Los transeúntes con rostros inexpresivos se movían al mismo ritmo, como una masa uniforme y como programados hacia sus destinos.Él avanzaba con paso enérgico por la concurrida acera de la avenida. Llevaba las mandíbulas comprimidas y la determinación propia del que sabe lo que quiere.
Si fuera por su aspecto podría pasar desapercibido, su estatura media, el traje caro o las gafas de sol, le proporcionaban un camuflaje perfecto en aquella zona de oficinas.
Tras los cristales oscuros, su vista entrenada detectó la arritmia proveniente de un ciego que caminaba con torpeza ajeno al peligro. Un paso más y caería inexorablemente por el agujero abierto en la acera. No fue la piedad, ni la solidaridad, fueron los reflejos involuntarios adquiridos en las agotadoras sesiones de squash, los que permitieron que en un movimiento rápido y preciso le asiera por el brazo justo a tiempo. Sin embargo no pudo evitar que en el tirón, sus lentes de marca cayeran en el hoyo.
Ensimismado con la profundad de la sima, no se percató cuando el ciego se reincorporó al torrente humano, ni de que los viandantes no hubieran reparado en el incidente, tampoco advirtió que sus facciones sin el refugio de las gafas ya no parecían tan duras. Ni siquiera su mente rápida y analítica pensó en la, más que viable, posibilidad de demanda a la ciudad por una obra sin señalizar.
La oscuridad en el agujero era total, sin embargo percibía alguna sensación agradable, tal vez, fuera el frescor que ascendía nítidamente desde el fondo.
Sin pensarlo metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó las monedas que encontró. Lanzó una y se quedó escuchando sin lograr detectar sonido alguno. A medida que iba tirando el resto le iba invadiendo una sensación dulce y no podía evitar una sonrisa bobalicona.
Miraba al fondo sin pensar mientras aflojaba el nudo de su corbata y soltaba el primer botón de la camisa, tal vez dio algunos pasos alrededor sin apartar la vista del enigmático lugar al tiempo que desanudaba del todo la corbata y tiraba lentamente sintiendo el roce de la seda en el cuello almidonado hasta que un instante después la veía volando hacia la oscuridad.
Con calma se sentó en el borde y con los pies colgando jugueteó tocando con los talones la pared. No hubo pausas entre la tentación, el reto y la acción. Con la punta del pie derecho presionó el tacón del izquierdo y el zapato siguió raudo su destino, el otro le fue a la zaga de inmediato hasta que ambos fueron engullidos por las sombras.
El hombre observaba fascinado e invadido con una extraña y casi familiar sensación de bienestar.
Del bolsillo interior de su chaqueta saco su cartera, la abrió y se entretuvo con el fajito de billetes perfectamente ordenados, se deleitó mientras se suspendían en el aire revoloteando. Entonces se acordó de los confetis navideños e incluso de la nieve cayendo suavemente en las noches de invierno. Aún conservaba el dinero de plástico. Ahora, pensó, sería mucho más divertido. Las tarjetas fueron saliendo disparadas de los dedos con la misma maestría que un samurai debía lanzar los mortíferos surikens. A continuación lanzó la cartera con todas sus identidades dentro. Cautivado ya por el aspecto lúdico imperante, se incorporó y orinó mansamente.
Cerró los ojos tratando de atrapar la intensidad del momento. A continuación abrió los brazos para ayudarse a respirar las sensaciones y se recreó en el momento de la semiflexión para tomar el impulso necesario previo a la ingravidez.
Los transeúntes con rostros inexpresivos se movían al mismo ritmo, como una masa uniforme y como programados hacia sus destinos. Algunos hombres llevaban trajes caros y gafas oscuras, avanzaban con paso enérgico por la concurrida acera de la avenida. Llevaban las mandíbulas comprimidas y la determinación propia del que sabe lo que quiere.
Óscar Zazo
Verano del 2008
Directriz: Alguien encuentra un agujero y se precipita dentro de él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario