Los jóvenes de aquel pueblo, ociosos casi siempre, se reunían en los escalones de la plaza, a la sombra del frondoso árbol centenario. La inactividad no impedía que su disparatada imaginación juvenil les hiciera soñar con viajes y hazañas. Por eso, aquella tarde, junto con los hombres que llegaron llamando a la insurrección desde lo alto del camión, también llegó la oportunidad que los mozos habían estado esperando para alcanzar la gloria.Todos sin excepción, empacaron sus escasas pertenencias y desoyendo los prudentes consejos de los mayores, subieron a bordo de aquel improvisado “Banderín de Enganche”.
Como fuera, aquella noche partieron hacia la costa donde embarcarían antes del amanecer rumbo a la capital para iniciar la revuelta.
Las primeras horas fueron de absoluta euforia. Codo con codo como auténticos camaradas, entre “hurras” y “vivas” que se sucedían acompañados de consignas cada vez más fervorosas. Su valentía y su sentido del deber les conduciría directamente a la victoria, y regresarían a su pueblo como héroes, donde serían recibidos en olor de multitudes. Tal vez hasta les hicieran un monumento…
Pero el traqueteo del camino y el ronroneo del sufrido motor fueron suavizando la exaltación, y poco a poco el ambiente se fue impregnando de una pesada sensación de sopor.
El amanecer los encontró a la orilla del mar con los ojos enrojecidos por la vigilia y con el estómago encogido por el ayuno, pero la gloria exigía sacrificios, de manera que de buen grado abordaron la vieja barca que les iba a llevar hasta alta mar, donde serían recogidos por la fragata que habría de enfrentar a las tropas gubernamentales.
Los primeros vaivenes de las olas enardecieron al grupo y enseguida se profirieron gritos llamando al valor que de inmediato fueron secundados por todos. Al rato aún se escuchaba alguna que otra consigna, todavía coreada tímidamente. Después, un silencio total se adueñó del bote desde donde surgían miradas, ora escépticas hacia el capitán y su dudosa pericia, ora aprensivas hacia la enclenque embarcación, extrañados con razón de que aún se mantuviera a flote.
Ellos no lo advirtieron, pero uno tras otro sus rostros iban adquiriendo un indefinido color ceniciento entre el amarillo y el verde que les confería un aspecto poco saludable.
El olor a humo y a aceite quemado se alojaba en nariz y boca de los muchachos provocando algunas muecas y a continuación las primeras arcadas.
Con cada movimiento aumentaba alarmantemente el mareo, que conectando la cabeza con el estómago, incrementaba las ya incontrolables nauseas.
Después de un rato se iban intercalando las cabezas inclinadas hacia la borda arrojando lo poco que les quedaba en el estómago primero, y las bilis luego hasta que ya no quedó nada dentro. Pero lo peor aún estaba por venir, porque cuando llegaron al punto de encuentro, (que punto habría, pero lo que se dice de encuentro, nada,) allí estaban con el motor detenido, esperando a merced de la marea mientras el capitán especulaba con diferentes posibilidades a cerca de la incomparecencia de la fragata. El viejo cascarón ahora se movía de babor a estribor y de proa a popa o como quiera que se llamaran todos y cada uno de los puntos existentes o imaginables en tales embarcaciones, en una danza arrítmica y antojadiza que terminó por someter las últimas resistencias de los maltrechos jóvenes, que por cierto ofrecían aspectos lamentables en posturas grotescas: unos, asomados por la borda con cabeza, brazos y hasta las babas colgando en un estado de semiinconsciencia; otros tumbados en el suelo emitiendo una especie de quejido permanente tal vez provocado por el evidente malestar o tal vez por la imposibilidad de controlar sus esfínteres. Los que tenían más aguante, movían lentamente la cabeza sujetada a duras penas entre los brazos y en constante gesto de negación.
No sintieron alivio alguno cuando el capitán tomó la decisión de regresar a la costa en busca de nuevas instrucciones, porque nadie estaba en condiciones de interpretar, ni esa, ni ninguna otra orden que se diera a bordo.
Finalmente hubo que ayudarles a bajar a tierra, y tuvo que pasar un buen rato para que los muchachos fueran volviendo en sí. Aun estando ya en suelo firme sentados, tumbados o de rodillas, todavía volvían las arcadas con sólo mirar a la embarcación.
En cuanto pudieron, se fueron enderezando y comenzaron a caminar en dirección opuesta al mar sin decir nada, sin atender a preguntas, propuestas o reclamaciones que allí les pudieran hacer.
Y como pudieron regresaron a su pueblo y a su lugar en la plaza a la sombra del frondoso árbol centenario, aunque nadie les recibiera como héroes, ni les hicieran monumentos.
¿Y la gloria?
¡Anda y que la jodan!
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