27/02/09

Una Bachata

Aquella canción inclemente espoleaba su angustia, sin embargo quería oírla, incluso, en un acto de autocomplacencia ante el dolor, pedía al paciente cantinero una y otra vez, que la pusiera en la vieja bellonera.

Tenía los ojos rojos. Por el insomnio tal vez, o por la pena, o simplemente por la cantidad de alcohol que corría por sus venas.

Las mujeres de la barra, conmovidas, se sentaban a hablar con él tratando inútilmente de aliviar su angustia. Pero nada ni nadie parecía poder sacarle de sus recuerdos, aligerar sus culpas o mitigar el amargo sabor de la traición.

A su mente acudían en oleadas recuerdos inmisericordes que pesaban como losas. Recuerdos que laceraban sus entrañas.

Una y otra vez visualizaba la cara resplandeciente de la mujer que no podía dejar de amar, se acordaba de sus ojitos risueños y de sus labios prometedores. En especial, se acordaba del día en el que, en un arranque de desprendimiento típico del amor incondicional, colocó en su delicado cuello el macizo medallón de plata que tiempo atrás, heredara de su abuela.

Ahora, la ingrata le había abandonado y aquel hombre herido, por toda explicación, sólo había obtenido indiferencia e incluso desdén.

La amargura se reflejaba en su semblante taciturno y le confería un aire como de abandono. Sin embargo, y aún en esas circunstancias mantenía cierto porte. Lucía un fiero bigote que endurecía sus facciones y usaba un sombrero de ala que ensombrecía su rostro desafeitado. Era un hombre recto, recto de espaldas, que no doblaba ni para subirse al caballo, y recto de proceder, hacía lo que debía y nunca faltaba a su palabra. Era un hombre de los de antes.

Pero el azar o el demonio, que no desaprovecha ocasión, quiso que esa noche, justo cuando aquel hombre levantaba la cara para apurar el último trago de su vaso, viera por encima de las puertas de vaivén, a su amada, que con toda desfachatez, paseaba del brazo de aquél conocido rufián.

Sus ojos irritados cobraron brillo de rabia. Se levantó con violencia y su banqueta rodó estrepitosamente por el suelo. De unas cuantas zancadas ganó la calle, entonces la llamó por su nombre. Al oírlo, la pareja giró despacio, ella clavando los dedos en el brazo de su acompañante, él llevándose instintivamente la mano al puñal. El hombre despechado no pudo contener la ira. Aquel canalla llevaba al cuello el viejo medallón que él mismo regalara a esa mujer traidora y que constituía el objeto de sus obsesiones. Era una ira roja y densa que le nacía en el estómago y le subía bullendo hasta el rostro.

Un instante después, dos aceros brillaban en la mitad de la calle. Los hombres en posición giraban lentamente, muy medidos, absolutamente concentrados y ya ajenos a los gritos de las mujeres y al murmullo de cuantos curiosos se agolpaban alrededor. Todos sabían que correría la sangre.

Crispados movimientos que no eclipsaban ni un ápice de la frialdad, el cálculo y la determinación de cada uno de los contendientes. Hombres trabados acuchillando cuanto podían, respiraciones entrecortadas, jadeos, gruñidos, ropas tiñéndose de rojo, algún reniego, ningún lamento. Evitando por todos los medios caer antes que su rival.

Pero al hombre del medallón le abandonaban las fuerzas y terminó cayó de rodillas, su adversario no dudó un instante, y le lanzó una estocada brutal en el centro del pecho con la aviesa intención de partir en dos el corazón de quien ya había partido el suyo llevándose a su hembra. Sin embargo, éste ahora miraba perplejo y exhausto la hoja quebrada de su puñal. Paradójicamente, entre el cuchillo y el corazón, entre la vida y la muerte de su víctima, se había interpuesto el medallón.

Para todos, claro está, eso fue un designio de la Providencia. El pleito se dio por concluido.

Antes de que llegaran las autoridades, cada amigo o doliente se llevó a su herido y “aquí paz y después gloria”. Eso sí, nadie se opuso a que el vencedor, en justicia, arrebatara de un tirón, al vencido, el enigmático medallón macizo de plata que tiempo atrás, heredara de su abuela.


Oscar Zazo
Febrero del 2009