12/03/11

Los ocasos adecuados (Lujuria)


1


De cuando la voluntad es insuficiente para pecar.


Era uno de esos días de otoño que huelen a primavera. En Berfurt declinaba una tarde serena en la que las postreras hojas de los árboles permanecían tranquilas sin tan siquiera la más leve brisa que las moviera anunciando la cercanía del invierno. La estrecha fachada de aire modernista del hotel Manhattan elevaba su triste decadencia entre edificaciones cercanas destacándose de manera similar a la del grupo de amigas en la que una de ellas, sin llegar a ser hermosa, es la menos desfavorecida de todas. En la terraza del hotel, John Silva, apoyadas ambas manos sobre la barandilla de hierro forjado, se asemejaba a un simple ornamento arquitectónico. Entretenía la mirada en los rascacielos de la zona financiera que, imponentes, se recortaban sobre un el cielo anaranjado y próximo a oscurecer. Orientado por la aguja de la catedral fue ubicando los distintos barrios de la ciudad por los que transcurrió su existencia; la iglesia donde fue bautizado; la escuela, el instituto donde le educaron; los negocios que le dieron trabajo; el cementerio donde se pudrían sus muertos. El eco del taconeo de unos pasos acompasados le obligó a dirigir la mirada hacia abajo comprobando con desagradado que el ruido lo producía el caminar de la mujer a la que estaba esperando, aparecía en escena con una altivez ridícula como la de una reina con corona de plástico. La siguió hasta que entró en el hotel temeroso de que pretendiera irrumpir, de forma tan ridícula, en su futuro en sus pensamientos, en su vida. Sintió en el estómago algo desabrido, como un rodar de piedras romas y blandas.

La deslucida moqueta floreada amortiguó el ruido de los altos tacones aliviándosele el atribulado espíritu pues pensaba que el estruendo de las pisadas desluciría su entrada en un hotel tan señorial. A pesar de la declinación, a Donatilda Schiaffino el hotel le parecía un magnífico lugar; refinado, respetable, algo parecido al adorno pulcro que exhiben los ancianos cargados de medallas y honores. Tras el marmóreo mostrador un esbelto recepcionista, hombre de mediana edad, la observaba por encima de unas minúsculas gafas de montura dorada. Ella, para darse importancia, no mostró la sonrisa de dócil subordinada que habitualmente aparecía en su rostro moreno limitándose a preguntar, inexpresiva, por el número de la habitación en que la esperaban. El hombre permaneció un instante con la boca fruncida y fija la mirada en los ojos marrones de Donatilda antes de responder con la aspereza de las amabilidades obligadas. A ella le gustó en gran medida que a las tres cifras del número de la habitación añadiera lo de madame como tratamiento de cortesía, sin advertir la rutina con la que la cubrió el recepcionista, que seguía sin quitarle ojo extrañado por el abrigo de paño que la cubría, cerrado hasta el último botón y tan desapropiado para una tarde tan tibia. Ante la majestuosa cancela de hierros forjados del ascensor, alguno herrumbroso, rodeada de un mobiliario inapropiado a los tiempos que corrían e influida por el encanto de esa rancia atmósfera, Donaltilda estiraba la espalda hasta casi hacerse daño considerándose, en la espera, como una distinguida dama decimonónica, y eso a pesar del inapropiado zumbido de un letrero parpadeante, amarilleado por la grasa del tiempo y que indicaba una salida de emergencia. La cabina del vetusto ascensor bajó majestuosamente de las alturas. El lustre de la caoba, los herrajes dorados, los cristales grabados, todo se le asemejaba a una carroza mágica que acaso la llevara hasta los territorios de una realidad muy distinta a la que habitaba cada día. Entró despacio procurando no hacer ruido y tras apretar el botón del piso más alto acercó su rostro añejado a un espejo dorado que le mostró tan bella a sus ojos como creía haberlo sido en su tiempo de esplendor, hermosa a pesar de todo, a pesar de las arrugas, de la dureza de los recuerdos, de la injusticia de sus más de cincuenta años.

John Silva entró en la habitación y cerró la puerta acristalada de la terraza, cruzó los brazos con fuerza sobre el pecho suspiró y apoyando la frente sobre el vidrio fresco dirigió una mirada imprecisa a Berfurt, aunque la ciudad, con toda su grandeza se hizo invisible para sus sentidos concentrado como estaba en la probable satisfacción de un deseo lujurioso, antiguo, sintiendo la ambivalencia de ese momento en el que a su ánimo desapacible, alterado, le resultaba imposible reconocer a la situación como agradable a pesar de ser soñada durante mucho tiempo.

John no amaba a Donaltilda, la deseaba, sentía el arrebatador impulso de poseerla con la vehemencia de un macho joven, no por parecerle una mujer bella, sino porque como hombre quería apoderarse de esa preponderante feminidad tan evidente y que la hacía mucho más apetecible al deseo que a cualquier otra dotada con una belleza más reconocible y vulgar. Esas oscuras curvas perfiladas con por la suavidad de su piel meridional; la amable sonrisa que dulcificaba los rasgos severos; su actitud, ofreciéndose tan provocadoramente sumisa; tan delicadamente rendida en el trato encendía en los adentros de Jhon Silva algo parecido a una deleitosa comezón, a un ansia de amarla con la brutalidad de un salvaje en un violento ejercicio de posesión animal. Así lo imaginaba cuando, satisfaciéndose así mismo, decoraba su fantasía con perversiones en las que involucraba a un ser de buen temple como Donaltilda al que presuponía de una bondad pasiva, sin ángulos y tan adecuada para su lascivia.

Compañeros de trabajo, con el paso del tiempo casi llegaron a ser amigos. Se fueron invitando a sus respectivas intimidades permitiéndose de vez en cuando atrevidas confidencias hasta llegar a un borde donde era preciso dejarse caer o a desandar los pasos dados enfriando su relaciones en la virtud. Aunque ellos, por entonces, no imaginaban hacia donde les llevaba una pasión tan inflamada aunque esperaban pacientemente a llegar hasta el cumplimiento de un fin ineludible. Pasaron mucho tiempo jugando pícaramente untándose miel en los labios hasta que en día anterior John planteó súbitamente y medio en broma un desafío a Donaltilda que pensó abriría definitivamente su relación al sexo.

Encendió las luces de la habitación y su ambarina debilidad le hizo percibir el espacio y la situación con aflicción. Los visillos amarilleados por la tenue luz, las pesadas cortinas marrones colgaban inertes, igual que su deseo, sin un soplo que los avivara en esa hora determinante. Tocaron a la puerta, permaneció tal como estaba, de brazos cruzados apoyado en la ventana mirando a la ciudad. Volvieron a llamar y esperó a que se decidieran abrir; por el reflejo del cristal vio como el picaporte se movía lentamente entreabriéndose la puerta, por el intersticio apareció como en un guiñol la redondeada y sonriente cara de Donaltilda mientras a John se le aceleraba el desencanto. Pasó y cerró sin hacer ruido, él giró comprobando que esa maldita luz no le favorecía a la mujer. Permanecían inmóviles, sin pronunciar palabra. Todo lo que a John le gustaba de ella se ocultaba ahora bajo una basta capa de maquillaje y un burdo abrigo de paño oscuro. Su pelo recogido en un pretencioso moño mal rematado aumentaba el desatino y a pesar de los altos tacones le pareció más baja que cuando calzaba sus zapatos cotidianos, parecía estar subida a algo desapropiado que la ridiculizaba en lugar de elevarla graciosamente. A la temblorosa Donaltilda, a pesar de mantener la sonrisa, se le estaban ahogando todas sus ilusiones ante la fría figura que le observaba percibiendo algo peor que el rechazo sintiendo caer sobre ella una fina lluvia de desprecio. Esperaba ser recibida con los agasajos de un hambriento de amor, con el halago de un rendido al que estaba dispuesta a colmar de gozo y se encontró con alguien al que parecía estar viendo por primera vez.

A pesar de todo, temblorosa desanudó el cinturón torpemente, tardó demasiado, después levantó la vista mostrando la sonrisa más falsa de toda su vida y se abrió el abrigo igual que una mariposa sus alas exhibiendo su bronceada desnudez, ensayando una postura que suponía favocedora. El abrigo, los zapatos, las medias, el liguero y las falsas perlas de pendientes y collar decoraban un cuerpo cubierto de vergüenza que poco a poco se fue transfigurando en ridículo mientras pensaba que suya era la culpa por pretender encender el deseo a un hombre con los pueriles coqueteos de una niña y con el cuerpo ajado de una cincuentona. John, maravillado ante la visión de ese cuerpo que se mostraba abiertamente, sufría el peso de la impotencia que le impediría gozar con eso que ahora estaba a su disposición y que fue tantas veces soñado. Comprobó una vez más que la realidad era enemiga del orgullo al que siempre vencía con los años tal como se atestiguaba en el cuerpo de Donaltilda que de repente dejó de parecerle tan apetecible como en sus fantasías, cuando a solas se recompensaba con un imposible que superaba mil veces a esta verdad. Su voluntad desfallecida reconoció que también por él pasaron muchos años y que la penosa imagen de la mujer no era sino un reflejo de sí mismo, incapacitado para la lujuria, incapaz de actuar como un animal lleno de vida y rabioso de gozo ante una mujer que se le ofrecía sin condiciones.

Procuró retomar la situación rescatándose de la desoladora profundidad en la que había caído y aferrándose a una superficialidad salvadora, dijo: —«Muy bien. Veo que eres capaz –carraspeó-. Supongo que he perdido y que tú has ganado la semana de vacaciones que te prometí si veías desnuda hasta aquí». Le cerró el abrigo y la abrazó sin sentir nada, ella, permaneció inmóvil sintiéndose una desgraciada, el odio le llegaría poco después.

Una fina raya crepuscular marcaba el horizonte con un azul frió, casi grisáceo. La noche cubrió a Berfurt, que empezaba a resplandecer con los miles de luces de sus calles, igual que el letrero vertical que ocupaba cuatro pisos de altura en la estrecha fachada de aire modernista del hotel Manhattan.

Arboleda de otoño (Lujuria)


La seguía dos escalones por detrás con la zozobra torpe del imberbe. La mirada fija en el orondo y bamboleante trasero de la muchacha, que le impedía ver el final de la empinada y angosta escalera donde se adivinaba un punto de luz ocre; el momento de calmar sus ansias estaba próximo. Había estado fraguando el deseo irrefrenable por esa hembra pegado a la barra del lupanar en el que se encontraba, a base de rayas de cocaína y combinados de ginebra. Al fin, se detuvo el hipnótico vaivén y pudo levantar la vista para ver a la furcia acceder a la estancia en la que cada día limaba un poco más la poca estima que le quedaba. La cargante música de la sala dejó de oírse por completo al cerrarse la puerta y un silencio plomizo, casi místico, se instaló en el pequeño cuarto. Para cuando dejó los cien euros en la mesilla ella ya se encontraba totalmente desnuda y pudo apreciar sin ninguna limitación la tersura juvenil de su piel morena, y cómo sus curvas se mantenían firmes e intactas sin sostenes ni ataduras. Para él cien euros era una cantidad nimia, ridícula, por eso no podía entender que una mujer en la plenitud de su belleza se encamara con un viejo decadente por tan exiguo pago. La abordó con la parsimonia del tigre babeante sobre la pieza ya cazada. Ella le esperaba voluptuosa y sonriente en el catre. Él echó de menos un comprimido de Cialis.

Amaneció, todos los días amanecía. Y esa dañina claridad parecía escupirle a la cara. Su primer pensamiento fue para la mulata que se trajinó unas horas antes. ¿De qué se reía?. Estuvo todo el tiempo sonriendo exageradamente. Incluso cuando la embistió salvajemente haciendo brincar la cama, no cambió el rictus burlón, la muy puta.

Cuando llamó al ascensor ya se encontraba un poco más seguro de si mismo. La ducha caliente, el perfume y las cremas habían actuado como bálsamo purificador. Aun le dolía la cabeza y se notaba excesivamente cansado. Si no hubiera sido por que tenía que firmar un importante contrato se habría quedado en la cama hasta el mediodía. Un considerable escote que enmarcaba y sostenía unos fabulosos pechos fue lo primero que vio al abrirse las puertas metálicas del elevador. Era la mujer del abogado del tercero que le daba los buenos días tras una sonrisa saturada de carmín. La miró con descaro y pudo notar que se sobresaltaba ante su cercanía. Eso le excitó. El frescor del otoño en su rostro no pudo refrenar los pensamientos lascivos que su mente iba fabricando. Miró el reloj para ver si disponía de tiempo suficiente para subir de nuevo a su casa a masturbarse.

En el trayecto al despacho hizo parar al conductor en una farmacia. Después se entretuvo puntuando mujeres; la nota mas alta, un nueve, fue para una púber con falda a cuadros y calcetines azules que había aguantado su mirada una milésima de segundo más de lo decente, o quizás a él le pareció así.

La reunión era un mero trámite testimonial, porque todo estaba ya negociado y el acuerdo era total. Pero se convirtió en una pelea de gallos por la insistencia de la abogada de la parte contraria que alegaba defectos de forma en la redacción del contrato. Era una mujer temperamental que defendía su argumentación con unos movimientos enérgicos que provocaban que sus tetillas, libres de apoyos, se batieran revoltosas bajo la delicada blusa de seda. Él la observaba con un gesto que transmitía la misma amabilidad que indiferencia, ademán bien ensayado tras años y años de negociaciones, pero en realidad las palabras que emitía carecían de sentido para sus oídos, eran como un murmullo ininteligible que ambientaba sus fantasías. Y en ellas la abogada respondona retozaba sobre la formidable mesa de caoba en la que se encontraban, con su vecina de grandes pechos. Ambas se desnudaban sensualmente para luego fundir sus cuerpos voluptuosos en un impúdico enredo anatómico, sus lenguas barnizaban con saliva y destreza cada rincón de la contraria y al mismo tiempo sus ojos lascivos le invitaban al pecado. Un sutil contacto en el hombro por parte de su secretaria le trajo a la realidad de nuevo, para comprobar que la reunión había terminado y todos los ejecutivos se arreglaban las americanas y recogían sus documentos.

Él prefirió simular una conversación telefónica para dar tiempo a su abultada bragueta a retomar su volumen habitual.

Antes de abandonar el edificio despachó con su secretaria e hizo una llamada a su hija, con la que quedó a comer en un restaurante informal cercano a la universidad. Dio la tarde libre a su chofer y se encaminó sin prisas por las concurridas calles de la ciudad. Caminó sin prisas, observando todo con detenimiento, intentando buscar temas de conversación que amenizaran una comida que preveía tensa, pero su escasa concentración se volatizaba cuando una fémina pasaba por su lado, ya fuera joven o madura; rubia, morena o pelirroja; estuviera delgada o rolliza; daba igual, con todas fornicaba imaginariamente en los breves segundos que permanecían en su campo visual.

Llegó con adelanto a la cita decidido a tomar un aperitivo en la barra del restaurante, pero cambió rápido de idea al comprobar que ésta se encontraba llena de jóvenes estudiantes que departían con entusiasmo mientras sus carpetas y mochilas se amontonaban sobre las mesas próximas. Paseó entonces por la zona, observando con detenimiento el devenir de las cosas. Comprobó con cierta extrañeza cómo los edificios que albergaban las facultades habían aguantado el paso de los años sin alterar apenas su presencia. El entorno sí había cambiado, ahora estaban rodeadas de zonas verdes y todo se encontraba limpio y ordenado, pero esas grandes moles de hormigón y hierro que escupían cada año nuevos licenciados seguían inalterablemente igual que cuando él las ocupaba. Por eso no le fue difícil añorar aquellos maravillosos años de diversión imprudente, amores fugaces y proyectos imposibles en los que con una vitalidad de purasangre se preparaba para su vida futura.

Laura llegó puntual acompañada de un amigo del que se despidió, tímidamente, al ver a su padre. El escaso tiempo que tardaron en comer fue para él el suplicio esperado. Reproches para todos los gustos. Achacándole en exclusividad, la nula relación con su madre y su hermano. Al despedirse en la puerta del restaurante, ella, intencionadamente no le besó y él la vio desaparecer entre la gente completamente desolado. El único hilo que le mantenía conectado a lo que un día fue, amenazaba con quebrarse para siempre.

En el taxi que le llevó a casa hizo dos llamadas, la segunda fue para contratar, de nuevo, los servicios de la escultural mulata y de dos de sus compañeras, no puso límite al gasto ni al tiempo. Salió de la ducha y antes de enfundarse el batín se pudo ver entre el vapor suspendido. Vio a otro hombre, hacía ya mucho tiempo que no se reconocía ante el espejo, se negaba a aceptar que esas carnes blanquecinas, flácidas y enfermizas fueran suyas. Se preparó un Gin Tonic en el mueble bar, que dejó abierto. Esnifó dos líneas de cocaína y se recostó en el sofá de cuero, observando con detenimiento toda la decoración del amplio salón donde abundaban las fotos de sus hijos con diferentes edades, también las de su exmujer. Pensó en guardarlas pero no lo hizo. Por último tragó una pastilla revitalizadora y esperó.

Despertó como siempre despreciando el día. Un intenso y punzante dolor de cabeza no le impidió que su primer pensamiento le llevase a inspeccionar cada rincón del caótico apartamento para comprobar que se encontraba solo. Después se duchó y con el dedo escribió en el húmedo espejo: “adiós”. Tras las letras de gotas descendentes y a escasos centímetros de su propia imagen clavó su mirada en unos ojos mates que ya se despeñaban en el abismo.

El gran paseo de recios árboles se encuentra alfombrado con un espeso manto de hojas lanceoladas y castañas, el hombre hunde los pies en el follaje muerto y aparta los frutos con sus zapatos recién lustrados. La espesa niebla oculta el final del largo camino, y hacia ese punto difuso de claridad difuminada se adentra tranquilo, libre ya de culpa y para siempre, en la arboleda de otoño.

Laura, despierta satisfecha enredada en su amante y admira durante unos segundos la belleza del muchacho, que descansa tras la batalla sumido en un placido sueño. Después con exquisita sutileza besa sus esponjosos labios y se escurre por su cuerpo hasta alcanzar el borde de la cama. Con una bata de seda rosa cubre su espléndida desnudez antes de salir de la habitación. Prepara con esmero un desayuno a base de zumos, café y bollos, toma entre los dientes una de las rosas que él le había regalado la noche anterior y agarrando con firmeza la bandeja avanza, plenamente feliz, por el oscuro saloncito, en el que impera un desorden de cajas de comida rápida y vasos de papel y en el que el aviso de un mensaje, procedente del teléfono, ilumina en parpadeos carmesíes la penumbra desde la tarde anterior.



Momar diciembre de 2010

LUJURIA


¨Debo prevenirte jovencito¨, había escuchado decir al sacerdote en tono conciliador, ¨las mujeres a veces son instrumentos del diablo. Tu inexperiencia es disculpable, tu displicencia no. Pero eres chico listo y enseguida has visto el peligro. Has hecho bien en venir. Bueno, olvidemos el asunto. En penitencia reza un padre nuestro y tres ave marías. ¨Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amén. Puedes ir en paz¨.

Si el muchacho creyó que del confesionario saldría aliviado, estaba muy equivocado ¿cómo iba a olvidarse de su chica? Se conmovía con solo de recordar sus ojos sinceros y su sonrisa franca. Ella lo quería y se lo hacía saber en cada conversación, en cada mirada y en cada beso; su cariño incondicional le parecía de lo más elocuente.

¨Es el segundo domingo que vienes a confesar el mismo pecado y permíteme recordarte que el propósito de enmienda es uno de los preceptos del sacramento de la confesión¨ le recriminó el cura con gravedad después de escuchar con fastidio los pecados y por si fuera poco, las cualidades de la morenita en cuestión. Y ya en un tono más cordial continuó ¨Mira, debes aguantar la tentación, recuerda que el diablo está usando a esa mujer para hacerte caer y para apoderarse de tu alma, ¿no te das cuenta? Escucha atentamente y trata de recordar, dime si cuando ella siente tu debilidad no te sonríe de forma lasciva; y no me negarás que se le entrecorta la respiración en pequeños suspiros cuando estáis en vuestras porquerías¨. De forma involuntaria el muchacho asentía levemente con lentos movimientos de cabeza. ¨Y los olores… primero sientes esa fragancia fresca que ella oportunamente se ha colocado para atraparte en cuanto te acercas, y que termina conduciéndote irremisiblemente a hacia otros efluvios obscenos que emanan sus partes íntimas confabulándose todos para romper tus últimas resistencias¨; y ahora le señalaba con el dedo, ¨tú sabes mejor que yo que esas señales existen; tienes que ser fuerte y debes estar alerta, esta es una batalla que debes ganar. Estás avisado, Ego te absolvo…
En el primer encuentro con la chica, advertido como estaba, detectó cada una de las señales del Maligno que su confesor le revelara. Ahora le llegaban nítidamente y sin ningún género de duda.

¨Padre estoy confundido¨ comenzó diciendo el joven en la tercera confesión. ¨He visto las señales, aún así estoy seguro de que ella me quiere, es buena conmigo y no puedo creer que sea capaz de hacerme ningún daño¨ concluyó frunciendo el ceño en inequívoca señal de conflicto interior. ¨Esa es otra estrategia de Lucifer. En no pocas ocasiones usa a esas mujeres negras con aspecto inocente e indefenso como carnada para que disfracen de amor su natural inclinación a la lujuria. Un joven de tu clase no debería caer tan fácilmente en trampas tan burdas y tan evidentes¨, y continuó diciendo ahora más paternalista, ¨no me opongo a que tengas amistades, no sé, chicas de tu entorno, de tu condición; conocerse, en fin, intimar y que con el tiempo… nunca se sabe, si de esa chispa surja la llama de un matrimonio cristiano”.

¨Pero ella me quiere¨ insistió el muchacho. ¨No, ella te desea¨ protestó el sacerdote, ¨si te quisiera no estaría tentándote constantemente a esa clase de inmundicias que confiesas¨. El muchacho mantenía silencio pensativo, porque donde el cura veía tentación, él veía emoción; donde vicio, amor; donde suciedad, pulcritud deliciosa. ¨Con todo respeto, pero no veo mal ni pecado en todo esto, por el contrario me parece un acto de amor¨.

En el transcurso de esta última confesión el creciente mal humor del religioso era plausible. Sentía que Belcebú le estaba ganando la partida. Por eso decidió cambiar de táctica comenzando por aumentar drásticamente el calibre de su munición. ¨Ya está bien”, interrumpió al chico gritando, “empiezo a estar arto de tus dudas, el vicio no te deja pensar ni decidir y tu alma se va a condenar para siempre¨. Me vas a terminar obligando a hablar con tus padres.

¨Pensé que existía el secreto de confesión¨ protestó el chico, ¨Esto no es no es una confesión respondió violentamente el religioso ¨no lo es porque no hay ni dolor de los pecados ni propósito de enmienda ni nada, esto es, en toda regla, una declaración de entrega a la Bestia¨.

Con toda la serenidad que el chico pudo reunir repuso: ¨ presiento que no está en mi chica esa Bestia a la que tanto odia, sino en su sucia mente racista intoxicada de prejuicios. Y sepa que, ni usted, ni mi familia, ni ningún precepto religioso va a condicionar mi amor¨.
´Allá tú¨ casi escupió el confesor, ¨ya te acordarás de mí cuando llegue el momento de rendir cuentas y veas venir al mismo Diablo victorioso a cobrarse su trofeo¨.
Al diablo con usted, al diablo con mi familia, al diablo con el Diablo, pensó el joven mientras se levantaba con determinación de aquel confesionario y se dirigía hacia la puerta de la iglesia desde donde más seguro que nunca, tomo el camino hacia la casa de su novia.