10/01/10

RECUERDOS DE UN HORIZONTE AJENO

Con su marcado acento porteño, Juancho me iba contando sin prisa, haciendo gala de una parla pausada y sincera que transmitía aflicción.

Su poso de tristeza no parecía de ahora, era más como una pena vieja que tal vez arrastrara de las épocas sórdidas; de los tiempos de detenciones, interrogatorios, torturas y desapariciones. Recordaba haberle oído contar que cuando consiguió huir, no sólo dejó atrás el país de los generales, había dejado también el país de su infancia, de su casa, de su primera novia, de su perro, de sus amigos y de sus compañeros de ideal. También debió dejar allá sus sueños y sus ilusiones.

El tiempo había pasado y ya se movía con soltura en la ciudad, tenía amigos y con qué ganarse la vida. Estaba adaptado. Sin embargo me confesaba que no le gustaba su trabajo. Tampoco es que lo aborreciera, no; pero ser cajero de puticlub no era precisamente un empleo edificante. En realidad eso le importaba poco, el problema eran las chicas. Detrás del rímel y debajo de los escotes, a menudo se escondían historias tristes que Juancho escuchaba con atención, sin impermeable y a cuerpo. Nunca conseguía desentenderse y siempre se terminaba involucrando. Era una especie de terapia compensatoria en una operación transitiva en la que ellas escuchaban a los clientes y él las escuchaba a ellas; paradójicamente todos sonreían. Ellos tal vez por inseguridad, ellas por oficio y Juancho por acto reflejo, pero en el fondo… todos tristes, y al final cada quien cargando con lo suyo.

Aquella tarde en la cafetería de la esquina, Juancho parecía estar relajado y sereno. Sentados en la mesita junto al ventanal pasábamos desapercibidos arropados por el murmullo de los clientes, el humo de los cigarrillos y el tintineo de las cucharillas de café. A veces Juancho incluso sonreía mientras me contaba sus recuerdos, entonces se matizaban a cada lado de los ojos, incipientes arrugas que delataban un pasado de risas y llantos gesticulados, puede que de esperanzas, seguro que de decepciones…

Me contaba de los primeros días después de su llegada y se detenía cada poco para rumiar sus evocaciones. Su mirada azul se perdía ausente a través del vidrio entre el tráfico y la gente abrigada que iba y venía por la acera mojada. Recordaba, decía, que le había recibido una ciudad fría y desconocida. Y hablaba de un viaje a la costa de levante en busca de su amigo, residente ya desde hacía algunos meses. Su único contacto. Una sola dirección, una sola esperanza y una terrible desazón con aquél “se marchó sin dejar señas”. Y me decía que allí, sentado frente aquel mar gris y ajeno; solo, más solo que nadie en el mundo, enjugaba su llanto mirando a un horizonte que ni siquiera le concedía el vano consuelo de imaginar su país allende las aguas, porque de sobra sabía que su casa estaba en dirección opuesta a aquella línea fría e insensible.

Y en la mesita de la cafetería frente a mí, su mirada ausente cada vez menos azul y cada vez más roja amenazaba aguas, y otra calada al cigarrillo y otro sorbo de café para mal disimular la congoja, y una lágrima furtiva rostro abajo, y mi mano solidaria en su antebrazo, y mi mirada tan perdida como la suya a través del ventanal entre el tráfico y la gente que iba y venía abrigada por la acera mojada. Y dos hombres emocionados, arropados por el murmullo de los clientes, el humo de los cigarrillos y el tintineo de las cucharillas de café. Él emocionado por sus recuerdos, yo por los suyos y ya por los míos. Él por sus ausencias, yo por las de los dos.
Y así, sin pretenderlo pero sin poderlo evitar fuimos destapando la caja de los desconsuelos dando rienda suelta a la emoción y a la pena que, pase lo que pase, siempre arrastramos los emigrantes.