En la puerta de la residencia aún dudaba y antes de llamar estuve a punto de dar la vuelta y olvidarme del asunto. Ni siquiera sabía por qué estaba allí, ¿ganas de vengarme?, ¿mera curiosidad? o simplemente por la dudosa intención de dejar las cosas en su sitio. Como fuere, la casualidad me lo había puesto en bandeja y aprovecharía la ocasión.Con movimientos pausados y cara de bondad, la hermanita me señaló al anciano de la silla de ruedas ubicada junto al ventanal al fondo de la sala, y me hizo señas para que la siguiera.
Trataba de relacionar la imagen que guardaba en mi memoria con la que iba percibiendo a medida que avanzaba al tiempo que una terrible desazón se iba adueñando de mi estómago. La sola presencia del temido Padre Evelio aún me sobrecogía por mucho que los años le hubieran reducido a un viejo desvalido. Pero había llegado hasta allí para decirle que el tiempo le había quitado la razón y lo haría. Quería que supiera que contra su pronóstico, no me había convertido en un delincuente, ni en un mendigo ni en un ateo depravado, lo único que quedaba por ver era el asunto del infierno, pero me moría de las ganas de decirle que, en todo caso, allí no me iría sólo, porque si graves eran mis pecados por no ir a misa, decir malas palabras, olvidar una tarea o tener malos pensamientos; no menos malos eran los suyos cada vez que, preso de su incontrolable ira, me abofeteaba o me aterrorizaba con el fuego eterno. Y para ser sinceros, a juzgar por su aspecto, era muy probable que me tomara la delantera.
Ahora te miro Padre Evelio, y recordando tu soberbia figura constato que el tiempo me ha devuelto de ti, sólo una patética caricatura, tengo la sensación de que has menguado; tal vez se deba a que por primera vez el que mira desde arriba soy yo. Al final el tiempo ha pasado, pero para todos. A mí, pese a aquella adolescencia traumática y rebelde, me ha convertido en un padre de familia, trabajador y a la postre, razonablemente equilibrado. ¿Y de ti Padre Evelio, de ti, que ha hecho el tiempo?, ¿qué ha pasado con todo tu poder y toda tu ira?, no me digas que a estas alturas has cambiado?, no me irás a decir que haces uso de la templanza y la resignación cristiana? Te habrás resignado sí, pero por que no te queda otra. ¿Estás en paz? No lo creo. Aunque nunca se sabe, porque los de tu calaña, esos que en pos del cumplimiento del deber permitieron que “el fin justificase los medios”, a la hora de dar la cara en juicios postreros, se auto justifican y se defienden de sí mismos con torpes argumentos: “yo sólo obedecía órdenes” o “las circunstancias de entonces eran distintas”, incluso los hay que se aferran a una recurrente demencia senil.
Afectado por mis reflexiones, me sorprendió la apacible voz de la hermanita
--Padre Evelio, mire, que un antiguo alumno ha venido a visitarle- había dicho dulcemente mientras le remetía al anciano la mantita entre la silla y las piernas. La religiosa, discreta, ya se iba con un “les dejo solos para que hablen de sus cosas”. Él había apartado lentamente la vista de la ventana y sus ojillos inquisidores se posaron en los míos. Me pareció que su mirada centelleaba como antaño, yo a duras penas la aguantaba, pero ya con un nudo en la garganta.
Sé que me reconoces viejo zorro” pensaba, “y lo peor es que sabes que aún me aterra que me mires a los ojos, pero no te voy a dar el gusto de apartarlos. Tengo tantas cosas que decirte…
Después de unos segundos eternos el anciano volvió a girar con parsimonia su cabecita hacia el ventanal aún sosteniendo la mirada por unos instantes, los suficientes como para hacerme entender que daba por concluida la entrevista con una autoridad solapada pero indiscutible. Sé que me has reconocido desgraciado, pero no me quieres dar el gusto de enfrentarme, sin embargo ahora has sido tú el que ha apartado la vista, y es por que de sobra sabes a lo que vengo. Mírate, vencido por la vida, seguro que lleno de dudas y comido de remordimientos, eso si es que tu alma albergara un ápice de piedad. Los tiempos han cambiado. Entonces todo estaba a tu favor. La fe verdadera, la moral cristiana y el totalitarismo de Estado llevado hasta las aulas te proporcionaba impunidad absoluta incluso ante las familias, con lo que nuestra indefensión era total. Sólo tu presencia nos hacia temblar y te bastaban unas cuantas frases para percibir nuestras aflicciones al adivinar la ira de Dios reflejada en tus fanáticos ojos. Yo creía ver incluso las llamas del infierno en tus llameantes pupilas, y escuchar los alaridos del Maligno en tus advertencias premonitorias. Ahora sé por qué veía entonces tan nítidamente todas aquellas señales. Era que esa Bestia con la que nos aterrorizabas no estaba en nuestros actos, sino en ti y en tus inquisidores métodos.
Sin embargo no dije nada. Con los labios sellados por la indecisión y los ojos anegados por las lágrimas giré sobre mis talones y me fui de allí para siempre.
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