06/07/09

LA FUNERARIA

¡Esto es un sin vivir!

Sospeché que ya nada sería como antes en el momento que comenzaron a circular en el barrio rumores de que estaban construyendo una funeraria en mi calle. La verdad, al principio no creí tan tétricas murmuraciones, pero las obras fueron avanzando y cada vez con peor pinta; que si columnas sobrias, que si grandes faroles, que si portón espacioso, que si puertas de madera con vidrieras al fondo, hasta que un mal día colgaron el cartel. Desde entonces cada vez que paso por delante, no puedo evitar mirar de reojo el ataúd que tienen en la puerta con su camillita y su revestido de tela azul y su plástico por encima para que no coja polvo mientras que llega un cliente… y trato de pensar en otra cosa, pero no puedo, llego a mi casa con el corazón en un puño y visiblemente afectado.

Ya ha pasado más de un mes y no he conseguido acostumbrarme. Sin embargo dicen que el propietario está desesperado por que aún no se ha estrenado. Hay quien asegura haberle escuchado decir malhumorado que si es que en este pueblo no se muere la gente.

Yo en cambio cada día le veo en la puerta esperando su muerto con paciencia, y mientras conduzco me mira, no dice nada, pero me mira como escrutando mi aspecto, yo creo que con la esperanza de encontrar en mi fisonomía algún signo de enfermedad terminal. De inmediato aparto la vista, y en cuanto me alejo, sin poderlo evitar me miro con aprensión al espejo retrovisor. Esas ojeras… no sé.

Si en la mañana conduzco aprisa calle abajo para no llegar tarde al trabajo, allí está ese pájaro de mal agüero clavándome su mirada, al parecer complacido de mi aceleramiento, yo creo que es por si la prisa pudiera convertirme en candidato para ocupar en breve su maldito féretro vacío. Entonces reduzco la velocidad aparentando una serenidad que ya no tengo, y tratando de persuadir al cuervo de su perverso anhelo.

¡Esto es un sin vivir! ¡Ojalá quiebre!, si no, me voy a tener que mudar, porque a decir verdad, esto ya no es vida. He perdido la ilusión por las cosas y día a día se me escapa la esperanza de volver a tener una existencia tranquila. Es que ese ataúd con terciopelo azul pálido y con la tapita abierta para que se le vea la cara a su inminente ocupante atrae irremisiblemente mi mirada. Estoy empezando a pensar que el hombre-funeral, en verdad piensa que su caja me pertenece. Siempre está ahí, como esperando, no dice nada, no saluda, no cambia la expresión, sólo mira, como un buitre en rama seca esperando su cadáver.

Si finalmente el carroñero se saliera con la suya, vería pletórico, por fin su funeraria en acción. Mi familia, mis amigos, mis compañeros del trabajo, esos traerían una corona, seguro que barata; incluso se acercaría algún curioso, sólo por morbosidad, aunque nunca hubiera hablado conmigo; y sacarían café y se harían corrillos para comentar los pormenores, para especular, para comentar lo bueno que yo era, aunque, seguro que también sacaban algún chisme; de con quién estaba liado o algo parecido. “Eso sí, trabajador sí era”, dirían, y se acercarían a la maldita caja de terciopelo azul pálido y me mirarían la cara por la ventanita y harían comentarios. Alguna persona, claro, adoptaría el rol de plañidera con lamentos en voz alta, no fueran a decir, porque sin gritos ni aspavientos no hay velorio que se precie. Seguro que también se verían expresiones sobrecogidas, ya se sabe, cuando roza la muerte se disimula pero, un poco se presiente la propia…
¡Esto ya no es vida! Esto… esto debería estar prohibido. Tendría que quejarme a las autoridades. No se… pero ¡Esto es un sin vivir!

Oscar Zazo