
La seguía dos escalones por detrás con la zozobra torpe del imberbe. La mirada fija en el orondo y bamboleante trasero de la muchacha, que le impedía ver el final de la empinada y angosta escalera donde se adivinaba un punto de luz ocre; el momento de calmar sus ansias estaba próximo. Había estado fraguando el deseo irrefrenable por esa hembra pegado a la barra del lupanar en el que se encontraba, a base de rayas de cocaína y combinados de ginebra. Al fin, se detuvo el hipnótico vaivén y pudo levantar la vista para ver a la furcia acceder a la estancia en la que cada día limaba un poco más la poca estima que le quedaba. La cargante música de la sala dejó de oírse por completo al cerrarse la puerta y un silencio plomizo, casi místico, se instaló en el pequeño cuarto. Para cuando dejó los cien euros en la mesilla ella ya se encontraba totalmente desnuda y pudo apreciar sin ninguna limitación la tersura juvenil de su piel morena, y cómo sus curvas se mantenían firmes e intactas sin sostenes ni ataduras. Para él cien euros era una cantidad nimia, ridícula, por eso no podía entender que una mujer en la plenitud de su belleza se encamara con un viejo decadente por tan exiguo pago. La abordó con la parsimonia del tigre babeante sobre la pieza ya cazada. Ella le esperaba voluptuosa y sonriente en el catre. Él echó de menos un comprimido de Cialis.
Amaneció, todos los días amanecía. Y esa dañina claridad parecía escupirle a la cara. Su primer pensamiento fue para la mulata que se trajinó unas horas antes. ¿De qué se reía?. Estuvo todo el tiempo sonriendo exageradamente. Incluso cuando la embistió salvajemente haciendo brincar la cama, no cambió el rictus burlón, la muy puta.
Cuando llamó al ascensor ya se encontraba un poco más seguro de si mismo. La ducha caliente, el perfume y las cremas habían actuado como bálsamo purificador. Aun le dolía la cabeza y se notaba excesivamente cansado. Si no hubiera sido por que tenía que firmar un importante contrato se habría quedado en la cama hasta el mediodía. Un considerable escote que enmarcaba y sostenía unos fabulosos pechos fue lo primero que vio al abrirse las puertas metálicas del elevador. Era la mujer del abogado del tercero que le daba los buenos días tras una sonrisa saturada de carmín. La miró con descaro y pudo notar que se sobresaltaba ante su cercanía. Eso le excitó. El frescor del otoño en su rostro no pudo refrenar los pensamientos lascivos que su mente iba fabricando. Miró el reloj para ver si disponía de tiempo suficiente para subir de nuevo a su casa a masturbarse.
En el trayecto al despacho hizo parar al conductor en una farmacia. Después se entretuvo puntuando mujeres; la nota mas alta, un nueve, fue para una púber con falda a cuadros y calcetines azules que había aguantado su mirada una milésima de segundo más de lo decente, o quizás a él le pareció así.
La reunión era un mero trámite testimonial, porque todo estaba ya negociado y el acuerdo era total. Pero se convirtió en una pelea de gallos por la insistencia de la abogada de la parte contraria que alegaba defectos de forma en la redacción del contrato. Era una mujer temperamental que defendía su argumentación con unos movimientos enérgicos que provocaban que sus tetillas, libres de apoyos, se batieran revoltosas bajo la delicada blusa de seda. Él la observaba con un gesto que transmitía la misma amabilidad que indiferencia, ademán bien ensayado tras años y años de negociaciones, pero en realidad las palabras que emitía carecían de sentido para sus oídos, eran como un murmullo ininteligible que ambientaba sus fantasías. Y en ellas la abogada respondona retozaba sobre la formidable mesa de caoba en la que se encontraban, con su vecina de grandes pechos. Ambas se desnudaban sensualmente para luego fundir sus cuerpos voluptuosos en un impúdico enredo anatómico, sus lenguas barnizaban con saliva y destreza cada rincón de la contraria y al mismo tiempo sus ojos lascivos le invitaban al pecado. Un sutil contacto en el hombro por parte de su secretaria le trajo a la realidad de nuevo, para comprobar que la reunión había terminado y todos los ejecutivos se arreglaban las americanas y recogían sus documentos.
Él prefirió simular una conversación telefónica para dar tiempo a su abultada bragueta a retomar su volumen habitual.
Antes de abandonar el edificio despachó con su secretaria e hizo una llamada a su hija, con la que quedó a comer en un restaurante informal cercano a la universidad. Dio la tarde libre a su chofer y se encaminó sin prisas por las concurridas calles de la ciudad. Caminó sin prisas, observando todo con detenimiento, intentando buscar temas de conversación que amenizaran una comida que preveía tensa, pero su escasa concentración se volatizaba cuando una fémina pasaba por su lado, ya fuera joven o madura; rubia, morena o pelirroja; estuviera delgada o rolliza; daba igual, con todas fornicaba imaginariamente en los breves segundos que permanecían en su campo visual.
Llegó con adelanto a la cita decidido a tomar un aperitivo en la barra del restaurante, pero cambió rápido de idea al comprobar que ésta se encontraba llena de jóvenes estudiantes que departían con entusiasmo mientras sus carpetas y mochilas se amontonaban sobre las mesas próximas. Paseó entonces por la zona, observando con detenimiento el devenir de las cosas. Comprobó con cierta extrañeza cómo los edificios que albergaban las facultades habían aguantado el paso de los años sin alterar apenas su presencia. El entorno sí había cambiado, ahora estaban rodeadas de zonas verdes y todo se encontraba limpio y ordenado, pero esas grandes moles de hormigón y hierro que escupían cada año nuevos licenciados seguían inalterablemente igual que cuando él las ocupaba. Por eso no le fue difícil añorar aquellos maravillosos años de diversión imprudente, amores fugaces y proyectos imposibles en los que con una vitalidad de purasangre se preparaba para su vida futura.
Laura llegó puntual acompañada de un amigo del que se despidió, tímidamente, al ver a su padre. El escaso tiempo que tardaron en comer fue para él el suplicio esperado. Reproches para todos los gustos. Achacándole en exclusividad, la nula relación con su madre y su hermano. Al despedirse en la puerta del restaurante, ella, intencionadamente no le besó y él la vio desaparecer entre la gente completamente desolado. El único hilo que le mantenía conectado a lo que un día fue, amenazaba con quebrarse para siempre.
En el taxi que le llevó a casa hizo dos llamadas, la segunda fue para contratar, de nuevo, los servicios de la escultural mulata y de dos de sus compañeras, no puso límite al gasto ni al tiempo. Salió de la ducha y antes de enfundarse el batín se pudo ver entre el vapor suspendido. Vio a otro hombre, hacía ya mucho tiempo que no se reconocía ante el espejo, se negaba a aceptar que esas carnes blanquecinas, flácidas y enfermizas fueran suyas. Se preparó un Gin Tonic en el mueble bar, que dejó abierto. Esnifó dos líneas de cocaína y se recostó en el sofá de cuero, observando con detenimiento toda la decoración del amplio salón donde abundaban las fotos de sus hijos con diferentes edades, también las de su exmujer. Pensó en guardarlas pero no lo hizo. Por último tragó una pastilla revitalizadora y esperó.
Despertó como siempre despreciando el día. Un intenso y punzante dolor de cabeza no le impidió que su primer pensamiento le llevase a inspeccionar cada rincón del caótico apartamento para comprobar que se encontraba solo. Después se duchó y con el dedo escribió en el húmedo espejo: “adiós”. Tras las letras de gotas descendentes y a escasos centímetros de su propia imagen clavó su mirada en unos ojos mates que ya se despeñaban en el abismo.
El gran paseo de recios árboles se encuentra alfombrado con un espeso manto de hojas lanceoladas y castañas, el hombre hunde los pies en el follaje muerto y aparta los frutos con sus zapatos recién lustrados. La espesa niebla oculta el final del largo camino, y hacia ese punto difuso de claridad difuminada se adentra tranquilo, libre ya de culpa y para siempre, en la arboleda de otoño.
Laura, despierta satisfecha enredada en su amante y admira durante unos segundos la belleza del muchacho, que descansa tras la batalla sumido en un placido sueño. Después con exquisita sutileza besa sus esponjosos labios y se escurre por su cuerpo hasta alcanzar el borde de la cama. Con una bata de seda rosa cubre su espléndida desnudez antes de salir de la habitación. Prepara con esmero un desayuno a base de zumos, café y bollos, toma entre los dientes una de las rosas que él le había regalado la noche anterior y agarrando con firmeza la bandeja avanza, plenamente feliz, por el oscuro saloncito, en el que impera un desorden de cajas de comida rápida y vasos de papel y en el que el aviso de un mensaje, procedente del teléfono, ilumina en parpadeos carmesíes la penumbra desde la tarde anterior.
Momar diciembre de 2010
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