28/1/09

Sexoconsentido

Una firme determinación le llevó a aquella consulta.

Con cada sesión semanal aumentaba la esperanza de acabar con la pobre y aburrida vida sexual que había llevado hasta entonces.

En cada cita, el especialista le iba mostrando el camino de la desinhibición, de la espontaneidad y del desenfado, por no mencionar la cantidad de opciones ilustradas con que aquel profesional obsequiaba a su paciente ávido de conocimiento disparando desenfrenadamente su imaginación y su deseo.

El paciente aportaba creatividad e imaginación, pero seguía al pié de la letra las instrucciones, lo que día a día le iba proporcionando intensidades que hasta entonces desconocía.

Ya en la parte final del tratamiento el especialista propuso culminar su aprendizaje con una arcaica práctica hindú consistente en disfrutar el sexo a través de los sentidos; dedicarían, por tanto, una sesión a cada uno de ellos.

Primero comenzó con el de la vista. Sugería recrearse antes de cada acto con la panorámica que ofrecía el cuerpo desnudo de su amante; y sólo después de disfrutar las imágenes escudriñando hasta el último de los espacios, exploraría cada rincón deseado con todos los recursos disponibles.

Con el oído pretendía dos estimulaciones; la primera inducía a deleitarse con una música cuidadosamente elegida que exultara el espíritu antes, durante y después de cada apareamiento. La segunda y más importante, proponía que de la boca de su amante, una voz sugerente y queda, gimiera y susurrara a su oído en los momentos álgidos de placer.

Con respecto al tacto, el experto recomendaba, en primer lugar vendarse los ojos para concentrarse mejor en el proceso, entonces recorrería con la yema de los dedos cada parte de la anatomía de su pareja deteniéndose y recreándose en los lugares predilectos. Luego instaba a repetir la práctica con los pies, las rodillas y otras partes del cuerpo.

Del olfato, decía que era un sentido difícil de instruir. Lo haría a partir del perfume habitual de su amante, pero luego debía retornar a los orígenes. Porque tendría que adiestrar sus pituitarias para escudriñar hasta encontrar los olores corporales íntimos que se alojan detrás de los artificiales y asimilarlos poco a poco. Le aseguraba que éstos, durante toda la historia del hombre habían ejercido como estimulante sexual, por mucho que las nuevas exigencias sociales fueran ahora sus detractoras. De manera que debía despertar el deseo a través de estas sensaciones ancestrales.

El más sutil de todos, aseguraba, era el gusto. Este sentido, indicó, reside únicamente en la lengua, por lo tanto, ella sería la responsable de llevar a cabo la recolección de sabores procedentes de los lugares más recónditos del cuerpo, y le puso algunos ejemplos.

A medida que iba avanzando en su aprendizaje, y a instancias del especialista, el paciente trataba de enlazar unos sentidos con otros en caprichosas combinaciones, tales como reconstruir a su amente en la total oscuridad a partir de su contacto, de su olor, de su sabor o de su voz; de esa manera iba alcanzando cotas de placer insospechadas.

Para entonces creyó que había llegado el momento de prescindir de su sexólogo, muy a pesar de las advertencias que éste le hiciera respecto a las sesiones que aún faltaban para concluir el tratamiento.

Sin embargo, tuvieron que ser las circunstancias, las que le hicieran admitir que el aprendizaje sobre los sentidos aún estaba inconcluso.

La profesional que contratara para las prácticas, le había robado su dinero, sus tarjetas y cuantos objetos de valor pudo cargar, mientras le duró el sueño que le produjo la bebida atiborrada de somníferos que ésta le brindara. Había fallado el sexto sentido, el de la intuición.

Algún tiempo después, todavía no repuesto de su decepción, leía incrédulo en un análisis rutinario dos fatídicas palabras: “V.H.I Positivo”, constatando que por falta de precaución también le había fallado otro sentido, quizás el más importante de todos: El sentido común.



Oscar Zazo
Enero 2009

Una gota en el océano

Siempre estaba ahí. Me lo encontraba en todos los sitios, a cualquier hora. No quiero decir que me siguiera porque algunas veces cuando yo llegaba, él ya estaba, parecía estar esperándome, en otras ocasiones aparecía después y al encontrarnos nuestras miradas chocaban.

Aparentaba una edad muy cercana a la mía, no puedo decir mucho más de él, siempre estaba solo; decir que sin leer nada pasaba las hojas de un periódico sentado a la mesa en alguna cafetería; que ensimismado bebía cerveza al final de la barra de cualquier bar; que parecía un islote, una pequeña isla desventurada apenas levantado sobre una plana y extensa normalidad. Si entraba a una panadería era muy probable que al instante llegara él, y si había silencio, mientras esperaba el turno, se podía escuchar el canto de su corazón a mis espaldas. No pasaba mucho tiempo sin que me lo cruzara subiendo o bajando alguna escalera; sin que viajáramos en el mismo bus fuera cual fuera el trayecto; le vi rezar en muchas iglesias; me lo encontré en los estadios; en los cines; en los supermercados; en centros de ocio; en los hospitales. Donde fuera, en cualquier sitio, él siempre estaba ahí.

Al principio, cuando fui consciente de sus presencias, pensé que a la casualidad le gustaba entretenerse con nosotros y que no eran nada extraordinarios esos acercamientos entre tipos con aficiones comunes pero perdí el sosiego al sospechar que cobraba por espiarme, aunque; quién pagaría a un detective tan torpe, a qué cuerpo de seguridad le interesaría seguir los pasos a un individuo tan normal y cumplidor de todas las leyes como era yo. El hombre no disimulaba su asistencia aunque algunas veces era difícil verle entre otros, ocasionalmente me echaba algún vistazo o me mantenía la mirada igual que si mirara sus ojos en un espejo. Pensé en recurrir a la policía pero qué denunciar, no había acoso ni seguimiento, nuestros encuentros eran claramente fortuitos.

Jamás le hablé, me limité a estudiarlo intentando dar razón a lo absurdo. Su fisonomía y comportamiento no tenían realce ni peculiaridad alguna, vestía sin nada fuera del común en gente de su edad. Olía bien; estando cerca se podía percibir el ligero aroma de una marca muy conocida. Aun sin verle sabía que llegaba o que acababa de marcharse porque como un testigo, la tenue fragancia aparecía o desaparecía de repente.

Pasaba el tiempo procurando evitarlo, antes de entrar en cualquier sitio buscaba; miraba; olfateaba; y al descubrirlo, me iba gruñendo maldiciones por calles y jardines, me hizo salir encolerizado de oficinas, de centros comerciales, de gimnasios, de restaurantes. En otras ocasiones, cuando era yo el que estaba, él hacía lo mismo. Parecíamos estar condenados a ocupar una realidad común e indivisible, obligados a compartir espacio y tiempo en una existencia ordinaria, incapaces de desligarnos el uno del otro tratando de acostumbrarnos a lo predecible.

Poco a poco se convirtió en el eje de mi existencia. Su omnipresente mediocridad me asfixiaba, pero si digo la verdad, cuando no estaba, me sentía solo, perdido. Cuando no nos encontrábamos disfrutaba en un acto íntimo del sueño de la independencia, breves momentos llenos de genuina libertad en los que me sentía señor de mi existencia aunque sabía que no tardaban en romperse cuando al levantar la vista lo veía reflejado en el cristal de un escaparate o conduciendo un taxi. La obsesión redujo todo mi interés exclusivamente a esa angustiosa conexión nuestra, olvidé mis aficiones, las ilusiones, la fantasía, mis sueños. Desatendí a mi familia, a los amigos aunque no sé por qué los sentía cerca a todos cuando el tipo enfocaba la mirada en el vacío de una pantalla de televisión como si ése fuera el mar de los encuentros, el sitio donde todo confluía.

Procuré refugiarme en las exigencias del trabajo, dejé de asistir a lugares públicos y me recluí en casa, la última guarida de mi intimidad, mi pequeña patria celestial, el hogar. Ahí podía tener los ojos abiertos sin verle y mis oídos descansaban del incesante ruido que provocaba a su alrededor. Un silencio divino me cubría protegiéndome de su recuerdo, me alejaba de él, entonces me sentía recuperado y escuchaba mis propias preguntas; momentos en los que por fin sentí calma; paz necesaria para vagar por la tierra interior; por lo más reservado y oculto de mi ser; descubriéndome tal como soy; no como él cree que soy.

Así pasé mucho tiempo, solo, aliviado por el olvido, ya casi ni me acordaba de la cara del tipo, a decir verdad, era un rostro tan común que era imposible su recuerdo. Llegué a pensar que todo había sido un sueño, el delirio de un loco, hasta que una mañana conecté de nuevo la televisión. Ya en el primer noticiario apareció el sujeto; daban noticia a pie de calle sobre la fuerte nevada del día anterior y tras la reportera cruzó la pantalla de lado a lado arrebujado en un abrigo gris. Sentí el reverdecer de la angustia en el estómago, cambié de canal y ahí estaba entre el público que aplaudía en un programa concursó mirando fijamente a la cámara, mirándome a mí. Dando arcadas desconecté el aparato. Quise recuperar la calma, recobrarme, volver a mí, pero fue imposible. Tras vomitar abrí un ventanuco buscando aire fresco y tras la película que formaban mis lágrimas lo vi asomado a una de las pequeñas ventanas del bloque de enfrente observándome con la boca entreabierta.

Bajé a trompicones las escaleras hasta llegar a mi coche arranqué, sin saber a donde ir y conduje durante horas por una ancha carretera solitaria hasta llegar a una infinita llanura donde no había casa, ni árbol, ni piedra sobre la tierra. Salí del vehículo y caminé durante un buen rato sobre la nieve mullida y plana. No se oía absolutamente nada, ni siquiera el sonido de mis pasos sobre la nieve. Al cabo de unos minutos le descubrí en la lejanía, recortándose sobre un cielo gris, venía hacia mí. Seguimos andando hasta encontrarnos de frente, cara a cara, nos miramos a los ojos y pregunté:

– ¿Quién eres?
– No sé – respondió y comenzó a llorar.
– ¿Cómo te llamas? – dije algo asustado.
– Tengo millones de nombres, miles de millones, también el tuyo – dijo secándose las lágrimas con un pañuelo que exhaló su perfume.
– ¿Cuando nos separemos dónde irás? ¿Donde está tu casa? – volví a preguntar.
– No sé – dijo tendiéndome la mano.

Se la estreché, sentí su calor y sonreímos por primera vez, después lo abracé y supe que estaba solo, que era efímero, único, y comprendí al fin que esa era nuestra maravillosa grandeza. No nos dijimos nada más.
Jamás volví a verle.

Directriz para Sexoconsentido y Una gota en el océano

Los sentidos