En esa ocasión, pareció que el destino jugara a propósito con el espacio y el tiempo, para ubicar a los actores y dejarlos a merced de los acontecimientos; o tal vez, fuese el diablo, que no pierde ocasión, quien montara el escenario para sentarse paciente, cual avieso espectador, a presenciar la función.El caso es que el joven no podía parar de mirar a aquel hombre. Su presencia, sin explicación aparente, acaparaba toda su atención. Entre las mesas y los clientes de la cafetería, su mirada involuntaria y certera, se disparaba una y otra vez, hacia el rostro distraído del comensal solitario. Sus miradas terminaron por cruzarse, el chico entonces, reaccionó con torpeza bajando los ojos a destiempo; el hombre, sorprendido, se limitó a disimular. Después de un par de convergencias cada vez más embarazosas, el joven vio con estupor como el objeto de su mirada pedía la cuenta y se largaba de allí pasando a menos de un metro de su mesa ignorándolo por completo.
Desconcierto y desazón, casi pánico, impulsaron al muchacho a cerrar los ojos con fuerza durante unos instantes sin saber que hacer. Un momento después había dejado un billete sobre la mesa, tomado su mochila y salido a toda prisa de la cafetería escrutando frenéticamente la calle. Recorrió la acera arriba y abajo sin resultado. “No puede haber desaparecido tan rápido, es como si se lo hubiera tragado la tierra”, pensaba angustiado, y angustiado registró uno por uno los establecimientos comerciales para nada.
Esa noche apenas durmió. Fueron muchas las vueltas que dio en la cama visualizando una y otra vez el rostro de aquel hombre, y muchas las veces que trataba de comenzar por el principio para racionalizar sensaciones y sentimientos.
Durante tres días montó guardia en la cafetería a la misma hora del encuentro… sin éxito. Pero al cuarto apareció. Con el corazón desbocado vio como ocupaba exactamente el mismo lugar de la primera vez. Observando sus gestos con disimulo, sintió como el calor arrebolaba sus mejillas. De nuevo miradas furtivas y cruces fortuitos mal disimulados. Pero esta vez, el joven no estaba dispuesto a dejarlo ir de nuevo, por eso se propuso esperar pacientemente a que el hombre terminara su almuerzo y después lo siguió a distancia entre autos y transeúntes con la seguridad de no perderle de vista.
Librería religiosa San Marcos, rezaba en el rótulo sobre la puerta. Después de un rato decidió entrar, buscó entre los pasillos hasta que lo encontró ordenando un montón de volúmenes. Nervioso, tomó un libro al azar y ya lo hojeaba distraídamente cuando vio por el rabillo del ojo que el hombre dejaba lo que estaba haciendo y avanzaba hacia él. El muchacho le dio la espalda en posición casi defensiva.
-¿Puedo ayudarte en algo?- preguntó el dependiente
-Quiero este libro- balbuceó el joven
“Madre Teresa. Todo comenzó en mi tierra.” (Cristina Siccardi), leyó el empleado.
-¿Te interesa Teresa de Calcuta?
-¿ ?... Si, no, bueno es un regalo- dijo el chico algo atribulado.
-Te lo envuelvo, espera un momento.
El joven guardaba el cambio mientras giraba con premura hacia la salida. Ya en la calle respiró aliviado. Al menos sabía donde encontrarlo.
“Persona, amor y vocación” –buena elección, un alegato de la vocación al amor, dijo el empleado con esta nueva compra.
Después del cuarto libro decidió armarse de valor. Lo abordaría. “¿Cómo te llamas? no, demasiado trivial. ¿Eres religioso? Si sí, demasiado obvio; si no, demasiado comprometido. Te invito a un café cuando salgas. No está mal, pero dicho por mí suena fatal”. Probaba y probaba, pero no encontraba la forma adecuada de abordarlo.
Una ropa pulcramente desaliñada y un cabello cuidadosamente despeinado ayudaron a recibir el ok del espejo para salir de casa con determinación. No sabía muy bien qué diría, pero estaba decidido. En la puerta de la librería se detuvo hecho un mar de nervios, tomo aire y entró, lo buscó pero no estaba donde siempre, recorrió los pasillos, y algo desconcertado preguntó por él a la señora de la caja.
-¿Qué empleado, Daniel?- dijo mirando gravemente por encima de los lentes. -¿Es usted familiar?- volvió a preguntar sin apartar la mirada.
-No, bueno… conocido.
-Anoche tuvo un accidente. El entierro será mañana a las nueve.
…Quería correr y llorar hasta desgarrarse, pero sus piernas no obedecían y sus ojos permanecían secos, sólo andaba despacio, sin rumbo y con la mirada absorta.
No sabía cuánto tiempo había estado caminando, ni cuánto tirado en su cama tratando de encajar el demoledor impacto. De repente, salió de su letargo y como guiado por un impulso vital se levantó y fue hacia el escritorio. Entre la ropa tomó el libro que compró el primer día y lo desenvolvió. Pegado a la pasta había una nota escrita en papel amarillo “No creo que te interese la Madre Teresa, pero si quieres podemos ser amigos. Daniel.
El joven se desplomó contra la pared en un llanto incontrolable. De nuevo se levanto corriendo y buscó el segundo. En cuanto rompió el envoltorio apareció otra nota con idéntico papel: “Tu silencio me confunde, tal vez no debí escribir nada. Daniel” Para poder leer el tercero tuvo que frotarse con el dorso de las manos los ojos anegados: “Tu mirada no miente, sin embargo no me das ninguna señal. Daniel”.
Y el cuarto: “Anoche soñé contigo.”.
