En el día festivo de San Ildefonso tras una mesa del Nueva Orleans, Eduardo apuraba su consumición. La tarde era fría y la gente paseaba abrigada y ociosa tras la cristalera de la vetusta cafetería. La inquietud, un defecto que nunca supo corregir, más los rápidos efectos de la cafeína le sumían en un estado de excitación en el que se sentía inseguro. Por su mente pasó la idea de irse y olvidar esta historia demencial en la que se encontraba ya, creía, en su desenlace. Todo empezó con una primera carta sin remite que extrajo del buzón. La primera sorpresa fue la carta en sí; no era normal en estos tiempos recibir una carta con tu nombre y dirección escrito a mano y sin remite, pero fue al abrirla cuando se quedo estupefacto. Con letra muy cuidada, casi dibujada, un mensaje escueto, decía.“He vuelto a la ciudad, necesito tu ayuda, vigila el correo”
En un principio pensó que podía ser una broma o incluso una sorpresa preparada por su mujer. Faltaban pocos días para su cumpleaños y ella había manifestado en varias ocasiones que la celebración de éste debía ser especial, cincuenta primaveras era una cifra redonda a la que habían llegado juntos y que debían celebrar por todo lo alto. Aun así el mensaje surtió su efecto, Eduardo no pasaba un día sin abrir el buzón. Llegó el día de su onomástica. Margarita, no escatimó esfuerzos para que lo disfrutara de manera extraordinaria. Unos billetes para realizar los dos un crucero de una semana por el Índico, una vieja ilusión de él, fue el colofón de una jornada esplendida. La primera sorpresa fue la inesperada llegada de su hijo, Pablo que trabajaba en Massachusetts en un prestigioso laboratorio no tenia previsto volver a España hasta el verano, por lo que al abrir la puerta esa mañana y verlo allí con su maleta le inundo de felicidad. Él sentía una devoción patológica por su hijo y su marcha al extranjero, inevitable para continuar con su espléndida trayectoria profesional, había sido un golpe que no tenía superado, Él dolor que soportaba era similar al que sintió por la ausencia de su padre. Ese apoyo que él nunca tuvo, cuando mas lo necesitaba, era una de sus prioridades a ofrecer a su hijo como padre y se le complicaba mucho con un océano de por medio. Después le llevaron al único restaurante de la ciudad con estrella Michelín, allí aguardaban pacientes el resto de invitados, un grupo selecto de familiares y amigos que le hizo volver a emocionarse. Esa noche observando el placentero dormir de Margarita recordó la enigmática carta, nadie hizo mención a ella.
Volvieron del crucero, en el que disfrutaron como dos adolescentes anónimos y en el que se olvidó por completo del enigma de la carta. Pero fue al revisar el abundante correo acumulado cuando la inquietud retomó a su vida. Entre folletos de publicidad y correspondencia del banco apareció otro sobre satinado con su nombre en cuidada caligrafía.
Cada vez que la campanilla de la puerta del local tintineaba crecía angustia y sometía al nuevo parroquiano a una inspección exhaustiva. Primero trataba de reconocerlo y si no era así intentaba imaginárselo con treinta o cuarenta años menos. Llamó la atención del camarero y pidió otro café, esta vez descafeinado. La mano temblorosa de Eduardo tocaba a cada poco las tres misteriosas cartas que habían soliviantado su apacible vida en estos últimos seis meses, y que descansaban en el bolsillo interior de su chaqueta. Sacó la de en medio y observó su nombre en el sobre. Al abrirla y volver a leer el mensaje tuvo la certeza de que él o la misteriosa remitente no estaban en su entorno cercano actual. Se ajusto una gafa de cerca y extrajo el papel del sobre sin disimulo, quizá la persona que esperaba ya se encontraba en la cafetería y esperaba una señal.
Mi vida cambió por ti. Necesito respuestas. No temas, te sigo queriendo.
Eduardo releía las frases una y otra vez con la esperanza de que un rayo de luz clarificadora le mostrara el rostro de este supuesto amigo o amiga que estaba esperando. Volvía a repasar, con gran esfuerzo, su niñez, sus días de escuela y a todos los compañeros y amigos de entonces. En estos seis meses de incertidumbre había vuelto a su memoria otro mundo olvidado casi por completo. Intentaba evocar actos importantes que le sucedieran en aquella época, situaciones que hubieran podido trasformar de alguna manera la vida de alguien, y no daba con ello, no comprendía cómo las acciones realizadas por un niño pueden cambiar el devenir de una vida y cómo ya de adulto alguien pudiera achacar a estas vicisitudes una deuda por pagar, con parece ser respuestas. Qué respuestas podía dar él, un hombre bueno, honrado, marido fiel, padre responsable, con una reputación sin mancha alguna. ¿Que dictamen le demandaban, y por que? Esperaba que esa tarde de invierno, por fin todo se clarificara, el desasosiego se instaló en su vida con la primera misiva y todo cambió desde entonces.
Algunas pistas tenía, alguien que se fue de la ciudad, que de alguna forma le quiso y parece ser le seguía queriendo y por último le achacaba algo de lo que sucedió en aquellos días y que a su juicio le cambio la vida. También percibía que se trataba de una época muy concreta por la última carta recibida dos días atrás.
El día del patrón a las cinco espérame en la cafetería donde merendabas con tu madre al salir del dentista.
Hasta hacía solo dos días sus sospechas giraron alrededor de un abanico de gente muy amplio, desde compañeros de la mili o del trabajo, hasta antiguas relaciones sentimentales, pero esta última nota delimitaba mucho la época y el entorno. Como los deportistas de élite que entrenaban sus cuerpos para después exigirle lo máximo, Eduardo, llevaba seis meses entrenando su mente para la evocación de una época pasada y por tanto caduca, olvidada, muerta. Tirando de un hilo imaginario fueron emergiendo en su rutina diaria seres que dejaron de existir hacía mucho tiempo y con la constancia en el recuerdo se mostraron en todo su esplendor. Ahí estaba Clara tan grácil y resuelta, la mujer a la que desfloró en su adolescencia prometiéndola, fidelidad, compromiso y amor eterno cuando aún no sabía ni valérselas por si solo, ¿que habría sido de ella en estos años?, ¿que aspecto tendría hoy? Ella fue la primera persona en quien pensó con el mensaje inicial: podía achacarle que su vida hubiera sido otra de haber continuado con la relación. Igualmente despertó del mar de su memoria Antón, el primer y único novio que tuvo su mujer antes que a él. Le recordaba hundido tras perderla en su favor, él también podría tener motivos para imaginar otra existencia diferente. Indagando en sus recuerdos de esos años de alguna manera volvió a vivirlos; el instituto, con Clara al lado, con Carlos Ríos y los hermanos Muñoz, los partidillos en la pista del poli con los de Buenavista, las acampadas en Gredos, donde se emborrachó he hizo el amor por vez primera, las jornadas en el taller de su tío Paco, el Pub que abrió con su amigo Toño, la trágica muerte de esté en accidente de moto, el servicio militar en Badajoz, la vuelta a los estudios. Como la brocha de un arqueólogo saca a la luz la pieza enterrada así escarbó él en su pasado, con exquisita minuciosidad fue sacando a la luz de su memoria personas, hechos y situaciones de lo que fue su vida pasada.
Las campanillas de latón de la puerta le devolvieron a la realidad al instante. Eduardo se tensó en su silla, una ráfaga de aire helado precedió a un anciano desaliñado, de largo abrigo raído, guantes sin dedos y gorro agujereado. Tiraba de un viejo carro de compra donde seguramente portara todas sus pertenencias. Se acerco a la barra donde el camarero le recibió con desconfianza. La impaciencia de Eduardo iba en aumento y se preguntó cuánto tiempo mas aguardaría. Desplegó la última carta recibida.
Esta carta le saco de esa intensa época juvenil llevándole a otra todavía mas lejana, su niñez, por que fue en su infancia cuando pasó por el calvario de llevar una prótesis dental para corregir unos dientes que se empeñaban en salírsele de la boca. Una vez al mes le llevaban al dentista para que éste apretara con minuciosidad de relojero la prótesis que le martirizaba y ridiculizaba por partes iguales. Su madre, su madre de aquella época, fuerte, desenvuelta, jovial, recompensaba con tortitas con nata lo bien que llevaba el suplicio, y lo hacía en el Nueva Orleans la mas nueva y mejor cafetería de entonces, justo donde se encontraba ahora.
Si ya le costó rememorar su juventud, hacerlo con su niñez le resultó un ejercicio casi imposible. En su memoria no quedaba apenas resquicio de su vida de entonces. Los compañeros de la escuela o los del barrio eran espectros a los que no conseguía poner cara. Recordaba su rutina de entonces, el largo camino hasta el colegio, donde iban encontrándose los niños de la barriada con la cartera a los hombros, Carlitos, Arturo, Isi el dientón, Álvaro, Julianín el gitano y su hermano mayor, del que no recordaba el nombre pero si los guantazos que repartía a todos ellos. Evocaba aquellas tardes en el descampado jugando a pídola a churro media manga, al futbol, al conejo ya esta aquí, cuando Begoña le beso en los labios y todos se rieron y se burlaron, incluso la misma Begoña. Sucesos y acontecimientos de entonces que fue recuperando dañados por una espesa niebla que los envolvían y que le llevaban a hacerle dudar de cuáles eran reales y cuáles no.
La cancela volvió a abrirse, un grupo de joviales estudiantes entraron en tropel entre voces y risas, Eduardo, cansado de esperar, se acercó a la barra guardándose las misteriosas cartas en la chaqueta, decidido a abonar los cafés y olvidarse de una vez de la maldita incertidumbre que éstas le habían provocado. Se enfundó el abrigo y abrió la puerta a la que no había perdido ojo en las más de dos horas que permaneció allí. Antes de abandonar la cafetería y olvidar el asunto para siempre se volvió para echar un último vistazo a los clientes de la cafetería, sólo uno le devolvió la mirada, el viejo indigente que además, avanzó con fatiga unos pasos y se sitúo frente a él. Eduardo contempló a un ser acabado, sucio y andrajoso, uno mas del ejército de inadaptados que deambulaban por la ciudad arrastrando sus cuerpos a ninguna parte, todos con una triste historia detrás. Examinó sus ojos, que trasmitían soledad y entonces vio reflejado en ellos al afligido niño que fue, recordó unos brazos protectores, una sonrisa segura, unos dedos juguetones que despeinaban sus cabellos con mimo. Todas las piezas encajaron, al fín había vuelto.
Josel Momar marzo de 2010
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