El amor que sentían por sus padres era incuestionable, por eso en las bodas de plata quisieron hacerles un regalo que no olvidaran jamás.Cuando intrigada, la madre abrió el sobre, vio los boletos de avión, la reserva del hotel y hasta los papeles del auto alquilado. Por fin conocerían el extranjero.
Desde que pasaron la línea de inmigración y terminaron de despedirse agitando las manos, comprobaron que a pesar de los temores y confusiones propios de la inexperiencia, todo estaba organizado y tanto en tierra como en aire, empleados y funcionarios les iban indicando lo qué debían de hacer.
Luego, en aquél céntrico hotel de la ciudad terminaron de valorar el espléndido regalo de sus queridos hijos.
Enseguida establecieron las diferencias para darse cuenta de que allí todo era mucho mejor: autos, luces, escaparates, ¡Todo! Y ¡Cuántas cosas! Y !Qué organización! Eso sí, cada uno a lo suyo, pensando en sus cosas, hablándole al teléfono móvil, o escuchando música con los auriculares puestos. A nadie parecía importarle que cada cual fuera vestido como quisiera según su religión, raza u apetencia. La gente andaba deprisa y absolutamente ajena al resto; tanto si pasaban dos jovencitas tatuadas con la cara llena de piercings, como si dos hombres caminaban agarrados de la mano. Nadie se inmutaba si un ejecutivo comía de pié en la acera, o si otro se afeitaba mientras el semáforo se abría. Daba gusto ver tanta libertad, tanta tolerancia, tanto progreso.
En la mañana un taxi les llevó hacia el Rent a car para recoger el auto alquilado. Se complacieron en el trayecto tratando de reconocer edificios de renombre e imaginar todo lo que les quedaba por ver.
Subidos en el flamante auto comprobaron su estabilidad, seguridad y fácil manejo; realmente disfrutaron del paseo a pesar del desconocimiento de la ciudad. Ya hacia el medio día quisieron detenerse para comer y sobre todo para ir al baño, pero en cualquier lugar donde intentaban aparcar el estacionamiento estaba prohibido, y no fue sino hora y media más tarde cuando pudieron dejarlo en un parking, que, aunque carísimo, resulto bienvenido.
Donde sí se sintieron torpes de verdad fue en la fila del aquel establecimiento de comida rápida, perdidos entre combos, ofertas, cajeras poco comprensivas y clientes impacientes. Echaron de menos su restaurant de siempre, donde les saludaban al entrar, les recomendaban al ordenar la comida y luego les despedían como es debido.
Pero una vez aseados recuperaron el ánimo y después de comer con apetito, que no con gusto, se concentraron en el mapa para regresar al hotel. De nuevo en marcha, se vieron muy rápidamente absorbidos por un torrente de autos en la misma dirección que les llevó hacia un nudo de salidas de la ciudad, varias veces trataron en vano de parar a preguntar, pero una sinfonía de bocinazos les hacía deponer la intención. Como fuera un rato después estaban en una autopista y en dirección desconocida. A la primera ocasión intentaron regresar tomando una salida… para caer directamente en otra autopista. Viendo el hombre de reojo la cara de preocupación de su esposa hizo algún comentario optimista a cerca de la emoción de descubrir los lugares por azar. La mujer trató de sonreír pero permaneció en silencio.
Ya anochecía cuando en una de las bifurcaciones vieron el cielo abierto en forma de estación de gasolina con una pequeña cafetería. El hombre consiguió repostar después de tres visitas al interior para que la empleada le explicara con fastidio el proceso de poner la tarjera de crédito en el surtidor, esperar la autorización, seleccionar el tipo de combustible y auto servirse. Complicadísimo para un hombre acostumbrado a echar gasolina sin siquiera bajarse del auto con un empleado que si lo requería le miraba el aceite, el agua y hasta le limpiaba los cristales, y al que con gusto le dejaba propina. Finalmente después de repostar, cenaron con el sándwich y el café aguado que les ofrecieron en la cafetería sin pasarles desapercibida la similitud con tantas escenas de película acumuladas en su memoria. Después la camarera les explicó lo mejor que pudo el itinerario de vuelta a la ciudad y lo intentaron.
A la una de la madrugada, ya con la autopista casi vacía alcanzaron a ver las luces traseras de un camión y lo siguieron cuando éste tomaba un desvío que les llevó a un pequeño hotel de carretera. Convinieron que descansarían unas horas; a la luz del día todo sería mucho más fácil. Aún así, la mujer murmuraba haciendo alusión a la faena de tener que pagar una noche de hotel teniendo el suyo en la ciudad.
Después del frugal desayuno que ofrecía el motel, pusieron toda la atención en las explicaciones que con un español muy precario, el recepcionista, posiblemente árabe de origen, les daba con el mapa abierto para el camino de regreso. Aún así y como medida preventiva se abastecieron de panecillos y botellitas de agua.
Dos horas después de salir supusieron que debían estar llegando a juzgar por la cantidad de salidas que anunciaban los carteles, sin embargo esta vez decidieron continuar hasta que la autopista les vomitara a la ciudad, pero eso no sucedió y continuaron kilómetros y kilómetros hacia ningún sitio. Ni la mujer podía ya disimular el llanto, ni el hombre podía consolarla. Y giraban tratando de cambiar de sentido y volvían a ponerse en ruta, siempre perdidos y siempre con la sensación de ya haber pasado por ahí. Ya casi de noche, el fatigado conductor recordaba en silencio que a esas horas sus amigos estarían en plena partida de dominó y tomando lo de siempre.
Se habían convertido en esclavos de la autopista. Hicieran lo que hicieran daba igual, siempre terminaban circulando por ella.. Nadie se fijaba en ellos, nadie los ayudaba, nadie los extrañaba; en realidad, a nadie le importaba si en ella vagaban por toda la eternidad. Eran dos almas entregadas a su destino errante. Habían entrado en una especie de trance en el que sólo existían líneas, asfalto y fatiga.
Con las inequívocas luces rojas y azules de la policía tras ellos, recuperaron eufóricamente la esperanza. El hombre de inmediato frenó, tocó el claxon y bajó la ventanilla agitando el brazo con vehemencia. Cuando se detuvieron el oficial se aproximó cauteloso linterna en mano, al iluminar hacia el interior vio a la pasajera que reía y lloraba a la vez e instintivamente dio un paso atrás llevándose la mano al arma reglamentaria cuando el conductor trató de estrecharle efusivamente la mano mientras trataba nerviosamente de abrir la puerta.
A pesar de dar negativo en la prueba de alcoholemia, el oficial decidió llevárselos detenidos para averiguar en la estación de Policía el por qué de tan extraña actitud.
Y así fue como después de una noche toledana de explicaciones, traducciones y justificaciones, llegaron dos empleados del Rent a car en su busca para formalizar de mala gana la devolución del auto y el regreso a la ciudad.
En el aeropuerto, los hijos esperaban impacientes, deseosos de conocer los pormenores del viaje sin saber que sus padres habían llegado al aeropuerto con el vuelo ya cerrado y que habían tomado ese avión por los pelos. Tampoco podían ni imaginarse sus angustiosas experiencias atrapados en la autopista.
Después de saludar, contestaron con escuetos “bien” y algún que otro monosílabo a cada una de las eufóricas preguntas. Los hijos achacaban la parquedad al lógico cansancio del viaje porque desconocían que en un espontáneo acuerdo tácito sus padres habían determinado no contar lo sucedido, no sólo por vergüenza sino por evitar innecesarias muestras de ingratitud. Aún así de camino a casa cada uno pensaba para sí que no era tan malo el plácido y anticuado estilo de vida de su pueblo.
Oscar Zazo. Verano 2009
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