21/5/09

De las personas con olvido

De repente, el silbante viento aparece peinando los mechones del juncal y riza la superficie del charco en la que una anciana se miraba hasta entonces como en un espejo. Levanta despacio la vista al camino, después, al cielo; las nubes pasan raudas como si fueran un archipiélago aéreo; ajironan con sus blancos el profundo azul del cielo. Por entre ellas se cuela un haz de luz que cae sobre un húmedo campo de tierra rubia salpicado con los verdores de los árboles, de los matorrales, y también con el granítico volumen de los inamovibles peñascales.

La mujer permanece sentada, casi recostada, sobre la arena húmeda que bordea el charco. En el gris de la cabellera despeinada se evidencia el paso de sus muchos, muchos años. Los sucios mechones se los sujeta tras las orejas dejando al descubierto una frente amplia con algunas manchitas marrones y cruzada de lado a lado por finos surcos, por arrugas que parecen zigzagueantes culebrillas paralelas. Le desaparecieron las cejas y los ojos se le hunden en las cuencas, los párpados sin pestañas no cercenan la perfecta circunferencia de sus iris; de los brillantes discos verdes que permanecen inmóviles enfocados a la lejanía, mirando a nada.

El azulado claroscuro de la cercana sierra le cierra el horizonte a la ondulante campiña recosida con el óxido de los alambres de espino y trazada de lado a lado por el cableado de las líneas de transmisión eléctrica. Una confiada liebre sin reparar en la mujer cruza el camino olisqueando la tierra; una golondrina garabatea en el aire con su nervioso vuelo antes de planear durante un instante sobre el charco y desaparecer; la señora ve a tres jilgueros aleteando sobre el barro más blando y antes de poder contarlos desaparecen jubilosos lanzando trinos.

Una risa estrepitosa brota de su boca; de igual forma, para de reír, en su rostro reaparece un rictus que manifiesta un estado de ánimo angustioso. Dejó en silencio a los campos, parece que incluso el aire cesó ante las carcajadas descompuestas de su risotada. Vista desde lejos, la inmovilidad del avellanado cuerpo cubierto con un blanco camisón estampado parece cualquier cosa menos una persona o una amenaza; las aves no tardan en reanudar los cantos.

La octogenaria enferma, sola, deambulando por campos desconocidos es una imagen que provocaría angustia moral a cualquier espectador, aunque la senectud desvalida; la perturbación de la razón; el desamparo; no impiden a esa mujer ser intensamente feliz en esos mismos instantes, aunque ella no sabe que es feliz en ese instante; no lo sabe, porque no sabe nada;, porque olvidó todo, por eso es feliz; a pesar del rictus de angustia que le dejó el alma marcado en el rostro; con la pureza de un animal, es feliz, plenamente feliz.

Elevándose tras la sierra, pareciendo salir de un volcán, aparecen nubes más blancas y altas que las que pasan sobre su cabeza aligeradas por el vigoroso viento. Un jilguerillo se posa sobre el alambre de una cerca, su nervioso coleteo le confunde la vista mezclando el amarillo, el rojo y el negro de sus plumas.

La anciana está perdida desde hace muchos años; se fue perdiendo en su casa, después en residencias y hospitales, perdida entre rostros irreconocibles, confundiendo palabras, recuerdos, afectos. Supervisada por desconocidos que rigen su existencia imponiendo rutinas y que no paran de hacer preguntas estúpidas ¿en que se parecen una pera y una naranja? Aún así, necesita a esas personas porque desaprendió a vestirse, a alimentarse, a hablar y empezó a alucinar. Dulces alucinaciones que en su amarga existencia son más verdad que la realidad que le rodea. Vio el tintero abierto de su infancia sobre la mesita de noche en la habitación de la residencia, reflejándose la luz de la bombilla como una ondulante luna sobre la superficie de la negra tinta; vio a su madre pelando patatas a los pies de la cama y acarició al gato que murió atropellado por un tranvía setenta años atrás.

Los espinosos cardos se esfuerzan en mantener su digna verticalidad y parecen más dignos que el flexible junco vecino pero las impetuosas rachas los hacen tiritar y parece que es de miedo ante la invisible fuerza del viento. Un cernícalo, a unos metros de altura sobre el terreno, en vuelo estacionario, casi inmóvil, espera avistar alguna presa entre un macizo de florecillas silvestres; las sombras de las dispersas nubes se perfilan y pasan como manchas de vaca sobre la inmensidad de los campos. A ratos el viento cesa permitiéndole escuchar los pajareros cantos y no muy lejos, sobre la hierva que bordea el camino, descubre a una perdiz inmóvil confundiéndose con las piedras.

La mujer ahora no alucina, pero no sabe que no alucina, porque la mujer no sabe nada. No sabe como llegó hasta ahí caminando descalza, que se perdió y que estando tan cerca de la residencia parece imposible que nadie la haya descubierto. Ella ahora, al igual que en su infancia se siente una con la naturaleza. Una cosa sola que se dispersa y que está en todas las partes y en cada una de las cosas que le rodean. El suelo sobre el que se recuesta, los pájaros, las plantas, constituyen la totalidad del mundo y siente como un animal, porque es un animal, porque ha recuperado la esencial libertad primaria que consiste simplemente en ser; en olvidar; en vivir sin comprender.

Descubre el pequeño tatuaje que lleva en uno de sus pechos desde hace sesenta años, un pequeño corazón flechado y con dos iniciales que es incapaz de leer; después baja la vista hasta llegar a la larga cicatriz que le cruza el vientre, la recorre lentamente con la yema de uno de sus dedos y acaba justamente en el momento en que un pato oculto levanta vuelo hacia el norte; el estrepitoso aleteo aviva el pulso de la anciana que se inclina sobre el charco y bebe como un gato. No es mas que una mujer que estuvo presa en la red de actividades rutinarias de lo que los seres humanos entienden por vida aunque ya no recuerda que es una mujer, que es un individuo único e irrepetible al que le ha sido otorgada una única oportunidad de vivir, con esperanzas y desilusiones, con dolor y temor, con amor y el miedo a la nada. Por eso es feliz, por eso su estrepitosa risa resuena de nuevo por el campo cuando ve su ajada cara reflejada en la superficie del agua serena. Se ha convertido en niña, es pura, es una despierta. Perdió la palabra, la razón, la moral, la virtud. Su alma murió antes que su cuerpo: así, pues, no teme ya nada ¡es libre! ¡es la demencia!

CUENTO SÓRDIDO

Estaba decidida. Dejaría la calle y reharía su vida. Iba en serio, esta vez sería diferente.

Ahora debía encontrar un trabajo que le devolviera un poco de dignidad. No era tan ilusa como para esperar un buen empleo, ni lujos, ni siquiera comodidades. Pero sí, encontraría algo. Y tal vez con el tiempo podría incluso, traer a su niña a vivir con ella.

Esta decisión determinada le proporcionó cierta euforia, pero enseguida comprobó que con tan escasa experiencia laboral y con su casi nula preparación académica nunca encontraría nada decente, por no hablar de sus antecedentes penales, de manera que las buenas intenciones se fueron desvaneciendo y día tras día volvía a la pensión cansada hambrienta y decepcionada.

Después de una semana infructuosa, su ánimo hacía aguas por todas partes. Una noche se miró con detenimiento en el mugriento espejo de su cuarto y decidió que lo veía no le gustaba, por eso, tomó una decisión inevitable. Recurrió a los escasos recursos cosméticos que estaban a su alcance en un desesperado intento de conseguir una imagen medianamente aceptable y salió a la calle.

En la barra de aquél bar de barrio se encontraba padeciendo la estridente música y esperando resignada que algún cliente se fijara en ella. Ya no tenía edad como para darse el lujo de elegir a sus clientes y desde luego no era una niña para andar con mojigaterías, debía conformarse con lo que viniera. Si bien alguna vez hubo sombra de diversión en su oficio, a estas alturas se había esfumado definitivamente. Pero por encima de todo lo que más le pesaba era constatar que el sueño de dignificar su vida había fracasado de nuevo.

Caminando hacia el baño se fijó distraídamente en los dos hombres de la mesa del fondo, que ya hartos de cerveza daban cuenta de un servicio de pollo. Comían con avidez y directamente del recipiente sintético usando los dedos sin el más mínimo pudor. Uno de los dos, el más gordo, levantó de la comida sus ojos saltones y al cruzar la mirada con ella, detuvo el gesto de llevarse a la boca un muslo a medio comer para ofrecérselo, la mujer declinó con un leve ademán disimulando la repugnancia. Cuando ya estuvo a su altura ambos dirigían la vista con descaro al ceñido pantalón justo a la altura de la entrepierna al tiempo que voceaban alguna grosería ininteligible que se confundió con la música. Ella hizo caso omiso y siguió indiferente.

Como fuera unas cuantas cervezas después, se encontraba sentada junto aquél fulano execrable, soportando que desplegara un cortejo más que previsible e infinitamente más próximo a la ordinariez que a la elegancia. Ella se limitaba a esbozar sonrisas tratando de que no parecieran forzadas, no fuera a poner de manifiesto que, lejos de ser una “chica de vida alegre” era una mujer asqueada, sobretodo de sí misma, y de sobra sabía que una de las quejas más usuales de los clientes era precisamente esa: mujeres “poco divertidas” y en muchos casos con la amargura reflejada en el semblante.

Entraba al cuarto tras el hombre después de haber negociado el precio hasta el límite de lo inaceptable. Ahora sus esperanzas se cifraban simplemente en terminar cuanto antes, pero éstas desaparecieron en cuanto el hombre se desnudó y pudo comprobar que su miembro no reaccionaba a pesar de los esfuerzos. Supo entonces, que tendría que usar la boca para excitarle. Y con resignación se puso a ello diligente.

En cuanto inició la tarea, tuvo una sensación extraña, remotamente familiar... era el sabor. ¿A qué sabía? ¡Pollo! ¡Sabía a pollo! El muy cerdo debió ir a orinar justo después de comer, pensó ella aguantando a duras penas las nauseas y las lagrimas. En ese momento tuvo la certeza que tarde o temprano regresaría a prisión. Difícilmente podría evitarlo. Sería por romperle una botella en la cabeza a uno o por arrebatarle el dinero mientras dormía borracho a otro, no sabía. Lo que sí sabía era que no habría forma de escapar a su destino.

Sentada en la acera con la mirada perdida trataba de no pensar. Se sentía sucia, sucia por dentro y por fuera; y cansada, era un cansancio viejo que se tragaba su vitalidad, su dignidad y su esperanza.

El bar ya había cerrado y otra de las mujeres se sentó a su lado, de debajo de la ropa sacó una botella, las dos mujeres bebieron. Ninguna dijo nada.

Libertad efímera

Aquella mañana con la pequeña mochila pertrechada y después de firmar el formulario de rigor, me dispuse a salir del penal por cuarta vez ya en mi corta vida.

Ésta vez la estancia no había sido muy larga, siete meses y un día, pero sí quizás, si la sopesamos con el hecho acontecido, que no fue otro sino la disputa en que nos enzarzamos un agente de la benemérita y yo mismo por un asunto que no lo merecía, o al menos yo lo creo así, y que fue mas bien la cabezonería del agente y reconozco que la mía propia la que nos llevo a pasar de los reproches a los guantazos, también aquí reconozco que yo fui el primero en utilizar la violencia en modo de puñetazo en la jeta, pero es justo reconocer, como le conté a su señoría, que si bien yo fui por delante en esto él y sus compañeros, que acudieron como centellas tras el golpe, me molieron a palos a conciencia, y si bien a un agente no se le debe agredir, creo yo que a un ciudadano, totalmente reducido en el suelo por cuatro de ellos, tampoco.

Su señoría llevaba grabado en la cara que estaba del lado del cuerpo y que por más que me empeñara en explicarle que llevaba razón en la riña que desencadenó todo el rifirrafe que nos llevaba ante él, no demostraría una mínima empatía hacía mi persona en ningún momento del juicio, mas bien todo lo contrario. Por lo que una vez escuchadas las partes y visto por él mis antecedentes, salí de aquel juzgado esposado y en furgón policial con destino al centro penitenciario que ahora acababa de abandonar, no sin antes ver la sonrisa con que me despedía el cabrón del picoleto, así que hice el camino a la trena humillado, a oscuras, con las manos amarradas y por supuesto sin el autógrafo de Raúl que tanto deseaba.

Siempre que recuperaba la libertad me invadía una sensación de limpieza, de purga, me sentía como un vehículo recién pasada la revisión, con el aceite limpio y los filtros nuevos, dispuesto otra vez a seguir haciendo kilómetros. Pero debía de ser cauto y sensato, controlar mi mal genio y asumir que las cosas son como son y no como a mi me gustaría que fueran, como me enseño la psicóloga del centro.

Cuando subí al autobús que me llevaría a Madrid tuve la sensación de que todo el mundo me miraba sin ningún pudor, me eché un vistazo rápido por si llevaba algo que delatara el lugar de donde acababa de salir, al no ver nada extraño opté por dejar pasar el asunto y sentarme en mi asiento tranquilamente.

Me deleité, mirando tras la ventanilla, como se habría ante mi, nuevamente, un mundo maravilloso. Casas, coches, gente en bicicleta, un rebaño de ovejas, las montañas al fondo, todo me resultaba fascinante después de siete meses a la sombra.

Intenté concentrarme en el plan que había tramado minuciosamente en la cárcel, para de una vez por todas encauzar mi vida, pero las ganas de mojar el churro hacían imposible esta labor, y sólo venían a mi cabeza la casa de campo con sus putas, que sin ninguna duda sería el primer lugar al cual me dirigiría.
Una vez en Madrid y después de la visita obligada por el pulmón de la ciudad, que me puso el cuerpo en mi sitio y volvió a hacerme sentir macho, me dirigí a casa de mi hermano, única familia que tenía y el único lugar donde tendría cama y comida, o eso pensaba.
Mi hermano residía y se buscaba la vida en el barrio de la Ventilla, allí poseía una casucha semiderruida que fue de nuestra abuela y que la hizo suya al ser el mayor. La compartía con un perro con muy malas pulgas que era su única compañía. Pasaba más tiempo en los bares que en casa, así que me dispuse a realizar un recorrido por la ruta normal en él, y que yo conocía perfectamente, no en vano le recogí borracho de todos ellos varias veces.

No tardé en encontrarle y me sorprendió, negativamente, su aspecto, pues vestía sucio y desaliñado, como habitualmente, pero la cojera la tenía acentuada y uno de los vidrios de las gafas lo había sustituido por un trozo de cartón, sin duda roto en una de sus continuas caídas; cuando sorpresivamente me plante ante él su primera reacción fue mostrarme los decimos que colgaban de su pecho, ignorando que tenía ante sí a sangre de su sangre.

Pasé lo que quedaba de tarde con él y al caer la noche se mostró muy generoso, como ya sabía yo, de ofrecerme el viejo sofá donde dormía el perro, éste, que sin duda no conocía bien de que trataba la cortesía y la solidaridad entre hermanos, no dejaba de gruñir hacía dentro y mostrarme sus afilados dientes. He de reconocer que a mitad de la noche ya sentía nostalgia por la litera de mi celda, aunque cueste asumirlo.

Al amanecer el día salí de la casa y de la barriada con premura, a paso vivo llegue,sin darme apenas cuenta, a la zona financiera de la ciudad, con sus cuatros rascacielos recién inaugurados, y me resultó chocante lo mucho que cambiaba el paisaje urbano en unos cientos de metros.

Me encaminé a la estación de Chamartín, con el caminar mas pausado, al comprobar que me sobraba tiempo para tomar el tren hacia una nueva vida.

Al entrar en la estación pensé que era la primera vez que iba allí con propósito de viajar, siempre había ido a robar cobre o a timar a los incautos turistas.
El tiempo de espera se me hizo corto mirando a la gente que por allí deambulaba. Siempre fui bueno para elegir a las presas y se debía, con certeza, a la paciencia que empleaba en observarles.

Me senté en un banco y saqué de la mochila el papel con el nombre y la dirección que me había escrito mi compadre y compañero de celda. De esas pocas letras dependía mi futuro. Sonó el primer aviso de mi tren y me aseguré de guardar el papel en lugar seguro, cogí mis pocas pertenencias y tomé dirección al andén, iba a comenzar a bajar las escaleras mecánicas que dan acceso a éste cuando noté que alguien me sujetaba del brazo, me volví para ver a dos agentes del cuerpo nacional de policía que sin ninguna educación me pedían mi documentación. Juro que les expliqué que salía mi tren, les supliqué que no me entretuvieran, pero no hubo manera, por lo que no me quedó otra que salir corriendo hacia el tren, pero los agentes, más jóvenes y rápidos que yo, no tardaron en darme alcance, ahora estaban mucho mas cabreados, lo que me llevo a pensar que estas nuevas generaciones de policías salen mucho más preparados físicamente que las anteriores pero con la misma mala hostia. Me pusieron de cara a la pared, me cachearon y sacaron la documentación que revisaron a conciencia, con parsimonia, después utilizaron el Walki para pedir información sobre mí, todo esto sin escuchar mis súplicas, pues sonó el ultimo aviso, previo a la partida y yo veía esfumarse el sueño de una vida mejor.

Una vez informado desde su central de la clase de individuo que era, pero también de que mi deuda con la sociedad estaba saldada se dispusieron a entregarme mis cosas, a dejarme marchar, momento que yo esperaba ansioso para salir zumbando a mi destino.

Pero uno de ellos, rubicundo y pecoso, quiso jugar con mi pobre persona y fingiendo apuntar otra vez mis datos se recreaba en su libreta mientras yo me desesperaba mirando del tren al guardia y del guarda al tren, rogando con lagrimas en los ojos que me entregara mis papeles para salir corriendo y apurar esos veinte metros hasta el último vagón.

Pero lo inevitable siempre acaba sucediendo, se cerraron las puertas y el convoy inició su marcha con el sonido in´crechendo característico, momento que, de muy mala baba, aprovechó el agente para, con media sonrisa que ya conocía, entregarme mi carnet de identidad.

Entonces comprendí que la libertad es un privilegio que yo no debía merecer, debido sin duda a unos genes que heredé de mis progenitores y que no me habían traído más que problemas.

Antes de notar el impacto de mis nudillos en el rostro del policía ya sabía lo que vendría después, por lo que tras sentir una milésima de segundo de satisfacción al ver al rubicundo caer con la boca partida me tumbé en el suelo en posición fetal.

Entonces me acordé de la psicóloga del penal.

Directriz para De las personas con olvido, Cuento sórdido y Libertad efímera:

Libertad recuperada