22/09/09

Directriz para "Rusas" "El regalo" y "Hartos de Dios"

Esclavos

RUSAS

Madrugada

- Mátala joder, lo ha visto todo, mátala.
El chico sujetaba la cabeza de la muchacha contra el suelo de gres, el revolver fijo en la sien.
- Te digo que dispares Panchito de los cojones.
Alina intentaba no tragar la sangre que fluía del interior de su nariz, la obstruía la garganta y sentía que se asfixiaba, quería escupirla, pero la fuerte presión que ejercía el colombiano contra las baldosas se lo dificultaba, veía a través de una bruma por la estrecha abertura de los parpados inflamados por los golpes, aun así intentaba no perder de vista el cuerpo inerte de Yurdana. Por sus muslos sintió que descendía un fluido caliente, quizás fuera orín, lo deseó.
- Llamemos a Carlos, que él decida.
Estaba muy alterado, no era fácil verlo así, a pasos cortos y rápidos recorría de lado a lado la estancia como oso en jaula, intentando teclear en el móvil una clave numérica que se le resistía. Alina escuchó alguna frase suelta de la frenética conversación que Charly sostenía, - la morena - , - se nos fue de las manos - , - sí, seguro, no respira - , y pudo ver con dificultad como Charly pasaba sobre el cuerpo de su amiga y ofrecía el teléfono al hombre que la inmovilizaba.
- Alo, sí jefe, OK, OK, no hay problema, OK entendido.
Alina notó con cierto alivio que el hombre la soltaba del cabello y retiraba el arma de su cara, después oyó un ruido de acople de mecanismos y la presión del cañón del arma, esta vez sobre la nuca, escuchó: adiós Alina, y no supo si la voz provenía de uno de los dos hombres o de su padre cuando de amanecida la besaba en la frente antes de salir hacia el trabajo. Apretó los dientes, cerró los ojos. Un impacto seco retumbó en la habitación.

Tarde.

El golpe fue duro y seco, pero no causó el efecto fulminante que esperaban.
El enorme hombretón se quedó unos segundos desconcertado sin comprender qué había sucedido. El sabor agridulce de la sangre, que brotaba con fuerza y caía desde la nariz sobre las baldosas pareció alertarle de lo que sucedía, pero ya era tarde. Un nuevo impacto de la barra de hierro, de nuevo sobre la cabeza le hizo hincar las rodillas. La expresión denotaba un estado de semiinconsciencia. Charly estaba noqueado.
- Déjalo Alina y vámonos, rápido.
La muchacha no pareció oír a su compañera, totalmente encorelizada volvió a levantar el duro metal sobre la cabeza, jadeaba y sus ojos, muy abiertos, reflejaban desesperación.
- No Alina, no. Su amiga rodeo su frágil cuerpo con un abrazo que inmovilizó el arma. Tú no eres así Alina, déjalo ya y huyamos.
Intento zafarse de los brazos de su amiga contorsionándose, bramando, sacudiéndose y tras unos segundos de pueril esfuerzo desistió. Su compañera la soltó y asió con ambas manos su cara angelical, un rostro embadurnado de sudor, lágrimas y rimel en el que destacaban unos ojos profundos que miraban sin ver.
- Tú no eres así, Alina salgamos de aquí.
- Acercó tanto su cara a la de su amiga que podía sentir sus jadeos, presionó un poco más las manos sobre las mejillas y agitando levemente la cabeza intento que fijara los ojos en los suyos.
- Tú no eres así, Alina.

El sonido metálico de la barra contra el suelo pareció sacar a la muchacha del estado hipnótico en que se encontraba.
- Huyamos ahora, Alina, huyamos.
Elena tomó la mano de su amiga y salieron del local apresuradas. La luz del sol de mediodía las deslumbró. Fuera sólo se encontraba el coche de Charly. El calor plomizo de verano caía a plomo sobre los campos recogidos de cebada. Atrocharon en dirección al pueblo. Estaban solas, solas por primera vez desde que salieron de casa.

Mediodía

- No llores más muchacha, te he dicho que serán solo un par de meses, después volverás otra vez con nosotros y por esas fechas ya estará casi pagada la deuda y tú y tu amiga os podréis ir a vuestro puto país a moriros de hambre.
- No Carlos por favor no me he separado de Alina en todo este tiempo no lo soportaré.
No tenia demasiado claro si le incomodaba más el hablar de negocios en la mesa o que una puta le insistiera reiteradamente sobre una decisión que tenía tomada de antemano y que no iba a cambiar por nada en el mundo. Intentaba mantener la sonrisa plácida y el gesto sereno pero la jodida rusa llevaba toda la comida rogándole aunque ya había dado el asunto por zanjado. Le estaba cuestionando su autoridad con tanto lloriqueo delante de los hermanos Chamorro, ¿que iban a pensar estos de él?, noto calor en la cara y temió que se le notara el enojo.
- Por favor no me separes de Alina, estoy dispuesta a alargar el plazo dos meses más si tú quieres, pero déjame aquí.
Quiso decir algo más pero un bofetón con el revés de la mano del proxeneta se lo impidió, cayó aturdida al suelo.
- Sácala de aquí Charly. Id al Club y que se prepare para el viaje.
Se tiró elegantemente de las mangas de la camisa que se habían escondido bajo la chaqueta por el brusco movimiento. Perdonadme, no sé que le pasa, debe estar algo nerviosa por el cambio pero os aseguro que se portará bien.
- Claro Carlos, no te preocupes, es normal que esté algo nerviosa, ya se le pasará.
Charly salio del comedor sujetando a la chica por las axilas. Sangraba. El anillo de Carlos le había hecho un corte bajo el parpado. Alina salió tras ellos.

Mañana

Estaba en casa, en su casa, todo estaba allí en su sitio, igual que el día de la partida. El banco de hierro en que conversaba con sus amigas y algún que otro pretendiente. No fallaba nunca. Ese banco de patas finas y forja voluptuosa, desde donde veía a su madre cuando la llamaba para que subiera a cenar, podía verlo e incluso palparlo, siempre el mismo banco, a Alina le intrigaba el por qué, luego, la luz ocre del atardecer resaltaba la figura de su hermano en la estación. Oleksander también aparecía ineludiblemente, el sueño era recurrente, y sabía que no tenía otra opción que abrir los ojos.
Despertó angustiada, lo cual no era una novedad. Supuso que sería mediodía por como se adivinaba la claridad tras la persiana de madera, el cuarto olía a humedad, humo y whisky barato. Le costó incorporarse en el sucio colchón de lana en el que yacía. En la penumbra pudo distinguir los cuerpos de las dos mujeres que aun dormían. Se incorporó intentando no hacer ruido, y se dirigió lentamente hasta enfrentarse a un espejo sin marco atornillado a la pared. Su angustia se acentuó, el paso rutinario del tiempo, ya más de dos años de su llegada a España, no lograba que se llegara a acostumbrar a su apariencia actual, aún llevaba el sujetador y el tanga rojo, el rimel le emborronaba gran parte de la cara ensuciándosela sus carnosos labios ya no estaban enmarcados por el carmín económico que le suministraban y el pelo había perdido la suavidad y el brillo que tanto gustaba a su padre, pero sin duda lo que mas detestaba Alina de su aspecto actual eran sus ojos tristes, turbios, apagados, sin vida. Un claxon como sirena de barco empezó a sonar en la distancia creciendo en intensidad conforme se iba aproximando el vehículo al club en el que se hallaban. El camionero, cambio el compás del infernal ruido haciendo tres cortes en el monótono sonido de la bocina justo en el momento en que pasó frente a ellas. Un dolor punzante le atravesó las sienes. Las otras dos chicas se incorporaron asustadas de sus catres. Las descomunales ruedas sobre el pavimento hicieron tintinear los cristales de la única ventana de la habitación, el tremendo alboroto se fue diluyendo según se alejaba el camión
- Que gracioso el hijoputa - exclamó, Daniela, mulata portuguesa, aunque ella, si le preguntaban por su nacionalidad siempre afirmaba que era brasileña, - mala hostia se pegue contra el pilar de un puente.
Lo habían tomado por costumbre, sabían que a esa hora dormían y era una gracia que les hacían, seguro que por la noche se lo recordaría divertido mientras las sobaba con sus asquerosas manos. Las dos chicas se dejaron caer en las camas maldiciendo entre dientes.
- Voy a abrir un poco la ventana, si no os importa, chicas.
- Ábrela jodida rusa, ábrela.
Alina la abrió y tiró de la cuerda enrollando la persiana, el cuarto se inundó de luz y le hizo entornar los ojos. El paisaje era desolador, tras la carretera bacheada y sin arcén, una inmensa llanura manchega seca, sin árboles con algunas naves industriales desperdigadas por ella. Se desplazó con desgana hasta la puerta para comprobar lo que ya sabía, estaba cerrada desde fuera.
Daniela se acercó a Alina que se había dejado caer al suelo y con gran dulzura acarició su cabello con unas manos duras, de mujer de vida difícil y trabajada.
- ¡Eh! mi niña ¿cuándo vas a dejar de llorar?, todas las mañanas lo mismo. No será por haberte dicho rusa, ya sé que no eres rusa mi niña pero no se me queda en esta cabezota mía el nombre del país tan raro del que sois, dímelo otra vez mi niña, que ya no lo voy a olvidar, anda dímelo preciosa.
- Ucrania.
- ¿Ves mi vida? así mejor, ya verás como no se me vuelve a olvidar, grabado para siempre jamás. Se golpeó repetidamente la frente con el talón de la mano.
La llave entro en la cerradura y abrió el doble cierre, un gigante rubio apareció al empujar la puerta.
- Vestíos, rápido, vamos a comer a la capital, a casa de Carlos. Alina y Daniela se levantaron.
- Me has oído Yurdana.
- Si claro Charly, ya me visto. Como un resorte se incorporó en la cama.
El hombre dio media vuelta y bajó las escaleras dejando la puerta abierta.
- ¿De que país somos Daniela?, dijo Yurdana retirándose el cabello enmarañado de la cara.
- De Ucrinia mi vida ya se quedó aquí para siempre. Repitió el gesto de golpearse la cabeza.
Las dos muchachas se miraron cómplices y sonrieron.

Dos años antes.

Cae la tarde en la vieja ciudad de Uzhgorod, hace un viento glaciar que dos jóvenes, cogidas de las manos, parecen ignorar sentadas en un banco de hierro a orillas del río que parte la urbe en dos.
- Es la oportunidad que esperábamos Yurdana, es ahora o nunca.
- No sé Alina, me cuesta mucho decidirme, ¿estás segura que corren con los gastos?
Dice mientras suelta las manos de su amiga y se retira un mechón de cabello negro que se escapa del fruncido pañuelo que le recoge su larga melena.
- Con todos los gastos del viaje y del primer alquiler, luego se lo iremos devolviendo con el sueldo del restaurante, me han dicho que aun así en estos primeros meses podremos, incluso, enviar algo de dinero a casa.
Un muchacho hace sonar el timbre de hojalata desde el otro lado de la calle mientras saluda a las chicas quitándose la gorra sobre su bicicleta. Yurdana se levanta y utiliza sus manos como altavoz.
- Adiós Vassily, será mejor que mires al frente si quieres que te vuelva a entrar la gorra en la cabeza. Se deja caer en el banco con una sonrisa que ilumina su pálida faz.

- Nos merecemos una oportunidad Yurdana, aquí ya sabemos qué pasará, tú te casarás con Vassily y yo no sé con quien pero acabaremos en la fábrica y nos pondremos feas y gordas. Infló los carrillos cuanto pudo en un gesto divertido.
- Lo que no comprendo es que ganan con tomarse las molestias de proporcionarnos el viaje, buscarnos el trabajo y la vivienda. ¿Qué ganan ellos?
- Es un negocio Yurdana, apuesta a que nos cobraran al menos el doble de los gastos, aparte el dueño del restaurante les da una comisión por conseguir trabajadoras. Es un país en crecimiento continuo según me dijeron, la tierra de las oportunidades y la libertad. Hace una larga pausa y la mira queriendo traspasar sus pupilas. Yo cuidaré de ti. Probemos Yurdana, probemos, ¿que podemos perder?
Yurdana se abraza a Alina y siente el calor de la mejilla de su amiga sobre la suya, la arrulla más fuerte y sonríe, el estomago se le contrae y percibe como un vértigo en su interior
Las dos muchachas escuchan el timbre de la bicicleta de Vassily por el extremo de la avenida por donde desapareció minutos antes, le ven aparecer con los pies sobre el manillar, con la sonrisa feliz del enamorado adolescente, se quita y se pone la gorra, rítmicamente al pasar frente a ellas.

EL REGALO

El amor que sentían por sus padres era incuestionable, por eso en las bodas de plata quisieron hacerles un regalo que no olvidaran jamás.

Cuando intrigada, la madre abrió el sobre, vio los boletos de avión, la reserva del hotel y hasta los papeles del auto alquilado. Por fin conocerían el extranjero.

Desde que pasaron la línea de inmigración y terminaron de despedirse agitando las manos, comprobaron que a pesar de los temores y confusiones propios de la inexperiencia, todo estaba organizado y tanto en tierra como en aire, empleados y funcionarios les iban indicando lo qué debían de hacer.

Luego, en aquél céntrico hotel de la ciudad terminaron de valorar el espléndido regalo de sus queridos hijos.

Enseguida establecieron las diferencias para darse cuenta de que allí todo era mucho mejor: autos, luces, escaparates, ¡Todo! Y ¡Cuántas cosas! Y !Qué organización! Eso sí, cada uno a lo suyo, pensando en sus cosas, hablándole al teléfono móvil, o escuchando música con los auriculares puestos. A nadie parecía importarle que cada cual fuera vestido como quisiera según su religión, raza u apetencia. La gente andaba deprisa y absolutamente ajena al resto; tanto si pasaban dos jovencitas tatuadas con la cara llena de piercings, como si dos hombres caminaban agarrados de la mano. Nadie se inmutaba si un ejecutivo comía de pié en la acera, o si otro se afeitaba mientras el semáforo se abría. Daba gusto ver tanta libertad, tanta tolerancia, tanto progreso.

En la mañana un taxi les llevó hacia el Rent a car para recoger el auto alquilado. Se complacieron en el trayecto tratando de reconocer edificios de renombre e imaginar todo lo que les quedaba por ver.

Subidos en el flamante auto comprobaron su estabilidad, seguridad y fácil manejo; realmente disfrutaron del paseo a pesar del desconocimiento de la ciudad. Ya hacia el medio día quisieron detenerse para comer y sobre todo para ir al baño, pero en cualquier lugar donde intentaban aparcar el estacionamiento estaba prohibido, y no fue sino hora y media más tarde cuando pudieron dejarlo en un parking, que, aunque carísimo, resulto bienvenido.

Donde sí se sintieron torpes de verdad fue en la fila del aquel establecimiento de comida rápida, perdidos entre combos, ofertas, cajeras poco comprensivas y clientes impacientes. Echaron de menos su restaurant de siempre, donde les saludaban al entrar, les recomendaban al ordenar la comida y luego les despedían como es debido.

Pero una vez aseados recuperaron el ánimo y después de comer con apetito, que no con gusto, se concentraron en el mapa para regresar al hotel. De nuevo en marcha, se vieron muy rápidamente absorbidos por un torrente de autos en la misma dirección que les llevó hacia un nudo de salidas de la ciudad, varias veces trataron en vano de parar a preguntar, pero una sinfonía de bocinazos les hacía deponer la intención. Como fuera un rato después estaban en una autopista y en dirección desconocida. A la primera ocasión intentaron regresar tomando una salida… para caer directamente en otra autopista. Viendo el hombre de reojo la cara de preocupación de su esposa hizo algún comentario optimista a cerca de la emoción de descubrir los lugares por azar. La mujer trató de sonreír pero permaneció en silencio.

Ya anochecía cuando en una de las bifurcaciones vieron el cielo abierto en forma de estación de gasolina con una pequeña cafetería. El hombre consiguió repostar después de tres visitas al interior para que la empleada le explicara con fastidio el proceso de poner la tarjera de crédito en el surtidor, esperar la autorización, seleccionar el tipo de combustible y auto servirse. Complicadísimo para un hombre acostumbrado a echar gasolina sin siquiera bajarse del auto con un empleado que si lo requería le miraba el aceite, el agua y hasta le limpiaba los cristales, y al que con gusto le dejaba propina. Finalmente después de repostar, cenaron con el sándwich y el café aguado que les ofrecieron en la cafetería sin pasarles desapercibida la similitud con tantas escenas de película acumuladas en su memoria. Después la camarera les explicó lo mejor que pudo el itinerario de vuelta a la ciudad y lo intentaron.

A la una de la madrugada, ya con la autopista casi vacía alcanzaron a ver las luces traseras de un camión y lo siguieron cuando éste tomaba un desvío que les llevó a un pequeño hotel de carretera. Convinieron que descansarían unas horas; a la luz del día todo sería mucho más fácil. Aún así, la mujer murmuraba haciendo alusión a la faena de tener que pagar una noche de hotel teniendo el suyo en la ciudad.

Después del frugal desayuno que ofrecía el motel, pusieron toda la atención en las explicaciones que con un español muy precario, el recepcionista, posiblemente árabe de origen, les daba con el mapa abierto para el camino de regreso. Aún así y como medida preventiva se abastecieron de panecillos y botellitas de agua.

Dos horas después de salir supusieron que debían estar llegando a juzgar por la cantidad de salidas que anunciaban los carteles, sin embargo esta vez decidieron continuar hasta que la autopista les vomitara a la ciudad, pero eso no sucedió y continuaron kilómetros y kilómetros hacia ningún sitio. Ni la mujer podía ya disimular el llanto, ni el hombre podía consolarla. Y giraban tratando de cambiar de sentido y volvían a ponerse en ruta, siempre perdidos y siempre con la sensación de ya haber pasado por ahí. Ya casi de noche, el fatigado conductor recordaba en silencio que a esas horas sus amigos estarían en plena partida de dominó y tomando lo de siempre.

Se habían convertido en esclavos de la autopista. Hicieran lo que hicieran daba igual, siempre terminaban circulando por ella.. Nadie se fijaba en ellos, nadie los ayudaba, nadie los extrañaba; en realidad, a nadie le importaba si en ella vagaban por toda la eternidad. Eran dos almas entregadas a su destino errante. Habían entrado en una especie de trance en el que sólo existían líneas, asfalto y fatiga.

Con las inequívocas luces rojas y azules de la policía tras ellos, recuperaron eufóricamente la esperanza. El hombre de inmediato frenó, tocó el claxon y bajó la ventanilla agitando el brazo con vehemencia. Cuando se detuvieron el oficial se aproximó cauteloso linterna en mano, al iluminar hacia el interior vio a la pasajera que reía y lloraba a la vez e instintivamente dio un paso atrás llevándose la mano al arma reglamentaria cuando el conductor trató de estrecharle efusivamente la mano mientras trataba nerviosamente de abrir la puerta.

A pesar de dar negativo en la prueba de alcoholemia, el oficial decidió llevárselos detenidos para averiguar en la estación de Policía el por qué de tan extraña actitud.

Y así fue como después de una noche toledana de explicaciones, traducciones y justificaciones, llegaron dos empleados del Rent a car en su busca para formalizar de mala gana la devolución del auto y el regreso a la ciudad.

En el aeropuerto, los hijos esperaban impacientes, deseosos de conocer los pormenores del viaje sin saber que sus padres habían llegado al aeropuerto con el vuelo ya cerrado y que habían tomado ese avión por los pelos. Tampoco podían ni imaginarse sus angustiosas experiencias atrapados en la autopista.

Después de saludar, contestaron con escuetos “bien” y algún que otro monosílabo a cada una de las eufóricas preguntas. Los hijos achacaban la parquedad al lógico cansancio del viaje porque desconocían que en un espontáneo acuerdo tácito sus padres habían determinado no contar lo sucedido, no sólo por vergüenza sino por evitar innecesarias muestras de ingratitud. Aún así de camino a casa cada uno pensaba para sí que no era tan malo el plácido y anticuado estilo de vida de su pueblo.



Oscar Zazo. Verano 2009

Hartos de Dios

El corazón golpeándole en el pecho como un puño sobre una almohada. Creyó morir a causa de la tremenda conmoción preocupándose por palmarla con esa ridícula expresión, con esa media sonrisa y con los ojos entornados de un colgado apretando un billete de lotería con ambas manos.

Pero no fue su último día, se puede suponer que aun le quedaban muchos más que soportar, cada uno de ellos cubriendo de aburrimiento a la antigua tristeza que formaba parte de su existencia al igual que el lunar descubierto en la espalda durante la infancia.

El hecho de que el billete de lotería fuera el más remunerado de la historia no lo liberaría del profundo arraigamiento en la apatía, aunque es cierto que durante unos meses la fuerza del acontecimiento conseguiría rescatarlo de una vulgar cotidianidad, de la simpleza de míseras rutinas, la fortuna lo llevaría en volandas por los cielos de las fantasías cumplidas satisfaciéndolo todos los deseos en edenes donde el dinero es Dios y su poseedor el dueño de Dios.

Pero sucede que al escritor no le merece la pena describir aquellas fechas porque siendo agotador para él para el lector puede resultar aburrido ¿quién no conoce alguna historia sobre algún nuevo rico? de alguien que de repente se hace millonario y que llegando a las costas de la felicidad descubre un mundo dichoso al que es necesario colonizar; afortunados que se instalan en paraísos que no saben cultivar limitándose a tomar posesiones y a hartarse el gozo tratando de apagar los ardientes recuerdos de las carencias, de las frustraciones.

Al cabo de algún tiempo el protagonista, si fuera listo, se convertiría en algún tipo de robinsón complacido con sus pertenencias que ya no espera el barco de las provisiones, con eso que tanto se echa en falta en esas cumbres: la verdad, lo auténtico, el desinterés; si no fuera listo probablemente arruinaría el territorio, habría secado el vergel y en el vacío de la pérdida soñaría desesperadamente con el barco del regreso a su antigua vida, a las rutinas vulgares, a la sencillez de la existencia minúscula.

El escritor, ya está dicho, no desea escribir una historia repetida una y mil veces, historias de libertos que se limitan a pastar entre sus riquezas, historias de los que añoran el yugo, a la tranquilizadora irresponsabilidad del esclavo, a las cómodas dimensiones de las verdades aparentes, a la confortable residencia en las tradiciones.

Al escritor le gustaría escribir la maravillosa historia de un navegante que no tiene temor a sufrir un nuevo naufragio, la de alguien que con pulso firme, día a día, va perfilando el mapa de sus emociones; escribir sobre el que podría ser el único ser humano libre del planeta, de ése que se conquistó a sí mismo antes de conquistar el mundo, de ése que nada teme, que nada desea; escribir, por ejemplo, sobre un hombre que abandonó su casa dejando las puertas abiertas y que después de enterrar su oro dibujó cien mapas verdaderos lanzándolos a cien aguas diferentes en cien botellas iguales con la esperanza de encontrar al menos a un soñador digno de su riqueza; escribir sobre alguien que se deshace de su fortuna entregando fajos de dinero en los aeropuertos intentando insuflar aire en las velas del auténtico viajero, de ése que prefiere seguir adelante, hacia el futuro, en lugar de regresar a su pueblo para dormir al calor del dinero oculto en su colchón; pero… aunque parezca que el escritor es todopoderoso, que en sus fabulaciones hace y deshace, que como único Dios de su universo puede crear infinitos mundos, a veces, las criaturas, sus personajes se revelan, porque no creen en ningún dios, porque ni siquiera creen en sí mismos cuando el lector no los descubre. Así podría ocurrirle al hombre agraciado con el mayor premio de la historia de la lotería mundial, y puede que fuera por eso por lo que se reveló contra su creador haciendo pedazos el billete para no tener que conquistarse, para no tener que abandonar su casa dejando las puertas abiertas, para no tener que enterrar tesoros y repartir fajos de billetes en los aeropuertos tal y como le gustaría escribir a Dios.

A veces ocurre así, los personajes se revelan, obligan a escribir al escritor su verdad, su propia historia, en la que generalmente no quieren ser protagonistas de nada porque están hartos de los excéntricos caprichos de la fortuna, de los inconmensurables sucesos, de gestas heroicas, de las tremendas exigencias de sus creadores.

La mayoría, simplemente quiere que el escritor escuche sus oraciones.