8/10/08

7,5 Escala Richter

Súbitamente cesó el movimiento y con él, el estruendo. El hombre temblaba incontroladamente. La oscuridad era absoluta y ahora el silencio, mortal.

Estaba desconcertado y tardó un rato en asimilar su situación. Se sentía magullado aunque de momento los dolores no eran intensos, sin embargo su movilidad era muy limitada. Enseguida supo que estaba atrapado. Recordó las dimensiones del edificio y le abordo el inoportuno pensamiento de imaginar la cantidad de toneladas de hormigón que tendría encima. Esto le provocó un ataque de claustrofobia. En el pequeño hueco pataleaba y manoteaba gritando descontroladamente. Le faltó el aire y supo que se moría.

Después de un rato, ya casi sin fuerzas, comenzó a serenarse. Trató de controlar la respiración y comenzó a palparse el cuerpo para conocer el alcance de sus lesiones. Estaba dolorido, pero podía moverse. Volvió a asaltarle la cuestión del oxigeno, si estaba herméticamente sepultado moriría por asfixia en poco tiempo.

Tendido boca arriba, parpadeó varias veces comprobando que en la total oscuridad, daba igual tener los ojo abiertos que cerrados. Hizo por incorporarse, pero no pudo, en seguida su frente topó con la piedra. Trató a izquierda y derecha y de arriba abajo, para comprobar que el límite estaba sólo a unos centímetros. Percibía el aire enrarecido. Estaba enterrado en vida. Iba a morir y se propuso que el trámite fuera rápido y sin traumas. Se entregaría de manera templada y serena.

Pensó en su familia y lloró por la incertidumbre y la impotencia. Tal vez, después se durmió.

Había perdido la noción del tiempo, estaba en un duermevela constante que no le permitía saber si estaba despierto o no, si pensaba o soñaba, pero en pesadilla permanente. En un intento por determinar su estado de vigilia, pretendió sentir su cuerpo, estaba entumecido. Aún así, consiguió mover ligeramente las caderas, los brazos y las piernas, pero con el movimiento llegó el dolor, el frío y la sed. Prefería el sueño… o la muerte.

En estado de semi-inconsciencia creyó encontrar una vía de escape. Se la proporcionaba la mente. Visualizaba escenas agradables de su vida. Fueron llegando poco a poco: el abrazo de su padre, los saludos de los amigos, el beso de su mujer o la mirada de su niña cuando la llevaba de la mano. Y seguían llegando imágenes, cada vez más sutiles pero no exentas de belleza: el viento en la cara, el roce de unas sábanas limpias o un simple trago de agua con la boca seca. Y la mente apoyada en la imaginación y en la memoria le transportaba a otras situaciones emotivas: el nacimiento de un niño, el hormigueo en el estómago de dos jóvenes enamorados o la premura por la agrupación familiar la noche de Navidad. Soñó con el mar en calma y con la brisa de la montaña, fraternizó con cada uno de los seres vivos, incluso con las plantas; ahora podía, sin esfuerzos, sentir la vida.

Se descubrió a sí mismo con una sonrisa mantenida que sólo rompió el llanto. Pero un llanto, que no era de pena, sino de emoción. De pronto descubría perspectivas que no conocía. Esas imágenes le provocaban sensaciones tan intensas que le liberaban de su espantosa prisión.

Había perdido por completo la noción del tiempo. Ya no se preocupó por el sueño o la vigilia, no trató más de sentirse, porque no le interesaba el miedo, ni la sed, ni el hambre, ni el dolor. Ya tenía la ruta de su liberación. Despreciaba la esperanza vana del rescate porque rechazaba la frustración y huía de la ansiedad.

Pero sabía muy bien que si recuperara la vida, todo iba a ser radicalmente distinto. Sería mucho más feliz de lo que nunca pudo soñar, porque necesitaría muy poco para ser un hombre realizado. Su escala de valores ahora era otra. Había una nueva perspectiva. Ya no se preocuparía por nimiedades como solía; al contrario, disfrutaría tremendamente de las cosas que hasta entonces creía insignificantes: un paseo, una palabra, un gesto o un silencio, se le antojaban lujos propios de reyes. Ya nunca leería en un libro sólo las palabras, buscaría las intenciones, los sentimientos, o las pretensiones de su autor. La vida sería infinitamente más intensa.

Poco a poco le fue embargando la emoción pueril del aprendizaje, casi de la revelación, tanto, que no se inmutó con las vibraciones, ni siquiera con los sonidos de los martillos hidráulicos. Ni siquiera sabía si estaba dormido o despierto. Tal vez, incluso ya estuviera muerto.


Oscar Zazo
Otoño 2008

Estoy muerto

¡Ya está! ya me morí; estoy muerto. Estoy en la fosa, me enterraron. Lo último que oí fue el estrépito de los terruños sobre el ataúd; mi ataúd, éste que me contiene ahora y que está cubierto por la tierra que antes pisaba.
No siento temor; no siento nada; no tengo ningún miedo. Sé que ya no respiro, que no late mi corazón pero no sé si están mis ojos cerrados o abiertos, no veo la nada; no es que vea todo blanco o todo negro, es que es la nada y a la nada no se la ve. No sé cuanto tiempo llevaré sepultado quizás debería estar oliendo mi putrefacción pero tampoco olfateo nada, ni oigo, ni trago saliva, nada me pica, ni me escuece o duele, no tengo sueño, ni frío ni calor; estoy muerto.

Entonces; ¿por qué siguen chispeando los ecos de algunos pensamientos por mi cabeza, por qué sigo escuchándome en el cerebro? o… en el alma. ¿Hay un alma? ¿De dónde llegan estas resonancias? ¿Hay una conciencia que no se separa nunca del cuerpo y que se descompone también poco a poco mientras se separa la carne de nuestros huesos? Puede que la mente siga trabajando, que no se desconecte de golpe, que se vaya apagando paso a paso, del mismo modo que se apagan las luces de una casa; primero la cocina… el salón… después el dormitorio…. acaso ahora sea así y yo esté en las últimas y cuando se apague mi última luz se habrá consumido definitivamente otra existencia como la de otros miles de millones anteriores a la mía. Así de simple, no hay más. Así murió Colón estuviera dónde estuviera, Shakespeare, Ghandi, Stalin o el humilde panadero de cualquier pueblo. Éste es el secreto jamás desvelado. Nadie regreso después de morir para decir a los vivos que muerto no se está bien ni se está mal, que morimos sin miedo, sin angustia, sin necesidad alguna, sin esperar ningún futuro ni salvación.

O quizás estar muerto no sea sólo esto, posiblemente me encuentre en una espera, algo puede ocurrir, o jamás me ocurrirá nada más. De repente puede aparecérseme una luz divina o que mi alma comience a filtrase entre los poros del ataúd primero y por los millones de granos de la tierra que lo cubren para elevarse a algún paraíso, o también podría derretírseme como el plomo y colarse poco a poco hacia algún infierno.
Es el momento de esperar a alguna divinidad. Puedo esperarla o no esperarla eternamente porque el tiempo ya no se divide en horas, ni en días, ahora son eones indefinidos los que me llevan del mañana al ayer y del nunca al siempre. Ni siquiera existe eso a lo que llamé tiempo.
¿Tendré un juicio? ¿Seré juzgado por el ojo que todo lo ve, por un juez infalible que sabe todo lo que se puede saber? porque él; o ella; o ello; será la sabiduría y por lo tanto todos seremos exonerados de pena y castigo por él, o por ella, o por ello, porque quien todo lo comprende todo lo perdona. ¿O seré castigado por lo que dije y debí callar? o por lo que no hice y debí hacer, o por todo el dolor que regué por el mundo sin importarme el sufrimiento con tal de satisfacerme. No lo sé; no sé si habrá o vendrá un juez; o un Dios; o el mismo Satán, tampoco me importa. No me importa nada.

Todo lo que en vida me aterraba muerto me es tan indiferente como el pestañeo de una vaca en un prado. El miedo a morir, al infierno, a la nada, al vacio… ¡Qué sublime tontería! Si pudiera regresar y decir a todos los que sufren la vida: ¡Eh! Escuchen. Estar vivo es una tremenda carga, lo mejor del mundo es morirse de una vez, estar muerto y descansar; dejar de comenzar y recomenzar los días y los años. Es un alivio abandonar esa gota de agua en la que habita nuestra miserable existencia y que flota en un insondable mar cósmico guareciendo a miles de millones de existencias sin sentido como la nuestra.
El impulso vital, la reproducción de este tremendo error que llamamos vida nos obliga a vivir, a amarnos, a devorar a otros seres para seguir existiendo y prolongarnos en nuestra descendencia.
No sé para qué existimos aunque ahora sé por qué merece la pena vivir a pesar de todo. Mi vida está plenamente justificada por lo único que puede justificar a todas las vidas: por la belleza.

El color es bello, la forma es bella, la paternidad fue bella. Los amantes son hermosos, la geometría, el sexo, la arquitectura, los campos y las nubes; los barcos, el pan, los besos y los adioses; las mañanas de invierno, el estío, el otoño y la primavera. Casi todo lo que fabricó la mano del ser humano es bello. Las matemáticas, los ritos, las risas, las caricias, las nieves y las lluvias son bellas; los museos, el furioso viento silbante y el que mece a las rosas, las olas de todos los mares, el agua clara, la amistad, los cristales empañados, el ondulante vaho de un aromático café, la húmeda selva, el soplo que enfría la sopa, los caminos, la miradas de los niños, los acantilados y los desiertos, la porcelana, los perros, los animales, una mesa bien puesta, todo es hermoso. La caridad, el olvido, el perdón… las madres… cuando te dicen: ¡buen día!... Sí; por la belleza merece la pena vivir… el poder… el dinero… no merecen… la… pena… belleza… vida… yo… ya no soy… estoy muerto… morí… la belleza… no tengo miedo… estoy muerto… yo… vivir es bello… la vida es bella… yo… la vida… vivir… vivir… vivir… la vida…. …. …

Directriz para 7,5 Escala Richter y Estoy muerto


Un hombre sepultado