Se recordó a si mismo meditando a cerca de su vida, una noche mientras miraba lasllamas del hogar en la cocina, “Había sido buena” se dijo entonces.
A su memoria le llegaban de la infancia sólo imágenes del trabajo en el campo o de la
escuela municipal, en cambio de la juventud, le llegaban algunas del servicio militar y sobre todo del sí que le diera aquella joven una noche en la plaza del pueblo durante las fiestas patronales. Luego sería su esposa por más de cuarenta años, y aunque no le dio hijos, con él fue una buena mujer.
Los sábados iban al cine y los domingos por la tarde al bar. Las mujeres, a parte
hablaban de sus cosas, los hombres jugaban a las cartas y veían el partido. No tenía
sobresaltos ni grandes necesidades. Era una existencia tranquila.
Pero el año nuevo trajo cambios. Primero lo de su Próstata y después la repentina
muerte de la esposa fueron acontecimientos que le hicieron recapacitar a cerca de su
propia provisionalidad.
Fue todo un proceso. En un principio apareció la aflicción al constatar su insignificancia en medio de tantas vidas y tantas muertes durante la historia de la humanidad. Pero una vez asumida su condición temporal, nació en él una desconocida necesidad de romper la rutina y hacer algo trascendente.
Cuando vendió las vacas sintió vértigo. No podía desprenderse de la sensación de estar haciendo algo indebido, por eso hizo la transacción con la mayor de las discreciones.
Viajó a la ciudad, solicitó el pasaporte y luego visitó una agencia de viajes.
-¿En qué podemos servirle caballero?- Le dijo a modo de saludo el joven y eficiente
empleado.
-Quiero ir allí- contestó señalando un póster de la pared donde aparecía una góndola
pasando bajo un puente.
-Venecia ¡Excelente elección!
En el pueblo no dijo nada. Simplemente una mañana se fue.
Con los codos apoyados sobre la baranda inclinada del Ponte di Rialto pasó lentamente
la mirada sobre el Gran Canal y los viejos palacetes impregnados con la melancólica
belleza del cielo gris veneciano.
Le pareció escuchar de lejos la triste canción de un gondolero desde uno de los canales adyacentes.
No recordaba haber llorado ni siquiera en los velorios más íntimos. Y ahora sin oponer resistencia dejaba que ascendiera poco a poco una emoción que le nacía en el estómago y le llegaba a la garganta.
Y así sobre el canal, sintió sin pudor cómo se le llenaban los ojos de agua y cómo
mansamente comenzaban a salir lágrimas que ni pudo, ni quiso reprimir. Era un llanto
franco, casi deliberado. Lloraba por la belleza serena de Venecia, y por todas las
Venecias que no había conocido, y lloraba por su mujer, y por todas las mujeres que
nunca conoció, y lloró amargamente por las tardes de cartas y futbol en la taberna del pueblo, y por su tierra seca y agrietada, y pensó en su padre, en su teniente, en su maestro, en su párroco, y lloró con rabia por que se sintió engañado.
Sólo se consoló al comprobar que sus lágrimas cargadas de, emoción, sensibilidad,
frustración y pena se diluían en las serenas aguas del Gran Canal.
Oscar Zazo
Verano 2008
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