, con un consumo regular de una amplia variedad de alimentos de primera calidad que le nutría adecuadamente al tiempo que protegía de enfermedades con una medicación intensiva tanto de carácter preventivo como sintomático. No se dejó nada a la improvisación, las influencias medioambientales, tales como las horas de luz, la temperatura, ventilación, humedad, también desempeñaron un papel importante en el diseño de la jaula.

Este final de año marca la fecha de un trascendental acontecimiento en la vida de un oscarizado director, fue citado por fin, al igual que el presidente de una de las democracias más desarrolladas del planeta; también tiene cita un magnate de la comunicación dueño de un emporio de inconmensurable influencia social; y una famosa estrella de Hollywood a la que se le reconoce una extraordinaria labor humanitaria; y un cantante europeo, celebridad muy sensibilizada ante la injusticia social con más de cuarenta años apareciendo en los principales escenarios y medios de difusión pública; esa fecha es clave también para uno de los más importantes banqueros del mundo; para un alto jerarca religioso; para el modisto más influyente del siglo y para un filósofo reconvertido en el mayor experto en estudios de mercado. Un conspicuo grupo de personas residentes en distintas partes del mundo ligados por un único vínculo; el de formar parte del selecto club de caníbales para el que la genial Neus Celnegre cocina sus más sofisticadas y secretas recetas.

El menú que se degusta en cada convocatoria se prepara con el cuerpo de un humano neonato, de un mes más o menos y hasta un máximo de 5 kilos. Hasta ahora fueron cocinados tres bebés para el club hijos todos del idiotismo de Anna y de un fornido y pésimo jardinero oligofrénico dedicado a semental y que malamente atiende el invernadero donde se cultivan especias y condimentos. Se le mantenía casi oculto en una cabaña entre una espesa arboleda de la finca destinado a padrear a los vástagos de la retrasada. En los meses de marzo y abril con la excusa de que ella lo ayudara en su trabajo, Neus les obligaba a permanecer juntos durante mucho tiempo en la cabaña, el necesario hasta confirmar la preñez. El instinto del jardinero le hacía sentirse culpable de haber hecho algo malo tras copular con Anna por lo que disimulaba torpemente intentando ocultar los hechos. Casualmente fue la muchacha quien inició el ciclo espontáneamente dada su mayor experiencia y en un descuido de Neus, que no obstante contempló todo en silencio, facilitó sus siguientes encuentros y esperó el primer embarazo.

Como en todas las ocasiones anteriores los invitados se sientan en unas sillas rojas Panton de Vitra frente a la amplia mesa de acero Big Irony en una gran sala habilitada en el sótano y a la que se accede por una estrecha puerta. El espacio sin ventanales y de altas paredes blancas y desnudas daba la apariencia de un quirófano por su mobiliario y su extremada higiene. En uno de sus lados, la cocina, donde Neus prepara otro sublime menú para el clan, compuesto por entrante de sesitos asados a la parrilla a fuego flojo acompañados de un puré de coliflor y cubierto de caviar; un caldo de tuétano y huesitos deshechos con jugo de trufa denso en matices y ligero en texturas al que acompaña una tosta de paté a la canela y pechuguita picada con morcilla de sangre dulce en canutillo de brik con cerezas. Se descorchan tres botellas Perrier Jouet para los primeros bocadosy se presenta a continuación una sopa tibia de cebollino con ajos silvestres, perfumada con semillas y hojas aromáticas con carrillada asada y troceada sobre una pasta de curry rojo y hojas carnosas; le siguen los riñones y corazón caramelizados; la espalda y costillar hervidos con leche materna y confitados con canela y vainilla; a continuación presenta las manitas y pies rellenos con jardinera de berenjena y ceps empalizados con cereales; los muslitos se presentan hechos hebras con hilo de cebollita caramelizada, todo ello acompañado por cuatro botellas Doble Mágnum de Vega Sicilia. Con leche condensada y otra pasteurizada recogida de la madre en días anteriores compone una mousse al limón con tropezones de cubitos de ananá como postre.

Al final de la cena los comensales brindan plenamente satisfechos con la esperanza de ser elegidos nuevamente y comentan las bondades de esa delicia cárnica apenas conocida por unos pocos iniciados, el secreto sabor, la delicada esencia del bebé humano, esa carne a la que nada se le puede comparar, ni tan siquiera la de buey de Kobe; ni el mejor toro de atún; ni el más sublime jamón de bellota bien cortado y en su perfecta curación. Suprema carne humana, inagotable, a la que se cría para ellos y con la que disfrutan de la mayor expresión culinaria cuando tragan la elemental inocencia del ser, transubstanciando la pureza en elemental alimento, en sofisticada manduca. El culmen de una elite depravada, hastiada, depredadores acostumbrados por los siglos a las prebendas, a los privilegios del poder, del prestigio social, que se satisfacen despreocupados por la trasgresión de toda moral y sin un ápice de remordimiento ético, sofistifagos en busca del más sublime hedonismo intentando paliar el tedio y la hartura de sus envidiadas vidas. Realizan por fin el último brindis y cuando se disponen a salir, aparece Anna Damankova por la estrecha puerta que abre muy despacio, como si esperara permiso para entrar, asoma primero la cabeza, pasa y la cierra tras de sí, se acerca lentamente hasta la acerada mesa y fija su mirada bovina en los restos de los platos, observa un trozo de piel dorado por el fuego con un pequeño lunar con forma de corazón, el corpachón de la mujer permanece inmóvil durante un buen rato y de pronto abre la boca y al principio en un grito sordo lanza después un gran chillido que reverbera en las paredes y que cesa de pronto; despacio toma un cuchillo y corta sus venas y mientras dice:
- ¡No más niños… no más niños!
Clava la afilada punta en la base de su oreja izquierda y traza un profundo tajo hasta la base de la derecha, se degüella con la mirada perdida en el alto techo. La sangre le empapa de inmediato el pecho tintándole el kimono el cuchillo cae sólo un instante antes que ella. Alguno hace intención de auxiliar pero Neus Celnegre lo impide, diciendo:
- Es su venganza. Estos pobres seres la buscan así, haciéndose daño, mortificándose en una especie de ridícula heroicidad mártir y teatrera. Será un honor seguir cocinando para todos ustedes. Buena noche y ojalá pueda verles el año próximo.

Los comensales pasan silentes por encima de la agonizante Anna procurando no mancharse los zapatos con la sangre caliente. En el exterior, las aspas del magnífico helicóptero agitan la hojarasca de la planicie, todos abordo se eleva el aparato majestuoso hasta desaparecer en la oscuridad. El jardinero a la puerta de su cabaña oye el ruido pero no descubre nada en el negro cielo, sin luna, sin estrellas y… colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

Directriz para Justicia y Sofistifagia

Miedo, venganza.

17/11/08

AMORES REALES

Por aquel tiempo la voluntad de las personas no contaba, y mucho menos las opiniones o los gustos, por lo menos los míos.

Me aburría la corte, pero allí me encontrada merced a los esfuerzos, intrigas y sobornos, que con tanta dedicación, entretejiera mi padre hasta conseguir hacerme cortesano.

Por mi propensión innata a la pereza y mi natural desinterés por las cosas, no fueron pocos los palos y castigos de los que me hice acreedor, al parecer con sobrada razón, hasta que consiguieron meterme en la mollera modales y protocolos necesarios para el desenvolvimiento en la corte. Tampoco tuve nunca prejuicios ni lastres de conciencia que menoscabaran mi dignidad, tales como orgullo, lealtad o vanidad. De manera que a la postre lograron convertirme en un cortesano joven, apuesto y ahora refinado.

Y me habría ido bien, de no ser por una serie de acontecimientos en los que me vi, involuntariamente envuelto.

Todo empezó el día en que, a pesar de mis disimulos, su regia majestad puso los ojos en mí, sabría Dios con qué intenciones.

Una tarde a la salida de palacio una dama de compañía de la reina puso en mis manos un “billete real” con instrucciones precisas. Se trataba de una cita secreta con su alteza aquella misma noche. Recomendaba máxima discreción, “so pena de muerte” pensé yo, con los más lúgubres augurios.

Lleno de aprensión, acudí a la cita entrando a palacio por las caballerizas, desde donde la dama de marras, me condujo a una recámara. Allí permanecí solo durante interminables minutos hasta que de improviso apareció la reina.

Rodilla en tierra incliné la cabeza – Majestad…

- Vamos al grano, - escuché perplejo – estáis aquí para hacer un servicio a vuestra reina.

- ¡Siempre majestad!- manifesté raudo - Pedid la luna y al punto removeré cielo y tierra para ponerla a los pies de vuestra merced. – Y añadí aun a riesgo de excederme en mi actitud pelota y servil – Podéis confiar a muerte, que vuestro súbdito y seguro servidor derramará hasta la última gota de su sangre…

- Dejad ya de decir sandeces, majadero, - atajó la reina - e iros desnudando que tengo poco tiempo – escuché con estupor

- Pero majestad…

- Ni majestad ni gaitas, estáis aquí para llevar a cabo lo que el rey no puede o no quiere hacer, y espero quedar satisfecha de vuestros oficios, que no son otros que preñarme lo antes posible por vuestro bien, por el mío y por el de la corona. Que para la descendencia siempre será mejor un discreto bastardo que el escándalo de una impotencia manifiesta. Y ¡ay! de vos si vais sobrado de lengua y flojo de verga como el inútil de vuestro rey… así es que basta de palabrería y al tajo.

Mucho miedo y poca experiencia no eran buenos aliados para acometer tamaña empresa. Aún así, me puse a ello diligente. Fue tal vez, mi condición de mozarrón saludable, lo que aportó brío suficiente para obviar ciertas trabas que obstaculizaban el buen desenvolvimiento de la tarea encomendada, a saber: primero, incisivo e hiriente tufo sobaquero. Segundo, abundante y tupida pelambre púbica, que por un buen rato despistó mi desentrenado sentido de la orientación.

Sea como fuere, y a pesar de mi torpeza como amante, esa noche y otras posteriores, cumplí a duras penas lo convenido como obediente y discreto donante de “mascadas”. Eso si, esgrimiendo como atenuante en mi defensa, la presión y, por qué no decirlo, el miedo que infundían durante el acto sus descalcificaciones y amenazas.

En el fondo de una mazmorra, encadenado en prisión preventiva, dijeron, recordé a no se qué imbécil cortesano diciendo eso de “no hay acción sin reacción”, y allí estaba yo tratando de desenmarañar eso de las causas y los efectos, temiendo, con buen criterio, que preñada o no la reina, ya mi cabeza, por no nombrar otras partes de mi anatomía, no valía nada.

Voces autoritarias rompieron el silencio de la madrugada despejando del todo mi duermevela. Cuando sonó el cerrojo de mi celda temí lo peor. El rey en persona ordenaba al guardia y al resto de la comitiva que le dejaran entrar solo. Mis ojos acostumbrados ya a la penumbra percibieron nítidamente un ceño fruncido y una mirada de gravedad inquietante. En cuanto sonó el portazo, el monarca avanzó hacia mi rincón con paso lento pero decidido. Yo me incorporé como pude y él se detuvo a escasa distancia, como sopesando lo que estaba a punto de hacer. Sus mandíbulas se tensaron y su barbilla tembló visiblemente. Entonces me abrazó y lloró con gran congoja. Al poco su mano se deslizó hasta mi trasero y lo apretó con fuerza. Involuntariamente se dibujó en mi rostro una casi imperceptible sonrisa de suficiencia.

Oscar Zazo
Octubre 2008

Yo preñé a la reina

Yo, señor, estando cerca ya el fin de mis días y para dejar constancia de mi revolucionario acto genético-terrorista silenciado por absolutamente toda la canalla mediática, no sólo la nacional, también por todos los medios de comunicación del mundo, escribo estas letras que podrán leerse en las blancas paredes de ésta mi pequeña celda de la cárcel-manicomio en la que me sepultaron en vida hace tantos años. Es mi última esperanza de que el suceso que a continuación relataré sea conocido por los ojos curiosos que se entretengan en descifrar mis torpes letras escritas con este lápiz casi consumido a modo de jeroglífico angustiado y ansioso por darse a la luz y el conocimiento del mundo entero.

Yo, señor, fui a nacer en una estirpe de menganos miserables reproductores de vaciedades y sinsustancias siglo tras siglo; todas las averiguaciones que hice sobre mis orígenes lo único que me procuraron fue deshonra y abatimiento de alma. La lista de mi linaje hasta donde llegó mi conocimiento fue formada por obreros vagos, campesinos necios, pastores cerriles y otros casi esclavos agradecidos en servidumbres a amos de muy poca importancia. Todos ellos sufrieron grandes hambres y profundas calamidades que hicieron peligrar la casta que culmina en mi persona de puro milagro. Yo, señor, soy el único y último heredero de la mustia cadena de los Braga-Palomino, estirpe ignorada por la historia agotada en su inanidad e insignificancia. Yo, señor, ideé, planifiqué y ejecuté el magistral plan reivindicandor con el que conseguí trocar es destino de mi triste y paupérrima ascendencia casi troglodita y también los de esta vigorosa Monarquía nuestra a la que tanto amamos.

Yo, señor, soy de oficio cabrero y además muy inclinado a las filosofías y a las ciencias naturales, por lo que en mis solitarias jornadas campestres tras dar durante muchos años vueltas al asunto genético-reproductivo, llegué a la conclusión que de los vivos que merodeamos por el planeta, son los más fuertes, los más hábiles o los más bonitos los que mejor y más se reproducen.
Yo, señor, no fui agraciado con un cuerpo recio; ya desde chico me apodaron el Sansonito con muy mala guasa por ser canijo y flojo de fuerzas a causa de la desnutrición que heredamos unos de otros, pues tanto mi madre, como mi padre, y todos mis abuelos, eran poco más altos que lo que se entiende por enanos; tampoco he salido muy habilidoso ni para el hacer ni para el cavilar; ni tampoco soy un bonito que luzca guapuras como podrían testificar con recto juramento y ante juez o notario todos los que me hayan visto una o mil veces.

Yo, señor, encontrándome tan solo y último en este mundo, sin padre; ni madre; ni compañía de hembra con la que aparearme ni multiplicarme, tuve la agudeza, el arte, la ocurrencia, la gracia de diseñar un plan para legar a esta nación un Braga-Palomino muy, pero que muy principal, un sucesor para honra mía y la de toda mi estirpe elevándonos de golpe y por fin a lo más alto de la pirámide sociobiológica tras luengos siglos de infamia, poquedad y anonimatos. Un heredero que aunque adornaría su nombre con otros ilustres apellidos, sería el portador de lo verdaderamente importante, de la simiente Braga-Palomino, que yo; su servidor; sería capaz de transmitirle tan ingeniosamente a la siguiente generación salvándola de su disolución en el olvido y otorgándoles el mejor futuro a nuestro linaje. Y así sucedió todo durante ese día de la primavera del año 1967, en la plaza mayor de la capital de mi provincia y a la vista de la ciudadanía.


Yo, señor, tras tener noticia tres meses antes de los sucesos de la visita que nuestra señora la entonces princesa y hoy reina de nuestra nación al convento de las Hermanas de los Ancianos Desamparados, tuve esa ocurrencia y descubrí la ocasión para el desarrollo del plan, por lo que estuve tres meses sin acuchillarme las ingles, sin masturbación, o como se suele decirse científicamente sin enanismo alguno para acumular cuantas más semillas mejor y que de ellas la culebrilla más viva del ejército Braga-Palomino fuera la que preñara a nuestra majestad, osea, a la que sería reina, para que se me entienda mejor.

Yo, señor, con las criadillas a punto de reventar llenas de sémenes y espermas, llegué ese día de los primeros a la Plaza Mayor de la ciudad para situarme en sitio más adecuado a mis propósitos. Siguiendo el plan vestí mi camisa más limpia, un peto de cuero decorado con bordados de lana de colores y una chaqueta de paño negro. En las piernas me puse mi calzón de paño negro y también faja, aunque quedaron tapados por delante con los zajones, hechos con cuero y piel con pelo de cabra, rematando el conjunto un cencerro grande y lustroso de adorno sujeto con correa independiente a los riñones, además cargué con un cabrito blanco, el más lucido que tenía.

Yo, señor, al llegar su majestad y para resaltarme superando mi baja estatura aplaudí y lancé vivas procurando llamar su atención lo que conseguí muy fácilmente y también la de toda la plaza por ser el único que llevaba un cabrito a los hombros y que gritaba como un loco, también por estar engalanado con el rústico traje de gala de cabrero. Esperé los treinta minutos que tardó en salir del convento procurando amigarme y ganar la confianza del escolta más cercano cantándole algunas de las coplillas de mi pueblo al tiempo que le sonreía intentando evidenciar inocencias, pero el lugar de parecer inofensivo tal y como yo preveía, resultó todo lo contrario y ordenó a un guardia del municipio para que estuviera vigilante a mi lado.

Salió como medio adormecida nuestra honorable soberana del convento saludando a todos los presentes con una delicada sonrisa en los labios y caminó elegantemente el corto trecho que la separaba de su real vehículo acompañada por la madre superiora, por algunos ancianitos desamparados, por el alcalde y demás autoridades. Al llegar a la puerta del coche y cuando ya lanzaba su último saludo a la concurrencia grité:

--Majestad, majestad, una jota, una jotica, déjeme cantarle una jota.

Todo salió según planeé porque conociendo que nuestra reina es receptiva a estos actos sencillos y espontáneos del bajo-pueblo, probablemente me concediera la oportunidad. Así, consintió y, con un leve gesto de su grácil mano, ordenó a los escoltas que dejaran de retorcerme los brazos y pellizcarme las tetillas permitiendo el acercarme. La multitud congregada enmudeció expectante, durante un instante se produjo un extraño silencio tan sólo roto por el débil y corto balido de la cabritilla que llevaba en mis hombros, carraspeé para aclarar la voz y empecé a cantar en tono re al tiempo que bailaba la hermosa jota que dice:

El dolor que siente un burro
cuando le estiran del rabo
es el mismo que yo siento
cuando te vas de mi lado

entonces; inmediatamente; y sin dar tiempo a reacción alguna, me abalancé sobre ella introduciéndonos junto con el cabrito en el coche, cerré raudo la puerta abierta bajando inmediatamente los seguros. Por extraño que parezca, durante unos instantes nadie reaccionó y sólo se escuchó el sonido de la vara del alcalde al caer de sus manos y chocar en el suelo. Yo, señor, al estar dentro de un vehículo ultra blindado, me despreocupé de los golpes y las amenazas desesperadas que lanzaban los escoltas contra mi persona, entonces suspiré, y dije lo que sigue según había memorizado:

--Majestad, Alta Señora, en primer lugar siento el atufarla; excuse el olor a cabra, o como se dice científicamente a capra hispánica, pero señora, mi oficio me obliga; así es como huelen los cabreros, así he olido siempre y puedo asegurarle, alta dama, que no hay agua de colonia, champú o yerbas que puedan con ello. En segundo lugar, eminencia altísima, me dispongo a preñarla, o a fecundarla según se dice más finamente, por lo que inevitablemente deberé el introducirle el miembro falo, o pene, del latín penis según se dice científicamente; le recomiendo que acomode a su persona y que se deje maniobrar a tal efecto porque, por muy soberana que usted es de este país y que pudiera serlo de otros treinta, como no se este quieta, me veré obligado a soltarla dos sopapos terroristas como estoy seguro que no le han dado nunca. Permítame entonces que descargue al chivito y procedamos señora.

Yo, señor, solamente he entrado en hembra humana cuatro veces; tres fueron con Justina, la puta manca, la única del pueblo, o prostituta como se dice educadamente, y la cuarta fue, según el plan, en nuestra reconocida soberana que por cierto se estuvo muy quieta durante el proceso reproductivo y que fue un tanto largo debido a mi torpeza y también a la flaccidez del mi miembro falo que tardó algo más de lo acostumbrado en remontar debido a la gravedad del acontecimiento, a los fuertes golpes en los cristales, también por los insistentes ruegos de la anciana madre superiora del convento, a las advertencias del alcalde, a las órdenes de fuerzas policiales y por las risas, gritos y aplausos de la concurrencia que asistió al evento o show según se dice científicamente ahora. Conseguí concentrarme y culminar gracias al sonido del cencerro que llevaba atado a los riñones y que marcaba el ritmo de mis empujes.

Yo, señor, después de arrojar mis abundantes sémenes y espermas en su principesca vagina, delicadamente agarre por los tobillos a la señora, que seguía con los ojos muy abiertos y sin pronunciar palabra, o bajo shock como se dice ahora, y le elevé las piernas durante unos minutos para facilitar la fecundación de otro Braga-Palomino. Así permanecimos hasta que la pericia de un soldador consiguió abrir una de las puertas por la que como una exhalación salió el chivo asustado sacándome después a mí los escoltas arrastras, agarrado de los pelos y sin dejarme subir los calzones siquiera. No me voy a extender más porque se está acabando el espacio para mis letras en estas humildes paredes. Valga decir, señor, que el castigo para semejante afrenta nacional es alto; encerrado estoy desde entonces sin poder hablar con nadie. Sé que de esto nada sabías porque todos los periodistas fueron advertidos de lo que supondría tanta deshonra para la Monarquía y para la nación a la que representa, se requisó todo material gráfico, toda grabación y seguro que amenazaron a quien tuvieran que amenazar para que nada de esto llegara a la opinión pública, así lo preveía mi plan.

Ya me queda poco de vida, muero solo, anciano y enfermo aunque contento porque sé que preñe a la reina y que hay un príncipe, que nació en las fechas que tenía que nacer y aunque no he visto retrato alguno estoy seguro que será otro característico morenito Braga-Palomino, delgado y pequeño de estatura, aunque como todos sus antepasados, grande de corazón.
La saga sigue viva y la estirpe ya sin amenaza. Yo he cumplido.
He dicho y escrito para que se sepa.
Amén

Directriz para Amores reales y Yo preñe a la reina

Preñar a la reina, sociobiología, humor

08/10/08

7,5 Escala Richter

Súbitamente cesó el movimiento y con él, el estruendo. El hombre temblaba incontroladamente. La oscuridad era absoluta y ahora el silencio, mortal.

Estaba desconcertado y tardó un rato en asimilar su situación. Se sentía magullado aunque de momento los dolores no eran intensos, sin embargo su movilidad era muy limitada. Enseguida supo que estaba atrapado. Recordó las dimensiones del edificio y le abordo el inoportuno pensamiento de imaginar la cantidad de toneladas de hormigón que tendría encima. Esto le provocó un ataque de claustrofobia. En el pequeño hueco pataleaba y manoteaba gritando descontroladamente. Le faltó el aire y supo que se moría.

Después de un rato, ya casi sin fuerzas, comenzó a serenarse. Trató de controlar la respiración y comenzó a palparse el cuerpo para conocer el alcance de sus lesiones. Estaba dolorido, pero podía moverse. Volvió a asaltarle la cuestión del oxigeno, si estaba herméticamente sepultado moriría por asfixia en poco tiempo.

Tendido boca arriba, parpadeó varias veces comprobando que en la total oscuridad, daba igual tener los ojo abiertos que cerrados. Hizo por incorporarse, pero no pudo, en seguida su frente topó con la piedra. Trató a izquierda y derecha y de arriba abajo, para comprobar que el límite estaba sólo a unos centímetros. Percibía el aire enrarecido. Estaba enterrado en vida. Iba a morir y se propuso que el trámite fuera rápido y sin traumas. Se entregaría de manera templada y serena.

Pensó en su familia y lloró por la incertidumbre y la impotencia. Tal vez, después se durmió.

Había perdido la noción del tiempo, estaba en un duermevela constante que no le permitía saber si estaba despierto o no, si pensaba o soñaba, pero en pesadilla permanente. En un intento por determinar su estado de vigilia, pretendió sentir su cuerpo, estaba entumecido. Aún así, consiguió mover ligeramente las caderas, los brazos y las piernas, pero con el movimiento llegó el dolor, el frío y la sed. Prefería el sueño… o la muerte.

En estado de semi-inconsciencia creyó encontrar una vía de escape. Se la proporcionaba la mente. Visualizaba escenas agradables de su vida. Fueron llegando poco a poco: el abrazo de su padre, los saludos de los amigos, el beso de su mujer o la mirada de su niña cuando la llevaba de la mano. Y seguían llegando imágenes, cada vez más sutiles pero no exentas de belleza: el viento en la cara, el roce de unas sábanas limpias o un simple trago de agua con la boca seca. Y la mente apoyada en la imaginación y en la memoria le transportaba a otras situaciones emotivas: el nacimiento de un niño, el hormigueo en el estómago de dos jóvenes enamorados o la premura por la agrupación familiar la noche de Navidad. Soñó con el mar en calma y con la brisa de la montaña, fraternizó con cada uno de los seres vivos, incluso con las plantas; ahora podía, sin esfuerzos, sentir la vida.

Se descubrió a sí mismo con una sonrisa mantenida que sólo rompió el llanto. Pero un llanto, que no era de pena, sino de emoción. De pronto descubría perspectivas que no conocía. Esas imágenes le provocaban sensaciones tan intensas que le liberaban de su espantosa prisión.

Había perdido por completo la noción del tiempo. Ya no se preocupó por el sueño o la vigilia, no trató más de sentirse, porque no le interesaba el miedo, ni la sed, ni el hambre, ni el dolor. Ya tenía la ruta de su liberación. Despreciaba la esperanza vana del rescate porque rechazaba la frustración y huía de la ansiedad.

Pero sabía muy bien que si recuperara la vida, todo iba a ser radicalmente distinto. Sería mucho más feliz de lo que nunca pudo soñar, porque necesitaría muy poco para ser un hombre realizado. Su escala de valores ahora era otra. Había una nueva perspectiva. Ya no se preocuparía por nimiedades como solía; al contrario, disfrutaría tremendamente de las cosas que hasta entonces creía insignificantes: un paseo, una palabra, un gesto o un silencio, se le antojaban lujos propios de reyes. Ya nunca leería en un libro sólo las palabras, buscaría las intenciones, los sentimientos, o las pretensiones de su autor. La vida sería infinitamente más intensa.

Poco a poco le fue embargando la emoción pueril del aprendizaje, casi de la revelación, tanto, que no se inmutó con las vibraciones, ni siquiera con los sonidos de los martillos hidráulicos. Ni siquiera sabía si estaba dormido o despierto. Tal vez, incluso ya estuviera muerto.


Oscar Zazo
Otoño 2008

Estoy muerto

¡Ya está! ya me morí; estoy muerto. Estoy en la fosa, me enterraron. Lo último que oí fue el estrépito de los terruños sobre el ataúd; mi ataúd, éste que me contiene ahora y que está cubierto por la tierra que antes pisaba.
No siento temor; no siento nada; no tengo ningún miedo. Sé que ya no respiro, que no late mi corazón pero no sé si están mis ojos cerrados o abiertos, no veo la nada; no es que vea todo blanco o todo negro, es que es la nada y a la nada no se la ve. No sé cuanto tiempo llevaré sepultado quizás debería estar oliendo mi putrefacción pero tampoco olfateo nada, ni oigo, ni trago saliva, nada me pica, ni me escuece o duele, no tengo sueño, ni frío ni calor; estoy muerto.

Entonces; ¿por qué siguen chispeando los ecos de algunos pensamientos por mi cabeza, por qué sigo escuchándome en el cerebro? o… en el alma. ¿Hay un alma? ¿De dónde llegan estas resonancias? ¿Hay una conciencia que no se separa nunca del cuerpo y que se descompone también poco a poco mientras se separa la carne de nuestros huesos? Puede que la mente siga trabajando, que no se desconecte de golpe, que se vaya apagando paso a paso, del mismo modo que se apagan las luces de una casa; primero la cocina… el salón… después el dormitorio…. acaso ahora sea así y yo esté en las últimas y cuando se apague mi última luz se habrá consumido definitivamente otra existencia como la de otros miles de millones anteriores a la mía. Así de simple, no hay más. Así murió Colón estuviera dónde estuviera, Shakespeare, Ghandi, Stalin o el humilde panadero de cualquier pueblo. Éste es el secreto jamás desvelado. Nadie regreso después de morir para decir a los vivos que muerto no se está bien ni se está mal, que morimos sin miedo, sin angustia, sin necesidad alguna, sin esperar ningún futuro ni salvación.

O quizás estar muerto no sea sólo esto, posiblemente me encuentre en una espera, algo puede ocurrir, o jamás me ocurrirá nada más. De repente puede aparecérseme una luz divina o que mi alma comience a filtrase entre los poros del ataúd primero y por los millones de granos de la tierra que lo cubren para elevarse a algún paraíso, o también podría derretírseme como el plomo y colarse poco a poco hacia algún infierno.
Es el momento de esperar a alguna divinidad. Puedo esperarla o no esperarla eternamente porque el tiempo ya no se divide en horas, ni en días, ahora son eones indefinidos los que me llevan del mañana al ayer y del nunca al siempre. Ni siquiera existe eso a lo que llamé tiempo.
¿Tendré un juicio? ¿Seré juzgado por el ojo que todo lo ve, por un juez infalible que sabe todo lo que se puede saber? porque él; o ella; o ello; será la sabiduría y por lo tanto todos seremos exonerados de pena y castigo por él, o por ella, o por ello, porque quien todo lo comprende todo lo perdona. ¿O seré castigado por lo que dije y debí callar? o por lo que no hice y debí hacer, o por todo el dolor que regué por el mundo sin importarme el sufrimiento con tal de satisfacerme. No lo sé; no sé si habrá o vendrá un juez; o un Dios; o el mismo Satán, tampoco me importa. No me importa nada.

Todo lo que en vida me aterraba muerto me es tan indiferente como el pestañeo de una vaca en un prado. El miedo a morir, al infierno, a la nada, al vacio… ¡Qué sublime tontería! Si pudiera regresar y decir a todos los que sufren la vida: ¡Eh! Escuchen. Estar vivo es una tremenda carga, lo mejor del mundo es morirse de una vez, estar muerto y descansar; dejar de comenzar y recomenzar los días y los años. Es un alivio abandonar esa gota de agua en la que habita nuestra miserable existencia y que flota en un insondable mar cósmico guareciendo a miles de millones de existencias sin sentido como la nuestra.
El impulso vital, la reproducción de este tremendo error que llamamos vida nos obliga a vivir, a amarnos, a devorar a otros seres para seguir existiendo y prolongarnos en nuestra descendencia.
No sé para qué existimos aunque ahora sé por qué merece la pena vivir a pesar de todo. Mi vida está plenamente justificada por lo único que puede justificar a todas las vidas: por la belleza.

El color es bello, la forma es bella, la paternidad fue bella. Los amantes son hermosos, la geometría, el sexo, la arquitectura, los campos y las nubes; los barcos, el pan, los besos y los adioses; las mañanas de invierno, el estío, el otoño y la primavera. Casi todo lo que fabricó la mano del ser humano es bello. Las matemáticas, los ritos, las risas, las caricias, las nieves y las lluvias son bellas; los museos, el furioso viento silbante y el que mece a las rosas, las olas de todos los mares, el agua clara, la amistad, los cristales empañados, el ondulante vaho de un aromático café, la húmeda selva, el soplo que enfría la sopa, los caminos, la miradas de los niños, los acantilados y los desiertos, la porcelana, los perros, los animales, una mesa bien puesta, todo es hermoso. La caridad, el olvido, el perdón… las madres… cuando te dicen: ¡buen día!... Sí; por la belleza merece la pena vivir… el poder… el dinero… no merecen… la… pena… belleza… vida… yo… ya no soy… estoy muerto… morí… la belleza… no tengo miedo… estoy muerto… yo… vivir es bello… la vida es bella… yo… la vida… vivir… vivir… vivir… la vida…. …. …

Directriz para 7,5 Escala Richter y Estoy muerto


Un hombre sepultado

08/09/08

EL GRAN CANAL

Se recordó a si mismo meditando a cerca de su vida, una noche mientras miraba las
llamas del hogar en la cocina, “Había sido buena” se dijo entonces.


A su memoria le llegaban de la infancia sólo imágenes del trabajo en el campo o de la
escuela municipal, en cambio de la juventud, le llegaban algunas del servicio militar y sobre todo del sí que le diera aquella joven una noche en la plaza del pueblo durante las fiestas patronales. Luego sería su esposa por más de cuarenta años, y aunque no le dio hijos, con él fue una buena mujer.

Los sábados iban al cine y los domingos por la tarde al bar. Las mujeres, a parte
hablaban de sus cosas, los hombres jugaban a las cartas y veían el partido. No tenía
sobresaltos ni grandes necesidades. Era una existencia tranquila.

Pero el año nuevo trajo cambios. Primero lo de su Próstata y después la repentina
muerte de la esposa fueron acontecimientos que le hicieron recapacitar a cerca de su
propia provisionalidad.

Fue todo un proceso. En un principio apareció la aflicción al constatar su insignificancia en medio de tantas vidas y tantas muertes durante la historia de la humanidad. Pero una vez asumida su condición temporal, nació en él una desconocida necesidad de romper la rutina y hacer algo trascendente.

Cuando vendió las vacas sintió vértigo. No podía desprenderse de la sensación de estar haciendo algo indebido, por eso hizo la transacción con la mayor de las discreciones.
Viajó a la ciudad, solicitó el pasaporte y luego visitó una agencia de viajes.

-¿En qué podemos servirle caballero?- Le dijo a modo de saludo el joven y eficiente
empleado.

-Quiero ir allí- contestó señalando un póster de la pared donde aparecía una góndola
pasando bajo un puente.

-Venecia ¡Excelente elección!

En el pueblo no dijo nada. Simplemente una mañana se fue.

Con los codos apoyados sobre la baranda inclinada del Ponte di Rialto pasó lentamente
la mirada sobre el Gran Canal y los viejos palacetes impregnados con la melancólica
belleza del cielo gris veneciano.

Le pareció escuchar de lejos la triste canción de un gondolero desde uno de los canales adyacentes.

No recordaba haber llorado ni siquiera en los velorios más íntimos. Y ahora sin oponer resistencia dejaba que ascendiera poco a poco una emoción que le nacía en el estómago y le llegaba a la garganta.

Y así sobre el canal, sintió sin pudor cómo se le llenaban los ojos de agua y cómo
mansamente comenzaban a salir lágrimas que ni pudo, ni quiso reprimir. Era un llanto
franco, casi deliberado. Lloraba por la belleza serena de Venecia, y por todas las
Venecias que no había conocido, y lloraba por su mujer, y por todas las mujeres que
nunca conoció, y lloró amargamente por las tardes de cartas y futbol en la taberna del pueblo, y por su tierra seca y agrietada, y pensó en su padre, en su teniente, en su maestro, en su párroco, y lloró con rabia por que se sintió engañado.
Sólo se consoló al comprobar que sus lágrimas cargadas de, emoción, sensibilidad,
frustración y pena se diluían en las serenas aguas del Gran Canal.



Oscar Zazo
Verano 2008

Las limosnas de Dios

Dicen que hasta entonces, en ninguno de sus 65 años de vida, soltó una lágrima. Parecía inmunizado al dolor; a la pena, al sufrimiento. Vivió siempre en la casa en que nació, una antigua nave reacondicionada del primer polígono industrial que hubo en la ciudad. La altura y el velo de suciedad que cubría los cristales impedían la vista y el paso de la luz por los estrechos ventanales. La centenaria fábrica se dividió en una treintena de espacios sin techar que se alquilaban a los obreros más pobres. La que fue una calle adoquinada con el tiempo fue perdiendo poco a poco la piedra y ganando charcos que a la caída de la tarde semejaban trozos de espejos rotos desparramados por el suelo. En los pocos días en que el suelo estaba seco, el polvo sustituía al barro y con el incesante paso de los camiones de la cementera próxima se introducía abiertamente por el ancho y alto portón de la entrada a la moradas del interior sin cubrimiento. Jamás vio limpia su casa. Dos calles más abajo se encontraban las vías del ferrocarril. Escuchó durante años el traqueteo metálico; los soplidos de las locomotoras de vapor; el paso fatigado de vetustos trenes lanzando en estertores gruesas bocanadas de humo y hollín que elevaban al perenne cielo gris y que veía aparecer en voluminosas nubes sucias por detrás de los altos muros enladrillados de los talleres de enfrente.

En aquella travesía se pasó su infancia sin recibir un buen gesto o una caricia de nadie, su única dicha fue la compañía del perro que apareció de repente. Era entonces un cachorro mestizo al que le faltaba un gran trozo del belfo inferior por donde siempre le goteó la baba y por el que asomaba el rosa amoratado de la encía. No le dio un nombre porque jamás tuvo necesidad de llamarlo. Un chucho despierto, atento, que jamás recibió un baño. No se separaron hasta el día en que murió después de ser atropellado por un destartalado carromato frente al portal de su casa. Quedó tendido con las tripas fuera, sin apartar la mirada de la sombra del muchacho con unos ojos que se fueron velando en un azul nacarado al paso de los años; intentó socorrerle metiéndoselas para adentro y envolviéndole la barriga con su camisa. Así; agonizando durante dos días, acabó expiando entre sus brazos; pero ni siquiera entonces el hombre soltó una lágrima.
Huérfano de madre desde muy chico, puede decirse que se crió así mismo. Sus progenitores llegaron un año antes de su nacimiento a esa calle y ahí se quedaron para siempre; soñando con emigrar a un lejano país tropical en el que tenían algún pariente, aunque al final su padre remató allí sus últimos días tras pasarse la existencia picando en la mina de carbón en el noreste de la región y en la que murió por una explosión en la profundidades del yacimiento. Su hijo, entonces, tampoco lloró. Sintió algo parecido al alivio porque la tos crónica que arrastraba su padre se amplificaba entre esas cuatro paredes impidiéndole el sueño durante muchas noches. El viejo padecía dificultad respiratoria a causa de neumoconiosis, la enfermedad del pulmón negro, además, no sabía como pero; a pesar de aparecer limpio; siempre dejaba el polvo negro y fino de la mina ennegreciendo las sábanas de su lado de la cama, la única de la casa.
A los diez años comenzó a ganarse la vida recogiendo botellas, metales o cualquier otra cosa a lo largo de la vía del tren, llegaba hasta el lejano barrio donde se encontraban los talleres del ferrocarril, una zona donde se juntaban a beber los mecánicos; los maquinistas y al anochecer jóvenes y maleantes al amparo de la oscuridad. Vendía al peso cartones y trapos que rebuscaba en el basurero. Así hasta que entró en la plantilla de una empresa situada a doscientos metros de su chamizo dedicada a la fabricación de tornillos, bulones, pernos y tuercas. En sus pequeños talleres y, resignado desde el principio al ruido atroz de una maquinaria obsoleta, se pasaron 45 años de su vida.

Casi en la treintena se emparejó con una mujer diez años mayor que él, una compañera apagada de la que apenas podría decir nada de los cinco lustros que pasaron juntos, poco más que era callada, fría, sosegada. No recordaba ninguna conversación fuera de las de la rutina de la convivencia. Falleció sin hijos y fue enterrada sin llanto cerca de su vivienda pues los muros del cementerio de la ciudad no distaban más de 300 metros de su hogar.

El hombre pasó los últimos cinco de vida laboral relegado a vigilante nocturno en la misma empresa, recluido en un cuchitril de una sola ventanilla orientada a la entrada de la fábrica en el que tan sólo oía el ininterrumpido zumbido del tubo fluorescente que iluminaba las grises paredes donde únicamente pendía un calendario caducado. Había una pequeña mesa con la tapa llena de arañazos y rayones que mostraban el color natural de la madera y que contrastaba con el marrón oscuro con el que se pintó; ahí fijó la vista durante cientos de horas imaginando que esas ralladuras eran ríos, canales por los que fluía un agua azul y fresca. Memorizó todos en un fantasioso mapa fluvial y podría describir con los ojos cerrados hasta la más leve marca en la tapa de la mesa.

Poco más puede añadirse al resumen de esta existencia; aunque parezca imposible, jamás olfateó el perfume de una flor; ni tampoco escuchó el canto de un pájaro; ni vio una montaña o un mar. Nunca salió de la ciudad, de su barrio; no pasó más allá de los lejanos talleres del ferrocarril a los que llegaba de chico como a una frontera buscando botellas. Ese era su mundo; fábricas; talleres; ruido; olor a grasa, a goma; a gasolina quemada.

Se le ocurrió durante su última guardia nocturna. Miró las rayas, las profundas marcas en la mesa, miró después la foto de una góndola del calendario y decidió entonces que no habría de morirse sin viajar a Venecia.

Y así, un mes después de su jubilación entraba en la ciudad de los canales tras pasar un largo puente. Llegó en una luminosa mañana azulada en la que el tibio velo de la calima apenas permitía distinguir al horizonte que se diluía hasta desaparecer entre el cielo y el agua. En la estación de Santa Lucía y subió a bordo del vaporetto indicado que de inmediato inició su marcha a barlovento en calmosa navegación por los cuatro kilómetros de la gran “S” que traza el Gran Canal de Venecia. Se acomodó asomándose a una de las ventanillas abiertas y miró hacia arriba descubriendo el contraste de las tejas ocres oscuras con algunas de la primeras claras fachadas del canal, se fijó en la hermosa cúpula en color verde de San Simeone Piccolo. El sol refulgía en las pequeñas lanchas blancas que adelantaban al vaporetto provocando estelas que se le asemejaban a un largo velo blanco de novia contrastado con el color azul verdoso del líquido, muy similar al de la aguamarina. Casi rozaban en su navegación la verticalidad de los anchos postes de madera hincados en la fangosa profundidad y que servían de amarre. Los nobles edificios asomaban al canal sus colores rosas, salmón, siena, marrones. Estrechos canales aparecían a babor y estribor, algunos cruzados por pequeños puentes metálicos o de madera. Las tonalidades de las persianas entreabiertas a esa hora y la de los toldos desplegados en las fachadas salpicaban con vivo color a superficies más apagadas de las construcciones. Los botes se balanceaban pacíficamente mientras los turistas paseaban con galbana por las graníticas aceras que bordeaban los canales. El hombre, con un nudo en la garganta miró hacia el interior de la nave en el instante en que un muchacho besaba la mano de una joven; la chica le correspondió con un beso en los labios; después sonrió y le abanicó despacio su rostro con un mapa doblado. Devolvió la vista al Gran Canal y quedó maravillado con todas esas edificaciones, con los palazzos; una fantasía arquitectónica, un delirio artístico que, desde su perspectiva, orillaban al canal en ingrávidas franjas de una realidad imposible y maciza, flotando entre los azules del agua y del cielo. Al jubilado le empezó a temblar la barbilla y no pudo evitar los primeros pucheros.

La brisa parecía acariciarle la cara mientras escuchaba el zumbido sordo del motor y el chapoteo de las pequeñas olas en el casco como a una melodía y de repente; aparecieron las primeras góndolas; tan elegantes como en el caduco calendario. Los destellos refulgentes del sol en el agua reverberaban también en su negro acharolado; su quilla centelleaba como lo harían miles de luciérnagas en una noche sin luna.
Sintió a la primera lágrima de su vida deslizándose muy despacio por la mejilla. El vaporetto cruzó en ese instante el Ponte degli Scalzi, de un solo arco y en el que destacaba su piedra blanca, justo en el momento en una mujer pasaba por encima con un gran sombrero de paja y una cesta cuajada de rosas amarillas.
Se descubría una Venecia más íntima en los pequeños canales que seguían apareciéndose. Un gran pájaro blanco voló majestuoso muy cerca del bote durante unos instantes batiendo las alas con parsimonia, después viró por una de las soleadas calles inundadas a estribor. En los jardines las plantas desbordaban rejas y muros con un su magnífico verde avivado por el sol hasta caer y rozar con sus hojas en la superficie. A la sombra de la vegetación una muchacha morena leía un libro mientras uno de sus pies trazaba círculos dentro del agua, se cruzaron con otra góndola en la que una pareja cómodamente reclinada miraba adelante sonriendo. De pronto apareció el Ponte di Rialto, soberbio; el más antiguo de los que cruzan el Gran Canal y el más famoso de Venecia, con su único arco con dos níveas rampas inclinadas y que se cruzan en un pórtico central.

El hombre, ya en llanto abierto, temía que le descubrieran; no por vergüenza, sino porque le interrumpieran el placer procurándole consuelo. No necesitaba alivio porque sus sollozos eran el fruto de un descubrimiento, de una sobredosis de gozo que milagrosamente compensaba todo su pasado justificándole la existencia.
Podía oír los acelerados latidos de un corazón que pareció palpitar por primera vez en esos momentos. El sol hacía centellear sus lágrimas en el aire antes de caer al canal que lo mecía como una tierna madre y tuvo la certeza, supo entonces que ya tenía la vida agotada; un lento escalofrío recorrió su espinazo y le inundó una sensación desconocida que supuso que era eso que llaman felicidad; algo que no venía de la esperanza sino de una antigua inocencia, de su propia raíz y lo recibió como una limosna de Dios. Se agarró al cristal de la ventana cerrando los húmedos ojos sumergiéndose en esa plenitud, deseando no volverlos a abrir nunca más. Un leve golpe de aire le hizo sentir el frescor de sus lágrimas en la cara y sonrió. El vaporetto siguió deslizándose parsimonioso por el Gran Canal hacia la dársena de la Piazza San Marco, en el Mar Adriático.

Directriz para "El Gran Canal" y "Las Limosnas de Dios"

Un jubilado que jamás soltó una lágrima en su vida, rompe a llorar en el Gran Canal de Venecia

13/08/08

El transeúnte

Los transeúntes con rostros inexpresivos se movían al mismo ritmo, como una masa uniforme y como programados hacia sus destinos.

Él avanzaba con paso enérgico por la concurrida acera de la avenida. Llevaba las mandíbulas comprimidas y la determinación propia del que sabe lo que quiere.

Si fuera por su aspecto podría pasar desapercibido, su estatura media, el traje caro o las gafas de sol, le proporcionaban un camuflaje perfecto en aquella zona de oficinas.

Tras los cristales oscuros, su vista entrenada detectó la arritmia proveniente de un ciego que caminaba con torpeza ajeno al peligro. Un paso más y caería inexorablemente por el agujero abierto en la acera. No fue la piedad, ni la solidaridad, fueron los reflejos involuntarios adquiridos en las agotadoras sesiones de squash, los que permitieron que en un movimiento rápido y preciso le asiera por el brazo justo a tiempo. Sin embargo no pudo evitar que en el tirón, sus lentes de marca cayeran en el hoyo.

Ensimismado con la profundad de la sima, no se percató cuando el ciego se reincorporó al torrente humano, ni de que los viandantes no hubieran reparado en el incidente, tampoco advirtió que sus facciones sin el refugio de las gafas ya no parecían tan duras. Ni siquiera su mente rápida y analítica pensó en la, más que viable, posibilidad de demanda a la ciudad por una obra sin señalizar.

La oscuridad en el agujero era total, sin embargo percibía alguna sensación agradable, tal vez, fuera el frescor que ascendía nítidamente desde el fondo.

Sin pensarlo metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó las monedas que encontró. Lanzó una y se quedó escuchando sin lograr detectar sonido alguno. A medida que iba tirando el resto le iba invadiendo una sensación dulce y no podía evitar una sonrisa bobalicona.

Miraba al fondo sin pensar mientras aflojaba el nudo de su corbata y soltaba el primer botón de la camisa, tal vez dio algunos pasos alrededor sin apartar la vista del enigmático lugar al tiempo que desanudaba del todo la corbata y tiraba lentamente sintiendo el roce de la seda en el cuello almidonado hasta que un instante después la veía volando hacia la oscuridad.

Con calma se sentó en el borde y con los pies colgando jugueteó tocando con los talones la pared. No hubo pausas entre la tentación, el reto y la acción. Con la punta del pie derecho presionó el tacón del izquierdo y el zapato siguió raudo su destino, el otro le fue a la zaga de inmediato hasta que ambos fueron engullidos por las sombras.

El hombre observaba fascinado e invadido con una extraña y casi familiar sensación de bienestar.

Del bolsillo interior de su chaqueta saco su cartera, la abrió y se entretuvo con el fajito de billetes perfectamente ordenados, se deleitó mientras se suspendían en el aire revoloteando. Entonces se acordó de los confetis navideños e incluso de la nieve cayendo suavemente en las noches de invierno. Aún conservaba el dinero de plástico. Ahora, pensó, sería mucho más divertido. Las tarjetas fueron saliendo disparadas de los dedos con la misma maestría que un samurai debía lanzar los mortíferos surikens. A continuación lanzó la cartera con todas sus identidades dentro. Cautivado ya por el aspecto lúdico imperante, se incorporó y orinó mansamente.

Cerró los ojos tratando de atrapar la intensidad del momento. A continuación abrió los brazos para ayudarse a respirar las sensaciones y se recreó en el momento de la semiflexión para tomar el impulso necesario previo a la ingravidez.

Los transeúntes con rostros inexpresivos se movían al mismo ritmo, como una masa uniforme y como programados hacia sus destinos. Algunos hombres llevaban trajes caros y gafas oscuras, avanzaban con paso enérgico por la concurrida acera de la avenida. Llevaban las mandíbulas comprimidas y la determinación propia del que sabe lo que quiere.

Óscar Zazo

Verano del 2008


Directriz: Alguien encuentra un agujero y se precipita dentro de él.

Inspector García

Tres meses antes de dar a luz la mujer del inspector García por fin le dio el nombre del que la dejó preñada. Él se lo exigió con la misma contundencia con la que solía interrogar a los sospechosos en comisaría. La esposa lo pronunció rápidamente no separando el nombre del apellido, ése que tanto deseaba escuchar, mientras cerraba despacio la puerta del portal. Él poli podría habérselo pedido a alguno de sus compañeros, el nombre y mucho más, pero quería escucharlo de su propia boca para oírlo como una declaración de culpa, otra más, a las que ya estaba acostumbrado, también lo deseaba para provocarle un reconocimiento de vergüenza. Necesitaba un nombre que le patentizara la gravedad de los hechos y volcar sobre él la responsabilidad de su propia mortificación. Le era tan necesario como encontrar la clave de un asunto o como poner un nombre al personaje principal de una novela. No le parecía conveniente saber nada más, trataba de contener su furia el tiempo necesario para que se consumiera sin consecuencias. Se reconocía capaz de cualquier temeridad, como por ejemplo; el presentarse en el trabajo del hombre con una barra de hierro en la mano, o esperarle en su casa, o cortarle los huevos y obligarle a tragárselos.

El inspector quería demasiado a su mujer, con auténtica obsesión, aceptaba con agrado su dependencia, no resistía su ausencia más allá de las ocho horas de jornada laboral y corría contento a su domicilio casi con la misma precipitación de su primera cita. Su amor extremo, poderoso, equilibraba su existencia, expiaba las culpas y le liberaba del peso de los remordimientos por tanto dolor vertido fuera de su hogar, de su santuario. La veneraba porque para él representaba todo lo digno de ser respetado en un ser humano. Se purificaba colmándola de atenciones y ternura santificándola como a una imagen que reflejara todas las virtudes en contraposición de toda la bajeza y vicio que estaba obligado a conocer y soportar como policía. A su lado, el discurrir del tiempo era una delicada quietud, la complacencia en la gloriosa simpleza del momento, el contento de la compañía anhelada. Disfrutaba mirándola cuando se pintaba los labios frente al espejo, al escuchar sus pasos, cuando sentía el roce de su tersa piel en el pequeño sofá, al percibir la sutileza de su aroma personal, al saborear el fresco que le dejaba en los labios la humedad de sus besos. Aparte del trabajo, no tenía otra dedicación más en la vida que el adorarla. Así se complacía y aceptaba en el paso del tiempo hasta que se clavó la única espina que había en su camino y detuvo su ventura.
Desde muy joven sintió el ansia de ser padre, un buen padre. Cuando conoció a su pareja, casi una niña, ya la quiso antes que como mujer, como madre de sus hijos. Eran entonces las ilusiones tan jóvenes y poderosas como ellos. Hablaban de sus futuros hijos sin cansarse y no se les agotaban las listas de nombres, debatían durante horas sobre cunas, vestiditos, vacunas, colegios, se cuchicheaban sus deseos, soñaban con ojos verde esmeralda y oscuros rizos. Pero pasaron los años, muchos, y cuando dejaron de hablar de sus niños ideales casi guardaron total silencio.

Ella supo un viernes que estaba embarazada pero esperó a primera hora de la mañana del lunes, justo en el momento en que el inspector jefe García salía para comunicárselo. Asomando por la puerta entreabierta de su casa la escuchó decir que estaba encinta. Se lo dijo con el mismo tono que le pedía que trajera su revista favorita. Más que el golpe de la durísima revelación, sufrió por la cruel impasibilidad de su rostro mirando al suelo y por como cerró la puerta; despacio y sin hacer ningún ruido.
Ambos sabían desde mucho tiempo atrás de su esterilidad. García, infecundo, infértil, fue desde entonces una condena para su mujer, un arenal tedioso, un futuro infructuoso, un agua estancada y pútrida. Ansiaba ser madre, dar vida, pero ese hombre estaba incapacitado para fecundarla y aferrado a ella la hundía en lo vano de su existencia. Sentía aumentar su angustia ante el vacío, se consideraba estafada por el destino.
Esa tarde, cuando regresó del trabajo, García se sentó a su lado, muy cerca, le tomó delicadamente una de sus manos y le juró mirándola a los ojos el querer a ese niño como si fuera suyo, el darle todo el cariño y la mejor educación que le pudiera dar, también le aseguró que el amor que sentía por ella era más fuerte que nunca y que pasara lo que pasara, jamás dejaría de quererla como lo había hecho hasta entonces, pero cuando se le acabaron las promesas ella retiró la mano de entre las suyas muy despacio y fijando la vista en el suelo dijo que lo mejor era que él se marchara, que dejara esa casa rogándole que no le impidiera esa oportunidad de ser feliz, de comenzar una nueva vida porque la que vivía junto a él estaba muerta y le estaba consumiendo.
Esa noche, el inspector cerró la puerta de su domicilio por última vez y ya en la calle lanzó una mirada a la ventana desde la que su mujer le despedía todas las mañanas saludándole con la mano. Le pareció muy pequeña con la luz apagada y las cortinas corridas. Arrancó su viejo Ford negro y entre visillos ella lo vio desaparecer cuando giró al final de la calle.

Fue tres meses antes de dar a luz cuando la esposa del inspector jefe García le dio al fin el nombre del padre de la niña que estaba gestando. La esperó en el portal y muy tranquilo le dijo que de ahí no se movería hasta no saberlo. Ella estaba harta de su insistencia, de escuchar esa pregunta. Le pedía el nombre igual que cuando interrogaba a algún sospechoso en comisaría. No quería descubrírselo porque aunque con ella siempre fue tierno, sabía que era un hombre cruel, que no llegó a comisario por su incontenible furia, aunque también sabía que García era un hombre de palabra y le prometió que le bastaba con el nombre, le garantizó que no le preguntaría nada más, que no le buscaría y que los dejaría vivir a los dos en paz. La mujer deseaba con toda el alma apartarle de su futuro definitivamente y vio la oportunidad en ese momento, creyó que llevándose ese bocado, esa mínima concesión, los dejaría seguir su camino mientras él se limitaría a rumiar su dolor hasta agotarlo en soledad. Por eso le dio el nombre, por eso lo dijo con un gesto de hartazgo y con una voz casi inaudible mientras cerraba el portal de su casa. Se llamaba Anastasio Cervantes, como el escritor, imposible de olvidar.

Cuando dio a luz, el inspector se presentó con un gran ramo de flores blancas en la habitación de la clínica, se las ofreció pero ella las rechazó sin hacer un gesto y sin decir una palabra, las dejó sobre una silla y la besó en la mejilla. Después se asomó a la cuna y comenzó a gimotear, la mujer vio como una rutilante lágrima se deslizaba muy despacio por su mejilla hasta caer como un goterón sobre la perfumada colchita rosa del moisés. Entonces tomó suavemente a la niña entre sus brazos y poniéndose de rodillas ante ella le suplicó amor, le prometió olvido, le juró querer a esa criatura más que a su vida, ser una familia, pero ella, inclemente; le ordenó con la serenidad a la que estaba acostumbrado que dejara al bebé en la cuna y que saliera inmediatamente del cuarto, “entiende de una vez que ya no te quiero. Vete por favor” dijo señalando la puerta y eso fue lo último que el poli oyó de sus labios.
Como borracho, deambuló durante un buen rato por la maternidad hasta encontrar la salida. Aturdido, casi sin ver por donde iba, no le importó disimular su trágica figura a los pacientes y visitantes, no le importó mostrar su llanto abierto. Al fin, sobre el asiento de su viejo Ford negro arrancó de inmediato y casi al instante chocó contra otro vehículo, un Ford blanco, en la misma entrada de la clínica. Como ajeno al accidente se secó las lágrimas con la manga y fijo la mirada en una pequeña fotografía que llevaba de su mujer en el salpicadero del coche, vio la sombra de un hombre que tocaba su ventanilla con los nudillos y él la bajó sin mirarle, el sujeto le pedía explicaciones pero al ver su lastimoso estado cambió el tono diciendo que todo se arreglaría, que le diera sus datos, que no habría problemas, que tenía mucha prisa porque venía a conocer a su hija recién nacida. El inspector jefe, impasible; no apartaba la vista de la foto; el hombre al fin le puso una tarjeta de visita delante de los ojos mientras le decía que no podía esperar y que se pusiera en contacto con él para rellenar los partes del seguro.

García pudo leer entre lágrimas su nombre: Anastasio Cervantes, inesperadamente, hizo presa en el cuello del individuo con su mano izquierda, mientras, con la derecha extrajo de la cartuchera su arma reglamentaria.
Antes de morir, Anastasio Cervantes vio aterrorizado la foto de la madre de su hija en el salpicadero de ese coche. El inspector disparó todas las balas menos una en la cara del hombre, así, sin soltarle, metió el cañón humeante y caliente de la pistola en la boca y mirando a su mujer apretó el gatillo.


V. Pisabarro


Directriz: Un hombre tiene un accidente de tráfico cuando va a conocer a su hijo recién nacido, el conductor del coche con el que colisionó le dispara y le mata.