16/03/10

LA CITA

Ni de frente, ni de espalda, ni de perfil conseguía un ok mínimamente aceptable del espejo. Un rato después, vestido con traje y corbata ya era otra cosa, metiendo la barriga e hinchando un poco el pecho disimulaba considerablemente su obesidad, incluso para ojos poco avezados podía pasar como un hombre fornido.
Haber conseguido aquella cita era muy importante para él, pero le preocupaba no dar la talla. Por lo visto, la imagen de su rostro a través de la camarita del monitor había pasado la prueba, pero para ser sinceros, las fotos que había colgado no evidenciaban su sobrepeso.
Tenía que confiar en sí mismo. Y el caso es que en el chat no había estado mal. ¡Eso es! demostraría que una conversación amena e inteligente puede compensar otros aspectos superfluos.
El encuentro se produciría en un restaurante del centro de la ciudad a las tres de la tarde. La mujer viajaría en su auto y luego regresarían juntos por la carretera de la montaña.
Decidió tomar a las once el coche de línea, de manera que una hora antes de lo acordado ya andaba pululando por la zona. No debía descuidar ningún detalle, se había acicalado con esmero: desodorante abundante, gel extrafuerte en el pelo, perfume seductor para las distancias cortas, y talco en los pies por si la sudoración le traicionaba. Estaba nervioso, pero conseguiría controlarse.
Tal y como había premeditado entró en una farmacia y sin quitarse las gafas de sol pidió, primero una pastilla para el mareo… y después un estimulante, dijo disimulando el pudor, para asegurarse de una buena impresión en una primera cita. El condescendiente farmacéutico, con un guiño le dio a entender que había comprendido a la primera y en un periquete le envolvió las dos cápsulas. Ahora, mucho más seguro encaró el encuentro dirigiéndose hacia el lugar de la cita.
En la entrada del restaurante comunicó su reserva y enseguida el maître le condujo hacia una mesa del fondo del local. Se reconocerían por la indumentaria. Vestido rojo y el pelo recogido ella, y traje gris marengo con corbata azul él. Hecho un “flan” pidió una cerveza y se dispuso a esperar.

Sin embargo el encuentro fue sencillo. Casi natural, él muy correcto se levantó y después de saludar con un aséptico apretón de manos esperó que ella se sentara acomodándole la silla desde atrás. Por suerte nadie notó el leve traspié que dio mientras regresaba a su asiento. Charlaron de manera animada durante un rato, comieron poco, bebieron vino y siguieron contándose sus cosas durante la sobremesa. Así, paso a paso, fueron intimando: Una mano en el antebrazo, risitas de complicidad, otra vez las copas llenas…y en suma la conversación que se fue volviendo más y más tórrida hasta que ella de manera abrupta planteó el asunto abiertamente. “Ya que hemos venido a conocernos”, dijo, “¿Por qué no vamos a conocernos de verdad?”. Él asintió disimulando el pánico. Pidió la cuenta y se marcharon.
Se alegró de haber sido precavido. Mientras la mujer conducía, él buscó con sigilo en el bolsillo de la chaqueta hasta que palpo el paquetito que adquiriera en la farmacia, lo deshizo y echando una mirada rápida y furtiva atrapó la pastillita entre sus dedos.

“¿Cómo se llama ese edificio?” Había preguntado señalando hacia la izquierda de la conductora, al tiempo que en un movimiento raudo se introducía la pastilla en la boca en el mismo instante que ella volvía la vista en la dirección señalada. “El ayuntamiento”, había contestado con voz neutra.

En la habitación del hotel casi no hubo preliminares, en cuanto el hombre cerró la puerta tras de sí, vio como ella se le abalanzaba para besarlo con vehemencia. El la recibió, pero enseguida comprobó, presa del terror que no respondía al estímulo, sin embargo en cuanto ella se empezó a quitar ropa, verificó para su tranquilidad, que aquello comenzaba a cabecear hasta ponerse en condiciones razonables. En la lucha consiguió acoplarse empujando con ganas; sudaba profusamente. En pocos minutos se sintió congestionado, con el corazón desbocado y con los pulmones al límite, supo que le abandonaban las fuerzas y maldijo interiormente su pésima forma física. Jadeando pidió una tregua. Tumbado en la cama resollaba mientras la veía a ella reírse divertida. En unos instantes le fue invadiendo un denso sopor y poco a poco se fue difuminando todo, lo último que recordaba era que la sonrisa de su amante se iba convirtiendo en mueca.

Cuando se despertó ella ya estaba vestida y le conminaba a partir malhumorada. Aún desconcertado trató de esbozar una disculpa pero desistió, se arregló precipitadamente y salieron de allí.
Rodando en silencio hacia el norte se dispuso, esta vez sin disimulo, a tomarse la pastilla contra el mareo antes de llegar a las primeras curvas de la cuesta.

Mientras viajaba recordaba, con la mirada perdida, algunos detalles del lance que se iban sucediendo en su memoria a modo de estimulantes fotogramas. A medida que pasaban iba sintiendo como los latidos martilleaban cada vez más fuerte sus sienes al tiempo que una terrible excitación involuntaria abultaba sus pantalones… que solo comenzó a ceder en cuanto cayó en la cuenta de su imperdonable error. Momento preciso en el que le sobrevino la primera nausea con la acidez propia de los alimentos a medio digerir.