19/6/10

Directriz para ancianos cohete y Cuentas pendientes

"La vejez".

Ancianos cohete

Al fin, tras mucho esfuerzo, el viejo llegó a la terraza de la residencia. La fina lluvia charolaba el piso; el graznido de un pájaro, el agua desembocando por algún desagüe, no se oía más. Se situó en el centro de la amplia cubierta con los ojos entornados y la boca medio abierta manteniendo una inmovilidad perfecta antes de despegar con atronador ruido hacia el cielo, hacia el infinito, hacia la nada. Éste fue el primer caso certificado de anciano cohete.

— ¿Cuántos años tiene usted?
— Setenta y cinco
— Hasta los cientoveinte no dan comienzo los despegues
— Despegar pero… ¿hacia dónde? — preguntó el periodista especializado en divulgación científica

La profesora del Centro Supremo de Investigaciones Fantacientíficas y directora del laboratorio de Bio-propellants del HP-QTJ, en el campus de Wasteland de la Universidad YALEVARD en Calitokio, demora la respuesta y cuando está a punto de contestar, escuchan el “sssss” de un despegue no muy lejano. Nada especial, uno común, un “5SS” de unos noventa decibeles. La circunstancia hizo cambiar de pregunta al entrevistador

— ¿Y su edad señora? Disculpe, pero estoy seguro que comprende la pertinencia de la pregunta.
— A punto de jubilarme, voy a cumplir los cien años muy pronto. En cuanto… a los despegues, hacia dónde se despega, le respondo que hacia ningún sitio, no hay destino, se elevan hasta agotar el combustible que como sabemos desde hace mucho es el continente y el contenido, la totalidad de la materia humana, del sí mismo, hasta desintegrarse en el límite infra-atómico, en partículas conjeturadas teóricamente pero que a día de hoy no han podido ser confirmadas por experimento alguno. Es decir, se despega hacia la nada, o hacia lo que existe pero que aun nos es desconocido.

— ¿Y a día de hoy tampoco se sabe qué supercarburante es el que convierte a un ser humano en un cohete?
— Seguimos buscando agentes biológicos, enzimas, células microbianas susceptibles de ser utilizadas como catalizadores. Es decir, una fuente energética procedente del metabolismo bacteriano. A mi juicio, mucho tiempo perdido errando por sendas equivocadas.
— Entonces, para usted ¿Cuál sería la senda de los aciertos?
— En nuestras investigaciones hemos descubierto productos muy tóxicos aislados, y que tienen un papel fundamental facilitando la rotura de la molécula de hidrógeno. Como usted sabe la combustión es un conjunto de procesos físico-químicos por los cuales se libera la energía interna del combustible. Los estudios procuran descubrir el camino por el que van los protones tras esa rotura, que es distinto del que toman los electrones, y así seguimos años y años en una línea de investigación básica de laboratorio en estudios de caracterización estructural y funcional de metaloenzimas. Así llegamos hasta el muro.
— ¿A qué muro?
— Al muro infranqueable de los límites. A la frontera entre el conocimiento y el desconocimiento. Hemos fabricado algo pero no sabemos qué. Los avances científicos nos han permitido alargar la vida humana una media de cien años. Antiguamente lo normal era desaparecer de este mundo a los setenta u ochenta, hoy a esa edad seguimos siendo jóvenes, nuestros cuerpos, nuestra mente no muestran agotamiento ni declive. Se pasó de seis mil millones de seres humanos habitando el planeta hasta doce mil en apenas cinco décadas. Un civilizado pan-mundo sin guerras, con hábitos saludables, sin apenas enfermedades y con las amenazas del planeta controladas, sequías, terremotos, volcanes, todo previsto con mucha antelación. Nos hemos convertido en una plaga…

Los 140 decibelios de un “8SS” interrumpen a la profesora. Unos diez segundos después, cuando el cercano despegue apenas se percibe, el periodista que le sostuvo la mirada durante todo este tiempo dice:

— Como un cáncer GIST, el único incurable.
— Algo parecido. ¿Hasta cuánto y cuándo puede soportar el planeta esta metástasis, la propagación humana que ha humanizado hasta el último grano de arena? Hoy somos diez mil millones y seguimos disminuyendo, la edad mínima de los despegantes ha bajado de los 140 años a los 120 y sigue reduciéndose. Es la radioterapia que la naturaleza nos impone, la quimioterapia que salvará al planeta hasta dejarlo libre de estas células malignas, de los miles de millones de vanidades que llegaron a acariciar la inmortalidad creyéndose cada una el centro del universo, aunque, realmente, nuestra totalidad no sea más que una gota de agua en alguno de los insondables mares cósmicos de otro universo más.

Anochece, sus miradas atraviesan el ancho ventanal hasta perderse por la cercana ciudad de Yorkin, capital de la totalidad de los frater-estados de la tierra.
Igual que las estrellas fugaces, los ancianos cohete desaparecen en las alturas en incesantes despegues reflejados en los cristales de imponentes rascacielos de más de mil metros de altura.

CUENTAS PENDIENTES

En la puerta de la residencia aún dudaba y antes de llamar estuve a punto de dar la vuelta y olvidarme del asunto. Ni siquiera sabía por qué estaba allí, ¿ganas de vengarme?, ¿mera curiosidad? o simplemente por la dudosa intención de dejar las cosas en su sitio. Como fuere, la casualidad me lo había puesto en bandeja y aprovecharía la ocasión.

Con movimientos pausados y cara de bondad, la hermanita me señaló al anciano de la silla de ruedas ubicada junto al ventanal al fondo de la sala, y me hizo señas para que la siguiera.

Trataba de relacionar la imagen que guardaba en mi memoria con la que iba percibiendo a medida que avanzaba al tiempo que una terrible desazón se iba adueñando de mi estómago. La sola presencia del temido Padre Evelio aún me sobrecogía por mucho que los años le hubieran reducido a un viejo desvalido. Pero había llegado hasta allí para decirle que el tiempo le había quitado la razón y lo haría. Quería que supiera que contra su pronóstico, no me había convertido en un delincuente, ni en un mendigo ni en un ateo depravado, lo único que quedaba por ver era el asunto del infierno, pero me moría de las ganas de decirle que, en todo caso, allí no me iría sólo, porque si graves eran mis pecados por no ir a misa, decir malas palabras, olvidar una tarea o tener malos pensamientos; no menos malos eran los suyos cada vez que, preso de su incontrolable ira, me abofeteaba o me aterrorizaba con el fuego eterno. Y para ser sinceros, a juzgar por su aspecto, era muy probable que me tomara la delantera.

Ahora te miro Padre Evelio, y recordando tu soberbia figura constato que el tiempo me ha devuelto de ti, sólo una patética caricatura, tengo la sensación de que has menguado; tal vez se deba a que por primera vez el que mira desde arriba soy yo. Al final el tiempo ha pasado, pero para todos. A mí, pese a aquella adolescencia traumática y rebelde, me ha convertido en un padre de familia, trabajador y a la postre, razonablemente equilibrado. ¿Y de ti Padre Evelio, de ti, que ha hecho el tiempo?, ¿qué ha pasado con todo tu poder y toda tu ira?, no me digas que a estas alturas has cambiado?, no me irás a decir que haces uso de la templanza y la resignación cristiana? Te habrás resignado sí, pero por que no te queda otra. ¿Estás en paz? No lo creo. Aunque nunca se sabe, porque los de tu calaña, esos que en pos del cumplimiento del deber permitieron que “el fin justificase los medios”, a la hora de dar la cara en juicios postreros, se auto justifican y se defienden de sí mismos con torpes argumentos: “yo sólo obedecía órdenes” o “las circunstancias de entonces eran distintas”, incluso los hay que se aferran a una recurrente demencia senil.

Afectado por mis reflexiones, me sorprendió la apacible voz de la hermanita
--Padre Evelio, mire, que un antiguo alumno ha venido a visitarle- había dicho dulcemente mientras le remetía al anciano la mantita entre la silla y las piernas. La religiosa, discreta, ya se iba con un “les dejo solos para que hablen de sus cosas”. Él había apartado lentamente la vista de la ventana y sus ojillos inquisidores se posaron en los míos. Me pareció que su mirada centelleaba como antaño, yo a duras penas la aguantaba, pero ya con un nudo en la garganta.

Sé que me reconoces viejo zorro” pensaba, “y lo peor es que sabes que aún me aterra que me mires a los ojos, pero no te voy a dar el gusto de apartarlos. Tengo tantas cosas que decirte…

Después de unos segundos eternos el anciano volvió a girar con parsimonia su cabecita hacia el ventanal aún sosteniendo la mirada por unos instantes, los suficientes como para hacerme entender que daba por concluida la entrevista con una autoridad solapada pero indiscutible. Sé que me has reconocido desgraciado, pero no me quieres dar el gusto de enfrentarme, sin embargo ahora has sido tú el que ha apartado la vista, y es por que de sobra sabes a lo que vengo. Mírate, vencido por la vida, seguro que lleno de dudas y comido de remordimientos, eso si es que tu alma albergara un ápice de piedad. Los tiempos han cambiado. Entonces todo estaba a tu favor. La fe verdadera, la moral cristiana y el totalitarismo de Estado llevado hasta las aulas te proporcionaba impunidad absoluta incluso ante las familias, con lo que nuestra indefensión era total. Sólo tu presencia nos hacia temblar y te bastaban unas cuantas frases para percibir nuestras aflicciones al adivinar la ira de Dios reflejada en tus fanáticos ojos. Yo creía ver incluso las llamas del infierno en tus llameantes pupilas, y escuchar los alaridos del Maligno en tus advertencias premonitorias. Ahora sé por qué veía entonces tan nítidamente todas aquellas señales. Era que esa Bestia con la que nos aterrorizabas no estaba en nuestros actos, sino en ti y en tus inquisidores métodos.

Sin embargo no dije nada. Con los labios sellados por la indecisión y los ojos anegados por las lágrimas giré sobre mis talones y me fui de allí para siempre.