21/05/09

Libertad efímera

Aquella mañana con la pequeña mochila pertrechada y después de firmar el formulario de rigor, me dispuse a salir del penal por cuarta vez ya en mi corta vida.

Ésta vez la estancia no había sido muy larga, siete meses y un día, pero sí quizás, si la sopesamos con el hecho acontecido, que no fue otro sino la disputa en que nos enzarzamos un agente de la benemérita y yo mismo por un asunto que no lo merecía, o al menos yo lo creo así, y que fue mas bien la cabezonería del agente y reconozco que la mía propia la que nos llevo a pasar de los reproches a los guantazos, también aquí reconozco que yo fui el primero en utilizar la violencia en modo de puñetazo en la jeta, pero es justo reconocer, como le conté a su señoría, que si bien yo fui por delante en esto él y sus compañeros, que acudieron como centellas tras el golpe, me molieron a palos a conciencia, y si bien a un agente no se le debe agredir, creo yo que a un ciudadano, totalmente reducido en el suelo por cuatro de ellos, tampoco.

Su señoría llevaba grabado en la cara que estaba del lado del cuerpo y que por más que me empeñara en explicarle que llevaba razón en la riña que desencadenó todo el rifirrafe que nos llevaba ante él, no demostraría una mínima empatía hacía mi persona en ningún momento del juicio, mas bien todo lo contrario. Por lo que una vez escuchadas las partes y visto por él mis antecedentes, salí de aquel juzgado esposado y en furgón policial con destino al centro penitenciario que ahora acababa de abandonar, no sin antes ver la sonrisa con que me despedía el cabrón del picoleto, así que hice el camino a la trena humillado, a oscuras, con las manos amarradas y por supuesto sin el autógrafo de Raúl que tanto deseaba.

Siempre que recuperaba la libertad me invadía una sensación de limpieza, de purga, me sentía como un vehículo recién pasada la revisión, con el aceite limpio y los filtros nuevos, dispuesto otra vez a seguir haciendo kilómetros. Pero debía de ser cauto y sensato, controlar mi mal genio y asumir que las cosas son como son y no como a mi me gustaría que fueran, como me enseño la psicóloga del centro.

Cuando subí al autobús que me llevaría a Madrid tuve la sensación de que todo el mundo me miraba sin ningún pudor, me eché un vistazo rápido por si llevaba algo que delatara el lugar de donde acababa de salir, al no ver nada extraño opté por dejar pasar el asunto y sentarme en mi asiento tranquilamente.

Me deleité, mirando tras la ventanilla, como se habría ante mi, nuevamente, un mundo maravilloso. Casas, coches, gente en bicicleta, un rebaño de ovejas, las montañas al fondo, todo me resultaba fascinante después de siete meses a la sombra.

Intenté concentrarme en el plan que había tramado minuciosamente en la cárcel, para de una vez por todas encauzar mi vida, pero las ganas de mojar el churro hacían imposible esta labor, y sólo venían a mi cabeza la casa de campo con sus putas, que sin ninguna duda sería el primer lugar al cual me dirigiría.
Una vez en Madrid y después de la visita obligada por el pulmón de la ciudad, que me puso el cuerpo en mi sitio y volvió a hacerme sentir macho, me dirigí a casa de mi hermano, única familia que tenía y el único lugar donde tendría cama y comida, o eso pensaba.
Mi hermano residía y se buscaba la vida en el barrio de la Ventilla, allí poseía una casucha semiderruida que fue de nuestra abuela y que la hizo suya al ser el mayor. La compartía con un perro con muy malas pulgas que era su única compañía. Pasaba más tiempo en los bares que en casa, así que me dispuse a realizar un recorrido por la ruta normal en él, y que yo conocía perfectamente, no en vano le recogí borracho de todos ellos varias veces.

No tardé en encontrarle y me sorprendió, negativamente, su aspecto, pues vestía sucio y desaliñado, como habitualmente, pero la cojera la tenía acentuada y uno de los vidrios de las gafas lo había sustituido por un trozo de cartón, sin duda roto en una de sus continuas caídas; cuando sorpresivamente me plante ante él su primera reacción fue mostrarme los decimos que colgaban de su pecho, ignorando que tenía ante sí a sangre de su sangre.

Pasé lo que quedaba de tarde con él y al caer la noche se mostró muy generoso, como ya sabía yo, de ofrecerme el viejo sofá donde dormía el perro, éste, que sin duda no conocía bien de que trataba la cortesía y la solidaridad entre hermanos, no dejaba de gruñir hacía dentro y mostrarme sus afilados dientes. He de reconocer que a mitad de la noche ya sentía nostalgia por la litera de mi celda, aunque cueste asumirlo.

Al amanecer el día salí de la casa y de la barriada con premura, a paso vivo llegue,sin darme apenas cuenta, a la zona financiera de la ciudad, con sus cuatros rascacielos recién inaugurados, y me resultó chocante lo mucho que cambiaba el paisaje urbano en unos cientos de metros.

Me encaminé a la estación de Chamartín, con el caminar mas pausado, al comprobar que me sobraba tiempo para tomar el tren hacia una nueva vida.

Al entrar en la estación pensé que era la primera vez que iba allí con propósito de viajar, siempre había ido a robar cobre o a timar a los incautos turistas.
El tiempo de espera se me hizo corto mirando a la gente que por allí deambulaba. Siempre fui bueno para elegir a las presas y se debía, con certeza, a la paciencia que empleaba en observarles.

Me senté en un banco y saqué de la mochila el papel con el nombre y la dirección que me había escrito mi compadre y compañero de celda. De esas pocas letras dependía mi futuro. Sonó el primer aviso de mi tren y me aseguré de guardar el papel en lugar seguro, cogí mis pocas pertenencias y tomé dirección al andén, iba a comenzar a bajar las escaleras mecánicas que dan acceso a éste cuando noté que alguien me sujetaba del brazo, me volví para ver a dos agentes del cuerpo nacional de policía que sin ninguna educación me pedían mi documentación. Juro que les expliqué que salía mi tren, les supliqué que no me entretuvieran, pero no hubo manera, por lo que no me quedó otra que salir corriendo hacia el tren, pero los agentes, más jóvenes y rápidos que yo, no tardaron en darme alcance, ahora estaban mucho mas cabreados, lo que me llevo a pensar que estas nuevas generaciones de policías salen mucho más preparados físicamente que las anteriores pero con la misma mala hostia. Me pusieron de cara a la pared, me cachearon y sacaron la documentación que revisaron a conciencia, con parsimonia, después utilizaron el Walki para pedir información sobre mí, todo esto sin escuchar mis súplicas, pues sonó el ultimo aviso, previo a la partida y yo veía esfumarse el sueño de una vida mejor.

Una vez informado desde su central de la clase de individuo que era, pero también de que mi deuda con la sociedad estaba saldada se dispusieron a entregarme mis cosas, a dejarme marchar, momento que yo esperaba ansioso para salir zumbando a mi destino.

Pero uno de ellos, rubicundo y pecoso, quiso jugar con mi pobre persona y fingiendo apuntar otra vez mis datos se recreaba en su libreta mientras yo me desesperaba mirando del tren al guardia y del guarda al tren, rogando con lagrimas en los ojos que me entregara mis papeles para salir corriendo y apurar esos veinte metros hasta el último vagón.

Pero lo inevitable siempre acaba sucediendo, se cerraron las puertas y el convoy inició su marcha con el sonido in´crechendo característico, momento que, de muy mala baba, aprovechó el agente para, con media sonrisa que ya conocía, entregarme mi carnet de identidad.

Entonces comprendí que la libertad es un privilegio que yo no debía merecer, debido sin duda a unos genes que heredé de mis progenitores y que no me habían traído más que problemas.

Antes de notar el impacto de mis nudillos en el rostro del policía ya sabía lo que vendría después, por lo que tras sentir una milésima de segundo de satisfacción al ver al rubicundo caer con la boca partida me tumbé en el suelo en posición fetal.

Entonces me acordé de la psicóloga del penal.