Madrugada- Mátala joder, lo ha visto todo, mátala.
El chico sujetaba la cabeza de la muchacha contra el suelo de gres, el revolver fijo en la sien.
- Te digo que dispares Panchito de los cojones.
Alina intentaba no tragar la sangre que fluía del interior de su nariz, la obstruía la garganta y sentía que se asfixiaba, quería escupirla, pero la fuerte presión que ejercía el colombiano contra las baldosas se lo dificultaba, veía a través de una bruma por la estrecha abertura de los parpados inflamados por los golpes, aun así intentaba no perder de vista el cuerpo inerte de Yurdana. Por sus muslos sintió que descendía un fluido caliente, quizás fuera orín, lo deseó.
- Llamemos a Carlos, que él decida.
Estaba muy alterado, no era fácil verlo así, a pasos cortos y rápidos recorría de lado a lado la estancia como oso en jaula, intentando teclear en el móvil una clave numérica que se le resistía. Alina escuchó alguna frase suelta de la frenética conversación que Charly sostenía, - la morena - , - se nos fue de las manos - , - sí, seguro, no respira - , y pudo ver con dificultad como Charly pasaba sobre el cuerpo de su amiga y ofrecía el teléfono al hombre que la inmovilizaba.
- Alo, sí jefe, OK, OK, no hay problema, OK entendido.
Alina notó con cierto alivio que el hombre la soltaba del cabello y retiraba el arma de su cara, después oyó un ruido de acople de mecanismos y la presión del cañón del arma, esta vez sobre la nuca, escuchó: adiós Alina, y no supo si la voz provenía de uno de los dos hombres o de su padre cuando de amanecida la besaba en la frente antes de salir hacia el trabajo. Apretó los dientes, cerró los ojos. Un impacto seco retumbó en la habitación.
Tarde.
El golpe fue duro y seco, pero no causó el efecto fulminante que esperaban.
El enorme hombretón se quedó unos segundos desconcertado sin comprender qué había sucedido. El sabor agridulce de la sangre, que brotaba con fuerza y caía desde la nariz sobre las baldosas pareció alertarle de lo que sucedía, pero ya era tarde. Un nuevo impacto de la barra de hierro, de nuevo sobre la cabeza le hizo hincar las rodillas. La expresión denotaba un estado de semiinconsciencia. Charly estaba noqueado.
- Déjalo Alina y vámonos, rápido.
La muchacha no pareció oír a su compañera, totalmente encorelizada volvió a levantar el duro metal sobre la cabeza, jadeaba y sus ojos, muy abiertos, reflejaban desesperación.
- No Alina, no. Su amiga rodeo su frágil cuerpo con un abrazo que inmovilizó el arma. Tú no eres así Alina, déjalo ya y huyamos.
Intento zafarse de los brazos de su amiga contorsionándose, bramando, sacudiéndose y tras unos segundos de pueril esfuerzo desistió. Su compañera la soltó y asió con ambas manos su cara angelical, un rostro embadurnado de sudor, lágrimas y rimel en el que destacaban unos ojos profundos que miraban sin ver.
- Tú no eres así, Alina salgamos de aquí.
- Acercó tanto su cara a la de su amiga que podía sentir sus jadeos, presionó un poco más las manos sobre las mejillas y agitando levemente la cabeza intento que fijara los ojos en los suyos.
- Tú no eres así, Alina.
El sonido metálico de la barra contra el suelo pareció sacar a la muchacha del estado hipnótico en que se encontraba.
- Huyamos ahora, Alina, huyamos.
Elena tomó la mano de su amiga y salieron del local apresuradas. La luz del sol de mediodía las deslumbró. Fuera sólo se encontraba el coche de Charly. El calor plomizo de verano caía a plomo sobre los campos recogidos de cebada. Atrocharon en dirección al pueblo. Estaban solas, solas por primera vez desde que salieron de casa.
Mediodía
- No llores más muchacha, te he dicho que serán solo un par de meses, después volverás otra vez con nosotros y por esas fechas ya estará casi pagada la deuda y tú y tu amiga os podréis ir a vuestro puto país a moriros de hambre.
- No Carlos por favor no me he separado de Alina en todo este tiempo no lo soportaré.
No tenia demasiado claro si le incomodaba más el hablar de negocios en la mesa o que una puta le insistiera reiteradamente sobre una decisión que tenía tomada de antemano y que no iba a cambiar por nada en el mundo. Intentaba mantener la sonrisa plácida y el gesto sereno pero la jodida rusa llevaba toda la comida rogándole aunque ya había dado el asunto por zanjado. Le estaba cuestionando su autoridad con tanto lloriqueo delante de los hermanos Chamorro, ¿que iban a pensar estos de él?, noto calor en la cara y temió que se le notara el enojo.
- Por favor no me separes de Alina, estoy dispuesta a alargar el plazo dos meses más si tú quieres, pero déjame aquí.
Quiso decir algo más pero un bofetón con el revés de la mano del proxeneta se lo impidió, cayó aturdida al suelo.
- Sácala de aquí Charly. Id al Club y que se prepare para el viaje.
Se tiró elegantemente de las mangas de la camisa que se habían escondido bajo la chaqueta por el brusco movimiento. Perdonadme, no sé que le pasa, debe estar algo nerviosa por el cambio pero os aseguro que se portará bien.
- Claro Carlos, no te preocupes, es normal que esté algo nerviosa, ya se le pasará.
Charly salio del comedor sujetando a la chica por las axilas. Sangraba. El anillo de Carlos le había hecho un corte bajo el parpado. Alina salió tras ellos.
Mañana
Estaba en casa, en su casa, todo estaba allí en su sitio, igual que el día de la partida. El banco de hierro en que conversaba con sus amigas y algún que otro pretendiente. No fallaba nunca. Ese banco de patas finas y forja voluptuosa, desde donde veía a su madre cuando la llamaba para que subiera a cenar, podía verlo e incluso palparlo, siempre el mismo banco, a Alina le intrigaba el por qué, luego, la luz ocre del atardecer resaltaba la figura de su hermano en la estación. Oleksander también aparecía ineludiblemente, el sueño era recurrente, y sabía que no tenía otra opción que abrir los ojos.
Despertó angustiada, lo cual no era una novedad. Supuso que sería mediodía por como se adivinaba la claridad tras la persiana de madera, el cuarto olía a humedad, humo y whisky barato. Le costó incorporarse en el sucio colchón de lana en el que yacía. En la penumbra pudo distinguir los cuerpos de las dos mujeres que aun dormían. Se incorporó intentando no hacer ruido, y se dirigió lentamente hasta enfrentarse a un espejo sin marco atornillado a la pared. Su angustia se acentuó, el paso rutinario del tiempo, ya más de dos años de su llegada a España, no lograba que se llegara a acostumbrar a su apariencia actual, aún llevaba el sujetador y el tanga rojo, el rimel le emborronaba gran parte de la cara ensuciándosela sus carnosos labios ya no estaban enmarcados por el carmín económico que le suministraban y el pelo había perdido la suavidad y el brillo que tanto gustaba a su padre, pero sin duda lo que mas detestaba Alina de su aspecto actual eran sus ojos tristes, turbios, apagados, sin vida. Un claxon como sirena de barco empezó a sonar en la distancia creciendo en intensidad conforme se iba aproximando el vehículo al club en el que se hallaban. El camionero, cambio el compás del infernal ruido haciendo tres cortes en el monótono sonido de la bocina justo en el momento en que pasó frente a ellas. Un dolor punzante le atravesó las sienes. Las otras dos chicas se incorporaron asustadas de sus catres. Las descomunales ruedas sobre el pavimento hicieron tintinear los cristales de la única ventana de la habitación, el tremendo alboroto se fue diluyendo según se alejaba el camión
- Que gracioso el hijoputa - exclamó, Daniela, mulata portuguesa, aunque ella, si le preguntaban por su nacionalidad siempre afirmaba que era brasileña, - mala hostia se pegue contra el pilar de un puente.
Lo habían tomado por costumbre, sabían que a esa hora dormían y era una gracia que les hacían, seguro que por la noche se lo recordaría divertido mientras las sobaba con sus asquerosas manos. Las dos chicas se dejaron caer en las camas maldiciendo entre dientes.
- Voy a abrir un poco la ventana, si no os importa, chicas.
- Ábrela jodida rusa, ábrela.
Alina la abrió y tiró de la cuerda enrollando la persiana, el cuarto se inundó de luz y le hizo entornar los ojos. El paisaje era desolador, tras la carretera bacheada y sin arcén, una inmensa llanura manchega seca, sin árboles con algunas naves industriales desperdigadas por ella. Se desplazó con desgana hasta la puerta para comprobar lo que ya sabía, estaba cerrada desde fuera.
Daniela se acercó a Alina que se había dejado caer al suelo y con gran dulzura acarició su cabello con unas manos duras, de mujer de vida difícil y trabajada.
- ¡Eh! mi niña ¿cuándo vas a dejar de llorar?, todas las mañanas lo mismo. No será por haberte dicho rusa, ya sé que no eres rusa mi niña pero no se me queda en esta cabezota mía el nombre del país tan raro del que sois, dímelo otra vez mi niña, que ya no lo voy a olvidar, anda dímelo preciosa.
- Ucrania.
- ¿Ves mi vida? así mejor, ya verás como no se me vuelve a olvidar, grabado para siempre jamás. Se golpeó repetidamente la frente con el talón de la mano.
La llave entro en la cerradura y abrió el doble cierre, un gigante rubio apareció al empujar la puerta.
- Vestíos, rápido, vamos a comer a la capital, a casa de Carlos. Alina y Daniela se levantaron.
- Me has oído Yurdana.
- Si claro Charly, ya me visto. Como un resorte se incorporó en la cama.
El hombre dio media vuelta y bajó las escaleras dejando la puerta abierta.
- ¿De que país somos Daniela?, dijo Yurdana retirándose el cabello enmarañado de la cara.
- De Ucrinia mi vida ya se quedó aquí para siempre. Repitió el gesto de golpearse la cabeza.
Las dos muchachas se miraron cómplices y sonrieron.
Dos años antes.
Cae la tarde en la vieja ciudad de Uzhgorod, hace un viento glaciar que dos jóvenes, cogidas de las manos, parecen ignorar sentadas en un banco de hierro a orillas del río que parte la urbe en dos.
- Es la oportunidad que esperábamos Yurdana, es ahora o nunca.
- No sé Alina, me cuesta mucho decidirme, ¿estás segura que corren con los gastos?
Dice mientras suelta las manos de su amiga y se retira un mechón de cabello negro que se escapa del fruncido pañuelo que le recoge su larga melena.
- Con todos los gastos del viaje y del primer alquiler, luego se lo iremos devolviendo con el sueldo del restaurante, me han dicho que aun así en estos primeros meses podremos, incluso, enviar algo de dinero a casa.
Un muchacho hace sonar el timbre de hojalata desde el otro lado de la calle mientras saluda a las chicas quitándose la gorra sobre su bicicleta. Yurdana se levanta y utiliza sus manos como altavoz.
- Adiós Vassily, será mejor que mires al frente si quieres que te vuelva a entrar la gorra en la cabeza. Se deja caer en el banco con una sonrisa que ilumina su pálida faz.
- Nos merecemos una oportunidad Yurdana, aquí ya sabemos qué pasará, tú te casarás con Vassily y yo no sé con quien pero acabaremos en la fábrica y nos pondremos feas y gordas. Infló los carrillos cuanto pudo en un gesto divertido.
- Lo que no comprendo es que ganan con tomarse las molestias de proporcionarnos el viaje, buscarnos el trabajo y la vivienda. ¿Qué ganan ellos?
- Es un negocio Yurdana, apuesta a que nos cobraran al menos el doble de los gastos, aparte el dueño del restaurante les da una comisión por conseguir trabajadoras. Es un país en crecimiento continuo según me dijeron, la tierra de las oportunidades y la libertad. Hace una larga pausa y la mira queriendo traspasar sus pupilas. Yo cuidaré de ti. Probemos Yurdana, probemos, ¿que podemos perder?
Yurdana se abraza a Alina y siente el calor de la mejilla de su amiga sobre la suya, la arrulla más fuerte y sonríe, el estomago se le contrae y percibe como un vértigo en su interior
Las dos muchachas escuchan el timbre de la bicicleta de Vassily por el extremo de la avenida por donde desapareció minutos antes, le ven aparecer con los pies sobre el manillar, con la sonrisa feliz del enamorado adolescente, se quita y se pone la gorra, rítmicamente al pasar frente a ellas.
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