01/04/09

Año bisiesto

Eran estómagos agradecidos, la ropa que les alienaba no era barata y las Scooter retocadas que les esperaban indicaban que no eran marginados, sin embargo, con solo observarles unos minutos se apreciaba que rebosaban odio. Uno de ellos tallaba a navaja unas iniciales en un banco con destreza, se veía que estaba acostumbrado a su uso; otro miembro de la manada dibujaba siglas con spray sobre el pedestal de una estatua de un rey español.

29 de Febrero de 2008

Tomás hacía tintinear los hielos de su whisky mientras observaba el vuelo del pajarillo de un lado al otro del salón. No sabía cuanto puede vivir un gorrión pero estaba casi seguro de que no podía ser el mismo año tras año. Paco y Chuchi, sus dos compañeros de mesa se ponían al corriente de sus vidas como cada cuatro años.

Era el aniversario del fatal incidente que llevaba juntarse a los tres amigos desde hacía ya dieciséis años. La idea partió de Don Víctor, en la homilía previa al entierro de Jesusin, Tomás creía recordar sus palabras exactas: “Cada 29 de Febrero honraremos en este mismo lugar santo la memoria del inocente niño Jesús Martín Expósito y daremos gracias a Dios por evitar que la desgracia se cebara aun con más fuerza en nuestros hijos”. Para él fue como el padre que no conoció, sus enseñanzas y consejos aun los tenia en valor. Siempre agradeció que les tratara como a hombres, como aquel día que les saco de clase de gimnasia para enseñarles un recorte de periódico donde aparecían ellos con un pie de página que decía “Los héroes del San Gines”. Las palabras posteriores también las tenia grabadas: “Alegrar esas caras, hicisteis algo maravilloso, y sobre todo no os culpéis”.

Don Víctor murió dos años después de estos acontecimientos y en su entierro los tres decidieron seguir adelante con su propuesta, a parte de honrar a Jesusín les serviría para seguir en contacto una vez acabado el colegio. En lugar de verse en la capilla del colegio eligieron un café cercano que se encontraba en los jardines de un palacio de cuento de hadas del cual tomaba el nombre.

Tras la cristalera, se veía a un grupo de macarras molestando a una anciana que levantaba su bastón amenazante, uno de ellos se lo arrebato tan bruscamente que estuvo a punto de caer al suelo, después lo lanzo con fuerza lejos de allí, todos reían y se burlaban de ella con una especie de baile simiesco. Nadie la presto ayuda.

Tomas y Chuchi vieron la escena perfectamente.

_Como esta el mundo, si se nos hubiera ocurrido a nosotros con su edad putear así a una pobre abuela.

_ Pues el primer hombre que hubiera pasado cerca nuestro nos habría dado dos hostias, Sentencio Tomás.

_ Estoy seguro de ello, tío, este mundo o al menos esta ciudad se esta deshumanizando, ya no existen valores a respetar.

_ Los valores si existen, Chuchi, lo que hay es mucho insolidaridad y sobre todo mucho miedo. Ahora solo patrullan las calles la policía y ante este tipo de comportamiento poco pueden hacer. Los demás nos limitamos a cambiar de acera o mirar a otro lado, no es nuestro problema.

Tras un trago largo del whisky de malta recordó el barrio de entrevias donde su tía Charo, su única familia, le llevaba cada quince días a pasar el fin de semana, el Felipe, el Banana, el Hueso, eran como espectros que se le aparecían ahora, con sus caras demacradas por la droga, sus pantalones de pitillo y su mirada orgullosa de inadaptados a una sociedad que les despreciaba. Eran gente dura, de otra época mucho más difícil que la actual a la cual no sobrevivió ninguno de ellos. Pese a ello jamás les vio reírse de una vieja o abusar de un débil, existían códigos no escritos que respetaban, esos códigos, pensó Tomás, se perdieron en algún cambio generacional.

Las gorras de béisbol y los pantalones abombachados a punto de caer rodeaban ahora a dos jóvenes estudiantes aterrorizados.

_ Serán cabrones ahora la han tomado con esos dos chavales.

Paco se giró para ver de qué hablaban sus amigos y cambió radical el tema de conversación.

_ Me quiero deshacer del BMW, si sabéis de alguien a quien le pueda interesar.

_ En cuanto lo venderías, pregunto Chuchi.


29 de Febrero de 1992

El timbre que se utilizaba como aviso de fin del recreo le despertó bruscamente. Que fuera de noche y que no dejara de sonar produjo en el una sensación de desconcierto. Cuando salió de la habitación la mayoría de sus compañeros ya se encontraba en el pasillo y la confusión era total. Los monitores, se desgañitaban por dirigir a los niños a que bajaran las escaleras que llevaban al hall principal, se zafó de uno de ellos y se tomó unos segundos para comprender que sucedía, subió unos escalones en dirección contraria a lo que decía la lógica, y por fin comprendió qué estaba pasando; un humo negro y espeso salía del pasillo de los internos mas pequeños. Una vez vencida su curiosidad se dispuso a escapar cuando algo le hizo detenerse, creyó oír una voz infantil pidiendo auxilio, avanzó unos escalones hasta llegar a la misma boca del lobo y afino el oído, ahora lo aprecio con claridad eran los gritos de un niño, un niño muy pequeño que aterrorizado pedía que le sacaran de allí, no podía creer que el inútil del monitor que dormía con ellos se dejara a un pequeño en aquel infierno, Tomás se indigno al recordar verle bajar atropelladamente entre los niños para ponerse a salvo. Intento serenarse, conocía esas estancias a la perfección pues él mismo las ocupo hasta cuarto curso, aun así trato de visualizarlas mentalmente, un pasillo largo, la primera puerta un dormitorio con seis literas, a continuación de este otro ocupado por el celador y al fondo el cuarto de baño.

Cuando noto la presencia de Paquito y Chuchi, ya tenia anudada la chaqueta del pijama en la cara por lo que ellos obraron igual, era como un juego, se agarraron los tres y con el corazón en un puño entraron en el túnel, sin pensar, sin hablar antes, sin razonar, tuvieron un impulso y se adentraron en las tinieblas sin más. Las carótidas le latían con fuerza, la falta de oxigeno y el calor le abrumaban, pero lo peor era la tupida nube de humo que no les dejaba ver nada, curiosamente allí reinaba el silencio, solo roto por el sonido devorador del fuego y los cada vez mas débiles gritos del niño que provenían del fondo, del sitio mas alejado, el cuarto de baño. Se agacharon instintivamente los tres, aun seguían cogidos unos a otros con fuerza. Desde el suelo, donde el humo era menos denso pudieron apreciar con mayor claridad la escena, el fuego provenía de la habitación del monitor, las llamas salían con fuerza de esta y chocaban con la pared del pasillo, lo que dejaba aislado por completo el servicio. A través de la llamas le vieron, era Jesusín con su osito de peluche bajo el brazo y el rostro negro por el humo, lloraba, dos surcos provocados por la lagrimas se habrían paso por el hollín de la cara, ya no pedía ayuda, solo contemplaba a los tres muchachos agarrado al quicio de la puerta.

El miedo se apoderó de ellos, estaba claro que no era un juego, tenían que salir lo antes posible de aquel sitio y se dispusieron a ello, fue entonces cuando Paquito abrió la puerta del dormitorio que se encontraba frente a ellos y para su sorpresa encontraron a siete pequeños acurrucados en una esquina con el terror grabado en sus angelicales caras, todo surgió rápido, Paquito y Chuchi encabezaron la expedición y los niños se agarraron a sus pijamas salvadores, Tomás cerraba la fila y por eso fue el ultimo en salir de aquel infierno, no sin antes mirar por ultima vez a Jesusin, que ya sin llorar doblo las rodillas.

Bajaron las escaleras, donde ya no quedaba nadie, al llegar al hall encontraron a varios profesores que les sacaron a empujones al frío de la noche. Al poco rato, arrullados con unas mantas atendieron a una llamada de atención, la luz de un flash los cegó. Todo había acabado.


29 de Febrero de 2008

Le estaban golpeando, un instante antes su amigo salio corriendo escapando de la jauría, ahora estaba solo y asustado, le rodeaban entre seis y le golpeaban alternativamente, uno de ellos portaba un estilete que el chaval aterrorizado no perdía de vista.

En el interior del café encendieron las luces, estaba atardeciendo y la luz que entraba por los ventanales empezaba a ser escasa. Tomás observo a sus amigos, cada cuatro años se juntaba con ellos, se tomaban unas copas se ponían al día de las novedades en sus vidas y se volvían a separar hasta otro 29 de Febrero. Era como un ritual, y así lo sentía él, no los unía apenas nada, compartieron infancia en un colegio de huérfanos y una noche de aquella etapa paso algo extraordinario que cambió para siempre sus vidas, sobre todo la de él, pues rara era la madrugada que no despertara angustiado y bañado en sudor con la pesadilla de siempre, Jesusín en llamas ofreciéndole los brazos.

_ Joder esto ya esta pasando de castaño a oscuro, quizá deberíamos llamar a la policía, no os parece, pregunto Chuchi a sus amigos.

Lo decía porque las alimañas del jardín estaban humillando al chico hasta un extremo vomitivo, le vaciaron la mochila esparciendo cuadernos y libros por el suelo y le seguían agrediendo sin que nadie hiciera nada.

Paquito miro el reloj y se levanto de la mesa sobresaltado.

_ Hostias las siete y media, Belén me mata, está con la niña en el dentista y tenía que recogerlas a las siete, lo que me extraña es que no me haya llamado ya.

_ Nuestras mujeres respetan mucho estas reuniones, dijo Chuchi y pidió con un gesto la cuenta a la vez que se enfundaba su chaqueta. Este año pago yo.

Ya en la calle Tomás pensó en lo paradójico de la situación, cada cuatro años se juntaba con Paquito y Chuchi, compañeros de colegio, y todo venía motivado por el terrible incendio que asolo gran parte de éste y que los elevo a la categoría de héroes con medalla incluida, sin embargo no tenia nada en común con ellos, entre otras cosas él no se había casado ni tenia hijos, que era el tema de conversación principal de estos encuentros, el único tema que les unía a ellos es algo que paso hacia muchos años y de lo que curiosamente jamás volvieron a hablar.

Se abrazaron y Tomás se quedo en la puerta del café apurando un cigarrillo mientras veía alejarse a sus compañeros, antes que doblaran la esquina llamo su atención.

_ ¿Sabéis una cosa?, se volvieron los dos aun tiempo, Jesusín tendría ahora veinticuatro años.

Siguieron su camino y no tuvo la seguridad de que le hubieran escuchado, se subió las solapas de la chaqueta y encamino sus pasos al jardín mientras entre dientes mascullo unas palabras.

_ No temas Jesusín voy a por ti.

La noche convertía en siluetas al grupo de orangutanes que seguía abusando del chaval que ahora se encontraba en el suelo.

La voz sonó potente.

_ Eh, vosotros, panda de hijos de puta, dejar ahora mismo al chico en paz, si no queréis que os saque a hostias toda la mierda que tenéis en vuestras cabezas.

Se encamino hacia ellos con paso decidido y antes de recibir el primer golpe vio al muchacho escapar tras los matorrales.

Josel Momar