1/4/09

Año bisiesto

Eran estómagos agradecidos, la ropa que les alienaba no era barata y las Scooter retocadas que les esperaban indicaban que no eran marginados, sin embargo, con solo observarles unos minutos se apreciaba que rebosaban odio. Uno de ellos tallaba a navaja unas iniciales en un banco con destreza, se veía que estaba acostumbrado a su uso; otro miembro de la manada dibujaba siglas con spray sobre el pedestal de una estatua de un rey español.

29 de Febrero de 2008

Tomás hacía tintinear los hielos de su whisky mientras observaba el vuelo del pajarillo de un lado al otro del salón. No sabía cuanto puede vivir un gorrión pero estaba casi seguro de que no podía ser el mismo año tras año. Paco y Chuchi, sus dos compañeros de mesa se ponían al corriente de sus vidas como cada cuatro años.

Era el aniversario del fatal incidente que llevaba juntarse a los tres amigos desde hacía ya dieciséis años. La idea partió de Don Víctor, en la homilía previa al entierro de Jesusin, Tomás creía recordar sus palabras exactas: “Cada 29 de Febrero honraremos en este mismo lugar santo la memoria del inocente niño Jesús Martín Expósito y daremos gracias a Dios por evitar que la desgracia se cebara aun con más fuerza en nuestros hijos”. Para él fue como el padre que no conoció, sus enseñanzas y consejos aun los tenia en valor. Siempre agradeció que les tratara como a hombres, como aquel día que les saco de clase de gimnasia para enseñarles un recorte de periódico donde aparecían ellos con un pie de página que decía “Los héroes del San Gines”. Las palabras posteriores también las tenia grabadas: “Alegrar esas caras, hicisteis algo maravilloso, y sobre todo no os culpéis”.

Don Víctor murió dos años después de estos acontecimientos y en su entierro los tres decidieron seguir adelante con su propuesta, a parte de honrar a Jesusín les serviría para seguir en contacto una vez acabado el colegio. En lugar de verse en la capilla del colegio eligieron un café cercano que se encontraba en los jardines de un palacio de cuento de hadas del cual tomaba el nombre.

Tras la cristalera, se veía a un grupo de macarras molestando a una anciana que levantaba su bastón amenazante, uno de ellos se lo arrebato tan bruscamente que estuvo a punto de caer al suelo, después lo lanzo con fuerza lejos de allí, todos reían y se burlaban de ella con una especie de baile simiesco. Nadie la presto ayuda.

Tomas y Chuchi vieron la escena perfectamente.

_Como esta el mundo, si se nos hubiera ocurrido a nosotros con su edad putear así a una pobre abuela.

_ Pues el primer hombre que hubiera pasado cerca nuestro nos habría dado dos hostias, Sentencio Tomás.

_ Estoy seguro de ello, tío, este mundo o al menos esta ciudad se esta deshumanizando, ya no existen valores a respetar.

_ Los valores si existen, Chuchi, lo que hay es mucho insolidaridad y sobre todo mucho miedo. Ahora solo patrullan las calles la policía y ante este tipo de comportamiento poco pueden hacer. Los demás nos limitamos a cambiar de acera o mirar a otro lado, no es nuestro problema.

Tras un trago largo del whisky de malta recordó el barrio de entrevias donde su tía Charo, su única familia, le llevaba cada quince días a pasar el fin de semana, el Felipe, el Banana, el Hueso, eran como espectros que se le aparecían ahora, con sus caras demacradas por la droga, sus pantalones de pitillo y su mirada orgullosa de inadaptados a una sociedad que les despreciaba. Eran gente dura, de otra época mucho más difícil que la actual a la cual no sobrevivió ninguno de ellos. Pese a ello jamás les vio reírse de una vieja o abusar de un débil, existían códigos no escritos que respetaban, esos códigos, pensó Tomás, se perdieron en algún cambio generacional.

Las gorras de béisbol y los pantalones abombachados a punto de caer rodeaban ahora a dos jóvenes estudiantes aterrorizados.

_ Serán cabrones ahora la han tomado con esos dos chavales.

Paco se giró para ver de qué hablaban sus amigos y cambió radical el tema de conversación.

_ Me quiero deshacer del BMW, si sabéis de alguien a quien le pueda interesar.

_ En cuanto lo venderías, pregunto Chuchi.


29 de Febrero de 1992

El timbre que se utilizaba como aviso de fin del recreo le despertó bruscamente. Que fuera de noche y que no dejara de sonar produjo en el una sensación de desconcierto. Cuando salió de la habitación la mayoría de sus compañeros ya se encontraba en el pasillo y la confusión era total. Los monitores, se desgañitaban por dirigir a los niños a que bajaran las escaleras que llevaban al hall principal, se zafó de uno de ellos y se tomó unos segundos para comprender que sucedía, subió unos escalones en dirección contraria a lo que decía la lógica, y por fin comprendió qué estaba pasando; un humo negro y espeso salía del pasillo de los internos mas pequeños. Una vez vencida su curiosidad se dispuso a escapar cuando algo le hizo detenerse, creyó oír una voz infantil pidiendo auxilio, avanzó unos escalones hasta llegar a la misma boca del lobo y afino el oído, ahora lo aprecio con claridad eran los gritos de un niño, un niño muy pequeño que aterrorizado pedía que le sacaran de allí, no podía creer que el inútil del monitor que dormía con ellos se dejara a un pequeño en aquel infierno, Tomás se indigno al recordar verle bajar atropelladamente entre los niños para ponerse a salvo. Intento serenarse, conocía esas estancias a la perfección pues él mismo las ocupo hasta cuarto curso, aun así trato de visualizarlas mentalmente, un pasillo largo, la primera puerta un dormitorio con seis literas, a continuación de este otro ocupado por el celador y al fondo el cuarto de baño.

Cuando noto la presencia de Paquito y Chuchi, ya tenia anudada la chaqueta del pijama en la cara por lo que ellos obraron igual, era como un juego, se agarraron los tres y con el corazón en un puño entraron en el túnel, sin pensar, sin hablar antes, sin razonar, tuvieron un impulso y se adentraron en las tinieblas sin más. Las carótidas le latían con fuerza, la falta de oxigeno y el calor le abrumaban, pero lo peor era la tupida nube de humo que no les dejaba ver nada, curiosamente allí reinaba el silencio, solo roto por el sonido devorador del fuego y los cada vez mas débiles gritos del niño que provenían del fondo, del sitio mas alejado, el cuarto de baño. Se agacharon instintivamente los tres, aun seguían cogidos unos a otros con fuerza. Desde el suelo, donde el humo era menos denso pudieron apreciar con mayor claridad la escena, el fuego provenía de la habitación del monitor, las llamas salían con fuerza de esta y chocaban con la pared del pasillo, lo que dejaba aislado por completo el servicio. A través de la llamas le vieron, era Jesusín con su osito de peluche bajo el brazo y el rostro negro por el humo, lloraba, dos surcos provocados por la lagrimas se habrían paso por el hollín de la cara, ya no pedía ayuda, solo contemplaba a los tres muchachos agarrado al quicio de la puerta.

El miedo se apoderó de ellos, estaba claro que no era un juego, tenían que salir lo antes posible de aquel sitio y se dispusieron a ello, fue entonces cuando Paquito abrió la puerta del dormitorio que se encontraba frente a ellos y para su sorpresa encontraron a siete pequeños acurrucados en una esquina con el terror grabado en sus angelicales caras, todo surgió rápido, Paquito y Chuchi encabezaron la expedición y los niños se agarraron a sus pijamas salvadores, Tomás cerraba la fila y por eso fue el ultimo en salir de aquel infierno, no sin antes mirar por ultima vez a Jesusin, que ya sin llorar doblo las rodillas.

Bajaron las escaleras, donde ya no quedaba nadie, al llegar al hall encontraron a varios profesores que les sacaron a empujones al frío de la noche. Al poco rato, arrullados con unas mantas atendieron a una llamada de atención, la luz de un flash los cegó. Todo había acabado.


29 de Febrero de 2008

Le estaban golpeando, un instante antes su amigo salio corriendo escapando de la jauría, ahora estaba solo y asustado, le rodeaban entre seis y le golpeaban alternativamente, uno de ellos portaba un estilete que el chaval aterrorizado no perdía de vista.

En el interior del café encendieron las luces, estaba atardeciendo y la luz que entraba por los ventanales empezaba a ser escasa. Tomás observo a sus amigos, cada cuatro años se juntaba con ellos, se tomaban unas copas se ponían al día de las novedades en sus vidas y se volvían a separar hasta otro 29 de Febrero. Era como un ritual, y así lo sentía él, no los unía apenas nada, compartieron infancia en un colegio de huérfanos y una noche de aquella etapa paso algo extraordinario que cambió para siempre sus vidas, sobre todo la de él, pues rara era la madrugada que no despertara angustiado y bañado en sudor con la pesadilla de siempre, Jesusín en llamas ofreciéndole los brazos.

_ Joder esto ya esta pasando de castaño a oscuro, quizá deberíamos llamar a la policía, no os parece, pregunto Chuchi a sus amigos.

Lo decía porque las alimañas del jardín estaban humillando al chico hasta un extremo vomitivo, le vaciaron la mochila esparciendo cuadernos y libros por el suelo y le seguían agrediendo sin que nadie hiciera nada.

Paquito miro el reloj y se levanto de la mesa sobresaltado.

_ Hostias las siete y media, Belén me mata, está con la niña en el dentista y tenía que recogerlas a las siete, lo que me extraña es que no me haya llamado ya.

_ Nuestras mujeres respetan mucho estas reuniones, dijo Chuchi y pidió con un gesto la cuenta a la vez que se enfundaba su chaqueta. Este año pago yo.

Ya en la calle Tomás pensó en lo paradójico de la situación, cada cuatro años se juntaba con Paquito y Chuchi, compañeros de colegio, y todo venía motivado por el terrible incendio que asolo gran parte de éste y que los elevo a la categoría de héroes con medalla incluida, sin embargo no tenia nada en común con ellos, entre otras cosas él no se había casado ni tenia hijos, que era el tema de conversación principal de estos encuentros, el único tema que les unía a ellos es algo que paso hacia muchos años y de lo que curiosamente jamás volvieron a hablar.

Se abrazaron y Tomás se quedo en la puerta del café apurando un cigarrillo mientras veía alejarse a sus compañeros, antes que doblaran la esquina llamo su atención.

_ ¿Sabéis una cosa?, se volvieron los dos aun tiempo, Jesusín tendría ahora veinticuatro años.

Siguieron su camino y no tuvo la seguridad de que le hubieran escuchado, se subió las solapas de la chaqueta y encamino sus pasos al jardín mientras entre dientes mascullo unas palabras.

_ No temas Jesusín voy a por ti.

La noche convertía en siluetas al grupo de orangutanes que seguía abusando del chaval que ahora se encontraba en el suelo.

La voz sonó potente.

_ Eh, vosotros, panda de hijos de puta, dejar ahora mismo al chico en paz, si no queréis que os saque a hostias toda la mierda que tenéis en vuestras cabezas.

Se encamino hacia ellos con paso decidido y antes de recibir el primer golpe vio al muchacho escapar tras los matorrales.

Josel Momar

Héroes

Los jóvenes de aquel pueblo, ociosos casi siempre, se reunían en los escalones de la plaza, a la sombra del frondoso árbol centenario. La inactividad no impedía que su disparatada imaginación juvenil les hiciera soñar con viajes y hazañas. Por eso, aquella tarde, junto con los hombres que llegaron llamando a la insurrección desde lo alto del camión, también llegó la oportunidad que los mozos habían estado esperando para alcanzar la gloria.

Todos sin excepción, empacaron sus escasas pertenencias y desoyendo los prudentes consejos de los mayores, subieron a bordo de aquel improvisado “Banderín de Enganche”.

Como fuera, aquella noche partieron hacia la costa donde embarcarían antes del amanecer rumbo a la capital para iniciar la revuelta.

Las primeras horas fueron de absoluta euforia. Codo con codo como auténticos camaradas, entre “hurras” y “vivas” que se sucedían acompañados de consignas cada vez más fervorosas. Su valentía y su sentido del deber les conduciría directamente a la victoria, y regresarían a su pueblo como héroes, donde serían recibidos en olor de multitudes. Tal vez hasta les hicieran un monumento…

Pero el traqueteo del camino y el ronroneo del sufrido motor fueron suavizando la exaltación, y poco a poco el ambiente se fue impregnando de una pesada sensación de sopor.

El amanecer los encontró a la orilla del mar con los ojos enrojecidos por la vigilia y con el estómago encogido por el ayuno, pero la gloria exigía sacrificios, de manera que de buen grado abordaron la vieja barca que les iba a llevar hasta alta mar, donde serían recogidos por la fragata que habría de enfrentar a las tropas gubernamentales.

Los primeros vaivenes de las olas enardecieron al grupo y enseguida se profirieron gritos llamando al valor que de inmediato fueron secundados por todos. Al rato aún se escuchaba alguna que otra consigna, todavía coreada tímidamente. Después, un silencio total se adueñó del bote desde donde surgían miradas, ora escépticas hacia el capitán y su dudosa pericia, ora aprensivas hacia la enclenque embarcación, extrañados con razón de que aún se mantuviera a flote.

Ellos no lo advirtieron, pero uno tras otro sus rostros iban adquiriendo un indefinido color ceniciento entre el amarillo y el verde que les confería un aspecto poco saludable.

El olor a humo y a aceite quemado se alojaba en nariz y boca de los muchachos provocando algunas muecas y a continuación las primeras arcadas.

Con cada movimiento aumentaba alarmantemente el mareo, que conectando la cabeza con el estómago, incrementaba las ya incontrolables nauseas.

Después de un rato se iban intercalando las cabezas inclinadas hacia la borda arrojando lo poco que les quedaba en el estómago primero, y las bilis luego hasta que ya no quedó nada dentro. Pero lo peor aún estaba por venir, porque cuando llegaron al punto de encuentro, (que punto habría, pero lo que se dice de encuentro, nada,) allí estaban con el motor detenido, esperando a merced de la marea mientras el capitán especulaba con diferentes posibilidades a cerca de la incomparecencia de la fragata. El viejo cascarón ahora se movía de babor a estribor y de proa a popa o como quiera que se llamaran todos y cada uno de los puntos existentes o imaginables en tales embarcaciones, en una danza arrítmica y antojadiza que terminó por someter las últimas resistencias de los maltrechos jóvenes, que por cierto ofrecían aspectos lamentables en posturas grotescas: unos, asomados por la borda con cabeza, brazos y hasta las babas colgando en un estado de semiinconsciencia; otros tumbados en el suelo emitiendo una especie de quejido permanente tal vez provocado por el evidente malestar o tal vez por la imposibilidad de controlar sus esfínteres. Los que tenían más aguante, movían lentamente la cabeza sujetada a duras penas entre los brazos y en constante gesto de negación.

No sintieron alivio alguno cuando el capitán tomó la decisión de regresar a la costa en busca de nuevas instrucciones, porque nadie estaba en condiciones de interpretar, ni esa, ni ninguna otra orden que se diera a bordo.

Finalmente hubo que ayudarles a bajar a tierra, y tuvo que pasar un buen rato para que los muchachos fueran volviendo en sí. Aun estando ya en suelo firme sentados, tumbados o de rodillas, todavía volvían las arcadas con sólo mirar a la embarcación.

En cuanto pudieron, se fueron enderezando y comenzaron a caminar en dirección opuesta al mar sin decir nada, sin atender a preguntas, propuestas o reclamaciones que allí les pudieran hacer.

Y como pudieron regresaron a su pueblo y a su lugar en la plaza a la sombra del frondoso árbol centenario, aunque nadie les recibiera como héroes, ni les hicieran monumentos.

¿Y la gloria?

¡Anda y que la jodan!

Héroe de marzo

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.

Cuando el perro me lo propuso supe que había llegado mi hora, que habría de morir en poco tiempo por deseo de Alá. Juro que al saberlo sentí paz, que no tuve ningún temor y que por fin dejé de soportar el fatigoso peso de mi pecadora existencia. Me dijo que todo estaba perfectamente organizado, que yo correría pocos riesgos ganando mucho dinero. Supongo que pensaba que era lo que yo que quería oír: dinero. Pero el perro se equivocaba; en realidad lo que yo deseaba escuchar es que sería un héroe, un ejemplo para los míos, pero él remarcaba lo del dinero, hablaba de montañas de dinero para mí y para otros pensando que era lo mejor que podía decir a los que nos dedicamos a la briba, a un haragán, a una escoria social como era yo.

A esa hora la luz del sol entraba por el escaparate evidenciando la suciedad del cristal y dándonos de pleno nos hacía guiñar los ojos aunque por aquellas frías fechas se agradecía el calorcito. El perro hablaba repanchingado en una de las sillas tapizadas con skay rojo del mismo bar donde me dio el soplo de un alijo muy fácil de robar, donde me habló del despreocupado representante de joyería, en fin; era mi informador y yo era su soplón. Allí, en aquel pequeño bar le chivaba aquello que me interesaba que supiera de mis competidores, de esos arrastrados con los que a sangre me disputaba el barrio. Sentados a esa misma mesa le di el nombre del que apuñaló al agente municipal, del que robó el coche del diputado; de la verdadera historia del secuestro del hijo maricón de la concejala del distrito. Fue él quien me convirtió en el rey de la zona más podrida de la ciudad, o mejor dicho, me convirtió en el virrey porque el rey era él, el amo y señor era él; un dios en el que era imposible creer pero que podía acabar con cualquiera de nosotros con tan sólo señalarle con uno de sus jodidos deditos. A pesar de las sospechas jamás se demostró que fuera policía, lo que sí estaba claro es que era un tipo poderoso, que estaba blindado por otros aun más poderosos y que sabía demasiado.

Como ya he dicho, cuando en esa mañana me informó del asunto supe que estaba muerto. Nadie sale con vida de un negocio así implicándose con tipos como el perro como podría imaginarse cualquiera con dos dedos de frente aunque siempre hay idiotas sin dos dedos de frente tal y como él supondría que lo sería yo. Mientras hablaba de euros, de fajos de euros, yo lo miraba como si mirara la soga con la que habrían de colgarme comprendiendo que ya era una pieza quemada para él, para ellos; para los que fabriqué cientos de historias de infamia que al fin se remataban así.

-No quiero dinero; quiero redención, quiero ganarme el paraíso –dije.

Sorprendido preguntó que de qué coño de paraíso hablaba, porque hay muchos paraísos y que se trata de saber cual es el que le corresponde a cada uno. Callé la respuesta, no quise decirle que me ahogaba en el fangoso deshonor de mi existencia, que desde niño anhelé protagonizar un acto heroico que me librara de un destino marcado elevándome sobre la inmundicia de la que siempre estuve rodeado. Esperé la gran ocasión de mi vida para ponerme a prueba y demostrar al mundo que no era solamente un narcotraficante, un chapero; que en lo más profundo de mi ser germinaba la pureza, la semilla de un héroe que tras tantos años de oprobio tenía al fin su oportunidad para ser admirado, respetado; y eso para mí; más que un deseo; era una necesidad. Por eso sentía paz sin ningún temor; el perro sin saberlo me brindaba la ocasión, el acto heroico, la hazaña con la que purgaría mis pecados y que me redimiría ante mis venerables antepasados, con mi familia, con mi religión, con mis gentes.

La sanguijuela fumaba exhalando humo y halagos. Comprendió que le convenía cambiar su discurso para tentarme mejor y se dedicó entonces a envanecer a mi pequeño ego; dijo que se alegraba por fin de descubrir en mí a un verdadero musulmán, a un ser humano con principios aunque atrapado en el apestoso mundo del lumpen; dijo que podía llegar a comprender el odio que sentíamos muchos de los de mi religión contra la arrogancia de los infieles europeos y americanos, que olvidados de su propia fe aplastaban al pueblo de Alá arrasando países con ansia materialista, con la avaricia del mercader por el beneficio del petróleo. Todo lo que decía el perro era basura, igual que él, pero aun así doy gracias a Dios por presentarme al infiel en mi camino de dolor hacia la salvación. Pasara lo que pasara yo ya estaba agradecido. Si Dios me predestina la cárcel, diré lo que dijo el Shaykh Ibn Taimiyya: “¿Qué podrán hacer conmigo mis enemigos? Si me encarcelan será para mí un retiro, si me destierran será un viaje, y si me matan seré mártir”.

Levanté la mano y calló. Yo sabía que en ese momento me podía permitir el lujo, la arrogancia, que no me plantaría un puñetazo en los hocicos como habría hecho en otra ocasión sin dudarlo ni un instante, pero ahora me necesitaba tanto, debía aguantar todos los desplantes que me apeteciera hacer, por eso yo tenía la mano levantada y él callaba. Noté que la rabia le hacía apretar los labios, aunque en realidad el perro no tenía labios; su boca era un pozo oscuro, una sajadura en la geta por la que expulsaba el humo y las promesas. Permanecí así con la mano en alto mirando a través del escaparate del pequeño bar. En la plaza reverberaba el sol y parecía que también reverberaba el fracaso de los que por ahí bullían; hormigas sin hormiguero que aparecerían y desaparecían por la desembocadura de las calles; delincuentes disimulando, putas del mediodía, el borracho regular, la cofradía de los politoxicómanos, el gremio de los trabajadores del desempleo, también ancianos sin delito viviendo en un presente inimaginable. Recuperó mi atención echándome el humo del tabaco en la cara.

-No quiero dinero –dije- lo único que pido es que cumpláis con lo que prometes, que se diga públicamente que soy un mártir, un fiel de Ala; un guerrero de la fe, un puto Ché islámico; que lo hice empujado por el odio que os tengo. Maldigo a este país de perros, a todos los que son como tú, a tus compatriotas. Quiero que se diga que yo soy la pena, el castigo a vuestra arrogancia. Juro por Alá, que no puedo soportar más el vivir en este mundo, humillado y débil ante vuestros ojos de infieles; que tengo miedo a que Dios me pida cuentas en el día del juicio y yo no tenga una excusa legítima para que pueda perdonarme. Por fin he dejado de seguir los extravíos de Satán, de humillarme ante el mundo entero que se ríe de mí, de nosotros. Yo maldigo a los tiranos y juro combatirlos con todas mis fuerzas. Pido a Dios que me facilite el martirio.

Entonces, el que levantó la mano fue él.

-Bueno bueno... no hace falta que me eches más sermones. Para de decir gilipolleces de una puta vez moro de mierda. Sólo quiero saber si estás dispuesto a colaborar, a hacer lo que se te pide, a poner la puta bomba donde se te diga. Me da igual que lo hagas por dinero o por tu puto Alá. Dime de una vez si tienes los cojones suficientes para hacerlo.

Le dije que sí buscándole la mirada tras el oscuro de las gafas, le reafirmé mi compromiso sabiendo que iba a morir utilizando a los que me querían utilizar tratando de convertirme en un terrorista suicida sin saber que me convertirían en un mártir. Al optar por el camino del yihad cesaron de repente los ecos de suicidio que desde hacía tanto tiempo resonaban en mi cabeza. Por eso sentí paz. Me hizo repetírselo otra vez y le dije que sí, que pondría el explosivo donde y cuando ellos me dijeran. Se levantó arrastrando la silla que sonó como el chillido de una fiera herida, arrojó el cigarro al suelo, dijo que alguien me llamaría para darme las órdenes y que no me moviera del barrio. Fue la última vez que lo vi. Mi vista lo siguió hasta que desapareció entre los que pululaban por la plaza. Permanecí un rato más ahí observando el blanquecino humeo de la colilla mientras era incapaz de encontrar otra alternativa a mi futuro que no fuera la de la expiación, la de la purificación por medio del sacrificio. Causé tanto mal que ya había gastado toda la autoestima intentando justificar las injusticias que cometí; deshonré a mi familia quebrantando nuestra Ley, cometiendo actos impuros; atenté tantas veces contra la bondad de Alá que se me hacía insoportable el pensar en vivir un minuto más de esta vida de pecado; mi único anhelo entonces era el ofrecer mi inmolación como súplica y que la religión triunfara al fin por la sangre. Volví a los Dichos del Profeta (Dios reza por su alma). Me aferré al Islam como yihad no como hasta entonces había hecho reduciéndolo a unas cuantas oraciones en la mezquita.
Días después, un individuo me entregó un teléfono en plena calle sin decir palabra. El aparato sonó casi de inmediato, una voz me dio instrucciones.

Empezaba a asomar la luz de un nuevo día de marzo cuando subí al vagón de un tren de cercanías. Tal como me ordenaron dejé la mochila con el explosivo bajo mi asiento protegiéndome de la vista de los que iban a morir tapando parcialmente mi rostro con una mano. No me atreví a mirar a ninguno de los que me rodeaban. Gente soñolienta que cumplía por última vez con su deber ignorando que en ese amanecer cerraron por última vez la puerta de su casa. Viajaba con ellos y yo los iba a separar definitivamente de sus madres, de sus hermanos, de sus hijos, de sus esposos, de sus mujeres; de todas esas personas que acabarían con el alma tan desmembrada como los cuerpos de los que ahora estaban a mi lado y que parecían conservabar el calor de sus camas. Fuera, la silueta gris de los barrios periféricos se recortaba sobre el horizonte anaranjado y de un cielo que se iba azulando. Me fue imposible el no fijarme en alguno de los rostros reflejados en el cristal de la ventana, casi todos eran jóvenes, ninguno hablaba, parecían dedicarse a enhebrar sus deseos en la realidad.
El rodaje de las ruedas sobre la vía, el ligero vaivén, la calefacción complacían al pasaje hasta que llegando a una nueva estación las puertas resoplaban horriblemente y se abrían dejando pasar al frío y a nuevos viajeros. Yo me apeé en ésa, en la que me indicaron, nadie reparó en la mochila que dejé bajo el asiento. Juro que entonces yo invoqué a Dios pidiéndole las fuerzas que me facilitaran el martirio para unirme con los míos en el Paraíso, pero para mi vergüenza no tuve el valor de seguir en el viaje en el tren de los muertos y me bajé temblando como una mujer intentando ahogar las arcadas que me vidriaban los ojos con los que vi entrar el tren en la gran ciudad como si entrara el justiciero sable del Profeta en ella.

A la hora indicada me dirigí al piso. Cuando llegué ya estaban todos. Ninguno era hermano en el Camino de Alá. Un perro me apartó a mí y a otros dos para grabar el video que reivindicaba los atentados. Te lo prometieron, me dijo, te dijeron que aparecerías como un héroe, cuando vean la esto lo serás para millones. Encapuchados, armados, a los otros los disfrazaron de yihadistas, yo era yihadista; estábamos tan ridículos con el Corán, la metralleta y llenos de cartuchos los bolsillos de los chalecos que si no fueran esos momentos tan dramáticos sería gracioso mirarse con esa pinta en un espejo como preparados para el desfile en un día de carnaval. Amenazamos con sangre y destrucción según lo escrito en el papel que nos hicieron leer. Después los perros se fueron y nos dejaron solos, nos quedamos ocho compatriotas en el piso. Permanecimos durante mucho tiempo en silencio, nos prohibieron hablar. Pasaron los minutos y algunos empezaron a cuchichear hablaban de dinero, de millones, de pasaportes falsos, de billetes de avión, de los explosivos que cada uno dejó en los trenes. Pasamos así más de veinte días, encerrados, casi en silencio, sin luz, comiendo la basura que nos traían y esperando dinero, yo era el único que esperaba la muerte, nada más; deseaba morir, por eso era el más paciente y cada día que pasaba me sorprendía el seguir vivo. Alguno habló de cargo de conciencia aun sin saber a cuantos habríamos matado, pero a mi no me pesaba ninguna de las muertes; me hacía más daño la muerte de mi honor que la muerte de los infieles a los que quitara la vida; no los maté por dinero, los maté por Alá, eso es lo que yo sabía y lo que al final contaba. No devolvería si pudiera la vida a ninguno de esos perros infieles; no me arrepiento de sus muertes, me arrepiento de de las ofensas que hice a Dios, por eso deseo morir, por eso soy un suicida que pronto morirá inmolado, como muere un héroe.

De repente llegaron; eran dos hombres y una mujer, abrieron la puerta y nos pidieron salir del salón donde introdujeron un fardo de unos veinte kilos. Yo sabía que en ese fardo no había dinero ni pasaportes pero los otros no apartaban la vista de él calculando el peso de los millones. Cerraron la puerta y tras unos momentos salieron. Nos dijeron que no tocáramos nada hasta que llegara la persona encargada del reparto, pidieron un poco de más de paciencia. Nos hicieron pasar al salón y cerraron la puerta con llave, la única puerta blindada del piso. Me extrañaba que ninguno de mis compañeros sospechara que iba a morir en poco tiempo. Al rato, uno preguntó que por qué nos encerraban; que por qué había una puerta blindada en el salón; otro respondió que sería para evitar que huyéramos con el dinero; otro dijo que no había cerraduras ni cierres en ese fardo hermético, otro, que parecía pesar demasiado para ser el dinero. Entonces fue cuando empezamos a escuchar los gritos.

Desde el portal nos exigían rendición. Las voces decían ser de las fuerzas especiales de la policía, querían que saliéramos desnudos, con las manos en alto y de uno en uno. Cuando mis acompañantes comprendieron al fin que era una trampa y que estábamos perdidos comenzaron a maldecir, supieron entonces lo que yo sabía desde el principio; que no teníamos escapatoria. Decidieron entregarse y chillaron cuanto pudieron diciendo que no podíamos salir porque no teníamos llave, como locos intentaban abrir la puerta desde adentro pidiendo clemencia y que no nos dispararan, rogaban que vinieran a buscarnos, el que abrieran la puerta. La policía gritaba también desde abajo aunque yo no los entendía, entonces sonaron algunos disparos.

Todos callaron y en ese instante de silencio yo dije:

- Vosotros no sabéis dónde está el Bien. Eso es una bomba; la que os mandará al infierno. A mi no. Yo me sacrifico partiendo de mi total convicción y porque el Yihad es una obligación para los creyentes. Os confirmo que dejaré feliz este mundo porque no vale tanto como vosotros pensáis, y porque yo quiero encontrarme con mi Dios y que esté Él contento conmigo.

Volvieron a gritar, lloraban, maldecían pero después todos acabaron gritando al unísono: Alá es grande, muerte al infiel. De repente sonó un teléfono dentro del fardo, una única llamada antes de la explosión.

Ahora no sé donde estoy; si soy un héroe o un asesino; es tan poca la diferencia. Todo depende del dios al que se rece.

Qué la maldición de Alá caiga sobre los injustos.

Directriz para Año bisiesto, Héroes y Héroe de marzo:

Héroe, héroes, heroicidad...