
¨Debo prevenirte jovencito¨, había escuchado decir al sacerdote en tono conciliador, ¨las mujeres a veces son instrumentos del diablo. Tu inexperiencia es disculpable, tu displicencia no. Pero eres chico listo y enseguida has visto el peligro. Has hecho bien en venir. Bueno, olvidemos el asunto. En penitencia reza un padre nuestro y tres ave marías. ¨Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amén. Puedes ir en paz¨.
Si el muchacho creyó que del confesionario saldría aliviado, estaba muy equivocado ¿cómo iba a olvidarse de su chica? Se conmovía con solo de recordar sus ojos sinceros y su sonrisa franca. Ella lo quería y se lo hacía saber en cada conversación, en cada mirada y en cada beso; su cariño incondicional le parecía de lo más elocuente.
¨Es el segundo domingo que vienes a confesar el mismo pecado y permíteme recordarte que el propósito de enmienda es uno de los preceptos del sacramento de la confesión¨ le recriminó el cura con gravedad después de escuchar con fastidio los pecados y por si fuera poco, las cualidades de la morenita en cuestión. Y ya en un tono más cordial continuó ¨Mira, debes aguantar la tentación, recuerda que el diablo está usando a esa mujer para hacerte caer y para apoderarse de tu alma, ¿no te das cuenta? Escucha atentamente y trata de recordar, dime si cuando ella siente tu debilidad no te sonríe de forma lasciva; y no me negarás que se le entrecorta la respiración en pequeños suspiros cuando estáis en vuestras porquerías¨. De forma involuntaria el muchacho asentía levemente con lentos movimientos de cabeza. ¨Y los olores… primero sientes esa fragancia fresca que ella oportunamente se ha colocado para atraparte en cuanto te acercas, y que termina conduciéndote irremisiblemente a hacia otros efluvios obscenos que emanan sus partes íntimas confabulándose todos para romper tus últimas resistencias¨; y ahora le señalaba con el dedo, ¨tú sabes mejor que yo que esas señales existen; tienes que ser fuerte y debes estar alerta, esta es una batalla que debes ganar. Estás avisado, Ego te absolvo…
En el primer encuentro con la chica, advertido como estaba, detectó cada una de las señales del Maligno que su confesor le revelara. Ahora le llegaban nítidamente y sin ningún género de duda.
¨Padre estoy confundido¨ comenzó diciendo el joven en la tercera confesión. ¨He visto las señales, aún así estoy seguro de que ella me quiere, es buena conmigo y no puedo creer que sea capaz de hacerme ningún daño¨ concluyó frunciendo el ceño en inequívoca señal de conflicto interior. ¨Esa es otra estrategia de Lucifer. En no pocas ocasiones usa a esas mujeres negras con aspecto inocente e indefenso como carnada para que disfracen de amor su natural inclinación a la lujuria. Un joven de tu clase no debería caer tan fácilmente en trampas tan burdas y tan evidentes¨, y continuó diciendo ahora más paternalista, ¨no me opongo a que tengas amistades, no sé, chicas de tu entorno, de tu condición; conocerse, en fin, intimar y que con el tiempo… nunca se sabe, si de esa chispa surja la llama de un matrimonio cristiano”.
¨Pero ella me quiere¨ insistió el muchacho. ¨No, ella te desea¨ protestó el sacerdote, ¨si te quisiera no estaría tentándote constantemente a esa clase de inmundicias que confiesas¨. El muchacho mantenía silencio pensativo, porque donde el cura veía tentación, él veía emoción; donde vicio, amor; donde suciedad, pulcritud deliciosa. ¨Con todo respeto, pero no veo mal ni pecado en todo esto, por el contrario me parece un acto de amor¨.
En el transcurso de esta última confesión el creciente mal humor del religioso era plausible. Sentía que Belcebú le estaba ganando la partida. Por eso decidió cambiar de táctica comenzando por aumentar drásticamente el calibre de su munición. ¨Ya está bien”, interrumpió al chico gritando, “empiezo a estar arto de tus dudas, el vicio no te deja pensar ni decidir y tu alma se va a condenar para siempre¨. Me vas a terminar obligando a hablar con tus padres.
¨Pensé que existía el secreto de confesión¨ protestó el chico, ¨Esto no es no es una confesión respondió violentamente el religioso ¨no lo es porque no hay ni dolor de los pecados ni propósito de enmienda ni nada, esto es, en toda regla, una declaración de entrega a la Bestia¨.
Con toda la serenidad que el chico pudo reunir repuso: ¨ presiento que no está en mi chica esa Bestia a la que tanto odia, sino en su sucia mente racista intoxicada de prejuicios. Y sepa que, ni usted, ni mi familia, ni ningún precepto religioso va a condicionar mi amor¨.
´Allá tú¨ casi escupió el confesor, ¨ya te acordarás de mí cuando llegue el momento de rendir cuentas y veas venir al mismo Diablo victorioso a cobrarse su trofeo¨.
Al diablo con usted, al diablo con mi familia, al diablo con el Diablo, pensó el joven mientras se levantaba con determinación de aquel confesionario y se dirigía hacia la puerta de la iglesia desde donde más seguro que nunca, tomo el camino hacia la casa de su novia.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada