La sorpresa precedió al miedo y enseguida supo que era grave. Ojala el niño estuviera dormido. Ese fue precisamente el reflejo que le reprimió el grito y la impulsó a obedecer. “Llévense lo que quieran pero no nos hagan daño” se había oído decir mientras los dos hombres fingían escucharla con atención esbozando sonrisas cínicas. “Nos lo llevaremos después, y si te portas bien no te haremos daño… todo lo contrario”. A la mujer, el miedo le provocó un nudo en el estómago que le produjo nauseas, pero se sobrepuso e intentó llegar corriendo al baño. Lo consiguió y puso el cerrojo. Allí, trataba desesperadamente de pensar, pero no tuvo tiempo, una voz desde el otro lado de la puerta la convencía de la conveniencia de salir tranquila y dispuesta mientras ellos decidían si despertar o no al niño.Temblando abrió la puerta, y en cuanto asomó, una mano la agarró por el cabello, la atrajo hasta sí y comenzó a darla instrucciones al oído: “mira, para empezar nos vas a poner algo de beber y después te vas a volver a poner tu uniforme de enfermera, ya verás lo bien que lo vamos a pasar”. Sin poder reprimir las lágrimas ella obedeció. Lo más decorosamente que pudo, se quitó el pijama y se puso el uniforme.
Cuando le acercó la cerveza al más grueso, éste le metió la manaza debajo de su falda, ella la retuvo instintivamente y él la propinó el primer bofetón con la mano abierta. “no has comprendido” la dijo flemático, “ a partir de ahora, si no quieres que nos divirtamos con tu hijo, vas a ser amable, o mejor aún, vas a seducirnos. Ven, dame un beso”, la chica no podía parar de llorar. ¡Que no llores!, gritó el más flaco de los dos. A ella le aterrorizó que hubiera despertado al niño. “Bésame” repitió el hombre, ella le besó cerca de la boca, “así no inútil, con la boca abierta y sonriendo”. La mujer habría deseado una violación pasiva, pero supo que no sería así porque disfrutaban humillándola. A partir de ahí la ordenaron constantemente que gimiera y que pidiera más.
Ninguna de las aberraciones, que fueron todas las imaginables, le dolió más que ver los ojos del niño abiertos de par en par en la puerta de la habitación.
Ahora, con la cara pegada contra la cama sentía las embestidas en un estado en el que el dolor físico ya no contaba. Quería morirse.
La policía la remitió a ella a un centro de salud y al niño a los asistentes sociales. Los desgarros y las contusiones sanaron pronto, las heridas del alma no. Tanto ella como el niño estuvieron por un tiempo recibiendo tratamiento psicológico.
Fue después de dos meses cuando recibió la primera llamada de la policía para comparecer en una ronda de reconocimiento. Se trataba de identificar entre siete a un sospechoso detenido que encajaba con el perfil elaborado a raíz de su descripción. En cuanto lo vio tras el cristal se puso a temblar, pero le señaló sin la menor duda. A los dos días se repitió la operación con el segundo de sus agresores.
El proceso fue simple, prisión preventiva y después juicio… en el que por falta de testigos y pruebas concluyentes, el juez dictó la puesta en libertad sin cargos para los dos “sospechosos”.
La mujer se tragó la indignación y declinó ante su abogado, la opción del recurso, porque en su mente ya tenía otros planes.
Como primera medida localizó la ubicación del abogado contrario e inició un discreto seguimiento. Su objetivo ahora era la memoria portátil que el letrado siempre llevaba al cuello e introducida en el bolsillo superior de su chaqueta.
El gimnasio le pareció el lugar ideal. Como cualquier otra abonada le fue relativamente fácil encontrar el momento para hacer saltar el candadito de la taquilla con la ayuda de una pequeña cizalla y llevarse la memoria, el reloj y la cartera para simular un simple robo.
Ante la pantalla de su “laptop” sonrió con malicia en cuanto aparecieron los datos de los clientes. A partir de ahora la cacería tomaba un rumbo más certero.
Desde el principio había desechado la ayuda de allegados e incluso la de cualquier profesional. “Lo que quieras que salga bien, - se había dicho - hazlo tu misma y lo que no quieras que se sepa… no se lo digas a nadie”.
Con el sencillo camuflaje de jeans, gorra y gafas oscuras perseguía con paciencia a su víctima.
Supo que en aquella concurrida discoteca tendría su oportunidad.
En cuanto el sujeto pasó al baño, ella se colocó discretamente unos guantes y entró tras él; mientras el hombre orinaba ella se le acercó por detrás sigilosa sosteniendo en la mano derecha un bisturí desechable. El hombre sólo percibió, en principio, un escalofrío que le hizo llevarse instintivamente la mano al cuello. Aún con el pantalón desabrochado se volvió para encontrarse de frente con el rostro de la mujer. Ésta dio un paso atrás y se quedó inmóvil observando como su víctima la miraba incrédulo, al momento caía de rodillas. Ella miraba como hipnotizada la sangre que a oleadas brotaba de aquella herida mortal. Aún tenía espasmos cuando le introdujo en el bolsillo de la camisa la tarjeta de un local de ambiente gay y unos recortes de periódico ofreciendo servicios homosexuales.
Mientras ganaba la calle con paso decidido, saboreaba su doble venganza: muerte y descrédito, aún así, se prometió un proceso más lento para la ejecución del segundo violador.
Tardó un mes en encontrar la ocasión, pero después de infinitas esperas y varios intentos fallidos, creyó que había llegado el momento.
Era hora punta y el autobús iba repleto de pasajeros. El hombre estaba apretujado en medio del pasillo agarrado a una de las barras superiores. Ella, con su camuflaje casual, se había ido aproximando poco a poco y con cautela. Cuando el autobús llegó a la calle prevista, sacó del bolso una jeringa y provocando un fortuito empujón se la clavó en el glúteo al tiempo que le inyectaba su contenido. El hombre se removió, pero cuando pudo volverse, ella ya estaba inmóvil y mirando hacia otro lado. Tal y como había anticipado, su victima se empezó a marear a causa del anestésico y para cuando se le doblaron las piernas, ya ella le agarraba presta llamándole por su nombre fingiendo preocupación. El violador no llegó a caer, enseguida dos hombres la ayudaron a sostenerlo y algunos de los pasajeros apremiaban al conductor para que se detuviera. La mujer decía en voz alta que su amigo sufría de epilepsia y que en unos minutos se pondría bien, además ella tenía el auto en la siguiente esquina. En cualquier caso los dos hombres ayudaron a llevar al enfermo al vehículo y lo acomodaron lo mejor que pudieron.
Después de deshacerse en gratitudes con los dos samaritanos arrancó deprisa mientras reía histérica de pura satisfacción. Dudaba que nadie se hubiera fijado mucho en ella y mucho menos en aquel auto alquilado.
En cuanto salió de la ciudad le inyectó otra dosis de anestésico en el muslo, eso le aseguraba el buen desenlace de la operación.
En el momento que llegó al apartado lugar elegido, arrastró al hombre, todavía inconsciente y lo amarró a un árbol, lo amordazó y se sentó a esperar.
Cuando el hombre abrió los ojos estaba completamente desconcertado. Ella pacientemente se ocupó de explicarle su situación. El hombre no dijo nada, pero reflejaba en su semblante el terror que le producía la fría determinación de aquella mujer a la que apenas recordaba. Cuando vio a su lado el hoyo que ella preparara días atrás, el hombre comenzó a sollozar. La mujer se explayaba sin ninguna prisa sobre los pormenores preliminares del desenlace en un soliloquio ante un interlocutor mudo, para pasar después a explicarle los detalles de su ejecución. El violador se orinó, y ella se estremeció al reconocer el íntimo placer que le producía el miedo de su víctima. Casi podía saborearlo, casi la excitaba. Pero se escandalizó al constatar que ahora su actitud no era muy diferente de la del propio violador, por eso decidió prescindir de las torturas que le había prometido y se propuso terminar de una vez con todo aquello. Sólo se limitó a colocarle una pinza en la nariz.
No murió de inmediato porque algo de aire debía entrarle a través de la mordaza. Ella observaba con atención sus ojos desorbitados y en el color púrpura que poco a poco iba adquiriendo su piel.
Ya casi era de noche cuando terminó de enterrar el cuerpo y de dejar el área como si nada hubiera sucedido en aquel lugar donde nunca pasaba nada.
Mientras conducía hacia su casa, pensaba en la trascendencia de haber trasgredido la ley de los hombres e incluso la ley de Dios, pero determinó que en realidad la importaba un bledo.
Oscar Zazo
Diciembre 2008
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