17/11/08

AMORES REALES

Por aquel tiempo la voluntad de las personas no contaba, y mucho menos las opiniones o los gustos, por lo menos los míos.

Me aburría la corte, pero allí me encontrada merced a los esfuerzos, intrigas y sobornos, que con tanta dedicación, entretejiera mi padre hasta conseguir hacerme cortesano.

Por mi propensión innata a la pereza y mi natural desinterés por las cosas, no fueron pocos los palos y castigos de los que me hice acreedor, al parecer con sobrada razón, hasta que consiguieron meterme en la mollera modales y protocolos necesarios para el desenvolvimiento en la corte. Tampoco tuve nunca prejuicios ni lastres de conciencia que menoscabaran mi dignidad, tales como orgullo, lealtad o vanidad. De manera que a la postre lograron convertirme en un cortesano joven, apuesto y ahora refinado.

Y me habría ido bien, de no ser por una serie de acontecimientos en los que me vi, involuntariamente envuelto.

Todo empezó el día en que, a pesar de mis disimulos, su regia majestad puso los ojos en mí, sabría Dios con qué intenciones.

Una tarde a la salida de palacio una dama de compañía de la reina puso en mis manos un “billete real” con instrucciones precisas. Se trataba de una cita secreta con su alteza aquella misma noche. Recomendaba máxima discreción, “so pena de muerte” pensé yo, con los más lúgubres augurios.

Lleno de aprensión, acudí a la cita entrando a palacio por las caballerizas, desde donde la dama de marras, me condujo a una recámara. Allí permanecí solo durante interminables minutos hasta que de improviso apareció la reina.

Rodilla en tierra incliné la cabeza – Majestad…

- Vamos al grano, - escuché perplejo – estáis aquí para hacer un servicio a vuestra reina.

- ¡Siempre majestad!- manifesté raudo - Pedid la luna y al punto removeré cielo y tierra para ponerla a los pies de vuestra merced. – Y añadí aun a riesgo de excederme en mi actitud pelota y servil – Podéis confiar a muerte, que vuestro súbdito y seguro servidor derramará hasta la última gota de su sangre…

- Dejad ya de decir sandeces, majadero, - atajó la reina - e iros desnudando que tengo poco tiempo – escuché con estupor

- Pero majestad…

- Ni majestad ni gaitas, estáis aquí para llevar a cabo lo que el rey no puede o no quiere hacer, y espero quedar satisfecha de vuestros oficios, que no son otros que preñarme lo antes posible por vuestro bien, por el mío y por el de la corona. Que para la descendencia siempre será mejor un discreto bastardo que el escándalo de una impotencia manifiesta. Y ¡ay! de vos si vais sobrado de lengua y flojo de verga como el inútil de vuestro rey… así es que basta de palabrería y al tajo.

Mucho miedo y poca experiencia no eran buenos aliados para acometer tamaña empresa. Aún así, me puse a ello diligente. Fue tal vez, mi condición de mozarrón saludable, lo que aportó brío suficiente para obviar ciertas trabas que obstaculizaban el buen desenvolvimiento de la tarea encomendada, a saber: primero, incisivo e hiriente tufo sobaquero. Segundo, abundante y tupida pelambre púbica, que por un buen rato despistó mi desentrenado sentido de la orientación.

Sea como fuere, y a pesar de mi torpeza como amante, esa noche y otras posteriores, cumplí a duras penas lo convenido como obediente y discreto donante de “mascadas”. Eso si, esgrimiendo como atenuante en mi defensa, la presión y, por qué no decirlo, el miedo que infundían durante el acto sus descalcificaciones y amenazas.

En el fondo de una mazmorra, encadenado en prisión preventiva, dijeron, recordé a no se qué imbécil cortesano diciendo eso de “no hay acción sin reacción”, y allí estaba yo tratando de desenmarañar eso de las causas y los efectos, temiendo, con buen criterio, que preñada o no la reina, ya mi cabeza, por no nombrar otras partes de mi anatomía, no valía nada.

Voces autoritarias rompieron el silencio de la madrugada despejando del todo mi duermevela. Cuando sonó el cerrojo de mi celda temí lo peor. El rey en persona ordenaba al guardia y al resto de la comitiva que le dejaran entrar solo. Mis ojos acostumbrados ya a la penumbra percibieron nítidamente un ceño fruncido y una mirada de gravedad inquietante. En cuanto sonó el portazo, el monarca avanzó hacia mi rincón con paso lento pero decidido. Yo me incorporé como pude y él se detuvo a escasa distancia, como sopesando lo que estaba a punto de hacer. Sus mandíbulas se tensaron y su barbilla tembló visiblemente. Entonces me abrazó y lloró con gran congoja. Al poco su mano se deslizó hasta mi trasero y lo apretó con fuerza. Involuntariamente se dibujó en mi rostro una casi imperceptible sonrisa de suficiencia.

Oscar Zazo
Octubre 2008

Yo preñé a la reina

Yo, señor, estando cerca ya el fin de mis días y para dejar constancia de mi revolucionario acto genético-terrorista silenciado por absolutamente toda la canalla mediática, no sólo la nacional, también por todos los medios de comunicación del mundo, escribo estas letras que podrán leerse en las blancas paredes de ésta mi pequeña celda de la cárcel-manicomio en la que me sepultaron en vida hace tantos años. Es mi última esperanza de que el suceso que a continuación relataré sea conocido por los ojos curiosos que se entretengan en descifrar mis torpes letras escritas con este lápiz casi consumido a modo de jeroglífico angustiado y ansioso por darse a la luz y el conocimiento del mundo entero.

Yo, señor, fui a nacer en una estirpe de menganos miserables reproductores de vaciedades y sinsustancias siglo tras siglo; todas las averiguaciones que hice sobre mis orígenes lo único que me procuraron fue deshonra y abatimiento de alma. La lista de mi linaje hasta donde llegó mi conocimiento fue formada por obreros vagos, campesinos necios, pastores cerriles y otros casi esclavos agradecidos en servidumbres a amos de muy poca importancia. Todos ellos sufrieron grandes hambres y profundas calamidades que hicieron peligrar la casta que culmina en mi persona de puro milagro. Yo, señor, soy el único y último heredero de la mustia cadena de los Braga-Palomino, estirpe ignorada por la historia agotada en su inanidad e insignificancia. Yo, señor, ideé, planifiqué y ejecuté el magistral plan reivindicandor con el que conseguí trocar es destino de mi triste y paupérrima ascendencia casi troglodita y también los de esta vigorosa Monarquía nuestra a la que tanto amamos.

Yo, señor, soy de oficio cabrero y además muy inclinado a las filosofías y a las ciencias naturales, por lo que en mis solitarias jornadas campestres tras dar durante muchos años vueltas al asunto genético-reproductivo, llegué a la conclusión que de los vivos que merodeamos por el planeta, son los más fuertes, los más hábiles o los más bonitos los que mejor y más se reproducen.
Yo, señor, no fui agraciado con un cuerpo recio; ya desde chico me apodaron el Sansonito con muy mala guasa por ser canijo y flojo de fuerzas a causa de la desnutrición que heredamos unos de otros, pues tanto mi madre, como mi padre, y todos mis abuelos, eran poco más altos que lo que se entiende por enanos; tampoco he salido muy habilidoso ni para el hacer ni para el cavilar; ni tampoco soy un bonito que luzca guapuras como podrían testificar con recto juramento y ante juez o notario todos los que me hayan visto una o mil veces.

Yo, señor, encontrándome tan solo y último en este mundo, sin padre; ni madre; ni compañía de hembra con la que aparearme ni multiplicarme, tuve la agudeza, el arte, la ocurrencia, la gracia de diseñar un plan para legar a esta nación un Braga-Palomino muy, pero que muy principal, un sucesor para honra mía y la de toda mi estirpe elevándonos de golpe y por fin a lo más alto de la pirámide sociobiológica tras luengos siglos de infamia, poquedad y anonimatos. Un heredero que aunque adornaría su nombre con otros ilustres apellidos, sería el portador de lo verdaderamente importante, de la simiente Braga-Palomino, que yo; su servidor; sería capaz de transmitirle tan ingeniosamente a la siguiente generación salvándola de su disolución en el olvido y otorgándoles el mejor futuro a nuestro linaje. Y así sucedió todo durante ese día de la primavera del año 1967, en la plaza mayor de la capital de mi provincia y a la vista de la ciudadanía.


Yo, señor, tras tener noticia tres meses antes de los sucesos de la visita que nuestra señora la entonces princesa y hoy reina de nuestra nación al convento de las Hermanas de los Ancianos Desamparados, tuve esa ocurrencia y descubrí la ocasión para el desarrollo del plan, por lo que estuve tres meses sin acuchillarme las ingles, sin masturbación, o como se suele decirse científicamente sin enanismo alguno para acumular cuantas más semillas mejor y que de ellas la culebrilla más viva del ejército Braga-Palomino fuera la que preñara a nuestra majestad, osea, a la que sería reina, para que se me entienda mejor.

Yo, señor, con las criadillas a punto de reventar llenas de sémenes y espermas, llegué ese día de los primeros a la Plaza Mayor de la ciudad para situarme en sitio más adecuado a mis propósitos. Siguiendo el plan vestí mi camisa más limpia, un peto de cuero decorado con bordados de lana de colores y una chaqueta de paño negro. En las piernas me puse mi calzón de paño negro y también faja, aunque quedaron tapados por delante con los zajones, hechos con cuero y piel con pelo de cabra, rematando el conjunto un cencerro grande y lustroso de adorno sujeto con correa independiente a los riñones, además cargué con un cabrito blanco, el más lucido que tenía.

Yo, señor, al llegar su majestad y para resaltarme superando mi baja estatura aplaudí y lancé vivas procurando llamar su atención lo que conseguí muy fácilmente y también la de toda la plaza por ser el único que llevaba un cabrito a los hombros y que gritaba como un loco, también por estar engalanado con el rústico traje de gala de cabrero. Esperé los treinta minutos que tardó en salir del convento procurando amigarme y ganar la confianza del escolta más cercano cantándole algunas de las coplillas de mi pueblo al tiempo que le sonreía intentando evidenciar inocencias, pero el lugar de parecer inofensivo tal y como yo preveía, resultó todo lo contrario y ordenó a un guardia del municipio para que estuviera vigilante a mi lado.

Salió como medio adormecida nuestra honorable soberana del convento saludando a todos los presentes con una delicada sonrisa en los labios y caminó elegantemente el corto trecho que la separaba de su real vehículo acompañada por la madre superiora, por algunos ancianitos desamparados, por el alcalde y demás autoridades. Al llegar a la puerta del coche y cuando ya lanzaba su último saludo a la concurrencia grité:

--Majestad, majestad, una jota, una jotica, déjeme cantarle una jota.

Todo salió según planeé porque conociendo que nuestra reina es receptiva a estos actos sencillos y espontáneos del bajo-pueblo, probablemente me concediera la oportunidad. Así, consintió y, con un leve gesto de su grácil mano, ordenó a los escoltas que dejaran de retorcerme los brazos y pellizcarme las tetillas permitiendo el acercarme. La multitud congregada enmudeció expectante, durante un instante se produjo un extraño silencio tan sólo roto por el débil y corto balido de la cabritilla que llevaba en mis hombros, carraspeé para aclarar la voz y empecé a cantar en tono re al tiempo que bailaba la hermosa jota que dice:

El dolor que siente un burro
cuando le estiran del rabo
es el mismo que yo siento
cuando te vas de mi lado

entonces; inmediatamente; y sin dar tiempo a reacción alguna, me abalancé sobre ella introduciéndonos junto con el cabrito en el coche, cerré raudo la puerta abierta bajando inmediatamente los seguros. Por extraño que parezca, durante unos instantes nadie reaccionó y sólo se escuchó el sonido de la vara del alcalde al caer de sus manos y chocar en el suelo. Yo, señor, al estar dentro de un vehículo ultra blindado, me despreocupé de los golpes y las amenazas desesperadas que lanzaban los escoltas contra mi persona, entonces suspiré, y dije lo que sigue según había memorizado:

--Majestad, Alta Señora, en primer lugar siento el atufarla; excuse el olor a cabra, o como se dice científicamente a capra hispánica, pero señora, mi oficio me obliga; así es como huelen los cabreros, así he olido siempre y puedo asegurarle, alta dama, que no hay agua de colonia, champú o yerbas que puedan con ello. En segundo lugar, eminencia altísima, me dispongo a preñarla, o a fecundarla según se dice más finamente, por lo que inevitablemente deberé el introducirle el miembro falo, o pene, del latín penis según se dice científicamente; le recomiendo que acomode a su persona y que se deje maniobrar a tal efecto porque, por muy soberana que usted es de este país y que pudiera serlo de otros treinta, como no se este quieta, me veré obligado a soltarla dos sopapos terroristas como estoy seguro que no le han dado nunca. Permítame entonces que descargue al chivito y procedamos señora.

Yo, señor, solamente he entrado en hembra humana cuatro veces; tres fueron con Justina, la puta manca, la única del pueblo, o prostituta como se dice educadamente, y la cuarta fue, según el plan, en nuestra reconocida soberana que por cierto se estuvo muy quieta durante el proceso reproductivo y que fue un tanto largo debido a mi torpeza y también a la flaccidez del mi miembro falo que tardó algo más de lo acostumbrado en remontar debido a la gravedad del acontecimiento, a los fuertes golpes en los cristales, también por los insistentes ruegos de la anciana madre superiora del convento, a las advertencias del alcalde, a las órdenes de fuerzas policiales y por las risas, gritos y aplausos de la concurrencia que asistió al evento o show según se dice científicamente ahora. Conseguí concentrarme y culminar gracias al sonido del cencerro que llevaba atado a los riñones y que marcaba el ritmo de mis empujes.

Yo, señor, después de arrojar mis abundantes sémenes y espermas en su principesca vagina, delicadamente agarre por los tobillos a la señora, que seguía con los ojos muy abiertos y sin pronunciar palabra, o bajo shock como se dice ahora, y le elevé las piernas durante unos minutos para facilitar la fecundación de otro Braga-Palomino. Así permanecimos hasta que la pericia de un soldador consiguió abrir una de las puertas por la que como una exhalación salió el chivo asustado sacándome después a mí los escoltas arrastras, agarrado de los pelos y sin dejarme subir los calzones siquiera. No me voy a extender más porque se está acabando el espacio para mis letras en estas humildes paredes. Valga decir, señor, que el castigo para semejante afrenta nacional es alto; encerrado estoy desde entonces sin poder hablar con nadie. Sé que de esto nada sabías porque todos los periodistas fueron advertidos de lo que supondría tanta deshonra para la Monarquía y para la nación a la que representa, se requisó todo material gráfico, toda grabación y seguro que amenazaron a quien tuvieran que amenazar para que nada de esto llegara a la opinión pública, así lo preveía mi plan.

Ya me queda poco de vida, muero solo, anciano y enfermo aunque contento porque sé que preñe a la reina y que hay un príncipe, que nació en las fechas que tenía que nacer y aunque no he visto retrato alguno estoy seguro que será otro característico morenito Braga-Palomino, delgado y pequeño de estatura, aunque como todos sus antepasados, grande de corazón.
La saga sigue viva y la estirpe ya sin amenaza. Yo he cumplido.
He dicho y escrito para que se sepa.
Amén

Directriz para Amores reales y Yo preñe a la reina

Preñar a la reina, sociobiología, humor