12/03/11

Los ocasos adecuados (Lujuria)


1


De cuando la voluntad es insuficiente para pecar.


Era uno de esos días de otoño que huelen a primavera. En Berfurt declinaba una tarde serena en la que las postreras hojas de los árboles permanecían tranquilas sin tan siquiera la más leve brisa que las moviera anunciando la cercanía del invierno. La estrecha fachada de aire modernista del hotel Manhattan elevaba su triste decadencia entre edificaciones cercanas destacándose de manera similar a la del grupo de amigas en la que una de ellas, sin llegar a ser hermosa, es la menos desfavorecida de todas. En la terraza del hotel, John Silva, apoyadas ambas manos sobre la barandilla de hierro forjado, se asemejaba a un simple ornamento arquitectónico. Entretenía la mirada en los rascacielos de la zona financiera que, imponentes, se recortaban sobre un el cielo anaranjado y próximo a oscurecer. Orientado por la aguja de la catedral fue ubicando los distintos barrios de la ciudad por los que transcurrió su existencia; la iglesia donde fue bautizado; la escuela, el instituto donde le educaron; los negocios que le dieron trabajo; el cementerio donde se pudrían sus muertos. El eco del taconeo de unos pasos acompasados le obligó a dirigir la mirada hacia abajo comprobando con desagradado que el ruido lo producía el caminar de la mujer a la que estaba esperando, aparecía en escena con una altivez ridícula como la de una reina con corona de plástico. La siguió hasta que entró en el hotel temeroso de que pretendiera irrumpir, de forma tan ridícula, en su futuro en sus pensamientos, en su vida. Sintió en el estómago algo desabrido, como un rodar de piedras romas y blandas.

La deslucida moqueta floreada amortiguó el ruido de los altos tacones aliviándosele el atribulado espíritu pues pensaba que el estruendo de las pisadas desluciría su entrada en un hotel tan señorial. A pesar de la declinación, a Donatilda Schiaffino el hotel le parecía un magnífico lugar; refinado, respetable, algo parecido al adorno pulcro que exhiben los ancianos cargados de medallas y honores. Tras el marmóreo mostrador un esbelto recepcionista, hombre de mediana edad, la observaba por encima de unas minúsculas gafas de montura dorada. Ella, para darse importancia, no mostró la sonrisa de dócil subordinada que habitualmente aparecía en su rostro moreno limitándose a preguntar, inexpresiva, por el número de la habitación en que la esperaban. El hombre permaneció un instante con la boca fruncida y fija la mirada en los ojos marrones de Donatilda antes de responder con la aspereza de las amabilidades obligadas. A ella le gustó en gran medida que a las tres cifras del número de la habitación añadiera lo de madame como tratamiento de cortesía, sin advertir la rutina con la que la cubrió el recepcionista, que seguía sin quitarle ojo extrañado por el abrigo de paño que la cubría, cerrado hasta el último botón y tan desapropiado para una tarde tan tibia. Ante la majestuosa cancela de hierros forjados del ascensor, alguno herrumbroso, rodeada de un mobiliario inapropiado a los tiempos que corrían e influida por el encanto de esa rancia atmósfera, Donaltilda estiraba la espalda hasta casi hacerse daño considerándose, en la espera, como una distinguida dama decimonónica, y eso a pesar del inapropiado zumbido de un letrero parpadeante, amarilleado por la grasa del tiempo y que indicaba una salida de emergencia. La cabina del vetusto ascensor bajó majestuosamente de las alturas. El lustre de la caoba, los herrajes dorados, los cristales grabados, todo se le asemejaba a una carroza mágica que acaso la llevara hasta los territorios de una realidad muy distinta a la que habitaba cada día. Entró despacio procurando no hacer ruido y tras apretar el botón del piso más alto acercó su rostro añejado a un espejo dorado que le mostró tan bella a sus ojos como creía haberlo sido en su tiempo de esplendor, hermosa a pesar de todo, a pesar de las arrugas, de la dureza de los recuerdos, de la injusticia de sus más de cincuenta años.

John Silva entró en la habitación y cerró la puerta acristalada de la terraza, cruzó los brazos con fuerza sobre el pecho suspiró y apoyando la frente sobre el vidrio fresco dirigió una mirada imprecisa a Berfurt, aunque la ciudad, con toda su grandeza se hizo invisible para sus sentidos concentrado como estaba en la probable satisfacción de un deseo lujurioso, antiguo, sintiendo la ambivalencia de ese momento en el que a su ánimo desapacible, alterado, le resultaba imposible reconocer a la situación como agradable a pesar de ser soñada durante mucho tiempo.

John no amaba a Donaltilda, la deseaba, sentía el arrebatador impulso de poseerla con la vehemencia de un macho joven, no por parecerle una mujer bella, sino porque como hombre quería apoderarse de esa preponderante feminidad tan evidente y que la hacía mucho más apetecible al deseo que a cualquier otra dotada con una belleza más reconocible y vulgar. Esas oscuras curvas perfiladas con por la suavidad de su piel meridional; la amable sonrisa que dulcificaba los rasgos severos; su actitud, ofreciéndose tan provocadoramente sumisa; tan delicadamente rendida en el trato encendía en los adentros de Jhon Silva algo parecido a una deleitosa comezón, a un ansia de amarla con la brutalidad de un salvaje en un violento ejercicio de posesión animal. Así lo imaginaba cuando, satisfaciéndose así mismo, decoraba su fantasía con perversiones en las que involucraba a un ser de buen temple como Donaltilda al que presuponía de una bondad pasiva, sin ángulos y tan adecuada para su lascivia.

Compañeros de trabajo, con el paso del tiempo casi llegaron a ser amigos. Se fueron invitando a sus respectivas intimidades permitiéndose de vez en cuando atrevidas confidencias hasta llegar a un borde donde era preciso dejarse caer o a desandar los pasos dados enfriando su relaciones en la virtud. Aunque ellos, por entonces, no imaginaban hacia donde les llevaba una pasión tan inflamada aunque esperaban pacientemente a llegar hasta el cumplimiento de un fin ineludible. Pasaron mucho tiempo jugando pícaramente untándose miel en los labios hasta que en día anterior John planteó súbitamente y medio en broma un desafío a Donaltilda que pensó abriría definitivamente su relación al sexo.

Encendió las luces de la habitación y su ambarina debilidad le hizo percibir el espacio y la situación con aflicción. Los visillos amarilleados por la tenue luz, las pesadas cortinas marrones colgaban inertes, igual que su deseo, sin un soplo que los avivara en esa hora determinante. Tocaron a la puerta, permaneció tal como estaba, de brazos cruzados apoyado en la ventana mirando a la ciudad. Volvieron a llamar y esperó a que se decidieran abrir; por el reflejo del cristal vio como el picaporte se movía lentamente entreabriéndose la puerta, por el intersticio apareció como en un guiñol la redondeada y sonriente cara de Donaltilda mientras a John se le aceleraba el desencanto. Pasó y cerró sin hacer ruido, él giró comprobando que esa maldita luz no le favorecía a la mujer. Permanecían inmóviles, sin pronunciar palabra. Todo lo que a John le gustaba de ella se ocultaba ahora bajo una basta capa de maquillaje y un burdo abrigo de paño oscuro. Su pelo recogido en un pretencioso moño mal rematado aumentaba el desatino y a pesar de los altos tacones le pareció más baja que cuando calzaba sus zapatos cotidianos, parecía estar subida a algo desapropiado que la ridiculizaba en lugar de elevarla graciosamente. A la temblorosa Donaltilda, a pesar de mantener la sonrisa, se le estaban ahogando todas sus ilusiones ante la fría figura que le observaba percibiendo algo peor que el rechazo sintiendo caer sobre ella una fina lluvia de desprecio. Esperaba ser recibida con los agasajos de un hambriento de amor, con el halago de un rendido al que estaba dispuesta a colmar de gozo y se encontró con alguien al que parecía estar viendo por primera vez.

A pesar de todo, temblorosa desanudó el cinturón torpemente, tardó demasiado, después levantó la vista mostrando la sonrisa más falsa de toda su vida y se abrió el abrigo igual que una mariposa sus alas exhibiendo su bronceada desnudez, ensayando una postura que suponía favocedora. El abrigo, los zapatos, las medias, el liguero y las falsas perlas de pendientes y collar decoraban un cuerpo cubierto de vergüenza que poco a poco se fue transfigurando en ridículo mientras pensaba que suya era la culpa por pretender encender el deseo a un hombre con los pueriles coqueteos de una niña y con el cuerpo ajado de una cincuentona. John, maravillado ante la visión de ese cuerpo que se mostraba abiertamente, sufría el peso de la impotencia que le impediría gozar con eso que ahora estaba a su disposición y que fue tantas veces soñado. Comprobó una vez más que la realidad era enemiga del orgullo al que siempre vencía con los años tal como se atestiguaba en el cuerpo de Donaltilda que de repente dejó de parecerle tan apetecible como en sus fantasías, cuando a solas se recompensaba con un imposible que superaba mil veces a esta verdad. Su voluntad desfallecida reconoció que también por él pasaron muchos años y que la penosa imagen de la mujer no era sino un reflejo de sí mismo, incapacitado para la lujuria, incapaz de actuar como un animal lleno de vida y rabioso de gozo ante una mujer que se le ofrecía sin condiciones.

Procuró retomar la situación rescatándose de la desoladora profundidad en la que había caído y aferrándose a una superficialidad salvadora, dijo: —«Muy bien. Veo que eres capaz –carraspeó-. Supongo que he perdido y que tú has ganado la semana de vacaciones que te prometí si veías desnuda hasta aquí». Le cerró el abrigo y la abrazó sin sentir nada, ella, permaneció inmóvil sintiéndose una desgraciada, el odio le llegaría poco después.

Una fina raya crepuscular marcaba el horizonte con un azul frió, casi grisáceo. La noche cubrió a Berfurt, que empezaba a resplandecer con los miles de luces de sus calles, igual que el letrero vertical que ocupaba cuatro pisos de altura en la estrecha fachada de aire modernista del hotel Manhattan.

Arboleda de otoño (Lujuria)


La seguía dos escalones por detrás con la zozobra torpe del imberbe. La mirada fija en el orondo y bamboleante trasero de la muchacha, que le impedía ver el final de la empinada y angosta escalera donde se adivinaba un punto de luz ocre; el momento de calmar sus ansias estaba próximo. Había estado fraguando el deseo irrefrenable por esa hembra pegado a la barra del lupanar en el que se encontraba, a base de rayas de cocaína y combinados de ginebra. Al fin, se detuvo el hipnótico vaivén y pudo levantar la vista para ver a la furcia acceder a la estancia en la que cada día limaba un poco más la poca estima que le quedaba. La cargante música de la sala dejó de oírse por completo al cerrarse la puerta y un silencio plomizo, casi místico, se instaló en el pequeño cuarto. Para cuando dejó los cien euros en la mesilla ella ya se encontraba totalmente desnuda y pudo apreciar sin ninguna limitación la tersura juvenil de su piel morena, y cómo sus curvas se mantenían firmes e intactas sin sostenes ni ataduras. Para él cien euros era una cantidad nimia, ridícula, por eso no podía entender que una mujer en la plenitud de su belleza se encamara con un viejo decadente por tan exiguo pago. La abordó con la parsimonia del tigre babeante sobre la pieza ya cazada. Ella le esperaba voluptuosa y sonriente en el catre. Él echó de menos un comprimido de Cialis.

Amaneció, todos los días amanecía. Y esa dañina claridad parecía escupirle a la cara. Su primer pensamiento fue para la mulata que se trajinó unas horas antes. ¿De qué se reía?. Estuvo todo el tiempo sonriendo exageradamente. Incluso cuando la embistió salvajemente haciendo brincar la cama, no cambió el rictus burlón, la muy puta.

Cuando llamó al ascensor ya se encontraba un poco más seguro de si mismo. La ducha caliente, el perfume y las cremas habían actuado como bálsamo purificador. Aun le dolía la cabeza y se notaba excesivamente cansado. Si no hubiera sido por que tenía que firmar un importante contrato se habría quedado en la cama hasta el mediodía. Un considerable escote que enmarcaba y sostenía unos fabulosos pechos fue lo primero que vio al abrirse las puertas metálicas del elevador. Era la mujer del abogado del tercero que le daba los buenos días tras una sonrisa saturada de carmín. La miró con descaro y pudo notar que se sobresaltaba ante su cercanía. Eso le excitó. El frescor del otoño en su rostro no pudo refrenar los pensamientos lascivos que su mente iba fabricando. Miró el reloj para ver si disponía de tiempo suficiente para subir de nuevo a su casa a masturbarse.

En el trayecto al despacho hizo parar al conductor en una farmacia. Después se entretuvo puntuando mujeres; la nota mas alta, un nueve, fue para una púber con falda a cuadros y calcetines azules que había aguantado su mirada una milésima de segundo más de lo decente, o quizás a él le pareció así.

La reunión era un mero trámite testimonial, porque todo estaba ya negociado y el acuerdo era total. Pero se convirtió en una pelea de gallos por la insistencia de la abogada de la parte contraria que alegaba defectos de forma en la redacción del contrato. Era una mujer temperamental que defendía su argumentación con unos movimientos enérgicos que provocaban que sus tetillas, libres de apoyos, se batieran revoltosas bajo la delicada blusa de seda. Él la observaba con un gesto que transmitía la misma amabilidad que indiferencia, ademán bien ensayado tras años y años de negociaciones, pero en realidad las palabras que emitía carecían de sentido para sus oídos, eran como un murmullo ininteligible que ambientaba sus fantasías. Y en ellas la abogada respondona retozaba sobre la formidable mesa de caoba en la que se encontraban, con su vecina de grandes pechos. Ambas se desnudaban sensualmente para luego fundir sus cuerpos voluptuosos en un impúdico enredo anatómico, sus lenguas barnizaban con saliva y destreza cada rincón de la contraria y al mismo tiempo sus ojos lascivos le invitaban al pecado. Un sutil contacto en el hombro por parte de su secretaria le trajo a la realidad de nuevo, para comprobar que la reunión había terminado y todos los ejecutivos se arreglaban las americanas y recogían sus documentos.

Él prefirió simular una conversación telefónica para dar tiempo a su abultada bragueta a retomar su volumen habitual.

Antes de abandonar el edificio despachó con su secretaria e hizo una llamada a su hija, con la que quedó a comer en un restaurante informal cercano a la universidad. Dio la tarde libre a su chofer y se encaminó sin prisas por las concurridas calles de la ciudad. Caminó sin prisas, observando todo con detenimiento, intentando buscar temas de conversación que amenizaran una comida que preveía tensa, pero su escasa concentración se volatizaba cuando una fémina pasaba por su lado, ya fuera joven o madura; rubia, morena o pelirroja; estuviera delgada o rolliza; daba igual, con todas fornicaba imaginariamente en los breves segundos que permanecían en su campo visual.

Llegó con adelanto a la cita decidido a tomar un aperitivo en la barra del restaurante, pero cambió rápido de idea al comprobar que ésta se encontraba llena de jóvenes estudiantes que departían con entusiasmo mientras sus carpetas y mochilas se amontonaban sobre las mesas próximas. Paseó entonces por la zona, observando con detenimiento el devenir de las cosas. Comprobó con cierta extrañeza cómo los edificios que albergaban las facultades habían aguantado el paso de los años sin alterar apenas su presencia. El entorno sí había cambiado, ahora estaban rodeadas de zonas verdes y todo se encontraba limpio y ordenado, pero esas grandes moles de hormigón y hierro que escupían cada año nuevos licenciados seguían inalterablemente igual que cuando él las ocupaba. Por eso no le fue difícil añorar aquellos maravillosos años de diversión imprudente, amores fugaces y proyectos imposibles en los que con una vitalidad de purasangre se preparaba para su vida futura.

Laura llegó puntual acompañada de un amigo del que se despidió, tímidamente, al ver a su padre. El escaso tiempo que tardaron en comer fue para él el suplicio esperado. Reproches para todos los gustos. Achacándole en exclusividad, la nula relación con su madre y su hermano. Al despedirse en la puerta del restaurante, ella, intencionadamente no le besó y él la vio desaparecer entre la gente completamente desolado. El único hilo que le mantenía conectado a lo que un día fue, amenazaba con quebrarse para siempre.

En el taxi que le llevó a casa hizo dos llamadas, la segunda fue para contratar, de nuevo, los servicios de la escultural mulata y de dos de sus compañeras, no puso límite al gasto ni al tiempo. Salió de la ducha y antes de enfundarse el batín se pudo ver entre el vapor suspendido. Vio a otro hombre, hacía ya mucho tiempo que no se reconocía ante el espejo, se negaba a aceptar que esas carnes blanquecinas, flácidas y enfermizas fueran suyas. Se preparó un Gin Tonic en el mueble bar, que dejó abierto. Esnifó dos líneas de cocaína y se recostó en el sofá de cuero, observando con detenimiento toda la decoración del amplio salón donde abundaban las fotos de sus hijos con diferentes edades, también las de su exmujer. Pensó en guardarlas pero no lo hizo. Por último tragó una pastilla revitalizadora y esperó.

Despertó como siempre despreciando el día. Un intenso y punzante dolor de cabeza no le impidió que su primer pensamiento le llevase a inspeccionar cada rincón del caótico apartamento para comprobar que se encontraba solo. Después se duchó y con el dedo escribió en el húmedo espejo: “adiós”. Tras las letras de gotas descendentes y a escasos centímetros de su propia imagen clavó su mirada en unos ojos mates que ya se despeñaban en el abismo.

El gran paseo de recios árboles se encuentra alfombrado con un espeso manto de hojas lanceoladas y castañas, el hombre hunde los pies en el follaje muerto y aparta los frutos con sus zapatos recién lustrados. La espesa niebla oculta el final del largo camino, y hacia ese punto difuso de claridad difuminada se adentra tranquilo, libre ya de culpa y para siempre, en la arboleda de otoño.

Laura, despierta satisfecha enredada en su amante y admira durante unos segundos la belleza del muchacho, que descansa tras la batalla sumido en un placido sueño. Después con exquisita sutileza besa sus esponjosos labios y se escurre por su cuerpo hasta alcanzar el borde de la cama. Con una bata de seda rosa cubre su espléndida desnudez antes de salir de la habitación. Prepara con esmero un desayuno a base de zumos, café y bollos, toma entre los dientes una de las rosas que él le había regalado la noche anterior y agarrando con firmeza la bandeja avanza, plenamente feliz, por el oscuro saloncito, en el que impera un desorden de cajas de comida rápida y vasos de papel y en el que el aviso de un mensaje, procedente del teléfono, ilumina en parpadeos carmesíes la penumbra desde la tarde anterior.



Momar diciembre de 2010

LUJURIA


¨Debo prevenirte jovencito¨, había escuchado decir al sacerdote en tono conciliador, ¨las mujeres a veces son instrumentos del diablo. Tu inexperiencia es disculpable, tu displicencia no. Pero eres chico listo y enseguida has visto el peligro. Has hecho bien en venir. Bueno, olvidemos el asunto. En penitencia reza un padre nuestro y tres ave marías. ¨Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amén. Puedes ir en paz¨.

Si el muchacho creyó que del confesionario saldría aliviado, estaba muy equivocado ¿cómo iba a olvidarse de su chica? Se conmovía con solo de recordar sus ojos sinceros y su sonrisa franca. Ella lo quería y se lo hacía saber en cada conversación, en cada mirada y en cada beso; su cariño incondicional le parecía de lo más elocuente.

¨Es el segundo domingo que vienes a confesar el mismo pecado y permíteme recordarte que el propósito de enmienda es uno de los preceptos del sacramento de la confesión¨ le recriminó el cura con gravedad después de escuchar con fastidio los pecados y por si fuera poco, las cualidades de la morenita en cuestión. Y ya en un tono más cordial continuó ¨Mira, debes aguantar la tentación, recuerda que el diablo está usando a esa mujer para hacerte caer y para apoderarse de tu alma, ¿no te das cuenta? Escucha atentamente y trata de recordar, dime si cuando ella siente tu debilidad no te sonríe de forma lasciva; y no me negarás que se le entrecorta la respiración en pequeños suspiros cuando estáis en vuestras porquerías¨. De forma involuntaria el muchacho asentía levemente con lentos movimientos de cabeza. ¨Y los olores… primero sientes esa fragancia fresca que ella oportunamente se ha colocado para atraparte en cuanto te acercas, y que termina conduciéndote irremisiblemente a hacia otros efluvios obscenos que emanan sus partes íntimas confabulándose todos para romper tus últimas resistencias¨; y ahora le señalaba con el dedo, ¨tú sabes mejor que yo que esas señales existen; tienes que ser fuerte y debes estar alerta, esta es una batalla que debes ganar. Estás avisado, Ego te absolvo…
En el primer encuentro con la chica, advertido como estaba, detectó cada una de las señales del Maligno que su confesor le revelara. Ahora le llegaban nítidamente y sin ningún género de duda.

¨Padre estoy confundido¨ comenzó diciendo el joven en la tercera confesión. ¨He visto las señales, aún así estoy seguro de que ella me quiere, es buena conmigo y no puedo creer que sea capaz de hacerme ningún daño¨ concluyó frunciendo el ceño en inequívoca señal de conflicto interior. ¨Esa es otra estrategia de Lucifer. En no pocas ocasiones usa a esas mujeres negras con aspecto inocente e indefenso como carnada para que disfracen de amor su natural inclinación a la lujuria. Un joven de tu clase no debería caer tan fácilmente en trampas tan burdas y tan evidentes¨, y continuó diciendo ahora más paternalista, ¨no me opongo a que tengas amistades, no sé, chicas de tu entorno, de tu condición; conocerse, en fin, intimar y que con el tiempo… nunca se sabe, si de esa chispa surja la llama de un matrimonio cristiano”.

¨Pero ella me quiere¨ insistió el muchacho. ¨No, ella te desea¨ protestó el sacerdote, ¨si te quisiera no estaría tentándote constantemente a esa clase de inmundicias que confiesas¨. El muchacho mantenía silencio pensativo, porque donde el cura veía tentación, él veía emoción; donde vicio, amor; donde suciedad, pulcritud deliciosa. ¨Con todo respeto, pero no veo mal ni pecado en todo esto, por el contrario me parece un acto de amor¨.

En el transcurso de esta última confesión el creciente mal humor del religioso era plausible. Sentía que Belcebú le estaba ganando la partida. Por eso decidió cambiar de táctica comenzando por aumentar drásticamente el calibre de su munición. ¨Ya está bien”, interrumpió al chico gritando, “empiezo a estar arto de tus dudas, el vicio no te deja pensar ni decidir y tu alma se va a condenar para siempre¨. Me vas a terminar obligando a hablar con tus padres.

¨Pensé que existía el secreto de confesión¨ protestó el chico, ¨Esto no es no es una confesión respondió violentamente el religioso ¨no lo es porque no hay ni dolor de los pecados ni propósito de enmienda ni nada, esto es, en toda regla, una declaración de entrega a la Bestia¨.

Con toda la serenidad que el chico pudo reunir repuso: ¨ presiento que no está en mi chica esa Bestia a la que tanto odia, sino en su sucia mente racista intoxicada de prejuicios. Y sepa que, ni usted, ni mi familia, ni ningún precepto religioso va a condicionar mi amor¨.
´Allá tú¨ casi escupió el confesor, ¨ya te acordarás de mí cuando llegue el momento de rendir cuentas y veas venir al mismo Diablo victorioso a cobrarse su trofeo¨.
Al diablo con usted, al diablo con mi familia, al diablo con el Diablo, pensó el joven mientras se levantaba con determinación de aquel confesionario y se dirigía hacia la puerta de la iglesia desde donde más seguro que nunca, tomo el camino hacia la casa de su novia.

15/09/10

DESTIEMPO

En esa ocasión, pareció que el destino jugara a propósito con el espacio y el tiempo, para ubicar a los actores y dejarlos a merced de los acontecimientos; o tal vez, fuese el diablo, que no pierde ocasión, quien montara el escenario para sentarse paciente, cual avieso espectador, a presenciar la función.

El caso es que el joven no podía parar de mirar a aquel hombre. Su presencia, sin explicación aparente, acaparaba toda su atención. Entre las mesas y los clientes de la cafetería, su mirada involuntaria y certera, se disparaba una y otra vez, hacia el rostro distraído del comensal solitario. Sus miradas terminaron por cruzarse, el chico entonces, reaccionó con torpeza bajando los ojos a destiempo; el hombre, sorprendido, se limitó a disimular. Después de un par de convergencias cada vez más embarazosas, el joven vio con estupor como el objeto de su mirada pedía la cuenta y se largaba de allí pasando a menos de un metro de su mesa ignorándolo por completo.

Desconcierto y desazón, casi pánico, impulsaron al muchacho a cerrar los ojos con fuerza durante unos instantes sin saber que hacer. Un momento después había dejado un billete sobre la mesa, tomado su mochila y salido a toda prisa de la cafetería escrutando frenéticamente la calle. Recorrió la acera arriba y abajo sin resultado. “No puede haber desaparecido tan rápido, es como si se lo hubiera tragado la tierra”, pensaba angustiado, y angustiado registró uno por uno los establecimientos comerciales para nada.

Esa noche apenas durmió. Fueron muchas las vueltas que dio en la cama visualizando una y otra vez el rostro de aquel hombre, y muchas las veces que trataba de comenzar por el principio para racionalizar sensaciones y sentimientos.

Durante tres días montó guardia en la cafetería a la misma hora del encuentro… sin éxito. Pero al cuarto apareció. Con el corazón desbocado vio como ocupaba exactamente el mismo lugar de la primera vez. Observando sus gestos con disimulo, sintió como el calor arrebolaba sus mejillas. De nuevo miradas furtivas y cruces fortuitos mal disimulados. Pero esta vez, el joven no estaba dispuesto a dejarlo ir de nuevo, por eso se propuso esperar pacientemente a que el hombre terminara su almuerzo y después lo siguió a distancia entre autos y transeúntes con la seguridad de no perderle de vista.

Librería religiosa San Marcos, rezaba en el rótulo sobre la puerta. Después de un rato decidió entrar, buscó entre los pasillos hasta que lo encontró ordenando un montón de volúmenes. Nervioso, tomó un libro al azar y ya lo hojeaba distraídamente cuando vio por el rabillo del ojo que el hombre dejaba lo que estaba haciendo y avanzaba hacia él. El muchacho le dio la espalda en posición casi defensiva.
-¿Puedo ayudarte en algo?- preguntó el dependiente
-Quiero este libro- balbuceó el joven
“Madre Teresa. Todo comenzó en mi tierra.” (Cristina Siccardi), leyó el empleado.
-¿Te interesa Teresa de Calcuta?
-¿ ?... Si, no, bueno es un regalo- dijo el chico algo atribulado.
-Te lo envuelvo, espera un momento.

El joven guardaba el cambio mientras giraba con premura hacia la salida. Ya en la calle respiró aliviado. Al menos sabía donde encontrarlo.

“Persona, amor y vocación” –buena elección, un alegato de la vocación al amor, dijo el empleado con esta nueva compra.

Después del cuarto libro decidió armarse de valor. Lo abordaría. “¿Cómo te llamas? no, demasiado trivial. ¿Eres religioso? Si sí, demasiado obvio; si no, demasiado comprometido. Te invito a un café cuando salgas. No está mal, pero dicho por mí suena fatal”. Probaba y probaba, pero no encontraba la forma adecuada de abordarlo.

Una ropa pulcramente desaliñada y un cabello cuidadosamente despeinado ayudaron a recibir el ok del espejo para salir de casa con determinación. No sabía muy bien qué diría, pero estaba decidido. En la puerta de la librería se detuvo hecho un mar de nervios, tomo aire y entró, lo buscó pero no estaba donde siempre, recorrió los pasillos, y algo desconcertado preguntó por él a la señora de la caja.

-¿Qué empleado, Daniel?- dijo mirando gravemente por encima de los lentes. -¿Es usted familiar?- volvió a preguntar sin apartar la mirada.

-No, bueno… conocido.

-Anoche tuvo un accidente. El entierro será mañana a las nueve.

…Quería correr y llorar hasta desgarrarse, pero sus piernas no obedecían y sus ojos permanecían secos, sólo andaba despacio, sin rumbo y con la mirada absorta.

No sabía cuánto tiempo había estado caminando, ni cuánto tirado en su cama tratando de encajar el demoledor impacto. De repente, salió de su letargo y como guiado por un impulso vital se levantó y fue hacia el escritorio. Entre la ropa tomó el libro que compró el primer día y lo desenvolvió. Pegado a la pasta había una nota escrita en papel amarillo “No creo que te interese la Madre Teresa, pero si quieres podemos ser amigos. Daniel.

El joven se desplomó contra la pared en un llanto incontrolable. De nuevo se levanto corriendo y buscó el segundo. En cuanto rompió el envoltorio apareció otra nota con idéntico papel: “Tu silencio me confunde, tal vez no debí escribir nada. Daniel” Para poder leer el tercero tuvo que frotarse con el dorso de las manos los ojos anegados: “Tu mirada no miente, sin embargo no me das ninguna señal. Daniel”.
Y el cuarto: “Anoche soñé contigo.”.

Retorno a mayo

Le habría gustado morir en una mañana luminosa de mayo, perfumada con el aroma de algún rosal cercano, como los que reventaban en flores amarillas rebosando las tapias de las calles por las que vagaba en aquellos días perdidos de la infancia, cuando elegía holgazanear en compañía de perros en lugar de estar en clase aprendiéndose la tabla de multiplicar. Sí, en mayo, porque en ese mes nunca le ocurrió nada malo y quería que siguiera siendo así.

Se le estaban consumiendo los años de juventud cuando comenzó a dejar de ver al mundo, a la vida, a los suyos. Perdió la vista y, muchos años después, le seguía pareciendo imposible no volver a ver con tan sólo levantar los párpados. Cierto día, en el instante en que se inclinó para coger un muestrario que estaba en el maletero del coche sufrió el desprendimiento de ambas retinas, la inevitable ceguera fue una cuestión de tiempo. Aunque lo que sucedió es que no se agachó para recoger el muestrario del color (trabajaba de comercial dedicado a la venta de pinturas), lo que en verdad buscaba en el maletero era una revista erótica de muy poco estilo escondida bajo la alfombrilla debido a la inagotable curiosidad de sus hijos que no cesaban de buscar abriendo cajones, bajo las camas, por lo alto de los armarios sin saber qué buscaban aunque a veces encontraban algo que le avergonzaba. Me agaché y me quedé ciego. Eso dijo a todos, también así mí mismo, lo del muestrario le parecía más digno para quedarse ciego que no lo de la revista cuasi pornográfica.

Sentía fascinación por las mujeres hermosas por eso le agradaba remirar aquellas revistas de muchachas desvergonzadas en poses tan falsas como atrayentes, pero al dejar de verlas dejó de desearlas. Le seguía atrayendo la esencia femenina y aunque las apeteciera de vez en cuando en su noche eterna, perdió interés por el sexo desde que dejo de verlas y empezó a olvidarlas.

Así quedó ciego, sin golpe de puño o pelota, ni tampoco en un accidente terrorífico con fragmentos de cristal clavados en los ojos. Fue como si corrieran un telón ocultándole el maravilloso espectáculo de la vida, de todas las cosas a las que desde entonces hubo de reconocer con la yema de los dedos. El tacto para reconocer, pero para rememorar el olfato es mucho más certero que la vista o el oído, por eso se recreaba recordando el aroma de aquellos rosales que reventaban en grandes flores amarillas rebosando tapias y rejas en su lejana infancia y por eso creía que sería bueno morir en un día como alguno de aquellos, en una mañana luminosa, perfumada, como en las que le importaba un carajo la tabla de multiplicar y andaba seguido de perros buscado sin saber qué por las callejas solitarias como después rebuscarían sus hijos bajo las camas y por lo alto de los armarios.

En mayo jamás le ocurrió nada malo, por eso le importaba tanto morir en el quinto mes para que siguiera siendo así, para que la racha continuara hasta el fin. Periodo en que conoció a la mujer por primera vez, a una que le eligió a él entre casi todos los muchachos del barrio que sin poderlo evitar le entregaron sus corazones rendidos en aquella pletórica primavera. Además, por aquellas fechas, cumplió con su primer juramento rompiendo la boca del patán que dijo que era una puta aquella muchacha que lo despreció. Se la rompió y al mayo siguiente, porque también lo juró, se casó con todas las mujeres casándose con ella, la misma que en el mismo mes, le dio el más dulce de los besos, ese que se recordaría hasta el fin de los días porque la húmeda tibieza de aquel beso repentino le provocó un escalofrío de amor que recorriendo una a una todas las células de su cuerpo, puede que también a su alma, le descubrió a la madre de sus hijos. En mayo nacieron y ganó el primer sueldo; tuvo la primera moto; el primer coche; la primera borrachera con un amigo; fumó el primer cigarro, ganó una partida a las cartas y en tiempo de escasez, tiró sus últimas monedas al río demostrándole al futuro que no le tenía miedo alguno. Tal era la fortaleza de su confianza en sí mismo.

En otras ocasiones se recordaba en mayo adormecido al amparo del regazo de la madre, que le apoyaba la cabecita en el pecho para que escuchara la dulce nana que le cantaba su corazón; recordaba una y otra vez al padre patear un balón amarillo tan fuerte, que parecía perderse en el azul inmaculado del cielo. Por entonces todo tenía sentido, era grande, inacabable, hermoso; todos eran inmortales y percibían a Dios en cada uno de los átomos de cada cosa, porque todas eran importantes. Lo sentían en la dorada luz del atardecer colándose en haces por los agujeros de las persianas hendiendo la penumbra de la escuela; en un cuaderno escolar sobre la mesa del profesor; en la despreocupada risa de los hombres mansos al anochecer; en el color rosa-fucsia de un lapicero favorito; en la lágrima que se desliza por la tapa de un ataúd; en el canto de las olas del inagotable verano y en el de los remolinos de hojarasca de los otoños ventosos; en las estaciones. Mucho tiempo después, al final, sólo era capaz de creer en Dios ocasionalmente, por ejemplo, durante el desvelo de alguna noche desesperada, porque hacía demasiado tiempo, ¿cuántos años?, que no percibía el frescor reconfortante de los amaneceres de julio, que no escuchaba el cantar de los pájaros tras la lluvia y que no volvió a oler como olían aquellas rosas de mayo, aunque le sentaran en primavera cerca de los rosales y le juraran que su perfume era tan intenso que llegaba a marear. Ya no sentía nada, y cuando se dice nada, es nada, ni siquiera a Dios. Al fin todo acaba limitado, pequeño, razonable, sin sentido, como un oscuro y profundo hormiguero lleno de hormigas borrachas.

Ahora, asomado a la ventana de un piso once el viento le acerca la peste humana, el ruido del profuso tráfico. El edificio está situado como un gigante solitario frente a una gran avenida por la que al principio, tiempo atrás, circulaba algún que otro vehículo y él los seguía con la mirada durante el crepúsculo. La perfumada brisa de mayo le despeinaba tan delicadamente como lo haría una mano amorosa mientras fumaba ahí, tan alto, en un piso once, apoyado en la barandilla de la ventana y escupiendo de vez en cuando. Miraba el lapo zigzaguear en el aire y por entonces no sonaba el atroz estruendo de miles de neumáticos rodando sobre el asfalto ni olía el tufo del aceite requemado de ahora. En aquel tiempo escuchaba la música de la radio complaciéndose simplemente en fumar, en el azul, en el naranja del cielo, en escupir de vez en cuando. Era joven veía y la mujer que lo eligió entre todos contemplaba el dulce languidecer de otro día de mayo a su lado. Eso le bastaba para declararse feliz si hubiera sido necesario.

Sí; le habría gustado morir en mayo; en una mañana luminosa, perfumada con el aroma de los rosales pero era octubre y estaba en un piso once en el declinar de un día embarrado, frío, que entraba por la ventana oliendo a óxido acompañando al fragor del tráfico. Estaba solo, no le acompañaba nadie que mirara el crepúsculo y fumara a su lado. Escucho el ladrido de un perro, poco después un silbido lejano. Tarareó una melodía de las que antiguamente escuchaba en la radio; se preguntó:

— ¿Zigzaguearé como un escupitajo? Seguro que no. Caeré a plomo, derecho como un fardo o cualquier otra cosa sin alma. Retornar a la inocencia, zigzagueando de año en año hasta aquellos maravillosos tiempos en que los rosales reventaban en flores amarillas rebosando las tapias, perfumando las calles por las que vagaba en aquellos días perdidos de mi infancia. Quiero retornar a mayo, a ese mes en que nunca me ocurrió nada malo, cuando todo era grande, inacabable, hermoso y tenía sentido.

Directriz para Retorno a mayo y Destiempo:

Ojos

19/06/10

Directriz para ancianos cohete y Cuentas pendientes

"La vejez".

Ancianos cohete

Al fin, tras mucho esfuerzo, el viejo llegó a la terraza de la residencia. La fina lluvia charolaba el piso; el graznido de un pájaro, el agua desembocando por algún desagüe, no se oía más. Se situó en el centro de la amplia cubierta con los ojos entornados y la boca medio abierta manteniendo una inmovilidad perfecta antes de despegar con atronador ruido hacia el cielo, hacia el infinito, hacia la nada. Éste fue el primer caso certificado de anciano cohete.

— ¿Cuántos años tiene usted?
— Setenta y cinco
— Hasta los cientoveinte no dan comienzo los despegues
— Despegar pero… ¿hacia dónde? — preguntó el periodista especializado en divulgación científica

La profesora del Centro Supremo de Investigaciones Fantacientíficas y directora del laboratorio de Bio-propellants del HP-QTJ, en el campus de Wasteland de la Universidad YALEVARD en Calitokio, demora la respuesta y cuando está a punto de contestar, escuchan el “sssss” de un despegue no muy lejano. Nada especial, uno común, un “5SS” de unos noventa decibeles. La circunstancia hizo cambiar de pregunta al entrevistador

— ¿Y su edad señora? Disculpe, pero estoy seguro que comprende la pertinencia de la pregunta.
— A punto de jubilarme, voy a cumplir los cien años muy pronto. En cuanto… a los despegues, hacia dónde se despega, le respondo que hacia ningún sitio, no hay destino, se elevan hasta agotar el combustible que como sabemos desde hace mucho es el continente y el contenido, la totalidad de la materia humana, del sí mismo, hasta desintegrarse en el límite infra-atómico, en partículas conjeturadas teóricamente pero que a día de hoy no han podido ser confirmadas por experimento alguno. Es decir, se despega hacia la nada, o hacia lo que existe pero que aun nos es desconocido.

— ¿Y a día de hoy tampoco se sabe qué supercarburante es el que convierte a un ser humano en un cohete?
— Seguimos buscando agentes biológicos, enzimas, células microbianas susceptibles de ser utilizadas como catalizadores. Es decir, una fuente energética procedente del metabolismo bacteriano. A mi juicio, mucho tiempo perdido errando por sendas equivocadas.
— Entonces, para usted ¿Cuál sería la senda de los aciertos?
— En nuestras investigaciones hemos descubierto productos muy tóxicos aislados, y que tienen un papel fundamental facilitando la rotura de la molécula de hidrógeno. Como usted sabe la combustión es un conjunto de procesos físico-químicos por los cuales se libera la energía interna del combustible. Los estudios procuran descubrir el camino por el que van los protones tras esa rotura, que es distinto del que toman los electrones, y así seguimos años y años en una línea de investigación básica de laboratorio en estudios de caracterización estructural y funcional de metaloenzimas. Así llegamos hasta el muro.
— ¿A qué muro?
— Al muro infranqueable de los límites. A la frontera entre el conocimiento y el desconocimiento. Hemos fabricado algo pero no sabemos qué. Los avances científicos nos han permitido alargar la vida humana una media de cien años. Antiguamente lo normal era desaparecer de este mundo a los setenta u ochenta, hoy a esa edad seguimos siendo jóvenes, nuestros cuerpos, nuestra mente no muestran agotamiento ni declive. Se pasó de seis mil millones de seres humanos habitando el planeta hasta doce mil en apenas cinco décadas. Un civilizado pan-mundo sin guerras, con hábitos saludables, sin apenas enfermedades y con las amenazas del planeta controladas, sequías, terremotos, volcanes, todo previsto con mucha antelación. Nos hemos convertido en una plaga…

Los 140 decibelios de un “8SS” interrumpen a la profesora. Unos diez segundos después, cuando el cercano despegue apenas se percibe, el periodista que le sostuvo la mirada durante todo este tiempo dice:

— Como un cáncer GIST, el único incurable.
— Algo parecido. ¿Hasta cuánto y cuándo puede soportar el planeta esta metástasis, la propagación humana que ha humanizado hasta el último grano de arena? Hoy somos diez mil millones y seguimos disminuyendo, la edad mínima de los despegantes ha bajado de los 140 años a los 120 y sigue reduciéndose. Es la radioterapia que la naturaleza nos impone, la quimioterapia que salvará al planeta hasta dejarlo libre de estas células malignas, de los miles de millones de vanidades que llegaron a acariciar la inmortalidad creyéndose cada una el centro del universo, aunque, realmente, nuestra totalidad no sea más que una gota de agua en alguno de los insondables mares cósmicos de otro universo más.

Anochece, sus miradas atraviesan el ancho ventanal hasta perderse por la cercana ciudad de Yorkin, capital de la totalidad de los frater-estados de la tierra.
Igual que las estrellas fugaces, los ancianos cohete desaparecen en las alturas en incesantes despegues reflejados en los cristales de imponentes rascacielos de más de mil metros de altura.

CUENTAS PENDIENTES

En la puerta de la residencia aún dudaba y antes de llamar estuve a punto de dar la vuelta y olvidarme del asunto. Ni siquiera sabía por qué estaba allí, ¿ganas de vengarme?, ¿mera curiosidad? o simplemente por la dudosa intención de dejar las cosas en su sitio. Como fuere, la casualidad me lo había puesto en bandeja y aprovecharía la ocasión.

Con movimientos pausados y cara de bondad, la hermanita me señaló al anciano de la silla de ruedas ubicada junto al ventanal al fondo de la sala, y me hizo señas para que la siguiera.

Trataba de relacionar la imagen que guardaba en mi memoria con la que iba percibiendo a medida que avanzaba al tiempo que una terrible desazón se iba adueñando de mi estómago. La sola presencia del temido Padre Evelio aún me sobrecogía por mucho que los años le hubieran reducido a un viejo desvalido. Pero había llegado hasta allí para decirle que el tiempo le había quitado la razón y lo haría. Quería que supiera que contra su pronóstico, no me había convertido en un delincuente, ni en un mendigo ni en un ateo depravado, lo único que quedaba por ver era el asunto del infierno, pero me moría de las ganas de decirle que, en todo caso, allí no me iría sólo, porque si graves eran mis pecados por no ir a misa, decir malas palabras, olvidar una tarea o tener malos pensamientos; no menos malos eran los suyos cada vez que, preso de su incontrolable ira, me abofeteaba o me aterrorizaba con el fuego eterno. Y para ser sinceros, a juzgar por su aspecto, era muy probable que me tomara la delantera.

Ahora te miro Padre Evelio, y recordando tu soberbia figura constato que el tiempo me ha devuelto de ti, sólo una patética caricatura, tengo la sensación de que has menguado; tal vez se deba a que por primera vez el que mira desde arriba soy yo. Al final el tiempo ha pasado, pero para todos. A mí, pese a aquella adolescencia traumática y rebelde, me ha convertido en un padre de familia, trabajador y a la postre, razonablemente equilibrado. ¿Y de ti Padre Evelio, de ti, que ha hecho el tiempo?, ¿qué ha pasado con todo tu poder y toda tu ira?, no me digas que a estas alturas has cambiado?, no me irás a decir que haces uso de la templanza y la resignación cristiana? Te habrás resignado sí, pero por que no te queda otra. ¿Estás en paz? No lo creo. Aunque nunca se sabe, porque los de tu calaña, esos que en pos del cumplimiento del deber permitieron que “el fin justificase los medios”, a la hora de dar la cara en juicios postreros, se auto justifican y se defienden de sí mismos con torpes argumentos: “yo sólo obedecía órdenes” o “las circunstancias de entonces eran distintas”, incluso los hay que se aferran a una recurrente demencia senil.

Afectado por mis reflexiones, me sorprendió la apacible voz de la hermanita
--Padre Evelio, mire, que un antiguo alumno ha venido a visitarle- había dicho dulcemente mientras le remetía al anciano la mantita entre la silla y las piernas. La religiosa, discreta, ya se iba con un “les dejo solos para que hablen de sus cosas”. Él había apartado lentamente la vista de la ventana y sus ojillos inquisidores se posaron en los míos. Me pareció que su mirada centelleaba como antaño, yo a duras penas la aguantaba, pero ya con un nudo en la garganta.

Sé que me reconoces viejo zorro” pensaba, “y lo peor es que sabes que aún me aterra que me mires a los ojos, pero no te voy a dar el gusto de apartarlos. Tengo tantas cosas que decirte…

Después de unos segundos eternos el anciano volvió a girar con parsimonia su cabecita hacia el ventanal aún sosteniendo la mirada por unos instantes, los suficientes como para hacerme entender que daba por concluida la entrevista con una autoridad solapada pero indiscutible. Sé que me has reconocido desgraciado, pero no me quieres dar el gusto de enfrentarme, sin embargo ahora has sido tú el que ha apartado la vista, y es por que de sobra sabes a lo que vengo. Mírate, vencido por la vida, seguro que lleno de dudas y comido de remordimientos, eso si es que tu alma albergara un ápice de piedad. Los tiempos han cambiado. Entonces todo estaba a tu favor. La fe verdadera, la moral cristiana y el totalitarismo de Estado llevado hasta las aulas te proporcionaba impunidad absoluta incluso ante las familias, con lo que nuestra indefensión era total. Sólo tu presencia nos hacia temblar y te bastaban unas cuantas frases para percibir nuestras aflicciones al adivinar la ira de Dios reflejada en tus fanáticos ojos. Yo creía ver incluso las llamas del infierno en tus llameantes pupilas, y escuchar los alaridos del Maligno en tus advertencias premonitorias. Ahora sé por qué veía entonces tan nítidamente todas aquellas señales. Era que esa Bestia con la que nos aterrorizabas no estaba en nuestros actos, sino en ti y en tus inquisidores métodos.

Sin embargo no dije nada. Con los labios sellados por la indecisión y los ojos anegados por las lágrimas giré sobre mis talones y me fui de allí para siempre.

16/03/10

Directriz para La Cita, Reminiscencia y Ad Notitiam;

Correo

LA CITA

Ni de frente, ni de espalda, ni de perfil conseguía un ok mínimamente aceptable del espejo. Un rato después, vestido con traje y corbata ya era otra cosa, metiendo la barriga e hinchando un poco el pecho disimulaba considerablemente su obesidad, incluso para ojos poco avezados podía pasar como un hombre fornido.
Haber conseguido aquella cita era muy importante para él, pero le preocupaba no dar la talla. Por lo visto, la imagen de su rostro a través de la camarita del monitor había pasado la prueba, pero para ser sinceros, las fotos que había colgado no evidenciaban su sobrepeso.
Tenía que confiar en sí mismo. Y el caso es que en el chat no había estado mal. ¡Eso es! demostraría que una conversación amena e inteligente puede compensar otros aspectos superfluos.
El encuentro se produciría en un restaurante del centro de la ciudad a las tres de la tarde. La mujer viajaría en su auto y luego regresarían juntos por la carretera de la montaña.
Decidió tomar a las once el coche de línea, de manera que una hora antes de lo acordado ya andaba pululando por la zona. No debía descuidar ningún detalle, se había acicalado con esmero: desodorante abundante, gel extrafuerte en el pelo, perfume seductor para las distancias cortas, y talco en los pies por si la sudoración le traicionaba. Estaba nervioso, pero conseguiría controlarse.
Tal y como había premeditado entró en una farmacia y sin quitarse las gafas de sol pidió, primero una pastilla para el mareo… y después un estimulante, dijo disimulando el pudor, para asegurarse de una buena impresión en una primera cita. El condescendiente farmacéutico, con un guiño le dio a entender que había comprendido a la primera y en un periquete le envolvió las dos cápsulas. Ahora, mucho más seguro encaró el encuentro dirigiéndose hacia el lugar de la cita.
En la entrada del restaurante comunicó su reserva y enseguida el maître le condujo hacia una mesa del fondo del local. Se reconocerían por la indumentaria. Vestido rojo y el pelo recogido ella, y traje gris marengo con corbata azul él. Hecho un “flan” pidió una cerveza y se dispuso a esperar.

Sin embargo el encuentro fue sencillo. Casi natural, él muy correcto se levantó y después de saludar con un aséptico apretón de manos esperó que ella se sentara acomodándole la silla desde atrás. Por suerte nadie notó el leve traspié que dio mientras regresaba a su asiento. Charlaron de manera animada durante un rato, comieron poco, bebieron vino y siguieron contándose sus cosas durante la sobremesa. Así, paso a paso, fueron intimando: Una mano en el antebrazo, risitas de complicidad, otra vez las copas llenas…y en suma la conversación que se fue volviendo más y más tórrida hasta que ella de manera abrupta planteó el asunto abiertamente. “Ya que hemos venido a conocernos”, dijo, “¿Por qué no vamos a conocernos de verdad?”. Él asintió disimulando el pánico. Pidió la cuenta y se marcharon.
Se alegró de haber sido precavido. Mientras la mujer conducía, él buscó con sigilo en el bolsillo de la chaqueta hasta que palpo el paquetito que adquiriera en la farmacia, lo deshizo y echando una mirada rápida y furtiva atrapó la pastillita entre sus dedos.

“¿Cómo se llama ese edificio?” Había preguntado señalando hacia la izquierda de la conductora, al tiempo que en un movimiento raudo se introducía la pastilla en la boca en el mismo instante que ella volvía la vista en la dirección señalada. “El ayuntamiento”, había contestado con voz neutra.

En la habitación del hotel casi no hubo preliminares, en cuanto el hombre cerró la puerta tras de sí, vio como ella se le abalanzaba para besarlo con vehemencia. El la recibió, pero enseguida comprobó, presa del terror que no respondía al estímulo, sin embargo en cuanto ella se empezó a quitar ropa, verificó para su tranquilidad, que aquello comenzaba a cabecear hasta ponerse en condiciones razonables. En la lucha consiguió acoplarse empujando con ganas; sudaba profusamente. En pocos minutos se sintió congestionado, con el corazón desbocado y con los pulmones al límite, supo que le abandonaban las fuerzas y maldijo interiormente su pésima forma física. Jadeando pidió una tregua. Tumbado en la cama resollaba mientras la veía a ella reírse divertida. En unos instantes le fue invadiendo un denso sopor y poco a poco se fue difuminando todo, lo último que recordaba era que la sonrisa de su amante se iba convirtiendo en mueca.

Cuando se despertó ella ya estaba vestida y le conminaba a partir malhumorada. Aún desconcertado trató de esbozar una disculpa pero desistió, se arregló precipitadamente y salieron de allí.
Rodando en silencio hacia el norte se dispuso, esta vez sin disimulo, a tomarse la pastilla contra el mareo antes de llegar a las primeras curvas de la cuesta.

Mientras viajaba recordaba, con la mirada perdida, algunos detalles del lance que se iban sucediendo en su memoria a modo de estimulantes fotogramas. A medida que pasaban iba sintiendo como los latidos martilleaban cada vez más fuerte sus sienes al tiempo que una terrible excitación involuntaria abultaba sus pantalones… que solo comenzó a ceder en cuanto cayó en la cuenta de su imperdonable error. Momento preciso en el que le sobrevino la primera nausea con la acidez propia de los alimentos a medio digerir.

Reminiscencia

En el día festivo de San Ildefonso tras una mesa del Nueva Orleans, Eduardo apuraba su consumición. La tarde era fría y la gente paseaba abrigada y ociosa tras la cristalera de la vetusta cafetería. La inquietud, un defecto que nunca supo corregir, más los rápidos efectos de la cafeína le sumían en un estado de excitación en el que se sentía inseguro. Por su mente pasó la idea de irse y olvidar esta historia demencial en la que se encontraba ya, creía, en su desenlace. Todo empezó con una primera carta sin remite que extrajo del buzón. La primera sorpresa fue la carta en sí; no era normal en estos tiempos recibir una carta con tu nombre y dirección escrito a mano y sin remite, pero fue al abrirla cuando se quedo estupefacto. Con letra muy cuidada, casi dibujada, un mensaje escueto, decía.

“He vuelto a la ciudad, necesito tu ayuda, vigila el correo”

En un principio pensó que podía ser una broma o incluso una sorpresa preparada por su mujer. Faltaban pocos días para su cumpleaños y ella había manifestado en varias ocasiones que la celebración de éste debía ser especial, cincuenta primaveras era una cifra redonda a la que habían llegado juntos y que debían celebrar por todo lo alto. Aun así el mensaje surtió su efecto, Eduardo no pasaba un día sin abrir el buzón. Llegó el día de su onomástica. Margarita, no escatimó esfuerzos para que lo disfrutara de manera extraordinaria. Unos billetes para realizar los dos un crucero de una semana por el Índico, una vieja ilusión de él, fue el colofón de una jornada esplendida. La primera sorpresa fue la inesperada llegada de su hijo, Pablo que trabajaba en Massachusetts en un prestigioso laboratorio no tenia previsto volver a España hasta el verano, por lo que al abrir la puerta esa mañana y verlo allí con su maleta le inundo de felicidad. Él sentía una devoción patológica por su hijo y su marcha al extranjero, inevitable para continuar con su espléndida trayectoria profesional, había sido un golpe que no tenía superado, Él dolor que soportaba era similar al que sintió por la ausencia de su padre. Ese apoyo que él nunca tuvo, cuando mas lo necesitaba, era una de sus prioridades a ofrecer a su hijo como padre y se le complicaba mucho con un océano de por medio. Después le llevaron al único restaurante de la ciudad con estrella Michelín, allí aguardaban pacientes el resto de invitados, un grupo selecto de familiares y amigos que le hizo volver a emocionarse. Esa noche observando el placentero dormir de Margarita recordó la enigmática carta, nadie hizo mención a ella.

Volvieron del crucero, en el que disfrutaron como dos adolescentes anónimos y en el que se olvidó por completo del enigma de la carta. Pero fue al revisar el abundante correo acumulado cuando la inquietud retomó a su vida. Entre folletos de publicidad y correspondencia del banco apareció otro sobre satinado con su nombre en cuidada caligrafía.

Cada vez que la campanilla de la puerta del local tintineaba crecía angustia y sometía al nuevo parroquiano a una inspección exhaustiva. Primero trataba de reconocerlo y si no era así intentaba imaginárselo con treinta o cuarenta años menos. Llamó la atención del camarero y pidió otro café, esta vez descafeinado. La mano temblorosa de Eduardo tocaba a cada poco las tres misteriosas cartas que habían soliviantado su apacible vida en estos últimos seis meses, y que descansaban en el bolsillo interior de su chaqueta. Sacó la de en medio y observó su nombre en el sobre. Al abrirla y volver a leer el mensaje tuvo la certeza de que él o la misteriosa remitente no estaban en su entorno cercano actual. Se ajusto una gafa de cerca y extrajo el papel del sobre sin disimulo, quizá la persona que esperaba ya se encontraba en la cafetería y esperaba una señal.

Mi vida cambió por ti. Necesito respuestas. No temas, te sigo queriendo.

Eduardo releía las frases una y otra vez con la esperanza de que un rayo de luz clarificadora le mostrara el rostro de este supuesto amigo o amiga que estaba esperando. Volvía a repasar, con gran esfuerzo, su niñez, sus días de escuela y a todos los compañeros y amigos de entonces. En estos seis meses de incertidumbre había vuelto a su memoria otro mundo olvidado casi por completo. Intentaba evocar actos importantes que le sucedieran en aquella época, situaciones que hubieran podido trasformar de alguna manera la vida de alguien, y no daba con ello, no comprendía cómo las acciones realizadas por un niño pueden cambiar el devenir de una vida y cómo ya de adulto alguien pudiera achacar a estas vicisitudes una deuda por pagar, con parece ser respuestas. Qué respuestas podía dar él, un hombre bueno, honrado, marido fiel, padre responsable, con una reputación sin mancha alguna. ¿Que dictamen le demandaban, y por que? Esperaba que esa tarde de invierno, por fin todo se clarificara, el desasosiego se instaló en su vida con la primera misiva y todo cambió desde entonces.

Algunas pistas tenía, alguien que se fue de la ciudad, que de alguna forma le quiso y parece ser le seguía queriendo y por último le achacaba algo de lo que sucedió en aquellos días y que a su juicio le cambio la vida. También percibía que se trataba de una época muy concreta por la última carta recibida dos días atrás.


El día del patrón a las cinco espérame en la cafetería donde merendabas con tu madre al salir del dentista.

Hasta hacía solo dos días sus sospechas giraron alrededor de un abanico de gente muy amplio, desde compañeros de la mili o del trabajo, hasta antiguas relaciones sentimentales, pero esta última nota delimitaba mucho la época y el entorno. Como los deportistas de élite que entrenaban sus cuerpos para después exigirle lo máximo, Eduardo, llevaba seis meses entrenando su mente para la evocación de una época pasada y por tanto caduca, olvidada, muerta. Tirando de un hilo imaginario fueron emergiendo en su rutina diaria seres que dejaron de existir hacía mucho tiempo y con la constancia en el recuerdo se mostraron en todo su esplendor. Ahí estaba Clara tan grácil y resuelta, la mujer a la que desfloró en su adolescencia prometiéndola, fidelidad, compromiso y amor eterno cuando aún no sabía ni valérselas por si solo, ¿que habría sido de ella en estos años?, ¿que aspecto tendría hoy? Ella fue la primera persona en quien pensó con el mensaje inicial: podía achacarle que su vida hubiera sido otra de haber continuado con la relación. Igualmente despertó del mar de su memoria Antón, el primer y único novio que tuvo su mujer antes que a él. Le recordaba hundido tras perderla en su favor, él también podría tener motivos para imaginar otra existencia diferente. Indagando en sus recuerdos de esos años de alguna manera volvió a vivirlos; el instituto, con Clara al lado, con Carlos Ríos y los hermanos Muñoz, los partidillos en la pista del poli con los de Buenavista, las acampadas en Gredos, donde se emborrachó he hizo el amor por vez primera, las jornadas en el taller de su tío Paco, el Pub que abrió con su amigo Toño, la trágica muerte de esté en accidente de moto, el servicio militar en Badajoz, la vuelta a los estudios. Como la brocha de un arqueólogo saca a la luz la pieza enterrada así escarbó él en su pasado, con exquisita minuciosidad fue sacando a la luz de su memoria personas, hechos y situaciones de lo que fue su vida pasada.

Las campanillas de latón de la puerta le devolvieron a la realidad al instante. Eduardo se tensó en su silla, una ráfaga de aire helado precedió a un anciano desaliñado, de largo abrigo raído, guantes sin dedos y gorro agujereado. Tiraba de un viejo carro de compra donde seguramente portara todas sus pertenencias. Se acerco a la barra donde el camarero le recibió con desconfianza. La impaciencia de Eduardo iba en aumento y se preguntó cuánto tiempo mas aguardaría. Desplegó la última carta recibida.

Esta carta le saco de esa intensa época juvenil llevándole a otra todavía mas lejana, su niñez, por que fue en su infancia cuando pasó por el calvario de llevar una prótesis dental para corregir unos dientes que se empeñaban en salírsele de la boca. Una vez al mes le llevaban al dentista para que éste apretara con minuciosidad de relojero la prótesis que le martirizaba y ridiculizaba por partes iguales. Su madre, su madre de aquella época, fuerte, desenvuelta, jovial, recompensaba con tortitas con nata lo bien que llevaba el suplicio, y lo hacía en el Nueva Orleans la mas nueva y mejor cafetería de entonces, justo donde se encontraba ahora.

Si ya le costó rememorar su juventud, hacerlo con su niñez le resultó un ejercicio casi imposible. En su memoria no quedaba apenas resquicio de su vida de entonces. Los compañeros de la escuela o los del barrio eran espectros a los que no conseguía poner cara. Recordaba su rutina de entonces, el largo camino hasta el colegio, donde iban encontrándose los niños de la barriada con la cartera a los hombros, Carlitos, Arturo, Isi el dientón, Álvaro, Julianín el gitano y su hermano mayor, del que no recordaba el nombre pero si los guantazos que repartía a todos ellos. Evocaba aquellas tardes en el descampado jugando a pídola a churro media manga, al futbol, al conejo ya esta aquí, cuando Begoña le beso en los labios y todos se rieron y se burlaron, incluso la misma Begoña. Sucesos y acontecimientos de entonces que fue recuperando dañados por una espesa niebla que los envolvían y que le llevaban a hacerle dudar de cuáles eran reales y cuáles no.

La cancela volvió a abrirse, un grupo de joviales estudiantes entraron en tropel entre voces y risas, Eduardo, cansado de esperar, se acercó a la barra guardándose las misteriosas cartas en la chaqueta, decidido a abonar los cafés y olvidarse de una vez de la maldita incertidumbre que éstas le habían provocado. Se enfundó el abrigo y abrió la puerta a la que no había perdido ojo en las más de dos horas que permaneció allí. Antes de abandonar la cafetería y olvidar el asunto para siempre se volvió para echar un último vistazo a los clientes de la cafetería, sólo uno le devolvió la mirada, el viejo indigente que además, avanzó con fatiga unos pasos y se sitúo frente a él. Eduardo contempló a un ser acabado, sucio y andrajoso, uno mas del ejército de inadaptados que deambulaban por la ciudad arrastrando sus cuerpos a ninguna parte, todos con una triste historia detrás. Examinó sus ojos, que trasmitían soledad y entonces vio reflejado en ellos al afligido niño que fue, recordó unos brazos protectores, una sonrisa segura, unos dedos juguetones que despeinaban sus cabellos con mimo. Todas las piezas encajaron, al fín había vuelto.

Josel Momar marzo de 2010

Ad notitiam

Como de costumbre regresó a casa a eso de las dos, abrió el buzón y extrajo la única carta que había dentro sin sello ni remite. En el sobre aparecía con perfecta caligrafía su nombre completo, más abajo la dirección, era de papel grueso y caro de esos que se entregan para los convites de boda, le costó un poco rasgar la solapa, dentro, una cartulina en la que esperaba encontrar una invitación para algún banquete, aunque no se trataba de nada de eso, leyó:

Por la presente le informo de que estoy considerando su asesinato.
Inicio un periodo de reflexión hoy día primero del presente mes con el objeto de evaluar la conveniencia y las oportunidades de su muerte.

Si lo considera conveniente puede presentar denuncia previa contra la presente notificación ante cualquier fuerza policial o correspondiente demanda ante la jurisdicción civil que considere oportuna o ejercitar cualquier otro procedimiento que estime procedente, lo que no afectará ni positiva ni negativamente en la decisión.

Podrá considerar desestimada esta evaluación si transcurren noventa días sin recibir resolución alguna.

QUEDA UD. DEBIDAMENTE NOTIFICADO


Tras la primera lectura releyó desordenadamente volviendo una y otra vez a la palabra “asesinato” que no lograba integrar en un discurso tan formal como el del comunicado. Siendo plenamente consciente ya de lo que se le notificaba dirigió la mirada de izquierda a derecha y después hacia arriba mientras la cartulina temblaba entre sus manos. Entró rápido en su casa cerró la puerta y echó cerrojos, le comenzó a florecer el pánico.

Pasó un tiempo largo en el que casi todos sus pensamientos giraban entorno a la amenaza del comunicado igual que miles de satélites giran en torno a la tierra conforme a la ley de gravitación universal. Su obsesión era encontrar un indicio que lo llevara hasta el origen de la amenaza; quién, por qué se querría matar a una persona como él sin enemigos ni deudas; un ser humano básicamente bueno “yo soy una buena persona, quién querría matar a una buena persona como soy yo” repetía en voz alta de vez en cuando. Estaba claro que sólo un psicópata podía obrar de manera tan siniestra, alguien con propensión al mal incapaz de sentir remordimientos, que usa a los demás como juguetes para satisfacer algún goce degradado; un asesino que se recrea en el mal observando a sus angustiadas víctimas. Seguramente tendría un código propio de comportamiento como casi todos los psicópatas, una ley suprema al margen de cualquier ley moral o escrita, el mal nacido no sentiría cargo de conciencia por el tormento que causaba, si acaso algún enfado cuando se infringía su reglamento. Probablemente tendría pinta de persona decente, alguien educado y cercano con el que te cruzas en la oficina, un administrativo, o un policía, o el panadero, o el vecino, o un médico; sea como sea, un mal bicho camuflado en la normalidad cotidiana con necesidades aberrantes que se cree el eje de toda existencia, un megalómano que escribe notificaciones absurdas a buenas personas anunciado asesinatos que seguramente sería capaz de cumplir sin escrúpulos, sin sentir culpa alguna.

El hombre informó muy pronto a sus allegados y casi todos le animaron a presentar denuncia a la policía aunque otros le quitaron importancia casi le convenciéndole de que todo era obra de algún idiota inofensivo que quería hacérselas parar mal por… ¡vaya usted a saber por qué!

Así se atenuaba el desasosiego según pasaba el tiempo aunque se avivaba a la hora de abrir el buzón a eso de las dos. Al cabo de casi tres meses desde que recibiera el comunicado encontró otro sobre igual que el anterior aunque éste no estaba en la casilla de correo lo vio en el suelo del pasillo alguien lo introdujo por debajo de su puerta y avanzó un par de metros. Al descubrirlo se quedó paralizado y temiendo desmayarse se apoyó en la pared, al cabo de un buen rato levantó el sobre y extrajo la cartulina que leyó con el alma en suspenso:

Por la presente le informo que finalmente he decidido ‘sine die’ su asesinato.
Contra la presente no cabe ninguna apelación.

Así por ésta mi sentencia, lo pronuncio y firmo.


¿Sine die? Dudó del significado del latinajo mientras se fijaba en la firma que resultó ser una perfecta “X” trazada con tinta amarronada y de pronto su memoria le trajo el claro recuerdo de una declinante tarde de invierno en el humilde barrio en el que se crió. En esa época del año la niebla hacía más habitable la realidad difuminando la áspera dureza de la barriada en la que un grupo de jovencitos optaba por el frío de la calle antes que por el aburrimiento en sus humildes moradas. Se arrimaban al calor del otro sentados en una ancha y empinada escalera casi arruinada. Los chicos galanteaban con agresividad a las chicas, se hablaban a gritos, se besaban, bromeaban fumando, escupiendo, maldiciendo, eran casi salvajes, casi felices. Una de las muchachas sacó del bolsillo un frasquito lustroso y al instante se lo arrebató el que entonces era un soberbio mocito y ahora era un hombre asustado, el niñato trepó hasta la rama más baja de un árbol cercano, la chica le exigía entre insulto e insulto que se lo devolviera, los demás se limitaban a observar hasta dónde era capaz de llegar el muchacho sabiendo los que mejor le conocían que sería muy lejos, pues a su necia crueldad aun no se le habían puesto límites, la chica dejó los insultos y comenzó a suplicar, él preguntó por el contenido y otra chica respondió que era la base de un maquillaje carísimo y que su amiga había ahorrado durante mucho tiempo para comprarlo. El idiota abrió el frasco y olfateó la crema amarronada después hizo como que se le caía un par de veces mientras ella no dejaba de rogarle. Parsimonioso vació la totalidad del frasco en una áspera rama untándola después hasta no dejar rastro de crema en las palmas de sus manos. ¿El odio de esa muchachita aumentado con el recuerdo año tras año sería capaz de desearle la muerte?

Una larga vida como la suya, como la de cualquier otro, deja un largo rastro de ofensas, de daños, sobretodo a los más cercanos a los que en el corto radio de los egoísmos sufren los desaires, las ofensas más graves; las que el miedo, la envidia o el desprecio de necios insignificantes distribuyen como virus causando mil dolores pequeños sin ser conscientes del profundo sufrimiento que causan la pequeñez de sus miserables acciones. También le vino a la memoria un chicle aun babeante en el pelo de un compañero de pupitre, un chiquillo de unos diez años que llorando lastimosamente trataba de desprenderlo enmarañándose aun más el cabello. Recordó verlo al día siguiente con la cabeza rapada y algunos moratones, probablemente señales de una madre furiosa por tener un hijo al que le pegan cosas en el pelo. A pesar del paso de tantos años el hombre recordaba el brillo de sus ojos atemorizados mientras él, amenazante, hacía globitos con el chicle mirándole fijamente. Ojos. Otros ojos como esos azules a los que juró amar toda la vida, los de una muchacha que dejó todo entregándose incondicionalmente a un irresponsable que meses después fue incapaz de sostenerle la mirada mientras decía adiós. Dolores pequeños, a veces mínimos que sumados año tras año se sufren hasta llevar al más cabal ante las puertas de la locura, por ejemplo con un ruido apenas audible, el molesto zumbido del motor de un difusor instalado en su chimenea con el que atormentó al vecino de pared sin permitirle un sueño plácido durante años.

Así pasaba el tiempo, inventariando mentalmente agravios, humillaciones, mentiras, traiciones, decepciones de lo que hasta entonces le parecían inocentes chiquilladas, travesuras, descuidos, olvidos o desinterés que causaron tanto padecimiento y sentía tanto arrepentimiento por lo irreparable que consideró que quizás estuviera justificada su condena a muerte, no por un daño grande, por ejemplo un asesinato o una gran traición sino con más motivo por la suma del mil, de un millón de malicias cometidas a lo largo de una vida y que como la fría niebla de su infancia lo cubría de infamia.

Despertó, pero no quiso abrir los ojos. Estaba desnudo, amarrado de pies y manos sobre una superficie lisa, fría, acero probablemente, imaginó con acierto que estaba encima de una mesa parecida a la de las autopsias. No tenía ni la más mínima idea de cómo llegó hasta ahí aunque tampoco importaba demasiado en esos momentos, en lo que parecía ser su final. El asesino trajinaba a su alrededor, conectó un sistema de aspiración de aire, probó desagües, colocaba útiles, herramientas; el hombre percibía el penetrante olor del formol y tras sus párpados la poderosa luz de la luminaria que sobre él se encendió. Ladeó la cabeza abrió los ojos y vio una pila de acero inoxidable anexa que supuso serviría para el lavado de órganos, cerca una figura con bata verde se afanaba colocando bisturís, tijeras, pinzas, un martillo, un cincel, lo que le pareció una sierra vibratoria, y entre otros instrumentos, pesos y una balanza. Se le acercó y le miró detenidamente el ojo levantando su párpado, no lo conoció, imposible reconocer a alguien tras unas gafas ataviado como un cirujano con bata, mascarilla, guantes y calzas desechables. Mientras le examinaba el ojo preguntó en un susurro que quién era, que cuál era el daño por el que se le castigaba, dijo que era lo único que le interesaba saber, que no rogaría perdón ni suplicaría por su vida.
El otro se descubrió y él buscó en la memoria sin encontrar nada. El rostro era el de una desconocida, la cara amable de una mujer de mediana edad que lo miraba fijamente viéndose reflejado en sus brillantes pupilas ya casi como un cadáver
–¿Por qué usted? – la voz modulada, amable le produjo escalofríos y miedo extremo – Comienzo a practicarle una autopsia en vida – El hombre notó perfectamente que la incisión en su piel tenía la forma de una gran T, un corte de hombro izquierdo a derecho bajo las clavículas y desde la mitad el corte en perpendicular hacia abajo respetando el ombligo hasta la sínfisis del pubis. A partir del tórax la mujer levantó un poco la pared abdominal para no lesionar las vísceras abdominales, después cortó a cada lado transversalmente en la parte inferior del abdomen.
– Pero ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? – repetía el hombre.
La mujer apartó la mascarilla y moviendo la cabeza de un lado al otro respondió con el tono cansino y casi musical de una niña:
– Por ser Escorpio, por vivir en una casa de número impar y por ser zurdo – volvió a colocarse la mascarilla y procedió a la extracción de la parrilla costal. El hombre antes de desmayarse exclamó:
– ¡Que Dios ayude a mi pobre alma!

10/01/10

HEURÍSTICA DEFAULT

Ése fue el descubridor; uno cualquiera, qué más da. Nadie habría podido escribir el cuento, la historia de esta pesadilla absurda, si es que hubiera quedado alguien con arte para contarlo, con capacidad o con ganas para escribir. Comenzó así en una tarde como en otra tarde cualquiera, qué más da, otro atardecer igual que los miles de millones que se sucedieron hasta entonces con la única diferencia que en éste se engendró el principio del mal, o del bien, no se sabe, en todo caso dio comienzo el concluyente final de todos los finales, el absoluto fin terminante de todo lo que hasta entonces se entendía o intuía por humanidad porque desde entonces no hubo más entendimiento e intuición.

El hombre, uno cualquiera, qué más da, pasea junto a un perro por cerros cercanos a alguna población mientras el sol declina oscureciendo el sendero, súbitamente presiente una desgracia extrema y siente un golpe de pánico, se detiene, mira a su alrededor y cede a una voluntad extraña, al empuje de un impulso ajeno que lo obliga a adentrarse en la espesura vegetal, observa con atención a cada una de las plantas que encuentra sin saber por qué hasta llegar a una planicie que parece protegida por la enmarañada muralla baja que troncos, tallos cenicientos y arbustos ennegrecidos han entretejido; con lascas de piedra rubia se cubre el suelo formando la perfecta circunferencia de roca suelta cuyo eje es ocupado por la más asombrosa planta que jamás vio ojo alguno hasta entonces. A su redor nada se levanta, ni una brizna, ni un brote de vida. Es un sagrado centro de atención universal, un pozo, un agujero, la matriz del TODO.

Los últimos rayos del sol viejo apenas doran ya la cresta de los árboles más altos y el herbaje cercano sucumbe en la oscuridad, todo se va apagando pero no la pequeña planta que no necesita la luz del astro padre-madre para mostrase, al contrario, luce más viva, con más color en la oscuridad atrayendo toda la atención al emanar su propia energía luminiscente. El hombre, ya irremediablemente perdido, sin ninguna precaución, dirige la mano derecha hacia ella sintiendo un ligero hormigueo en la palma que va convirtiéndose en calor intenso según va acercándose a las miles de microscópicas flores con pétalos de negrura intensísima que absorben toda la energía radiante que incide sobre ella. La superficie mate de sus corolas refleja tan sólo el 0,04 % de la luz visible, 100 veces menos que la pintura negra convencional emitiendo al tiempo miles de pulsos sincrónicos de color brillante en una especie de respiración o palpitación de criatura fantacientífica. El hombre es obligado a injertar la planta a su existencia y llora mientras inca su cuchillo de monte trazando una circunferencia fácilmente pues la tierra apenas ofrece más resistencia que la de un queso blando, sabe que lo que está haciendo es peligroso, puede que fatal para su salud pero aun así sigue hasta completar el círculo, después introduce inclinada la hoja del cuchillo apalancando sobre la superficie hasta que la escasa raigambre de la tecnoplanta se libera del mineral sin un solo grano de tierra entre ella, después la cubre con un pañuelo y regresa a su hogar.

No mucho tiempo después, ahí mismo, en la casa del descubridor, uno cualquiera, qué más da, un policía sube la persiana iluminando el cuarto en el que se encuentra junto a el cerrajero, los paramédicos, el vecino, no entendiendo ninguno de los presentes la realidad que observaban pero intuyendo todos algo parecido a un punto final. Imaginarse un edén en miniatura podría asemejarse a lo que contemplaban. Echado sobre el sofá aparece el cuerpo del descubridor con la apariencia de una frondosa cordillera vista desde las alturas; de todas sus partes surgen finas raíces que alargándose por el piso llegan hasta paredes, al techo, convirtiéndolos en una tupida selva. Nadie olió nada. De entre los sobrenaturales tonos verdosos y de las diferentes texturas vegetales que cubrían por completo la habitación brotaron inmediatamente ante sus ojos los renuevos de unas pequeñas plantas con microscópicas flores de corola negra, sus pétalos, a los que habría que buscar una nueva palabra para definir su negro non plus ultra absorben como un rosal la luz de sol el pensamiento de todos los presentes colonizando el interés general, las emociones, la voluntad, toda la energía radiante de los que absortos en sus pulsos sincrónicos de color brillante se vaciaban en el negro profundo disolviéndose durante horas en una contemplación hipnótica igual que cuando se mira la llama viva al amor del hogar en una noche fría. Seres humanos insustanciando sus vidas en el plácido gozo de la mera visión entregándose enteros a algo que parecía significar mucho y que no era nada más que el artificio de una realidad irreal que metamorfoseaba, la verdad, lo genuino, todas las potencias humanas en una única corriente de masificación universal.

El hombre echado sobre el sofá, el descubridor; uno cualquiera, qué más da, habló con plácida quietud absorto en la contemplación de su vacío, dijo: La naturaleza es el TODO. En su esencia, el TODO es incognoscible. Si bien es cierto que todo está en el TODO, no lo es menos que el TODO está en todas las cosas. Nada reposa; todo se mueve; todo vibra. Para cambiar vuestra característica o estado mental, cambiad vuestra vibración, dejaos llevar, no vayáis contra corriente. La mente, así como los metales y los elementos, puede transmutarse de grado en grado, de condición en condición, de vibración en vibración. La conformidad es la sabiduría, la totalidad es la perfección. El TODO crea en su mente infinita, innumerables universos, los que existen al mismo tiempo, y así y todo, para Él, la creación, desarrollo, decadencia y muerte de un millón de universos no significa más que el tiempo que se emplea en un abrir y cerrar de ojos. Mirad la luz que no deslumbra.
El policía, fue de los primeros en tener una en su domicilio, al instante, su mujer y sus hijos tan fascinados como él cenaron en silencio por primera vez en su vida alternado la vista entre el plato y la planta y en verdad la mente infinita del TODO les pareció la matriz del Cosmos.

Así se dio principio al fin de la humanidad. Ya no quedan humanos en el errante grano cósmico que ahora, cubierto en su totalidad por una tupida raigambre neuronal interconectada, late al unísono en pulsión sostenida con la fuerza de un gran teracerebro de pensamiento único que ha convertido al planeta Tierra en la gran huerta de la Razón, paraíso de vegetoidólatras con un único Dios: la Biofísica, seres deshumanizados e interconectados que exentos de la fuerza de las pasiones forman el único y perfecto orden universal racional, la red univibracional, unipolar, donde miles de millones de seres juegan a diario en la ruleta en la que todos los números son iguales y nadie pierde, asociados en sustancia a los miles de millones de plantas negras percibiendo cada uno en su meollo el lazo que los ata a la perfecta comunión de la uniformidad, comulgantes en festines sosegados.
La acción proselitista de los botánicos primero y de los políticos después aceleró el proceso de propagación de la norma definitiva del nuevo universo mental que avanza hacia el retroceso, regresando a la pureza biológica elemental con la alquimia mental de aniquilación de la personalidad.

Cuando la última planta al fin llegó hasta el último humano los miles de millones de pacíficos paraísos comenzaron a viscosear transmutando la blandura de su sobrenatural verde al negro profundo de consistencia parecida a una costra asfáltica. La pureza se agotó en sí misma. La higiene mató a la salud. Todos los recuerdos al fin desaparecieron, no hubo más memoria, ni fe, todo se marchitó, dejaron de brotar las ilusiones, los sueños, la creación, la imaginación, el arte, murieron las pasiones, se secó la voluntad, el amor, la libertad, todo eso eran vejaciones para el alma, arrogancias del individuo. Todos los temores nacían de la incertidumbre, ahora todo está pesado y medido, se sabe todo lo que interesa saber. El planeta entero fue colonizado por la neoespecie vegetal que germinando en el entretenimiento, en la contemplación de los pulsos sincrónicos de color brillante acabó con todo lo humano en el planeta. La naturaleza es sabia, y los labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender.

El universo se desenvuelve como debe.

RECUERDOS DE UN HORIZONTE AJENO

Con su marcado acento porteño, Juancho me iba contando sin prisa, haciendo gala de una parla pausada y sincera que transmitía aflicción.

Su poso de tristeza no parecía de ahora, era más como una pena vieja que tal vez arrastrara de las épocas sórdidas; de los tiempos de detenciones, interrogatorios, torturas y desapariciones. Recordaba haberle oído contar que cuando consiguió huir, no sólo dejó atrás el país de los generales, había dejado también el país de su infancia, de su casa, de su primera novia, de su perro, de sus amigos y de sus compañeros de ideal. También debió dejar allá sus sueños y sus ilusiones.

El tiempo había pasado y ya se movía con soltura en la ciudad, tenía amigos y con qué ganarse la vida. Estaba adaptado. Sin embargo me confesaba que no le gustaba su trabajo. Tampoco es que lo aborreciera, no; pero ser cajero de puticlub no era precisamente un empleo edificante. En realidad eso le importaba poco, el problema eran las chicas. Detrás del rímel y debajo de los escotes, a menudo se escondían historias tristes que Juancho escuchaba con atención, sin impermeable y a cuerpo. Nunca conseguía desentenderse y siempre se terminaba involucrando. Era una especie de terapia compensatoria en una operación transitiva en la que ellas escuchaban a los clientes y él las escuchaba a ellas; paradójicamente todos sonreían. Ellos tal vez por inseguridad, ellas por oficio y Juancho por acto reflejo, pero en el fondo… todos tristes, y al final cada quien cargando con lo suyo.

Aquella tarde en la cafetería de la esquina, Juancho parecía estar relajado y sereno. Sentados en la mesita junto al ventanal pasábamos desapercibidos arropados por el murmullo de los clientes, el humo de los cigarrillos y el tintineo de las cucharillas de café. A veces Juancho incluso sonreía mientras me contaba sus recuerdos, entonces se matizaban a cada lado de los ojos, incipientes arrugas que delataban un pasado de risas y llantos gesticulados, puede que de esperanzas, seguro que de decepciones…

Me contaba de los primeros días después de su llegada y se detenía cada poco para rumiar sus evocaciones. Su mirada azul se perdía ausente a través del vidrio entre el tráfico y la gente abrigada que iba y venía por la acera mojada. Recordaba, decía, que le había recibido una ciudad fría y desconocida. Y hablaba de un viaje a la costa de levante en busca de su amigo, residente ya desde hacía algunos meses. Su único contacto. Una sola dirección, una sola esperanza y una terrible desazón con aquél “se marchó sin dejar señas”. Y me decía que allí, sentado frente aquel mar gris y ajeno; solo, más solo que nadie en el mundo, enjugaba su llanto mirando a un horizonte que ni siquiera le concedía el vano consuelo de imaginar su país allende las aguas, porque de sobra sabía que su casa estaba en dirección opuesta a aquella línea fría e insensible.

Y en la mesita de la cafetería frente a mí, su mirada ausente cada vez menos azul y cada vez más roja amenazaba aguas, y otra calada al cigarrillo y otro sorbo de café para mal disimular la congoja, y una lágrima furtiva rostro abajo, y mi mano solidaria en su antebrazo, y mi mirada tan perdida como la suya a través del ventanal entre el tráfico y la gente que iba y venía abrigada por la acera mojada. Y dos hombres emocionados, arropados por el murmullo de los clientes, el humo de los cigarrillos y el tintineo de las cucharillas de café. Él emocionado por sus recuerdos, yo por los suyos y ya por los míos. Él por sus ausencias, yo por las de los dos.
Y así, sin pretenderlo pero sin poderlo evitar fuimos destapando la caja de los desconsuelos dando rienda suelta a la emoción y a la pena que, pase lo que pase, siempre arrastramos los emigrantes.

Directriz para HEURÍSTICA DEFAULT y RECUERDOS DE UN HORIZONTE AJENO

Raices

REFLEXIONES DESDE LA PECERA

Acabo de darme cuenta de que estoy muerto. Hasta hace un momento pensaba que estaba dormido.
También he pensado que estaba en coma, en un hospital, tras haber sufrido el infarto que tanto me vaticinaba Celeste. Pero no, estoy muerto.
Las pistas me las han dado estos circulitos de flores a los que cruza una cinta violeta y que me imagino que son las ofrendas de los que me quieren.
¡Mira! hay una que dice: De tus vecinos que no te olvidan. Joder ¡pues si que les va a costar hacerlo! Tendrán que mirarme bien para retener mi cara en su memoria, porque a la mayoría no los conozco. Menos al del 3º A, ese no creo que se olvide de mí... aunque no hemos hablado nunca si le he lanzado unas cuantas miradas asesinas cuando coincidimos en el garaje.
El muy torpe solo sabe aparcar ocupando la mitad de mi plaza. ¡Ala cabrón, la 207 es toda tuya! ¡Ya te puedes comprar un coche más grande!
Pues si que debo ser querido porque tengo muchas flores, aunque como todas sean tan sinceras como las de mis vecinos...en fin, la que más me gusta es la corona de Celeste, mi mujer: Te querré hasta la eternidad. Siempre ha sido muy romántica, además sabe elegir porque es la corona más bonita, con más colorido que ninguna.

¡Cómo es la vida! hace un momento estaba en casa comiéndome el cocidito que con tanto cariño me había preparado mi mujer y ahora aquí de cuerpo presente. De cuerpo presente ¡cómo suena! me acuerdo de mi madre al decirlo y de los velatorios de mi pueblo.
Mi hermano y yo no faltábamos a ninguno, era la única distracción de un pueblo más muerto que el propio muerto. Y cuando cuchicheábamos sobre lo feo que era el muerto o lo guapa que era su hija o lo que nos podíamos llevar de allí sin que lo echaran en falta, mi madre siempre nos decía: un respeto niños que el Tío o la Tía tal está de cuerpo presente.

Y ahora soy yo el que está de cuerpo presente, así que un respeto para mí. Alguien debería decírselo a la niña esa que está pegando su lengua al cristal de mi pecera ¡hay que joderse! y los padres a su rollo...por cierto ¿quién coño son los padres?
Me imagino que debería tener frío porque estas cosas las ponen a temperaturas bajo cero para conservar al fiambre. Pues no, no tengo ni frío ni calor. Tampoco tengo miedo, ¡joder! se supone que debería estar agobiado llorando y lamentándome porque ha llegado mi hora, pues tampoco.
Mira, se acerca mi querida Celeste. Hasta cuando llora está guapa. Menos mal que al final pudieron hacerle un hueco la semana pasada para inyectarle bótox . ¡Tendríais que ver la tersura de su piel! a pesar de lo que se gesticula cuando llora.
Mi hijo Rodolfo se acerca a consolarla. ¡Qué pena no poder oírles! seguro que Celestita le está diciendo que no sabe como va a poder vivir sin mí, cómo si la estuviera oyendo...pero no puedo, soy un alma sorda.
Espero que encuentre palabras para consolarla porque la verdad es que nunca encuentra palabras para nada. Apenas habla y lo poco que dice tampoco es que sea muy inteligente. A pesar de todo ha estudiado Derecho...aunque para lo que le va a servir. Le da vergüenza hasta pedir la sal en un restaurante, así que como para hablar en un juicio...
Menos mal que mi hermano Felipe le ha conseguido un trabajo en el concesionario en el que trabaja. Pero no de comercial, que los de la Opel no son tan tontos, sino de administrativo. Eso sí se le da bien, cuando estaba en casa se tiraba hasta las tantas en el ordenador.
Ahora ya no vive con nosotros. Bueno, seguro que conmigo ya no...Desde que trabaja se ha alquilado un pisito de esos ratoneras y todos tan contentos.

Estoy esperando impaciente entrar en el famoso túnel, pero de momento no veo nada raro.
Espero que no sea leyenda urbana porque estoy deseando ver los mejores momentos de mi vida. Antes no había videocámaras y la gente tenía que esperar al túnel para ver de nuevo su boda o el nacimiento de sus hijos.
Yo de mi boda si tengo vídeo, nos lo hizo mi hermano Felipe, siempre a la vanguardia en cuanto a tecnología se refiere. Pero me gustaría ver de nuevo a Inés, la novia que tuve antes de Celeste. Era muy buena pero es que Celeste es mucha Celeste. Si la conocierais lo entenderíais.

¿Quién se acerca junto a mi hijo? debe ser su novia.
Él no me había dicho que tuviera novia, pero yo me lo imaginaba. Hablaba más que de costumbre e incluso bromeaba conmigo.
Desde que era pequeño yo había intentado que hubiera complicidad entre los dos pero no hubo manera. No me gustaría echarle la culpa a él, pero en honor a la verdad (un muerto debe decir siempre la verdad, al fin y al cabo está el primero de la fila de dios y es más fácil que le pille en una mentira) debo decir que tengo un carácter estupendo y que me gusta tomarme la vida con humor...¿o debería decir: me gusta tomarme la muerte con humor? En fin, resumiendo, que la culpa de que no haya una relación especial padre-hijo como las de las series americanas es de él.

Pues su novia no es fea del todo. Parece apocadita como él. Tiene pinta de llamarse Gertrudis o algo así y de trabajar con un ordenador.
Aunque tengo que decir que siempre que veo a alguien con gafas me le imagino trabajando con un ordenador, no sé por qué. Y si tiene bigote pienso que es carnicero o director de banco.
Debe ser un trauma de mi infancia (así es como explican ahora todo los psicólogos ¿no?) Pues eso debe ser, aunque no recuerdo yo nada relevante en mi infancia que pudiera causarme un trauma, ni siquiera bueno (ya he dicho antes lo coñazo que era mi pueblo).

Cuando Rodolfo se fue de casa, mi mujer lo pasó fatal.
Decía que sufría el Síndrome del Nido Vacío. Su amiga Araceli también lo sufrió cuando se casó su hijo pequeño y por lo visto los síntomas coincidían...
Lo que no contaba Araceli es que un tiempo después, su hijo, arto de aguantar a la “bruja de su mujer” (palabras textuales de él, que yo no conozco a la susodicha), había regresado a casa y había vuelto a llenar el nido de su madre, de hecho lo superpobló porque se trajo consigo a los tres pollitos que habían nacido del infeliz matrimonio.


Ahí está mi hermano Felipe, tan apuesto como siempre. Se le ve afectado, al fin y al cabo soy su única familia. Ahora llega Celeste y se acerca a Felipe, él avanza un poquito a su encuentro y... ¿qué coño pasa? ¿Qué significa esa mirada? ¿?.
¡Anda! Esto de estar muerto me está trastornando. Menos mal que soy incapaz de sentir nada sino pensaría que estoy celoso.
La verdad es que no lo he sido nunca, a pesar de lo guapa que es Celeste ¡Mírala! con su vestidito nuevo. Fuimos a recogerlo el lunes al Corte Inglés. Nos costó una pasta pero Celeste necesitaba un traje por si surgía una ocasión especial y mira tú dónde ha tenido la pobre que estrenarlo.
¿Y qué me decís de sus manos? ¡Cómo las mueve! mostrando con estilo la manicura francesa que la hicieron ayer a última hora.
Es perfecta, por eso mi madre no quería que me casara con ella, decía que era demasiada mujer para mí.

Estoy intentando entrar en el túnel concentrándome en pensamientos pasados, pero no hay manera. Igual hay retenciones. Total, vivo en Madrid, no me asustan los atascos, así que uno más...
Me pregunto si habrá varios túneles. Uno para los buenos, los honrados, los guapos, los jugadores de la selección española de fútbol y las madres (excepto para la de mi amigo Enrique que le abandonó de niño y tampoco era guapa, así que no tiene nada que hacer en este túnel).
Estos llevan directamente al cielo y son como las autopistas de peaje: sin atascos y con muchos carriles.
Otros para los regulares. Circulan en dirección purgatorio y son como las nacionales, que en general van bien pero que en los puentes y los inicios de quincena de agosto se cargan un poquito.
Y los últimos serían las comarcales. Directos al infierno. Para los malos, los abogados de la parte contraria y la selección de Italia. ¡Qué se jodan! que hubieran pagado la autopista (por aquí iría la madre de Enrique, que como además no tenía carné irá en el autobús de línea, con lo que eso conlleva).
Llegan mis compañeros de la oficina:
Virginia, con la que tuve un lío y Eduardo, con el que tuve un lío. Lo de Virginia os lo cuento, lo de Eduardo no. Es un secreto que me llevaré hasta la tumba ¡je, je, je! ahora puedo confirmar que lo ha cumplido.
Virginia, es la secretaria de mi jefe. En una de las fiestas de la empresa (creo que en la de Navidad), me emborraché y nos enrollamos. Se lo conté a Celeste porque la culpa me mataba, me perdonó y se acabó el tema.
Con Eduardo, lo mismo ,fiesta (la de jubilación de mi jefe), borrachera (esta vez mayor), sentimiento de culpa (no tan grande como el de vergüenza), pequeña depresión y fin de la historia. Al final os lo he contado ¡qué poca palabra!
Llega el Señor Euribor. Así llamamos Celeste y yo al Director del banco en el que tenemos las cuentas. Por supuesto él no lo sabe, me imagino que le ofendería, pero es que cada vez que vamos nos explica su teoría sobre la inminente subida de los tipos de interés y nos tiene una hora que sí euribor por aquí que si euribor por allá.
Me imagino que todos tenemos preparado en nuestra vida un discurso sobre algo con el que nos gusta impresionar a los demás. Pues este es el del señor euribor.
Por cierto, la semana pasada formalizamos en el banco un seguro de vida.
Como este verano teníamos planeado ir a un crucero, Celeste pensó que si nos ahogábamos porque el barco se hundiera o en el alcohol de la barra libre (eso más bien yo) no estaría mal dejar al otro un aliciente para seguir viviendo. En este caso de 300.000€. No está mal ¿eh?
¡Un momento! se acerca un policía.
¿Conozco yo a algún policía? No
¿Conoce Celeste a algún policía? No, que yo sepa
¿Conoce mi hijo a algún policía? No, demasiado extravagante para él.
Entonces ¿por qué se acerca tanto a Celeste? ¿Por qué rodea sus manos con unas esposas? (¡joder!, hasta así luce la manicura). Y ahora hace lo mismo con mi hermano Felipe...
¡Qué hijos de puta!
Lo mejor es que no me duele, soy un alma sorda, un cuerpo sin vida, sin sentimientos. Me despido, el túnel se ha despejado.