Estaba decidida. Dejaría la calle y reharía su vida. Iba en serio, esta vez sería diferente.Ahora debía encontrar un trabajo que le devolviera un poco de dignidad. No era tan ilusa como para esperar un buen empleo, ni lujos, ni siquiera comodidades. Pero sí, encontraría algo. Y tal vez con el tiempo podría incluso, traer a su niña a vivir con ella.
Esta decisión determinada le proporcionó cierta euforia, pero enseguida comprobó que con tan escasa experiencia laboral y con su casi nula preparación académica nunca encontraría nada decente, por no hablar de sus antecedentes penales, de manera que las buenas intenciones se fueron desvaneciendo y día tras día volvía a la pensión cansada hambrienta y decepcionada.
Después de una semana infructuosa, su ánimo hacía aguas por todas partes. Una noche se miró con detenimiento en el mugriento espejo de su cuarto y decidió que lo veía no le gustaba, por eso, tomó una decisión inevitable. Recurrió a los escasos recursos cosméticos que estaban a su alcance en un desesperado intento de conseguir una imagen medianamente aceptable y salió a la calle.
En la barra de aquél bar de barrio se encontraba padeciendo la estridente música y esperando resignada que algún cliente se fijara en ella. Ya no tenía edad como para darse el lujo de elegir a sus clientes y desde luego no era una niña para andar con mojigaterías, debía conformarse con lo que viniera. Si bien alguna vez hubo sombra de diversión en su oficio, a estas alturas se había esfumado definitivamente. Pero por encima de todo lo que más le pesaba era constatar que el sueño de dignificar su vida había fracasado de nuevo.
Caminando hacia el baño se fijó distraídamente en los dos hombres de la mesa del fondo, que ya hartos de cerveza daban cuenta de un servicio de pollo. Comían con avidez y directamente del recipiente sintético usando los dedos sin el más mínimo pudor. Uno de los dos, el más gordo, levantó de la comida sus ojos saltones y al cruzar la mirada con ella, detuvo el gesto de llevarse a la boca un muslo a medio comer para ofrecérselo, la mujer declinó con un leve ademán disimulando la repugnancia. Cuando ya estuvo a su altura ambos dirigían la vista con descaro al ceñido pantalón justo a la altura de la entrepierna al tiempo que voceaban alguna grosería ininteligible que se confundió con la música. Ella hizo caso omiso y siguió indiferente.
Como fuera unas cuantas cervezas después, se encontraba sentada junto aquél fulano execrable, soportando que desplegara un cortejo más que previsible e infinitamente más próximo a la ordinariez que a la elegancia. Ella se limitaba a esbozar sonrisas tratando de que no parecieran forzadas, no fuera a poner de manifiesto que, lejos de ser una “chica de vida alegre” era una mujer asqueada, sobretodo de sí misma, y de sobra sabía que una de las quejas más usuales de los clientes era precisamente esa: mujeres “poco divertidas” y en muchos casos con la amargura reflejada en el semblante.
Entraba al cuarto tras el hombre después de haber negociado el precio hasta el límite de lo inaceptable. Ahora sus esperanzas se cifraban simplemente en terminar cuanto antes, pero éstas desaparecieron en cuanto el hombre se desnudó y pudo comprobar que su miembro no reaccionaba a pesar de los esfuerzos. Supo entonces, que tendría que usar la boca para excitarle. Y con resignación se puso a ello diligente.
En cuanto inició la tarea, tuvo una sensación extraña, remotamente familiar... era el sabor. ¿A qué sabía? ¡Pollo! ¡Sabía a pollo! El muy cerdo debió ir a orinar justo después de comer, pensó ella aguantando a duras penas las nauseas y las lagrimas. En ese momento tuvo la certeza que tarde o temprano regresaría a prisión. Difícilmente podría evitarlo. Sería por romperle una botella en la cabeza a uno o por arrebatarle el dinero mientras dormía borracho a otro, no sabía. Lo que sí sabía era que no habría forma de escapar a su destino.
Sentada en la acera con la mirada perdida trataba de no pensar. Se sentía sucia, sucia por dentro y por fuera; y cansada, era un cansancio viejo que se tragaba su vitalidad, su dignidad y su esperanza.
El bar ya había cerrado y otra de las mujeres se sentó a su lado, de debajo de la ropa sacó una botella, las dos mujeres bebieron. Ninguna dijo nada.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada