16/3/10

Directriz para La Cita, Reminiscencia y Ad Notitiam;

Correo

LA CITA

Ni de frente, ni de espalda, ni de perfil conseguía un ok mínimamente aceptable del espejo. Un rato después, vestido con traje y corbata ya era otra cosa, metiendo la barriga e hinchando un poco el pecho disimulaba considerablemente su obesidad, incluso para ojos poco avezados podía pasar como un hombre fornido.
Haber conseguido aquella cita era muy importante para él, pero le preocupaba no dar la talla. Por lo visto, la imagen de su rostro a través de la camarita del monitor había pasado la prueba, pero para ser sinceros, las fotos que había colgado no evidenciaban su sobrepeso.
Tenía que confiar en sí mismo. Y el caso es que en el chat no había estado mal. ¡Eso es! demostraría que una conversación amena e inteligente puede compensar otros aspectos superfluos.
El encuentro se produciría en un restaurante del centro de la ciudad a las tres de la tarde. La mujer viajaría en su auto y luego regresarían juntos por la carretera de la montaña.
Decidió tomar a las once el coche de línea, de manera que una hora antes de lo acordado ya andaba pululando por la zona. No debía descuidar ningún detalle, se había acicalado con esmero: desodorante abundante, gel extrafuerte en el pelo, perfume seductor para las distancias cortas, y talco en los pies por si la sudoración le traicionaba. Estaba nervioso, pero conseguiría controlarse.
Tal y como había premeditado entró en una farmacia y sin quitarse las gafas de sol pidió, primero una pastilla para el mareo… y después un estimulante, dijo disimulando el pudor, para asegurarse de una buena impresión en una primera cita. El condescendiente farmacéutico, con un guiño le dio a entender que había comprendido a la primera y en un periquete le envolvió las dos cápsulas. Ahora, mucho más seguro encaró el encuentro dirigiéndose hacia el lugar de la cita.
En la entrada del restaurante comunicó su reserva y enseguida el maître le condujo hacia una mesa del fondo del local. Se reconocerían por la indumentaria. Vestido rojo y el pelo recogido ella, y traje gris marengo con corbata azul él. Hecho un “flan” pidió una cerveza y se dispuso a esperar.

Sin embargo el encuentro fue sencillo. Casi natural, él muy correcto se levantó y después de saludar con un aséptico apretón de manos esperó que ella se sentara acomodándole la silla desde atrás. Por suerte nadie notó el leve traspié que dio mientras regresaba a su asiento. Charlaron de manera animada durante un rato, comieron poco, bebieron vino y siguieron contándose sus cosas durante la sobremesa. Así, paso a paso, fueron intimando: Una mano en el antebrazo, risitas de complicidad, otra vez las copas llenas…y en suma la conversación que se fue volviendo más y más tórrida hasta que ella de manera abrupta planteó el asunto abiertamente. “Ya que hemos venido a conocernos”, dijo, “¿Por qué no vamos a conocernos de verdad?”. Él asintió disimulando el pánico. Pidió la cuenta y se marcharon.
Se alegró de haber sido precavido. Mientras la mujer conducía, él buscó con sigilo en el bolsillo de la chaqueta hasta que palpo el paquetito que adquiriera en la farmacia, lo deshizo y echando una mirada rápida y furtiva atrapó la pastillita entre sus dedos.

“¿Cómo se llama ese edificio?” Había preguntado señalando hacia la izquierda de la conductora, al tiempo que en un movimiento raudo se introducía la pastilla en la boca en el mismo instante que ella volvía la vista en la dirección señalada. “El ayuntamiento”, había contestado con voz neutra.

En la habitación del hotel casi no hubo preliminares, en cuanto el hombre cerró la puerta tras de sí, vio como ella se le abalanzaba para besarlo con vehemencia. El la recibió, pero enseguida comprobó, presa del terror que no respondía al estímulo, sin embargo en cuanto ella se empezó a quitar ropa, verificó para su tranquilidad, que aquello comenzaba a cabecear hasta ponerse en condiciones razonables. En la lucha consiguió acoplarse empujando con ganas; sudaba profusamente. En pocos minutos se sintió congestionado, con el corazón desbocado y con los pulmones al límite, supo que le abandonaban las fuerzas y maldijo interiormente su pésima forma física. Jadeando pidió una tregua. Tumbado en la cama resollaba mientras la veía a ella reírse divertida. En unos instantes le fue invadiendo un denso sopor y poco a poco se fue difuminando todo, lo último que recordaba era que la sonrisa de su amante se iba convirtiendo en mueca.

Cuando se despertó ella ya estaba vestida y le conminaba a partir malhumorada. Aún desconcertado trató de esbozar una disculpa pero desistió, se arregló precipitadamente y salieron de allí.
Rodando en silencio hacia el norte se dispuso, esta vez sin disimulo, a tomarse la pastilla contra el mareo antes de llegar a las primeras curvas de la cuesta.

Mientras viajaba recordaba, con la mirada perdida, algunos detalles del lance que se iban sucediendo en su memoria a modo de estimulantes fotogramas. A medida que pasaban iba sintiendo como los latidos martilleaban cada vez más fuerte sus sienes al tiempo que una terrible excitación involuntaria abultaba sus pantalones… que solo comenzó a ceder en cuanto cayó en la cuenta de su imperdonable error. Momento preciso en el que le sobrevino la primera nausea con la acidez propia de los alimentos a medio digerir.

Reminiscencia

En el día festivo de San Ildefonso tras una mesa del Nueva Orleans, Eduardo apuraba su consumición. La tarde era fría y la gente paseaba abrigada y ociosa tras la cristalera de la vetusta cafetería. La inquietud, un defecto que nunca supo corregir, más los rápidos efectos de la cafeína le sumían en un estado de excitación en el que se sentía inseguro. Por su mente pasó la idea de irse y olvidar esta historia demencial en la que se encontraba ya, creía, en su desenlace. Todo empezó con una primera carta sin remite que extrajo del buzón. La primera sorpresa fue la carta en sí; no era normal en estos tiempos recibir una carta con tu nombre y dirección escrito a mano y sin remite, pero fue al abrirla cuando se quedo estupefacto. Con letra muy cuidada, casi dibujada, un mensaje escueto, decía.

“He vuelto a la ciudad, necesito tu ayuda, vigila el correo”

En un principio pensó que podía ser una broma o incluso una sorpresa preparada por su mujer. Faltaban pocos días para su cumpleaños y ella había manifestado en varias ocasiones que la celebración de éste debía ser especial, cincuenta primaveras era una cifra redonda a la que habían llegado juntos y que debían celebrar por todo lo alto. Aun así el mensaje surtió su efecto, Eduardo no pasaba un día sin abrir el buzón. Llegó el día de su onomástica. Margarita, no escatimó esfuerzos para que lo disfrutara de manera extraordinaria. Unos billetes para realizar los dos un crucero de una semana por el Índico, una vieja ilusión de él, fue el colofón de una jornada esplendida. La primera sorpresa fue la inesperada llegada de su hijo, Pablo que trabajaba en Massachusetts en un prestigioso laboratorio no tenia previsto volver a España hasta el verano, por lo que al abrir la puerta esa mañana y verlo allí con su maleta le inundo de felicidad. Él sentía una devoción patológica por su hijo y su marcha al extranjero, inevitable para continuar con su espléndida trayectoria profesional, había sido un golpe que no tenía superado, Él dolor que soportaba era similar al que sintió por la ausencia de su padre. Ese apoyo que él nunca tuvo, cuando mas lo necesitaba, era una de sus prioridades a ofrecer a su hijo como padre y se le complicaba mucho con un océano de por medio. Después le llevaron al único restaurante de la ciudad con estrella Michelín, allí aguardaban pacientes el resto de invitados, un grupo selecto de familiares y amigos que le hizo volver a emocionarse. Esa noche observando el placentero dormir de Margarita recordó la enigmática carta, nadie hizo mención a ella.

Volvieron del crucero, en el que disfrutaron como dos adolescentes anónimos y en el que se olvidó por completo del enigma de la carta. Pero fue al revisar el abundante correo acumulado cuando la inquietud retomó a su vida. Entre folletos de publicidad y correspondencia del banco apareció otro sobre satinado con su nombre en cuidada caligrafía.

Cada vez que la campanilla de la puerta del local tintineaba crecía angustia y sometía al nuevo parroquiano a una inspección exhaustiva. Primero trataba de reconocerlo y si no era así intentaba imaginárselo con treinta o cuarenta años menos. Llamó la atención del camarero y pidió otro café, esta vez descafeinado. La mano temblorosa de Eduardo tocaba a cada poco las tres misteriosas cartas que habían soliviantado su apacible vida en estos últimos seis meses, y que descansaban en el bolsillo interior de su chaqueta. Sacó la de en medio y observó su nombre en el sobre. Al abrirla y volver a leer el mensaje tuvo la certeza de que él o la misteriosa remitente no estaban en su entorno cercano actual. Se ajusto una gafa de cerca y extrajo el papel del sobre sin disimulo, quizá la persona que esperaba ya se encontraba en la cafetería y esperaba una señal.

Mi vida cambió por ti. Necesito respuestas. No temas, te sigo queriendo.

Eduardo releía las frases una y otra vez con la esperanza de que un rayo de luz clarificadora le mostrara el rostro de este supuesto amigo o amiga que estaba esperando. Volvía a repasar, con gran esfuerzo, su niñez, sus días de escuela y a todos los compañeros y amigos de entonces. En estos seis meses de incertidumbre había vuelto a su memoria otro mundo olvidado casi por completo. Intentaba evocar actos importantes que le sucedieran en aquella época, situaciones que hubieran podido trasformar de alguna manera la vida de alguien, y no daba con ello, no comprendía cómo las acciones realizadas por un niño pueden cambiar el devenir de una vida y cómo ya de adulto alguien pudiera achacar a estas vicisitudes una deuda por pagar, con parece ser respuestas. Qué respuestas podía dar él, un hombre bueno, honrado, marido fiel, padre responsable, con una reputación sin mancha alguna. ¿Que dictamen le demandaban, y por que? Esperaba que esa tarde de invierno, por fin todo se clarificara, el desasosiego se instaló en su vida con la primera misiva y todo cambió desde entonces.

Algunas pistas tenía, alguien que se fue de la ciudad, que de alguna forma le quiso y parece ser le seguía queriendo y por último le achacaba algo de lo que sucedió en aquellos días y que a su juicio le cambio la vida. También percibía que se trataba de una época muy concreta por la última carta recibida dos días atrás.


El día del patrón a las cinco espérame en la cafetería donde merendabas con tu madre al salir del dentista.

Hasta hacía solo dos días sus sospechas giraron alrededor de un abanico de gente muy amplio, desde compañeros de la mili o del trabajo, hasta antiguas relaciones sentimentales, pero esta última nota delimitaba mucho la época y el entorno. Como los deportistas de élite que entrenaban sus cuerpos para después exigirle lo máximo, Eduardo, llevaba seis meses entrenando su mente para la evocación de una época pasada y por tanto caduca, olvidada, muerta. Tirando de un hilo imaginario fueron emergiendo en su rutina diaria seres que dejaron de existir hacía mucho tiempo y con la constancia en el recuerdo se mostraron en todo su esplendor. Ahí estaba Clara tan grácil y resuelta, la mujer a la que desfloró en su adolescencia prometiéndola, fidelidad, compromiso y amor eterno cuando aún no sabía ni valérselas por si solo, ¿que habría sido de ella en estos años?, ¿que aspecto tendría hoy? Ella fue la primera persona en quien pensó con el mensaje inicial: podía achacarle que su vida hubiera sido otra de haber continuado con la relación. Igualmente despertó del mar de su memoria Antón, el primer y único novio que tuvo su mujer antes que a él. Le recordaba hundido tras perderla en su favor, él también podría tener motivos para imaginar otra existencia diferente. Indagando en sus recuerdos de esos años de alguna manera volvió a vivirlos; el instituto, con Clara al lado, con Carlos Ríos y los hermanos Muñoz, los partidillos en la pista del poli con los de Buenavista, las acampadas en Gredos, donde se emborrachó he hizo el amor por vez primera, las jornadas en el taller de su tío Paco, el Pub que abrió con su amigo Toño, la trágica muerte de esté en accidente de moto, el servicio militar en Badajoz, la vuelta a los estudios. Como la brocha de un arqueólogo saca a la luz la pieza enterrada así escarbó él en su pasado, con exquisita minuciosidad fue sacando a la luz de su memoria personas, hechos y situaciones de lo que fue su vida pasada.

Las campanillas de latón de la puerta le devolvieron a la realidad al instante. Eduardo se tensó en su silla, una ráfaga de aire helado precedió a un anciano desaliñado, de largo abrigo raído, guantes sin dedos y gorro agujereado. Tiraba de un viejo carro de compra donde seguramente portara todas sus pertenencias. Se acerco a la barra donde el camarero le recibió con desconfianza. La impaciencia de Eduardo iba en aumento y se preguntó cuánto tiempo mas aguardaría. Desplegó la última carta recibida.

Esta carta le saco de esa intensa época juvenil llevándole a otra todavía mas lejana, su niñez, por que fue en su infancia cuando pasó por el calvario de llevar una prótesis dental para corregir unos dientes que se empeñaban en salírsele de la boca. Una vez al mes le llevaban al dentista para que éste apretara con minuciosidad de relojero la prótesis que le martirizaba y ridiculizaba por partes iguales. Su madre, su madre de aquella época, fuerte, desenvuelta, jovial, recompensaba con tortitas con nata lo bien que llevaba el suplicio, y lo hacía en el Nueva Orleans la mas nueva y mejor cafetería de entonces, justo donde se encontraba ahora.

Si ya le costó rememorar su juventud, hacerlo con su niñez le resultó un ejercicio casi imposible. En su memoria no quedaba apenas resquicio de su vida de entonces. Los compañeros de la escuela o los del barrio eran espectros a los que no conseguía poner cara. Recordaba su rutina de entonces, el largo camino hasta el colegio, donde iban encontrándose los niños de la barriada con la cartera a los hombros, Carlitos, Arturo, Isi el dientón, Álvaro, Julianín el gitano y su hermano mayor, del que no recordaba el nombre pero si los guantazos que repartía a todos ellos. Evocaba aquellas tardes en el descampado jugando a pídola a churro media manga, al futbol, al conejo ya esta aquí, cuando Begoña le beso en los labios y todos se rieron y se burlaron, incluso la misma Begoña. Sucesos y acontecimientos de entonces que fue recuperando dañados por una espesa niebla que los envolvían y que le llevaban a hacerle dudar de cuáles eran reales y cuáles no.

La cancela volvió a abrirse, un grupo de joviales estudiantes entraron en tropel entre voces y risas, Eduardo, cansado de esperar, se acercó a la barra guardándose las misteriosas cartas en la chaqueta, decidido a abonar los cafés y olvidarse de una vez de la maldita incertidumbre que éstas le habían provocado. Se enfundó el abrigo y abrió la puerta a la que no había perdido ojo en las más de dos horas que permaneció allí. Antes de abandonar la cafetería y olvidar el asunto para siempre se volvió para echar un último vistazo a los clientes de la cafetería, sólo uno le devolvió la mirada, el viejo indigente que además, avanzó con fatiga unos pasos y se sitúo frente a él. Eduardo contempló a un ser acabado, sucio y andrajoso, uno mas del ejército de inadaptados que deambulaban por la ciudad arrastrando sus cuerpos a ninguna parte, todos con una triste historia detrás. Examinó sus ojos, que trasmitían soledad y entonces vio reflejado en ellos al afligido niño que fue, recordó unos brazos protectores, una sonrisa segura, unos dedos juguetones que despeinaban sus cabellos con mimo. Todas las piezas encajaron, al fín había vuelto.

Josel Momar marzo de 2010

Ad notitiam

Como de costumbre regresó a casa a eso de las dos, abrió el buzón y extrajo la única carta que había dentro sin sello ni remite. En el sobre aparecía con perfecta caligrafía su nombre completo, más abajo la dirección, era de papel grueso y caro de esos que se entregan para los convites de boda, le costó un poco rasgar la solapa, dentro, una cartulina en la que esperaba encontrar una invitación para algún banquete, aunque no se trataba de nada de eso, leyó:

Por la presente le informo de que estoy considerando su asesinato.
Inicio un periodo de reflexión hoy día primero del presente mes con el objeto de evaluar la conveniencia y las oportunidades de su muerte.

Si lo considera conveniente puede presentar denuncia previa contra la presente notificación ante cualquier fuerza policial o correspondiente demanda ante la jurisdicción civil que considere oportuna o ejercitar cualquier otro procedimiento que estime procedente, lo que no afectará ni positiva ni negativamente en la decisión.

Podrá considerar desestimada esta evaluación si transcurren noventa días sin recibir resolución alguna.

QUEDA UD. DEBIDAMENTE NOTIFICADO


Tras la primera lectura releyó desordenadamente volviendo una y otra vez a la palabra “asesinato” que no lograba integrar en un discurso tan formal como el del comunicado. Siendo plenamente consciente ya de lo que se le notificaba dirigió la mirada de izquierda a derecha y después hacia arriba mientras la cartulina temblaba entre sus manos. Entró rápido en su casa cerró la puerta y echó cerrojos, le comenzó a florecer el pánico.

Pasó un tiempo largo en el que casi todos sus pensamientos giraban entorno a la amenaza del comunicado igual que miles de satélites giran en torno a la tierra conforme a la ley de gravitación universal. Su obsesión era encontrar un indicio que lo llevara hasta el origen de la amenaza; quién, por qué se querría matar a una persona como él sin enemigos ni deudas; un ser humano básicamente bueno “yo soy una buena persona, quién querría matar a una buena persona como soy yo” repetía en voz alta de vez en cuando. Estaba claro que sólo un psicópata podía obrar de manera tan siniestra, alguien con propensión al mal incapaz de sentir remordimientos, que usa a los demás como juguetes para satisfacer algún goce degradado; un asesino que se recrea en el mal observando a sus angustiadas víctimas. Seguramente tendría un código propio de comportamiento como casi todos los psicópatas, una ley suprema al margen de cualquier ley moral o escrita, el mal nacido no sentiría cargo de conciencia por el tormento que causaba, si acaso algún enfado cuando se infringía su reglamento. Probablemente tendría pinta de persona decente, alguien educado y cercano con el que te cruzas en la oficina, un administrativo, o un policía, o el panadero, o el vecino, o un médico; sea como sea, un mal bicho camuflado en la normalidad cotidiana con necesidades aberrantes que se cree el eje de toda existencia, un megalómano que escribe notificaciones absurdas a buenas personas anunciado asesinatos que seguramente sería capaz de cumplir sin escrúpulos, sin sentir culpa alguna.

El hombre informó muy pronto a sus allegados y casi todos le animaron a presentar denuncia a la policía aunque otros le quitaron importancia casi le convenciéndole de que todo era obra de algún idiota inofensivo que quería hacérselas parar mal por… ¡vaya usted a saber por qué!

Así se atenuaba el desasosiego según pasaba el tiempo aunque se avivaba a la hora de abrir el buzón a eso de las dos. Al cabo de casi tres meses desde que recibiera el comunicado encontró otro sobre igual que el anterior aunque éste no estaba en la casilla de correo lo vio en el suelo del pasillo alguien lo introdujo por debajo de su puerta y avanzó un par de metros. Al descubrirlo se quedó paralizado y temiendo desmayarse se apoyó en la pared, al cabo de un buen rato levantó el sobre y extrajo la cartulina que leyó con el alma en suspenso:

Por la presente le informo que finalmente he decidido ‘sine die’ su asesinato.
Contra la presente no cabe ninguna apelación.

Así por ésta mi sentencia, lo pronuncio y firmo.


¿Sine die? Dudó del significado del latinajo mientras se fijaba en la firma que resultó ser una perfecta “X” trazada con tinta amarronada y de pronto su memoria le trajo el claro recuerdo de una declinante tarde de invierno en el humilde barrio en el que se crió. En esa época del año la niebla hacía más habitable la realidad difuminando la áspera dureza de la barriada en la que un grupo de jovencitos optaba por el frío de la calle antes que por el aburrimiento en sus humildes moradas. Se arrimaban al calor del otro sentados en una ancha y empinada escalera casi arruinada. Los chicos galanteaban con agresividad a las chicas, se hablaban a gritos, se besaban, bromeaban fumando, escupiendo, maldiciendo, eran casi salvajes, casi felices. Una de las muchachas sacó del bolsillo un frasquito lustroso y al instante se lo arrebató el que entonces era un soberbio mocito y ahora era un hombre asustado, el niñato trepó hasta la rama más baja de un árbol cercano, la chica le exigía entre insulto e insulto que se lo devolviera, los demás se limitaban a observar hasta dónde era capaz de llegar el muchacho sabiendo los que mejor le conocían que sería muy lejos, pues a su necia crueldad aun no se le habían puesto límites, la chica dejó los insultos y comenzó a suplicar, él preguntó por el contenido y otra chica respondió que era la base de un maquillaje carísimo y que su amiga había ahorrado durante mucho tiempo para comprarlo. El idiota abrió el frasco y olfateó la crema amarronada después hizo como que se le caía un par de veces mientras ella no dejaba de rogarle. Parsimonioso vació la totalidad del frasco en una áspera rama untándola después hasta no dejar rastro de crema en las palmas de sus manos. ¿El odio de esa muchachita aumentado con el recuerdo año tras año sería capaz de desearle la muerte?

Una larga vida como la suya, como la de cualquier otro, deja un largo rastro de ofensas, de daños, sobretodo a los más cercanos a los que en el corto radio de los egoísmos sufren los desaires, las ofensas más graves; las que el miedo, la envidia o el desprecio de necios insignificantes distribuyen como virus causando mil dolores pequeños sin ser conscientes del profundo sufrimiento que causan la pequeñez de sus miserables acciones. También le vino a la memoria un chicle aun babeante en el pelo de un compañero de pupitre, un chiquillo de unos diez años que llorando lastimosamente trataba de desprenderlo enmarañándose aun más el cabello. Recordó verlo al día siguiente con la cabeza rapada y algunos moratones, probablemente señales de una madre furiosa por tener un hijo al que le pegan cosas en el pelo. A pesar del paso de tantos años el hombre recordaba el brillo de sus ojos atemorizados mientras él, amenazante, hacía globitos con el chicle mirándole fijamente. Ojos. Otros ojos como esos azules a los que juró amar toda la vida, los de una muchacha que dejó todo entregándose incondicionalmente a un irresponsable que meses después fue incapaz de sostenerle la mirada mientras decía adiós. Dolores pequeños, a veces mínimos que sumados año tras año se sufren hasta llevar al más cabal ante las puertas de la locura, por ejemplo con un ruido apenas audible, el molesto zumbido del motor de un difusor instalado en su chimenea con el que atormentó al vecino de pared sin permitirle un sueño plácido durante años.

Así pasaba el tiempo, inventariando mentalmente agravios, humillaciones, mentiras, traiciones, decepciones de lo que hasta entonces le parecían inocentes chiquilladas, travesuras, descuidos, olvidos o desinterés que causaron tanto padecimiento y sentía tanto arrepentimiento por lo irreparable que consideró que quizás estuviera justificada su condena a muerte, no por un daño grande, por ejemplo un asesinato o una gran traición sino con más motivo por la suma del mil, de un millón de malicias cometidas a lo largo de una vida y que como la fría niebla de su infancia lo cubría de infamia.

Despertó, pero no quiso abrir los ojos. Estaba desnudo, amarrado de pies y manos sobre una superficie lisa, fría, acero probablemente, imaginó con acierto que estaba encima de una mesa parecida a la de las autopsias. No tenía ni la más mínima idea de cómo llegó hasta ahí aunque tampoco importaba demasiado en esos momentos, en lo que parecía ser su final. El asesino trajinaba a su alrededor, conectó un sistema de aspiración de aire, probó desagües, colocaba útiles, herramientas; el hombre percibía el penetrante olor del formol y tras sus párpados la poderosa luz de la luminaria que sobre él se encendió. Ladeó la cabeza abrió los ojos y vio una pila de acero inoxidable anexa que supuso serviría para el lavado de órganos, cerca una figura con bata verde se afanaba colocando bisturís, tijeras, pinzas, un martillo, un cincel, lo que le pareció una sierra vibratoria, y entre otros instrumentos, pesos y una balanza. Se le acercó y le miró detenidamente el ojo levantando su párpado, no lo conoció, imposible reconocer a alguien tras unas gafas ataviado como un cirujano con bata, mascarilla, guantes y calzas desechables. Mientras le examinaba el ojo preguntó en un susurro que quién era, que cuál era el daño por el que se le castigaba, dijo que era lo único que le interesaba saber, que no rogaría perdón ni suplicaría por su vida.
El otro se descubrió y él buscó en la memoria sin encontrar nada. El rostro era el de una desconocida, la cara amable de una mujer de mediana edad que lo miraba fijamente viéndose reflejado en sus brillantes pupilas ya casi como un cadáver
–¿Por qué usted? – la voz modulada, amable le produjo escalofríos y miedo extremo – Comienzo a practicarle una autopsia en vida – El hombre notó perfectamente que la incisión en su piel tenía la forma de una gran T, un corte de hombro izquierdo a derecho bajo las clavículas y desde la mitad el corte en perpendicular hacia abajo respetando el ombligo hasta la sínfisis del pubis. A partir del tórax la mujer levantó un poco la pared abdominal para no lesionar las vísceras abdominales, después cortó a cada lado transversalmente en la parte inferior del abdomen.
– Pero ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? – repetía el hombre.
La mujer apartó la mascarilla y moviendo la cabeza de un lado al otro respondió con el tono cansino y casi musical de una niña:
– Por ser Escorpio, por vivir en una casa de número impar y por ser zurdo – volvió a colocarse la mascarilla y procedió a la extracción de la parrilla costal. El hombre antes de desmayarse exclamó:
– ¡Que Dios ayude a mi pobre alma!