14/12/08

Justicia

La sorpresa precedió al miedo y enseguida supo que era grave. Ojala el niño estuviera dormido. Ese fue precisamente el reflejo que le reprimió el grito y la impulsó a obedecer. “Llévense lo que quieran pero no nos hagan daño” se había oído decir mientras los dos hombres fingían escucharla con atención esbozando sonrisas cínicas. “Nos lo llevaremos después, y si te portas bien no te haremos daño… todo lo contrario”. A la mujer, el miedo le provocó un nudo en el estómago que le produjo nauseas, pero se sobrepuso e intentó llegar corriendo al baño. Lo consiguió y puso el cerrojo. Allí, trataba desesperadamente de pensar, pero no tuvo tiempo, una voz desde el otro lado de la puerta la convencía de la conveniencia de salir tranquila y dispuesta mientras ellos decidían si despertar o no al niño.

Temblando abrió la puerta, y en cuanto asomó, una mano la agarró por el cabello, la atrajo hasta sí y comenzó a darla instrucciones al oído: “mira, para empezar nos vas a poner algo de beber y después te vas a volver a poner tu uniforme de enfermera, ya verás lo bien que lo vamos a pasar”. Sin poder reprimir las lágrimas ella obedeció. Lo más decorosamente que pudo, se quitó el pijama y se puso el uniforme.

Cuando le acercó la cerveza al más grueso, éste le metió la manaza debajo de su falda, ella la retuvo instintivamente y él la propinó el primer bofetón con la mano abierta. “no has comprendido” la dijo flemático, “ a partir de ahora, si no quieres que nos divirtamos con tu hijo, vas a ser amable, o mejor aún, vas a seducirnos. Ven, dame un beso”, la chica no podía parar de llorar. ¡Que no llores!, gritó el más flaco de los dos. A ella le aterrorizó que hubiera despertado al niño. “Bésame” repitió el hombre, ella le besó cerca de la boca, “así no inútil, con la boca abierta y sonriendo”. La mujer habría deseado una violación pasiva, pero supo que no sería así porque disfrutaban humillándola. A partir de ahí la ordenaron constantemente que gimiera y que pidiera más.

Ninguna de las aberraciones, que fueron todas las imaginables, le dolió más que ver los ojos del niño abiertos de par en par en la puerta de la habitación.

Ahora, con la cara pegada contra la cama sentía las embestidas en un estado en el que el dolor físico ya no contaba. Quería morirse.

La policía la remitió a ella a un centro de salud y al niño a los asistentes sociales. Los desgarros y las contusiones sanaron pronto, las heridas del alma no. Tanto ella como el niño estuvieron por un tiempo recibiendo tratamiento psicológico.

Fue después de dos meses cuando recibió la primera llamada de la policía para comparecer en una ronda de reconocimiento. Se trataba de identificar entre siete a un sospechoso detenido que encajaba con el perfil elaborado a raíz de su descripción. En cuanto lo vio tras el cristal se puso a temblar, pero le señaló sin la menor duda. A los dos días se repitió la operación con el segundo de sus agresores.

El proceso fue simple, prisión preventiva y después juicio… en el que por falta de testigos y pruebas concluyentes, el juez dictó la puesta en libertad sin cargos para los dos “sospechosos”.

La mujer se tragó la indignación y declinó ante su abogado, la opción del recurso, porque en su mente ya tenía otros planes.

Como primera medida localizó la ubicación del abogado contrario e inició un discreto seguimiento. Su objetivo ahora era la memoria portátil que el letrado siempre llevaba al cuello e introducida en el bolsillo superior de su chaqueta.

El gimnasio le pareció el lugar ideal. Como cualquier otra abonada le fue relativamente fácil encontrar el momento para hacer saltar el candadito de la taquilla con la ayuda de una pequeña cizalla y llevarse la memoria, el reloj y la cartera para simular un simple robo.

Ante la pantalla de su “laptop” sonrió con malicia en cuanto aparecieron los datos de los clientes. A partir de ahora la cacería tomaba un rumbo más certero.

Desde el principio había desechado la ayuda de allegados e incluso la de cualquier profesional. “Lo que quieras que salga bien, - se había dicho - hazlo tu misma y lo que no quieras que se sepa… no se lo digas a nadie”.

Con el sencillo camuflaje de jeans, gorra y gafas oscuras perseguía con paciencia a su víctima.

Supo que en aquella concurrida discoteca tendría su oportunidad.

En cuanto el sujeto pasó al baño, ella se colocó discretamente unos guantes y entró tras él; mientras el hombre orinaba ella se le acercó por detrás sigilosa sosteniendo en la mano derecha un bisturí desechable. El hombre sólo percibió, en principio, un escalofrío que le hizo llevarse instintivamente la mano al cuello. Aún con el pantalón desabrochado se volvió para encontrarse de frente con el rostro de la mujer. Ésta dio un paso atrás y se quedó inmóvil observando como su víctima la miraba incrédulo, al momento caía de rodillas. Ella miraba como hipnotizada la sangre que a oleadas brotaba de aquella herida mortal. Aún tenía espasmos cuando le introdujo en el bolsillo de la camisa la tarjeta de un local de ambiente gay y unos recortes de periódico ofreciendo servicios homosexuales.

Mientras ganaba la calle con paso decidido, saboreaba su doble venganza: muerte y descrédito, aún así, se prometió un proceso más lento para la ejecución del segundo violador.

Tardó un mes en encontrar la ocasión, pero después de infinitas esperas y varios intentos fallidos, creyó que había llegado el momento.

Era hora punta y el autobús iba repleto de pasajeros. El hombre estaba apretujado en medio del pasillo agarrado a una de las barras superiores. Ella, con su camuflaje casual, se había ido aproximando poco a poco y con cautela. Cuando el autobús llegó a la calle prevista, sacó del bolso una jeringa y provocando un fortuito empujón se la clavó en el glúteo al tiempo que le inyectaba su contenido. El hombre se removió, pero cuando pudo volverse, ella ya estaba inmóvil y mirando hacia otro lado. Tal y como había anticipado, su victima se empezó a marear a causa del anestésico y para cuando se le doblaron las piernas, ya ella le agarraba presta llamándole por su nombre fingiendo preocupación. El violador no llegó a caer, enseguida dos hombres la ayudaron a sostenerlo y algunos de los pasajeros apremiaban al conductor para que se detuviera. La mujer decía en voz alta que su amigo sufría de epilepsia y que en unos minutos se pondría bien, además ella tenía el auto en la siguiente esquina. En cualquier caso los dos hombres ayudaron a llevar al enfermo al vehículo y lo acomodaron lo mejor que pudieron.

Después de deshacerse en gratitudes con los dos samaritanos arrancó deprisa mientras reía histérica de pura satisfacción. Dudaba que nadie se hubiera fijado mucho en ella y mucho menos en aquel auto alquilado.

En cuanto salió de la ciudad le inyectó otra dosis de anestésico en el muslo, eso le aseguraba el buen desenlace de la operación.

En el momento que llegó al apartado lugar elegido, arrastró al hombre, todavía inconsciente y lo amarró a un árbol, lo amordazó y se sentó a esperar.

Cuando el hombre abrió los ojos estaba completamente desconcertado. Ella pacientemente se ocupó de explicarle su situación. El hombre no dijo nada, pero reflejaba en su semblante el terror que le producía la fría determinación de aquella mujer a la que apenas recordaba. Cuando vio a su lado el hoyo que ella preparara días atrás, el hombre comenzó a sollozar. La mujer se explayaba sin ninguna prisa sobre los pormenores preliminares del desenlace en un soliloquio ante un interlocutor mudo, para pasar después a explicarle los detalles de su ejecución. El violador se orinó, y ella se estremeció al reconocer el íntimo placer que le producía el miedo de su víctima. Casi podía saborearlo, casi la excitaba. Pero se escandalizó al constatar que ahora su actitud no era muy diferente de la del propio violador, por eso decidió prescindir de las torturas que le había prometido y se propuso terminar de una vez con todo aquello. Sólo se limitó a colocarle una pinza en la nariz.

No murió de inmediato porque algo de aire debía entrarle a través de la mordaza. Ella observaba con atención sus ojos desorbitados y en el color púrpura que poco a poco iba adquiriendo su piel.

Ya casi era de noche cuando terminó de enterrar el cuerpo y de dejar el área como si nada hubiera sucedido en aquel lugar donde nunca pasaba nada.

Mientras conducía hacia su casa, pensaba en la trascendencia de haber trasgredido la ley de los hombres e incluso la ley de Dios, pero determinó que en realidad la importaba un bledo.


Oscar Zazo
Diciembre 2008

Sofistifagia

Miran desde lo alto, a través de las ventanas del helicóptero observan la nítida arquitectura, la luminosa pureza geométrica de la mansión construida en un claro del bosque a los pies de un macizo montañoso. Es la casa de Neus Celnegre, la persona con un mayor número de galardones otorgados por las más prestigiosas guías gastronómicas del mundo. En esa discreta residencia tienen algunos el exclusivo privilegio de asistir una vez al año a un banquete excepcional, elaborado y presentado por ella misma.

Érase una vez una niña muy pobre que ayudaba a sus papás en el pequeño negocio familiar, una carnicería donde no tardó mucho en demostrar sus dotes dejando encantada a la parroquia. Sus chacinas apasionaron a una clientela hasta entonces resignada a la baratura de unos productos sin alma. La tienda prosperó ocupando a varios parientes que felices despachaban carne de una extraordinaria calidad y las magistrales mezclas con las que se alcanzaba un aroma y sabor que hacía enloquecer de placer al más glotón y recuperaba el apetito del más desganado. Pasó el tiempo y la niña se convirtió en una joven que recién graduada en ginecología y obstetricia invirtió sus abundantes ahorros en la compra del antiguo palacete donde dio inicio a una sublime gastronomía.
A pesar de su autodidactismo en el arte de los fogones, apenas sin conocimientos prácticos pero con una gran confianza en sus facultades consiguió pronto reconocimientos, críticas favorables incluso de los calificadores más temidos y exigentes. Trabajadora infatigable, creativa, muy natural, desde el principio se abastece exclusivamente de los mejores productos en los mercados más prestigiosos del mundo con los que compone una poesía para cada plato gracias a una cocina técnica, elegante, dotada de un especial refinamiento que colma de satisfacción a la boca más fina. Esa mente tan creativa y tan singular sensibilidad hicieron crecer el negocio de forma imparable destacándose en el más reputado itinerario gastronómico con la selectas composiciones que sus restaurantes abiertos en distintas partes del mundo presentan a un público capaz de aguantar pacientemente la espera durante meses, o incluso años, antes de poder sentarse a alguna de sus mesas.

Muy pocos saben que ordenó construir un pabellón cercano a su residencia para albergar a jóvenes desvalidas. Una nave con sótano que penetra en una verde pendiente dando la sensación de ser un bunker, protegido bajo una cubierta vegetal que a penas le hace diferenciarse del entorno. El hormigón visto está presente en interiores y exteriores expresándose como una materia viva con claros volúmenes de líneas puras, un espacio, higiénico, diáfano y bien iluminado. En la estancia superior, panóptica, el paisaje se cuela por los estrechos huecos verticales que horadan los ásperos muros y que se cierran con cristales de seguridad. El escaso mobiliario se compone de una inmensa pantalla de TV sintonizada en un canal infantil y a la que es imposible desenchufar, frente a ella un cómodo sofá, detrás una cama, una mesa con una silla, a un lado una cinta de correr y una bicicleta estática. El inodoro, bidé y ducha tampoco están privados a la vista ajena. Al anochecer se desconecta la electricidad. Allí vive sola por el momento, Anna Damankova, a la que rescató de un burdel de Brest, en Bielorrusa; una mujer grande a la que apenas se le puede entender, con retraso mental y sin familia. Cuando llegó tenía 20 años, un lustro después seguía sola y vistiendo el mismo tipo de prendas con las que se le obligaba a vestirse, algo parecido a un kimono japonés, de colores neutros, marrón, grises y negros que hacían resaltar el azul de sus grandes ojos bovinos y el rubio casi blanco de su corta melena. La señora diseñó una dieta adaptada a sus características y necesidades, con un consumo regular de una amplia variedad de alimentos de primera calidad que le nutría adecuadamente al tiempo que protegía de enfermedades con una medicación intensiva tanto de carácter preventivo como sintomático. No se dejó nada a la improvisación, las influencias medioambientales, tales como las horas de luz, la temperatura, ventilación, humedad, también desempeñaron un papel importante en el diseño de la jaula.

Este final de año marca la fecha de un trascendental acontecimiento en la vida de un oscarizado director, fue citado por fin, al igual que el presidente de una de las democracias más desarrolladas del planeta; también tiene cita un magnate de la comunicación dueño de un emporio de inconmensurable influencia social; y una famosa estrella de Hollywood a la que se le reconoce una extraordinaria labor humanitaria; y un cantante europeo, celebridad muy sensibilizada ante la injusticia social con más de cuarenta años apareciendo en los principales escenarios y medios de difusión pública; esa fecha es clave también para uno de los más importantes banqueros del mundo; para un alto jerarca religioso; para el modisto más influyente del siglo y para un filósofo reconvertido en el mayor experto en estudios de mercado. Un conspicuo grupo de personas residentes en distintas partes del mundo ligados por un único vínculo; el de formar parte del selecto club de caníbales para el que la genial Neus Celnegre cocina sus más sofisticadas y secretas recetas.

El menú que se degusta en cada convocatoria se prepara con el cuerpo de un humano neonato, de un mes más o menos y hasta un máximo de 5 kilos. Hasta ahora fueron cocinados tres bebés para el club hijos todos del idiotismo de Anna y de un fornido y pésimo jardinero oligofrénico dedicado a semental y que malamente atiende el invernadero donde se cultivan especias y condimentos. Se le mantenía casi oculto en una cabaña entre una espesa arboleda de la finca destinado a padrear a los vástagos de la retrasada. En los meses de marzo y abril con la excusa de que ella lo ayudara en su trabajo, Neus les obligaba a permanecer juntos durante mucho tiempo en la cabaña, el necesario hasta confirmar la preñez. El instinto del jardinero le hacía sentirse culpable de haber hecho algo malo tras copular con Anna por lo que disimulaba torpemente intentando ocultar los hechos. Casualmente fue la muchacha quien inició el ciclo espontáneamente dada su mayor experiencia y en un descuido de Neus, que no obstante contempló todo en silencio, facilitó sus siguientes encuentros y esperó el primer embarazo.

Como en todas las ocasiones anteriores los invitados se sientan en unas sillas rojas Panton de Vitra frente a la amplia mesa de acero Big Irony en una gran sala habilitada en el sótano y a la que se accede por una estrecha puerta. El espacio sin ventanales y de altas paredes blancas y desnudas daba la apariencia de un quirófano por su mobiliario y su extremada higiene. En uno de sus lados, la cocina, donde Neus prepara otro sublime menú para el clan, compuesto por entrante de sesitos asados a la parrilla a fuego flojo acompañados de un puré de coliflor y cubierto de caviar; un caldo de tuétano y huesitos deshechos con jugo de trufa denso en matices y ligero en texturas al que acompaña una tosta de paté a la canela y pechuguita picada con morcilla de sangre dulce en canutillo de brik con cerezas. Se descorchan tres botellas Perrier Jouet para los primeros bocadosy se presenta a continuación una sopa tibia de cebollino con ajos silvestres, perfumada con semillas y hojas aromáticas con carrillada asada y troceada sobre una pasta de curry rojo y hojas carnosas; le siguen los riñones y corazón caramelizados; la espalda y costillar hervidos con leche materna y confitados con canela y vainilla; a continuación presenta las manitas y pies rellenos con jardinera de berenjena y ceps empalizados con cereales; los muslitos se presentan hechos hebras con hilo de cebollita caramelizada, todo ello acompañado por cuatro botellas Doble Mágnum de Vega Sicilia. Con leche condensada y otra pasteurizada recogida de la madre en días anteriores compone una mousse al limón con tropezones de cubitos de ananá como postre.

Al final de la cena los comensales brindan plenamente satisfechos con la esperanza de ser elegidos nuevamente y comentan las bondades de esa delicia cárnica apenas conocida por unos pocos iniciados, el secreto sabor, la delicada esencia del bebé humano, esa carne a la que nada se le puede comparar, ni tan siquiera la de buey de Kobe; ni el mejor toro de atún; ni el más sublime jamón de bellota bien cortado y en su perfecta curación. Suprema carne humana, inagotable, a la que se cría para ellos y con la que disfrutan de la mayor expresión culinaria cuando tragan la elemental inocencia del ser, transubstanciando la pureza en elemental alimento, en sofisticada manduca. El culmen de una elite depravada, hastiada, depredadores acostumbrados por los siglos a las prebendas, a los privilegios del poder, del prestigio social, que se satisfacen despreocupados por la trasgresión de toda moral y sin un ápice de remordimiento ético, sofistifagos en busca del más sublime hedonismo intentando paliar el tedio y la hartura de sus envidiadas vidas. Realizan por fin el último brindis y cuando se disponen a salir, aparece Anna Damankova por la estrecha puerta que abre muy despacio, como si esperara permiso para entrar, asoma primero la cabeza, pasa y la cierra tras de sí, se acerca lentamente hasta la acerada mesa y fija su mirada bovina en los restos de los platos, observa un trozo de piel dorado por el fuego con un pequeño lunar con forma de corazón, el corpachón de la mujer permanece inmóvil durante un buen rato y de pronto abre la boca y al principio en un grito sordo lanza después un gran chillido que reverbera en las paredes y que cesa de pronto; despacio toma un cuchillo y corta sus venas y mientras dice:
- ¡No más niños… no más niños!
Clava la afilada punta en la base de su oreja izquierda y traza un profundo tajo hasta la base de la derecha, se degüella con la mirada perdida en el alto techo. La sangre le empapa de inmediato el pecho tintándole el kimono el cuchillo cae sólo un instante antes que ella. Alguno hace intención de auxiliar pero Neus Celnegre lo impide, diciendo:
- Es su venganza. Estos pobres seres la buscan así, haciéndose daño, mortificándose en una especie de ridícula heroicidad mártir y teatrera. Será un honor seguir cocinando para todos ustedes. Buena noche y ojalá pueda verles el año próximo.

Los comensales pasan silentes por encima de la agonizante Anna procurando no mancharse los zapatos con la sangre caliente. En el exterior, las aspas del magnífico helicóptero agitan la hojarasca de la planicie, todos abordo se eleva el aparato majestuoso hasta desaparecer en la oscuridad. El jardinero a la puerta de su cabaña oye el ruido pero no descubre nada en el negro cielo, sin luna, sin estrellas y… colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

Directriz para Justicia y Sofistifagia

Miedo, venganza.