22/9/09

Directriz para "Rusas" "El regalo" y "Hartos de Dios"

Esclavos

RUSAS

Madrugada

- Mátala joder, lo ha visto todo, mátala.
El chico sujetaba la cabeza de la muchacha contra el suelo de gres, el revolver fijo en la sien.
- Te digo que dispares Panchito de los cojones.
Alina intentaba no tragar la sangre que fluía del interior de su nariz, la obstruía la garganta y sentía que se asfixiaba, quería escupirla, pero la fuerte presión que ejercía el colombiano contra las baldosas se lo dificultaba, veía a través de una bruma por la estrecha abertura de los parpados inflamados por los golpes, aun así intentaba no perder de vista el cuerpo inerte de Yurdana. Por sus muslos sintió que descendía un fluido caliente, quizás fuera orín, lo deseó.
- Llamemos a Carlos, que él decida.
Estaba muy alterado, no era fácil verlo así, a pasos cortos y rápidos recorría de lado a lado la estancia como oso en jaula, intentando teclear en el móvil una clave numérica que se le resistía. Alina escuchó alguna frase suelta de la frenética conversación que Charly sostenía, - la morena - , - se nos fue de las manos - , - sí, seguro, no respira - , y pudo ver con dificultad como Charly pasaba sobre el cuerpo de su amiga y ofrecía el teléfono al hombre que la inmovilizaba.
- Alo, sí jefe, OK, OK, no hay problema, OK entendido.
Alina notó con cierto alivio que el hombre la soltaba del cabello y retiraba el arma de su cara, después oyó un ruido de acople de mecanismos y la presión del cañón del arma, esta vez sobre la nuca, escuchó: adiós Alina, y no supo si la voz provenía de uno de los dos hombres o de su padre cuando de amanecida la besaba en la frente antes de salir hacia el trabajo. Apretó los dientes, cerró los ojos. Un impacto seco retumbó en la habitación.

Tarde.

El golpe fue duro y seco, pero no causó el efecto fulminante que esperaban.
El enorme hombretón se quedó unos segundos desconcertado sin comprender qué había sucedido. El sabor agridulce de la sangre, que brotaba con fuerza y caía desde la nariz sobre las baldosas pareció alertarle de lo que sucedía, pero ya era tarde. Un nuevo impacto de la barra de hierro, de nuevo sobre la cabeza le hizo hincar las rodillas. La expresión denotaba un estado de semiinconsciencia. Charly estaba noqueado.
- Déjalo Alina y vámonos, rápido.
La muchacha no pareció oír a su compañera, totalmente encorelizada volvió a levantar el duro metal sobre la cabeza, jadeaba y sus ojos, muy abiertos, reflejaban desesperación.
- No Alina, no. Su amiga rodeo su frágil cuerpo con un abrazo que inmovilizó el arma. Tú no eres así Alina, déjalo ya y huyamos.
Intento zafarse de los brazos de su amiga contorsionándose, bramando, sacudiéndose y tras unos segundos de pueril esfuerzo desistió. Su compañera la soltó y asió con ambas manos su cara angelical, un rostro embadurnado de sudor, lágrimas y rimel en el que destacaban unos ojos profundos que miraban sin ver.
- Tú no eres así, Alina salgamos de aquí.
- Acercó tanto su cara a la de su amiga que podía sentir sus jadeos, presionó un poco más las manos sobre las mejillas y agitando levemente la cabeza intento que fijara los ojos en los suyos.
- Tú no eres así, Alina.

El sonido metálico de la barra contra el suelo pareció sacar a la muchacha del estado hipnótico en que se encontraba.
- Huyamos ahora, Alina, huyamos.
Elena tomó la mano de su amiga y salieron del local apresuradas. La luz del sol de mediodía las deslumbró. Fuera sólo se encontraba el coche de Charly. El calor plomizo de verano caía a plomo sobre los campos recogidos de cebada. Atrocharon en dirección al pueblo. Estaban solas, solas por primera vez desde que salieron de casa.

Mediodía

- No llores más muchacha, te he dicho que serán solo un par de meses, después volverás otra vez con nosotros y por esas fechas ya estará casi pagada la deuda y tú y tu amiga os podréis ir a vuestro puto país a moriros de hambre.
- No Carlos por favor no me he separado de Alina en todo este tiempo no lo soportaré.
No tenia demasiado claro si le incomodaba más el hablar de negocios en la mesa o que una puta le insistiera reiteradamente sobre una decisión que tenía tomada de antemano y que no iba a cambiar por nada en el mundo. Intentaba mantener la sonrisa plácida y el gesto sereno pero la jodida rusa llevaba toda la comida rogándole aunque ya había dado el asunto por zanjado. Le estaba cuestionando su autoridad con tanto lloriqueo delante de los hermanos Chamorro, ¿que iban a pensar estos de él?, noto calor en la cara y temió que se le notara el enojo.
- Por favor no me separes de Alina, estoy dispuesta a alargar el plazo dos meses más si tú quieres, pero déjame aquí.
Quiso decir algo más pero un bofetón con el revés de la mano del proxeneta se lo impidió, cayó aturdida al suelo.
- Sácala de aquí Charly. Id al Club y que se prepare para el viaje.
Se tiró elegantemente de las mangas de la camisa que se habían escondido bajo la chaqueta por el brusco movimiento. Perdonadme, no sé que le pasa, debe estar algo nerviosa por el cambio pero os aseguro que se portará bien.
- Claro Carlos, no te preocupes, es normal que esté algo nerviosa, ya se le pasará.
Charly salio del comedor sujetando a la chica por las axilas. Sangraba. El anillo de Carlos le había hecho un corte bajo el parpado. Alina salió tras ellos.

Mañana

Estaba en casa, en su casa, todo estaba allí en su sitio, igual que el día de la partida. El banco de hierro en que conversaba con sus amigas y algún que otro pretendiente. No fallaba nunca. Ese banco de patas finas y forja voluptuosa, desde donde veía a su madre cuando la llamaba para que subiera a cenar, podía verlo e incluso palparlo, siempre el mismo banco, a Alina le intrigaba el por qué, luego, la luz ocre del atardecer resaltaba la figura de su hermano en la estación. Oleksander también aparecía ineludiblemente, el sueño era recurrente, y sabía que no tenía otra opción que abrir los ojos.
Despertó angustiada, lo cual no era una novedad. Supuso que sería mediodía por como se adivinaba la claridad tras la persiana de madera, el cuarto olía a humedad, humo y whisky barato. Le costó incorporarse en el sucio colchón de lana en el que yacía. En la penumbra pudo distinguir los cuerpos de las dos mujeres que aun dormían. Se incorporó intentando no hacer ruido, y se dirigió lentamente hasta enfrentarse a un espejo sin marco atornillado a la pared. Su angustia se acentuó, el paso rutinario del tiempo, ya más de dos años de su llegada a España, no lograba que se llegara a acostumbrar a su apariencia actual, aún llevaba el sujetador y el tanga rojo, el rimel le emborronaba gran parte de la cara ensuciándosela sus carnosos labios ya no estaban enmarcados por el carmín económico que le suministraban y el pelo había perdido la suavidad y el brillo que tanto gustaba a su padre, pero sin duda lo que mas detestaba Alina de su aspecto actual eran sus ojos tristes, turbios, apagados, sin vida. Un claxon como sirena de barco empezó a sonar en la distancia creciendo en intensidad conforme se iba aproximando el vehículo al club en el que se hallaban. El camionero, cambio el compás del infernal ruido haciendo tres cortes en el monótono sonido de la bocina justo en el momento en que pasó frente a ellas. Un dolor punzante le atravesó las sienes. Las otras dos chicas se incorporaron asustadas de sus catres. Las descomunales ruedas sobre el pavimento hicieron tintinear los cristales de la única ventana de la habitación, el tremendo alboroto se fue diluyendo según se alejaba el camión
- Que gracioso el hijoputa - exclamó, Daniela, mulata portuguesa, aunque ella, si le preguntaban por su nacionalidad siempre afirmaba que era brasileña, - mala hostia se pegue contra el pilar de un puente.
Lo habían tomado por costumbre, sabían que a esa hora dormían y era una gracia que les hacían, seguro que por la noche se lo recordaría divertido mientras las sobaba con sus asquerosas manos. Las dos chicas se dejaron caer en las camas maldiciendo entre dientes.
- Voy a abrir un poco la ventana, si no os importa, chicas.
- Ábrela jodida rusa, ábrela.
Alina la abrió y tiró de la cuerda enrollando la persiana, el cuarto se inundó de luz y le hizo entornar los ojos. El paisaje era desolador, tras la carretera bacheada y sin arcén, una inmensa llanura manchega seca, sin árboles con algunas naves industriales desperdigadas por ella. Se desplazó con desgana hasta la puerta para comprobar lo que ya sabía, estaba cerrada desde fuera.
Daniela se acercó a Alina que se había dejado caer al suelo y con gran dulzura acarició su cabello con unas manos duras, de mujer de vida difícil y trabajada.
- ¡Eh! mi niña ¿cuándo vas a dejar de llorar?, todas las mañanas lo mismo. No será por haberte dicho rusa, ya sé que no eres rusa mi niña pero no se me queda en esta cabezota mía el nombre del país tan raro del que sois, dímelo otra vez mi niña, que ya no lo voy a olvidar, anda dímelo preciosa.
- Ucrania.
- ¿Ves mi vida? así mejor, ya verás como no se me vuelve a olvidar, grabado para siempre jamás. Se golpeó repetidamente la frente con el talón de la mano.
La llave entro en la cerradura y abrió el doble cierre, un gigante rubio apareció al empujar la puerta.
- Vestíos, rápido, vamos a comer a la capital, a casa de Carlos. Alina y Daniela se levantaron.
- Me has oído Yurdana.
- Si claro Charly, ya me visto. Como un resorte se incorporó en la cama.
El hombre dio media vuelta y bajó las escaleras dejando la puerta abierta.
- ¿De que país somos Daniela?, dijo Yurdana retirándose el cabello enmarañado de la cara.
- De Ucrinia mi vida ya se quedó aquí para siempre. Repitió el gesto de golpearse la cabeza.
Las dos muchachas se miraron cómplices y sonrieron.

Dos años antes.

Cae la tarde en la vieja ciudad de Uzhgorod, hace un viento glaciar que dos jóvenes, cogidas de las manos, parecen ignorar sentadas en un banco de hierro a orillas del río que parte la urbe en dos.
- Es la oportunidad que esperábamos Yurdana, es ahora o nunca.
- No sé Alina, me cuesta mucho decidirme, ¿estás segura que corren con los gastos?
Dice mientras suelta las manos de su amiga y se retira un mechón de cabello negro que se escapa del fruncido pañuelo que le recoge su larga melena.
- Con todos los gastos del viaje y del primer alquiler, luego se lo iremos devolviendo con el sueldo del restaurante, me han dicho que aun así en estos primeros meses podremos, incluso, enviar algo de dinero a casa.
Un muchacho hace sonar el timbre de hojalata desde el otro lado de la calle mientras saluda a las chicas quitándose la gorra sobre su bicicleta. Yurdana se levanta y utiliza sus manos como altavoz.
- Adiós Vassily, será mejor que mires al frente si quieres que te vuelva a entrar la gorra en la cabeza. Se deja caer en el banco con una sonrisa que ilumina su pálida faz.

- Nos merecemos una oportunidad Yurdana, aquí ya sabemos qué pasará, tú te casarás con Vassily y yo no sé con quien pero acabaremos en la fábrica y nos pondremos feas y gordas. Infló los carrillos cuanto pudo en un gesto divertido.
- Lo que no comprendo es que ganan con tomarse las molestias de proporcionarnos el viaje, buscarnos el trabajo y la vivienda. ¿Qué ganan ellos?
- Es un negocio Yurdana, apuesta a que nos cobraran al menos el doble de los gastos, aparte el dueño del restaurante les da una comisión por conseguir trabajadoras. Es un país en crecimiento continuo según me dijeron, la tierra de las oportunidades y la libertad. Hace una larga pausa y la mira queriendo traspasar sus pupilas. Yo cuidaré de ti. Probemos Yurdana, probemos, ¿que podemos perder?
Yurdana se abraza a Alina y siente el calor de la mejilla de su amiga sobre la suya, la arrulla más fuerte y sonríe, el estomago se le contrae y percibe como un vértigo en su interior
Las dos muchachas escuchan el timbre de la bicicleta de Vassily por el extremo de la avenida por donde desapareció minutos antes, le ven aparecer con los pies sobre el manillar, con la sonrisa feliz del enamorado adolescente, se quita y se pone la gorra, rítmicamente al pasar frente a ellas.

EL REGALO

El amor que sentían por sus padres era incuestionable, por eso en las bodas de plata quisieron hacerles un regalo que no olvidaran jamás.

Cuando intrigada, la madre abrió el sobre, vio los boletos de avión, la reserva del hotel y hasta los papeles del auto alquilado. Por fin conocerían el extranjero.

Desde que pasaron la línea de inmigración y terminaron de despedirse agitando las manos, comprobaron que a pesar de los temores y confusiones propios de la inexperiencia, todo estaba organizado y tanto en tierra como en aire, empleados y funcionarios les iban indicando lo qué debían de hacer.

Luego, en aquél céntrico hotel de la ciudad terminaron de valorar el espléndido regalo de sus queridos hijos.

Enseguida establecieron las diferencias para darse cuenta de que allí todo era mucho mejor: autos, luces, escaparates, ¡Todo! Y ¡Cuántas cosas! Y !Qué organización! Eso sí, cada uno a lo suyo, pensando en sus cosas, hablándole al teléfono móvil, o escuchando música con los auriculares puestos. A nadie parecía importarle que cada cual fuera vestido como quisiera según su religión, raza u apetencia. La gente andaba deprisa y absolutamente ajena al resto; tanto si pasaban dos jovencitas tatuadas con la cara llena de piercings, como si dos hombres caminaban agarrados de la mano. Nadie se inmutaba si un ejecutivo comía de pié en la acera, o si otro se afeitaba mientras el semáforo se abría. Daba gusto ver tanta libertad, tanta tolerancia, tanto progreso.

En la mañana un taxi les llevó hacia el Rent a car para recoger el auto alquilado. Se complacieron en el trayecto tratando de reconocer edificios de renombre e imaginar todo lo que les quedaba por ver.

Subidos en el flamante auto comprobaron su estabilidad, seguridad y fácil manejo; realmente disfrutaron del paseo a pesar del desconocimiento de la ciudad. Ya hacia el medio día quisieron detenerse para comer y sobre todo para ir al baño, pero en cualquier lugar donde intentaban aparcar el estacionamiento estaba prohibido, y no fue sino hora y media más tarde cuando pudieron dejarlo en un parking, que, aunque carísimo, resulto bienvenido.

Donde sí se sintieron torpes de verdad fue en la fila del aquel establecimiento de comida rápida, perdidos entre combos, ofertas, cajeras poco comprensivas y clientes impacientes. Echaron de menos su restaurant de siempre, donde les saludaban al entrar, les recomendaban al ordenar la comida y luego les despedían como es debido.

Pero una vez aseados recuperaron el ánimo y después de comer con apetito, que no con gusto, se concentraron en el mapa para regresar al hotel. De nuevo en marcha, se vieron muy rápidamente absorbidos por un torrente de autos en la misma dirección que les llevó hacia un nudo de salidas de la ciudad, varias veces trataron en vano de parar a preguntar, pero una sinfonía de bocinazos les hacía deponer la intención. Como fuera un rato después estaban en una autopista y en dirección desconocida. A la primera ocasión intentaron regresar tomando una salida… para caer directamente en otra autopista. Viendo el hombre de reojo la cara de preocupación de su esposa hizo algún comentario optimista a cerca de la emoción de descubrir los lugares por azar. La mujer trató de sonreír pero permaneció en silencio.

Ya anochecía cuando en una de las bifurcaciones vieron el cielo abierto en forma de estación de gasolina con una pequeña cafetería. El hombre consiguió repostar después de tres visitas al interior para que la empleada le explicara con fastidio el proceso de poner la tarjera de crédito en el surtidor, esperar la autorización, seleccionar el tipo de combustible y auto servirse. Complicadísimo para un hombre acostumbrado a echar gasolina sin siquiera bajarse del auto con un empleado que si lo requería le miraba el aceite, el agua y hasta le limpiaba los cristales, y al que con gusto le dejaba propina. Finalmente después de repostar, cenaron con el sándwich y el café aguado que les ofrecieron en la cafetería sin pasarles desapercibida la similitud con tantas escenas de película acumuladas en su memoria. Después la camarera les explicó lo mejor que pudo el itinerario de vuelta a la ciudad y lo intentaron.

A la una de la madrugada, ya con la autopista casi vacía alcanzaron a ver las luces traseras de un camión y lo siguieron cuando éste tomaba un desvío que les llevó a un pequeño hotel de carretera. Convinieron que descansarían unas horas; a la luz del día todo sería mucho más fácil. Aún así, la mujer murmuraba haciendo alusión a la faena de tener que pagar una noche de hotel teniendo el suyo en la ciudad.

Después del frugal desayuno que ofrecía el motel, pusieron toda la atención en las explicaciones que con un español muy precario, el recepcionista, posiblemente árabe de origen, les daba con el mapa abierto para el camino de regreso. Aún así y como medida preventiva se abastecieron de panecillos y botellitas de agua.

Dos horas después de salir supusieron que debían estar llegando a juzgar por la cantidad de salidas que anunciaban los carteles, sin embargo esta vez decidieron continuar hasta que la autopista les vomitara a la ciudad, pero eso no sucedió y continuaron kilómetros y kilómetros hacia ningún sitio. Ni la mujer podía ya disimular el llanto, ni el hombre podía consolarla. Y giraban tratando de cambiar de sentido y volvían a ponerse en ruta, siempre perdidos y siempre con la sensación de ya haber pasado por ahí. Ya casi de noche, el fatigado conductor recordaba en silencio que a esas horas sus amigos estarían en plena partida de dominó y tomando lo de siempre.

Se habían convertido en esclavos de la autopista. Hicieran lo que hicieran daba igual, siempre terminaban circulando por ella.. Nadie se fijaba en ellos, nadie los ayudaba, nadie los extrañaba; en realidad, a nadie le importaba si en ella vagaban por toda la eternidad. Eran dos almas entregadas a su destino errante. Habían entrado en una especie de trance en el que sólo existían líneas, asfalto y fatiga.

Con las inequívocas luces rojas y azules de la policía tras ellos, recuperaron eufóricamente la esperanza. El hombre de inmediato frenó, tocó el claxon y bajó la ventanilla agitando el brazo con vehemencia. Cuando se detuvieron el oficial se aproximó cauteloso linterna en mano, al iluminar hacia el interior vio a la pasajera que reía y lloraba a la vez e instintivamente dio un paso atrás llevándose la mano al arma reglamentaria cuando el conductor trató de estrecharle efusivamente la mano mientras trataba nerviosamente de abrir la puerta.

A pesar de dar negativo en la prueba de alcoholemia, el oficial decidió llevárselos detenidos para averiguar en la estación de Policía el por qué de tan extraña actitud.

Y así fue como después de una noche toledana de explicaciones, traducciones y justificaciones, llegaron dos empleados del Rent a car en su busca para formalizar de mala gana la devolución del auto y el regreso a la ciudad.

En el aeropuerto, los hijos esperaban impacientes, deseosos de conocer los pormenores del viaje sin saber que sus padres habían llegado al aeropuerto con el vuelo ya cerrado y que habían tomado ese avión por los pelos. Tampoco podían ni imaginarse sus angustiosas experiencias atrapados en la autopista.

Después de saludar, contestaron con escuetos “bien” y algún que otro monosílabo a cada una de las eufóricas preguntas. Los hijos achacaban la parquedad al lógico cansancio del viaje porque desconocían que en un espontáneo acuerdo tácito sus padres habían determinado no contar lo sucedido, no sólo por vergüenza sino por evitar innecesarias muestras de ingratitud. Aún así de camino a casa cada uno pensaba para sí que no era tan malo el plácido y anticuado estilo de vida de su pueblo.



Oscar Zazo. Verano 2009

Hartos de Dios

El corazón golpeándole en el pecho como un puño sobre una almohada. Creyó morir a causa de la tremenda conmoción preocupándose por palmarla con esa ridícula expresión, con esa media sonrisa y con los ojos entornados de un colgado apretando un billete de lotería con ambas manos.

Pero no fue su último día, se puede suponer que aun le quedaban muchos más que soportar, cada uno de ellos cubriendo de aburrimiento a la antigua tristeza que formaba parte de su existencia al igual que el lunar descubierto en la espalda durante la infancia.

El hecho de que el billete de lotería fuera el más remunerado de la historia no lo liberaría del profundo arraigamiento en la apatía, aunque es cierto que durante unos meses la fuerza del acontecimiento conseguiría rescatarlo de una vulgar cotidianidad, de la simpleza de míseras rutinas, la fortuna lo llevaría en volandas por los cielos de las fantasías cumplidas satisfaciéndolo todos los deseos en edenes donde el dinero es Dios y su poseedor el dueño de Dios.

Pero sucede que al escritor no le merece la pena describir aquellas fechas porque siendo agotador para él para el lector puede resultar aburrido ¿quién no conoce alguna historia sobre algún nuevo rico? de alguien que de repente se hace millonario y que llegando a las costas de la felicidad descubre un mundo dichoso al que es necesario colonizar; afortunados que se instalan en paraísos que no saben cultivar limitándose a tomar posesiones y a hartarse el gozo tratando de apagar los ardientes recuerdos de las carencias, de las frustraciones.

Al cabo de algún tiempo el protagonista, si fuera listo, se convertiría en algún tipo de robinsón complacido con sus pertenencias que ya no espera el barco de las provisiones, con eso que tanto se echa en falta en esas cumbres: la verdad, lo auténtico, el desinterés; si no fuera listo probablemente arruinaría el territorio, habría secado el vergel y en el vacío de la pérdida soñaría desesperadamente con el barco del regreso a su antigua vida, a las rutinas vulgares, a la sencillez de la existencia minúscula.

El escritor, ya está dicho, no desea escribir una historia repetida una y mil veces, historias de libertos que se limitan a pastar entre sus riquezas, historias de los que añoran el yugo, a la tranquilizadora irresponsabilidad del esclavo, a las cómodas dimensiones de las verdades aparentes, a la confortable residencia en las tradiciones.

Al escritor le gustaría escribir la maravillosa historia de un navegante que no tiene temor a sufrir un nuevo naufragio, la de alguien que con pulso firme, día a día, va perfilando el mapa de sus emociones; escribir sobre el que podría ser el único ser humano libre del planeta, de ése que se conquistó a sí mismo antes de conquistar el mundo, de ése que nada teme, que nada desea; escribir, por ejemplo, sobre un hombre que abandonó su casa dejando las puertas abiertas y que después de enterrar su oro dibujó cien mapas verdaderos lanzándolos a cien aguas diferentes en cien botellas iguales con la esperanza de encontrar al menos a un soñador digno de su riqueza; escribir sobre alguien que se deshace de su fortuna entregando fajos de dinero en los aeropuertos intentando insuflar aire en las velas del auténtico viajero, de ése que prefiere seguir adelante, hacia el futuro, en lugar de regresar a su pueblo para dormir al calor del dinero oculto en su colchón; pero… aunque parezca que el escritor es todopoderoso, que en sus fabulaciones hace y deshace, que como único Dios de su universo puede crear infinitos mundos, a veces, las criaturas, sus personajes se revelan, porque no creen en ningún dios, porque ni siquiera creen en sí mismos cuando el lector no los descubre. Así podría ocurrirle al hombre agraciado con el mayor premio de la historia de la lotería mundial, y puede que fuera por eso por lo que se reveló contra su creador haciendo pedazos el billete para no tener que conquistarse, para no tener que abandonar su casa dejando las puertas abiertas, para no tener que enterrar tesoros y repartir fajos de billetes en los aeropuertos tal y como le gustaría escribir a Dios.

A veces ocurre así, los personajes se revelan, obligan a escribir al escritor su verdad, su propia historia, en la que generalmente no quieren ser protagonistas de nada porque están hartos de los excéntricos caprichos de la fortuna, de los inconmensurables sucesos, de gestas heroicas, de las tremendas exigencias de sus creadores.

La mayoría, simplemente quiere que el escritor escuche sus oraciones.

6/7/09

LA FUNERARIA

¡Esto es un sin vivir!

Sospeché que ya nada sería como antes en el momento que comenzaron a circular en el barrio rumores de que estaban construyendo una funeraria en mi calle. La verdad, al principio no creí tan tétricas murmuraciones, pero las obras fueron avanzando y cada vez con peor pinta; que si columnas sobrias, que si grandes faroles, que si portón espacioso, que si puertas de madera con vidrieras al fondo, hasta que un mal día colgaron el cartel. Desde entonces cada vez que paso por delante, no puedo evitar mirar de reojo el ataúd que tienen en la puerta con su camillita y su revestido de tela azul y su plástico por encima para que no coja polvo mientras que llega un cliente… y trato de pensar en otra cosa, pero no puedo, llego a mi casa con el corazón en un puño y visiblemente afectado.

Ya ha pasado más de un mes y no he conseguido acostumbrarme. Sin embargo dicen que el propietario está desesperado por que aún no se ha estrenado. Hay quien asegura haberle escuchado decir malhumorado que si es que en este pueblo no se muere la gente.

Yo en cambio cada día le veo en la puerta esperando su muerto con paciencia, y mientras conduzco me mira, no dice nada, pero me mira como escrutando mi aspecto, yo creo que con la esperanza de encontrar en mi fisonomía algún signo de enfermedad terminal. De inmediato aparto la vista, y en cuanto me alejo, sin poderlo evitar me miro con aprensión al espejo retrovisor. Esas ojeras… no sé.

Si en la mañana conduzco aprisa calle abajo para no llegar tarde al trabajo, allí está ese pájaro de mal agüero clavándome su mirada, al parecer complacido de mi aceleramiento, yo creo que es por si la prisa pudiera convertirme en candidato para ocupar en breve su maldito féretro vacío. Entonces reduzco la velocidad aparentando una serenidad que ya no tengo, y tratando de persuadir al cuervo de su perverso anhelo.

¡Esto es un sin vivir! ¡Ojalá quiebre!, si no, me voy a tener que mudar, porque a decir verdad, esto ya no es vida. He perdido la ilusión por las cosas y día a día se me escapa la esperanza de volver a tener una existencia tranquila. Es que ese ataúd con terciopelo azul pálido y con la tapita abierta para que se le vea la cara a su inminente ocupante atrae irremisiblemente mi mirada. Estoy empezando a pensar que el hombre-funeral, en verdad piensa que su caja me pertenece. Siempre está ahí, como esperando, no dice nada, no saluda, no cambia la expresión, sólo mira, como un buitre en rama seca esperando su cadáver.

Si finalmente el carroñero se saliera con la suya, vería pletórico, por fin su funeraria en acción. Mi familia, mis amigos, mis compañeros del trabajo, esos traerían una corona, seguro que barata; incluso se acercaría algún curioso, sólo por morbosidad, aunque nunca hubiera hablado conmigo; y sacarían café y se harían corrillos para comentar los pormenores, para especular, para comentar lo bueno que yo era, aunque, seguro que también sacaban algún chisme; de con quién estaba liado o algo parecido. “Eso sí, trabajador sí era”, dirían, y se acercarían a la maldita caja de terciopelo azul pálido y me mirarían la cara por la ventanita y harían comentarios. Alguna persona, claro, adoptaría el rol de plañidera con lamentos en voz alta, no fueran a decir, porque sin gritos ni aspavientos no hay velorio que se precie. Seguro que también se verían expresiones sobrecogidas, ya se sabe, cuando roza la muerte se disimula pero, un poco se presiente la propia…
¡Esto ya no es vida! Esto… esto debería estar prohibido. Tendría que quejarme a las autoridades. No se… pero ¡Esto es un sin vivir!

Oscar Zazo

Pésames ingrávidos

Murió como generalmente se muere en los hospitales, en soledad, sin dolor. Lo último que reconocieron sus sentidos fue un anuncio publicitario en el que una figura popular se presenta como periodista y madre alquilando su verosimilitud a una fabrica de productos lácteos que asegura ayudar a las defensas del organismo humano gracias a los beneficios de sus bacterias patentadas.

Fue un ser de genio dócil, amable, hizo muchos amigos, tuvo algún que otro adversario pero jamás un solo enemigo declarado. Amó a casi todos sus amantes aunque reservó lo mejor de sí para los hijos complaciéndose con su presencia mientras estuvieron a su lado, después, los triunfos de cada uno de ellos le siguieron colmando de felicidad y orgullo. Su última pareja falleció repentinamente y apenas tuvo tiempo para sentir algún vacío pues aún permanecía su olor entre la ropa del armario y parecía resonar el eco de sus palabras en la casa. Empaquetó, poco antes de ingresar en el centro hospitalario, las más valiosas posesiones de su cónyuge muerto apilando las cajas en el sótano; álbumes de fotos, discos, libros, vídeos, cartas de amor; todo tan fresco durante unos instantes y tan rancio durante años; gloriosos testimonios que justificaban una prestigiosa existencia; diplomas, certificados, escrituras de propiedad, pasaportes; se pudrirían ahora en la húmeda oscuridad de un rincón

Alguien le despojó de la bata del hospital, alguien le vistió sus propias prendas, alguien maquilló su cara, alguien introdujo el cuerpo en el féretro de caoba alquilado, alguien lo trasportó hasta la sala refrigerada destinada a las exposiciones cadavéricas donde lucía impecable al otro lado del gran cristal, frontera que separa a los muertos de los vivos en los tanatorios, una urna con ventilación independiente y termómetro indicador visible desde el exterior que marca cero grados. Encerrar a la muerte al otro lado; aparecer como durmientes en el escaparate de una floristería, rodeados de ofrendas, de hermosos arreglos florales; ramos lujosos, coronas fúnebres que intentan compensan con sus colores y aromas la espantosa putrefacción contenida en tan funesto receptáculo.

Nada de condolencias para sepelios estándar, a nuestro fiambre se le vela en un tanatorio premio Nacional de Arquitectura en el que la prestación de los servicios contratados hace especial hincapié en la atención a familiares y amigos disponiendo para ellos de un oratorio multiconfesional, así como de servicio de cafetería, restaurante, parking público, venta de féretros, lápidas, floristería. Un confortable centro comercial de la muerte que ofrece servicios como asesoría jurídica, asistencia psicológica, esquelas en periódicos; diseño de recordatorios; obtención de certificados oficiales, tramitación ante los organismos del estado: Seguridad social, pensiones, últimas voluntades, y, por supuesto, tanatopraxia, para que los conocidos puedan ver por última vez con una apariencia natural y tranquila a su pariente intentando hacer que la situación sea algo menos traumática; aunque todos los muertos son feos porque la muerte es espantosa; por eso a casi nadie le gustan los funerales ni los entierros; por eso únicamente lunáticos o psicópatas descubren belleza y paz en las funerarias, en los ecos de los llantos cada vez más escasos; por eso se oculta a la muerte; por eso pagamos a extraños para que se encarguen de los restos de nuestro padre, de nuestra madre, de nuestros hijos, de nuestro seres queridos.

La sala contratada está vacía esperando la llegada del primer visitante. La música, composiciones elegidas de un prestigioso catálogo, comenzó a sonar por altavoces camuflados desde su apertura un par de horas atrás. En una gigantesca pantalla aparecen instantáneas del ser humano que está en el ataúd tras el limpio cristal. Imágenes en que se aprecia una evolución vital, caras felices, sonrisas, abrazos; siempre en compañía, en la playa o sobre la nieve de las montañas. La inexpresividad del cadáver contrasta con la viveza de su cara en las fotografías que aparece feliz casi siempre abrazando a alguien, compañeros de trabajo, amigos, vecinos, hijos, a su pareja, a cualquiera, a todos.

La amplísima habitación genera quietud y serenidad. No aparece ningún símbolo religioso. Una agradable temperatura, los colores neutros, cremas, beige, marrones, procuran sensación de tranquilidad, el negro está prohibido, el luto, no se manifiesta. La iluminación, el mobiliario inducen a la calma. Es un espacio acogedor diseñado con todo lo necesario para que el adiós de los vivos resulte lo más agradable posible. Se aprecia la profesionalidad, la eficiencia del personal en cada uno de los detalles, la atención personalizada que se oferta las 24 h. los 365 días del año, como la realizada por el agente asignado que acudió al centro hospitalario para hacerse cargo del cuerpo y los trámites.

Hoy, el más ancestral de los ritos se procura discreto, amable, contenido. Obviar a la muerte en una vida orientada al placer de eso se trata, ignorar la pena, al terror existencial impregnado en todos los átomos de todos los seres vivos; disimular al muerto entre flores; mirar en la pantalla el vivo color de su sonrisa; por qué sufrir una fea realidad que manchará vuestra memoria; son los atrasados, los pobres, los que no puedan pagar el servicio los condenados a vivirla; vosotros podéis contratarlo; os merecéis espacios y protocolos que os seden el alma confeccionándoos bellos recuerdos y donde prime la comodidad para los que veláis al muerto, salas individuales que preserven la intimidad, aseos, duchas con un diseño más propio de un hotel que desdramatizan el acontecimiento. Evadir la muerte, esconderla como a una horrible verruga tras un hermoso decorado. Una cultura neopagana que no cree en una vida después de la muerte tiene consiguientemente que buscarla antes de que ésta llegue deseando que sea durante el profundo sueño y tan amable de nos despertaros en un último sobresalto. Ser considerados, procurar dejar un hermoso cadáver, un elegante cuerpo inerte digno de admiración ante el que apenas se derrame alguna lágrima, lejos del mal gusto de la incontinencia emocional y su insoportable resaca.
La banda sonora finaliza pero al cabo de unos segundos vuelve a sonar desde el principio; han pasado cuatro horas; en la pantalla, el bucle de imágenes sigue mostrando afectos.

Acaso una hija mayor se encargara de contratar los servicios aunque no pueda asistir al funeral porque como miembro de alguna ONG en algún Hospital Infantil de Tubinga su trabajo sea indispensable y su ausencia desencadenante de algún colapso; otro hermano podría estar disfrutando de una a beca para artistas visuales en Nueva York o en París preparando una primera exposición que fatalmente coincida con el fallecimiento siéndole imposible postergar la misma; sería el encargado de esparcir las cenizas tras la incineración según deseo del finado, aunque dada la imposibilidad de asistencia puede que contratara el servicio con la funeraria dando indicaciones del lugar donde esparcirlas; puede ser que tengan otro hermano al que haya sido imposible localizar, quizá un sacerdote de los Misioneros del Verbo Divino que misiona en la lejana Australia. Seres solidarios comprometidos con sus semejantes que trabajan incansables por una vida mejor para todos los seres humanos.

En otra pantalla más pequeña van apareciendo pésames ingrávidos, condolencias y excusas recibidas por internet y telefonía; cientos de mensajes dolientes, postales electrónicas ilustradas con puestas de sol, lagos y altas cumbres llegan desde distintas partes del mundo. Al fin, la puerta se abre, aparece un hombre con una guitarra, echa un vistazo a su alrededor y no se sorprende al encontrar la sala vacía, mira su reloj y después a una mesa en la que se presenta un surtido tentador servido por una prestigiosa empresa de catering; se resiste a probar bocado, es un profesional; desenfunda la guitarra, carraspea e inmediatamente comienza a cantar alguna canción favorita de la persona difunta, puede que 'Let it be' de The Beatles; ni en una ocasión mira al interior del ataúd y cuando termina sale inmediatamente cerrando la puerta despacio. Han pasado muchas horas, casi todas; la inasistencia a sus honras fúnebres deshonra al cadáver aunque quizás le realicen el mayor homenaje posible desde la lejanía olvidando sus ofensas, sus carencias, dejando su nombre limpio de ellas en la memoria de todos los ausentes. Nada más; una vida completada; alguien que debió morir hace mucho tiempo; nada fatal; tuvo suerte falleciendo mucho después de que murieran sus ilusiones, ya no deseaba nada, ni siquiera un día más de vida; si acaso, deseó en el último instante estrechar una mano querida, porque eso sí es triste, eso es lo verdaderamente triste; morir solo en la habitación de un hospital; a pesar de haber sido un ser amable, tolerante, respetuoso.

La empresa cuenta con expertos directores de eventos y a la mañana siguiente entra el asignado a la familia dando órdenes a los asistentes. El cadáver, las flores, se retiraron de la cabina y no hubo que limpiar los restos de ningún beso en el cristal. Siguen llegando condolencias con muestra de poemas y textos relacionados con el fiambre, los altavoces siguen repitiendo la misma música, se ultima el homenaje, el adiós, ya empezó a olvidarse todo lo que esa persona fue o representó, todo lo que hizo o dejó de hacer; así hasta dejar de existir definitivamente con el último recuerdo del último ser vivo que nos conoció. Un operario desconecta las pantallas, apaga las luces y retira su nombre del panel de anuncios; la sala queda limpia, silenciosa, preparada para un nuevo servicio.

Olvidamos, pero cuando parten los que nos conocían nos dejan más solos y si se puede contar más conocidos muertos que vivos el fin no está muy lejano. Se es inmortal hasta ver al primer muerto, entonces se reconoce que algún día alguien dejará una flor sobre nuestro féretro con gesto recogido y sintiéndose culpable por no sentir dolor alguno, igual que te ha pasado o pasará a ti, porque desde niños nos blindan contra el sufrimiento y si nos sedan los dolores físicos, por qué no sedar los del alma; la muerte no se puede evitar pero el sufrimiento sí; la pena poco a poco está siendo desterrada en los entierros hasta llegar a convertirlos en una fiesta; se trata de pasar rápidamente la página de la tragedia para regresar de inmediato al confortable refugio de la rutina, al consumo de microdosis de alegría y felicidad porque no hay mayor dolor que el de no poder consumir.

Incinerar inmediatamente a los muertos, sus cenizas no tardarán en perderse entre el polvo de los remordimientos, liberaos de los tributos al dolor, de esos homenajes ante las tumbas que encierran los cuerpos corruptos de seres queridos, tan corrompidos como la mayoría de los individuos ultra-estandarizados que perdieron sus instintos domesticados por los medios, sometidos a todo tipo de influjos consumistas y obsesionados con el poder adquisitivo.

Tras la incineración fue encargada una urna ecológica para las cenizas, compuesta de sal marina se diluye en el agua en 30 minutos sin dejar residuos. La gratificación extra no fue motivo suficiente para que el empleado de la funeraria cumpliera el encargo y en lugar de arrojarla al mar según las indicaciones, se deshizo de ella en una alcantarilla cerca de unos grandes almacenes donde quería aprovechar el último día de rebajas.

La bahía de los suicidas

- Cuéntame como fue tu muerte.
- No creo que quieras saber como ocurrió, además es una historia larga y triste.
- El tiempo y las emociones aquí no existen, son conceptos que sólo utilizan los vivos.
- Está bien, tú lo has querido, yo morí de tristeza; Solo, arruinado y despreciado por los que más quería.
- Pero, ¿cómo?.
- Un día, como otro cualquiera en mi desdichada vida, decidí que no quería seguir allí, en el mundo de los vivos como dices tú, y me quite de en medio sin más.
- Perdona que insista, ¿pero cómo lo hiciste?
- Fue una mañana en la que desperté algo más conchabado con la vida, el motivo era que al ser fin de semana podría ver a mis hijos, cada quince días una juez me autorizaba a pasar un día completo con ellos, era mi única razón para vivir.
Los interrumpió una camarera ofreciéndolos unos combinados de licor y frutas con una amplia sonrisa. El mar estaba en calma y la bahía inundada de luz.
- Sigue por favor.
- Pues que no los vi ni ese fin de semana ni ningún otro, mi ex mujer me llamó justo a la hora en que debía de entregármelos para decirme que no los llevaría, que no querían ninguno de los dos verme. Yo me encontraba en el parque acordado con unos regalos bajo el brazo y no quise creerla, por lo que sin más dilación me los puso al teléfono y me confirmaron, uno tras otro, las palabras de su madre, “ Papa no te quiero volver a ver”.
- Y entonces, alargó la última silaba animándolo a que siguiera.
- Volví al piso, a el maldito piso de alquiler que compartía con un mensajero, fui a la cocina, me senté en un taburete, apoyé la cabeza en la encimera con la punta de la nariz rozando el quemador y abrí el gas, por ultimo coloqué frente a mi una fotografía de varios años atrás en la que distendidos y sonrientes aparecían mis hijos y la que entonces era mi mujer en un día feliz de playa.
- Y eso fue todo, fue el fin.
- Si, varias horas después el olor a gas alertó a los vecinos que llamaron a los bomberos y estos me encontraron en esa extraña postura y mas tieso que la mojama.
Hizo un silencio y se volvió a su compañero que descansaba en la tumbona.
- ¿Está ahora satisfecho?.
- Sí, ahora por fin, sí
Dio un sorbo largo al refresco a través de la pajita y perdió la vista sobre las aguas cristalinas.
- Me gusta saber los últimos instantes en la vida de las personas, son irrepetibles.
- Sin embargo los acontecimientos que te llevan a ello no parece que te interesen mucho.
- No, son todos similares, desamor, tristeza y soledad. Todos los que estamos aquí hemos sufrido mucho por esas causas, por una de ellas, por dos, o como es tu caso por las tres. Pero eso no nos hace diferentes, más bien al contrario, nos iguala, por eso no me interesa. Lo que sí nos hace únicos es ese último momento, por que si bien el modus operandi puede ser igual, las circunstancias de cada uno lo hacen único en cada caso.
- Y por qué crees que ocurre eso.
- Es lógico, todos los que aquí estamos decidimos en su momento poner fin a nuestra vida y eso no es algo que se haga a menudo en la trayectoria vital de una persona, solo una y eso es lo especial, lo que a mi me interesa y me entretiene, por eso cada vez que conozco a alguien en esta playa mi primera pregunta es la misma que te he hecho a ti, cuéntame como fue tu muerte.
Un joven muchacho ofrecía ostras a los grupos de personas que se encontraban dispersos por la arena, las cargaba sobre un hombro en un curioso cesto confeccionado con hojas de palmera.
- OK ahora te toca a ti.
- Debes hacer la pregunta concreta.
- Está bien, cuéntame como fue tu muerte.
Dejó el vaso en el suelo, se levantó enérgico de su confortable tumbona y avanzó hasta la orilla del mar y se introdujo en las tranquilas aguas de la bahía, tras un breve baño se volvió a acercar a su acompañante, el agua le resbalaba por toda su anatomía.
- Yo morí quemado.
Se secó la cara con una toalla y prosiguió.
- Bueno en realidad ya estaba muerto cuando el fuego me abrasó como a un leño de encina.
- Qué muerte más horrible la de morir quemado.
- Como te digo ya había fallecido. Pero empecemos por el principio yo también tengo una historia previa al suicidio.
- Te escucho con atención.
- El motivo principal fue la soledad, y no puedo reprochar a nadie este hecho, porque fui muy mala persona durante toda mi existencia y me tuve bien ganado el castigo que al final me trajo hasta aquí. Primero arruiné la vida a mis padres y a mi hermana, más tarde a mi mujer y a mi hija, fui mal amigo, mal compañero, mal vecino y como te digo me tuve bien ganado que nadie quisiera nada conmigo, los últimos años de mi vida no hable prácticamente con nadie, era un desecho social, huraño, sucio y casi siempre drogado y borracho me arrastraba por las calles del barrio en el que había nacido y del que apenas salí en mi triste existencia.
- Y que te llevó a llevar esa vida.
- No sé, yo diría que el egoísmo, siempre anteponía lo mío a lo de los demás y siempre busqué el beneficio propio, a un sabiendo que a veces éste se sustentaba en el perjuicio de los que me rodeaban. Además fui yonki en mi primera juventud y aunque salí de la heroína me pasé el resto de mi vida consumiendo sustancias de todo tipo desde las anfetaminas al hachis, pasando más tarde por la cocaína, las drogas de diseño y en fin todo lo que me pusieran por delante, además del alcohol que también fue un largo compañero de viaje.
El ostrero se acomodó sobre la fina arena con gesto amable y sosegado tomó una concha y la abrió con facilidad con un cuchillo de acero corto, después separó el molusco, le impregnó con unas gotas de lima y se lo ofreció al suicida más cercano, seguidamente repitió la misma operación para el otro, susurrando una suave melodía el muchacho continuó su tarea dejando sobre una hoja de palma los manjares que iba abriendo, los dos hombres se incorporaron de sus hamacas para acceder mejor a las ostras.
- Por lo que cuentas no se puede decir que tuvieras una vida muy agradable.
- No, de hecho fue un asco de vida por lo que imagino que no te extrañe en absoluto que quisiera poner fin a ella.
- Bien ahora viene el cómo, dijo a la vez que engullía un nuevo manjar.
- Por mi experiencia con los tóxicos no me fue difícil elegir el modo, me preparé un cóctel que no podía fallar.
- No parece una muerte muy extraordinaria, ¿Dónde está lo especial?.
- Hasta aquí nada especial, fue después de fallecer donde mi caso se volvió único.
- Estuve cinco días muerto dentro de mi vivienda y al igual que en tu caso fueron los vecinos los que alertaron por el olor que producía mi cuerpo en descomposición, en todo este tiempo nadie se preocupo por mi, nadie me hecho en falta y si no hubiera sido por la molestia que producía a mis colindantes todavía seguiría allí convertido en una momia.
- Sigo sin ver lo sorprendente.
Se limpio la boca con el dorso de la mano, bebió un sorbo de refresco y prosiguió.
- También en mi caso fueron los bomberos los que accedieron al piso y más de uno lo abandonó vomitando, a esas alturas me había convertido en una especie de sapo hinchado y el aspecto que presentaba junto al hedor que desprendía hacían la estancia en ese piso insoportable.
- ¿sapo hinchado?
- Sí, los cuerpos al descomponerse generan un gas llamado metano que si no encuentra una salida natural se acumulan en él produciendo el efecto globo o sapo.
El ostrero se había relajado un momento de su faena y escuchaba interesado.
- Se fueron los bomberos y llegaron los sanitarios que certificaron mi muerte y salieron de mi casa sin demora, tras ellos llegó el juez a levantar el cadáver y ni siquiera pasó del quicio de la puerta, por lo que en todo este trasiego de profesionales nadie siquiera me tocó. Los últimos en llegar varias horas después fueron los de la funeraria a retirar mi cadáver, eran dos chicos jóvenes que aunque acostumbrados a estas labores no por ello les resultaba sencillo el trabajo por lo que lo hicieron presurosos para acortar el tiempo que debían de pasar junto a mi.
- Sí, es un trabajo muy desagradable.
El ostrero asintió.
- Como digo el tiempo les apremiaba por lo que se anduvieron sin miramientos a la hora de cargarme dentro del saco y subirme a la camilla, fue en ese preciso momento cuando bien por una pequeña abertura que se producirá en mi ya podrido cuerpo o bien por un orificio natural, salio el gas en mí alojado y fue a toparse con una estufa que allí se hallaba y de la que nadie, de los muchos que por allí pasaron, se percato en apagar, por lo que la deflagración fue inevitable y no ocurrió una desgracia mayor por que como digo los dos operarios eran jóvenes y bajaron las escaleras de tres en tres con el pelo encendido como alma que lleva el diablo.
- ¿se quemó la vivienda?
- Completamente, y no se quemó todo el edificio por la rápida actuación de los bomberos que otra vez acudieron a el lugar al igual que los sanitarios, policías, el Juez, etc.
El muchacho, de rodillas sobre la arena, comenzó a reír en principio conteniéndose por respeto, pero al no poder contenerse estalló en una sonora carcajada a la que no tardaron en incorporarse los otros dos hombres, los demás residentes de la playa los miraban curiosos mientras la tarde comenzaba a caer sobre la bahía.

Directriz para La Funeraria , Pésames ingrávidos, La bahía de los suicidas

Funeral

21/5/09

De las personas con olvido

De repente, el silbante viento aparece peinando los mechones del juncal y riza la superficie del charco en la que una anciana se miraba hasta entonces como en un espejo. Levanta despacio la vista al camino, después, al cielo; las nubes pasan raudas como si fueran un archipiélago aéreo; ajironan con sus blancos el profundo azul del cielo. Por entre ellas se cuela un haz de luz que cae sobre un húmedo campo de tierra rubia salpicado con los verdores de los árboles, de los matorrales, y también con el granítico volumen de los inamovibles peñascales.

La mujer permanece sentada, casi recostada, sobre la arena húmeda que bordea el charco. En el gris de la cabellera despeinada se evidencia el paso de sus muchos, muchos años. Los sucios mechones se los sujeta tras las orejas dejando al descubierto una frente amplia con algunas manchitas marrones y cruzada de lado a lado por finos surcos, por arrugas que parecen zigzagueantes culebrillas paralelas. Le desaparecieron las cejas y los ojos se le hunden en las cuencas, los párpados sin pestañas no cercenan la perfecta circunferencia de sus iris; de los brillantes discos verdes que permanecen inmóviles enfocados a la lejanía, mirando a nada.

El azulado claroscuro de la cercana sierra le cierra el horizonte a la ondulante campiña recosida con el óxido de los alambres de espino y trazada de lado a lado por el cableado de las líneas de transmisión eléctrica. Una confiada liebre sin reparar en la mujer cruza el camino olisqueando la tierra; una golondrina garabatea en el aire con su nervioso vuelo antes de planear durante un instante sobre el charco y desaparecer; la señora ve a tres jilgueros aleteando sobre el barro más blando y antes de poder contarlos desaparecen jubilosos lanzando trinos.

Una risa estrepitosa brota de su boca; de igual forma, para de reír, en su rostro reaparece un rictus que manifiesta un estado de ánimo angustioso. Dejó en silencio a los campos, parece que incluso el aire cesó ante las carcajadas descompuestas de su risotada. Vista desde lejos, la inmovilidad del avellanado cuerpo cubierto con un blanco camisón estampado parece cualquier cosa menos una persona o una amenaza; las aves no tardan en reanudar los cantos.

La octogenaria enferma, sola, deambulando por campos desconocidos es una imagen que provocaría angustia moral a cualquier espectador, aunque la senectud desvalida; la perturbación de la razón; el desamparo; no impiden a esa mujer ser intensamente feliz en esos mismos instantes, aunque ella no sabe que es feliz en ese instante; no lo sabe, porque no sabe nada;, porque olvidó todo, por eso es feliz; a pesar del rictus de angustia que le dejó el alma marcado en el rostro; con la pureza de un animal, es feliz, plenamente feliz.

Elevándose tras la sierra, pareciendo salir de un volcán, aparecen nubes más blancas y altas que las que pasan sobre su cabeza aligeradas por el vigoroso viento. Un jilguerillo se posa sobre el alambre de una cerca, su nervioso coleteo le confunde la vista mezclando el amarillo, el rojo y el negro de sus plumas.

La anciana está perdida desde hace muchos años; se fue perdiendo en su casa, después en residencias y hospitales, perdida entre rostros irreconocibles, confundiendo palabras, recuerdos, afectos. Supervisada por desconocidos que rigen su existencia imponiendo rutinas y que no paran de hacer preguntas estúpidas ¿en que se parecen una pera y una naranja? Aún así, necesita a esas personas porque desaprendió a vestirse, a alimentarse, a hablar y empezó a alucinar. Dulces alucinaciones que en su amarga existencia son más verdad que la realidad que le rodea. Vio el tintero abierto de su infancia sobre la mesita de noche en la habitación de la residencia, reflejándose la luz de la bombilla como una ondulante luna sobre la superficie de la negra tinta; vio a su madre pelando patatas a los pies de la cama y acarició al gato que murió atropellado por un tranvía setenta años atrás.

Los espinosos cardos se esfuerzan en mantener su digna verticalidad y parecen más dignos que el flexible junco vecino pero las impetuosas rachas los hacen tiritar y parece que es de miedo ante la invisible fuerza del viento. Un cernícalo, a unos metros de altura sobre el terreno, en vuelo estacionario, casi inmóvil, espera avistar alguna presa entre un macizo de florecillas silvestres; las sombras de las dispersas nubes se perfilan y pasan como manchas de vaca sobre la inmensidad de los campos. A ratos el viento cesa permitiéndole escuchar los pajareros cantos y no muy lejos, sobre la hierva que bordea el camino, descubre a una perdiz inmóvil confundiéndose con las piedras.

La mujer ahora no alucina, pero no sabe que no alucina, porque la mujer no sabe nada. No sabe como llegó hasta ahí caminando descalza, que se perdió y que estando tan cerca de la residencia parece imposible que nadie la haya descubierto. Ella ahora, al igual que en su infancia se siente una con la naturaleza. Una cosa sola que se dispersa y que está en todas las partes y en cada una de las cosas que le rodean. El suelo sobre el que se recuesta, los pájaros, las plantas, constituyen la totalidad del mundo y siente como un animal, porque es un animal, porque ha recuperado la esencial libertad primaria que consiste simplemente en ser; en olvidar; en vivir sin comprender.

Descubre el pequeño tatuaje que lleva en uno de sus pechos desde hace sesenta años, un pequeño corazón flechado y con dos iniciales que es incapaz de leer; después baja la vista hasta llegar a la larga cicatriz que le cruza el vientre, la recorre lentamente con la yema de uno de sus dedos y acaba justamente en el momento en que un pato oculto levanta vuelo hacia el norte; el estrepitoso aleteo aviva el pulso de la anciana que se inclina sobre el charco y bebe como un gato. No es mas que una mujer que estuvo presa en la red de actividades rutinarias de lo que los seres humanos entienden por vida aunque ya no recuerda que es una mujer, que es un individuo único e irrepetible al que le ha sido otorgada una única oportunidad de vivir, con esperanzas y desilusiones, con dolor y temor, con amor y el miedo a la nada. Por eso es feliz, por eso su estrepitosa risa resuena de nuevo por el campo cuando ve su ajada cara reflejada en la superficie del agua serena. Se ha convertido en niña, es pura, es una despierta. Perdió la palabra, la razón, la moral, la virtud. Su alma murió antes que su cuerpo: así, pues, no teme ya nada ¡es libre! ¡es la demencia!

CUENTO SÓRDIDO

Estaba decidida. Dejaría la calle y reharía su vida. Iba en serio, esta vez sería diferente.

Ahora debía encontrar un trabajo que le devolviera un poco de dignidad. No era tan ilusa como para esperar un buen empleo, ni lujos, ni siquiera comodidades. Pero sí, encontraría algo. Y tal vez con el tiempo podría incluso, traer a su niña a vivir con ella.

Esta decisión determinada le proporcionó cierta euforia, pero enseguida comprobó que con tan escasa experiencia laboral y con su casi nula preparación académica nunca encontraría nada decente, por no hablar de sus antecedentes penales, de manera que las buenas intenciones se fueron desvaneciendo y día tras día volvía a la pensión cansada hambrienta y decepcionada.

Después de una semana infructuosa, su ánimo hacía aguas por todas partes. Una noche se miró con detenimiento en el mugriento espejo de su cuarto y decidió que lo veía no le gustaba, por eso, tomó una decisión inevitable. Recurrió a los escasos recursos cosméticos que estaban a su alcance en un desesperado intento de conseguir una imagen medianamente aceptable y salió a la calle.

En la barra de aquél bar de barrio se encontraba padeciendo la estridente música y esperando resignada que algún cliente se fijara en ella. Ya no tenía edad como para darse el lujo de elegir a sus clientes y desde luego no era una niña para andar con mojigaterías, debía conformarse con lo que viniera. Si bien alguna vez hubo sombra de diversión en su oficio, a estas alturas se había esfumado definitivamente. Pero por encima de todo lo que más le pesaba era constatar que el sueño de dignificar su vida había fracasado de nuevo.

Caminando hacia el baño se fijó distraídamente en los dos hombres de la mesa del fondo, que ya hartos de cerveza daban cuenta de un servicio de pollo. Comían con avidez y directamente del recipiente sintético usando los dedos sin el más mínimo pudor. Uno de los dos, el más gordo, levantó de la comida sus ojos saltones y al cruzar la mirada con ella, detuvo el gesto de llevarse a la boca un muslo a medio comer para ofrecérselo, la mujer declinó con un leve ademán disimulando la repugnancia. Cuando ya estuvo a su altura ambos dirigían la vista con descaro al ceñido pantalón justo a la altura de la entrepierna al tiempo que voceaban alguna grosería ininteligible que se confundió con la música. Ella hizo caso omiso y siguió indiferente.

Como fuera unas cuantas cervezas después, se encontraba sentada junto aquél fulano execrable, soportando que desplegara un cortejo más que previsible e infinitamente más próximo a la ordinariez que a la elegancia. Ella se limitaba a esbozar sonrisas tratando de que no parecieran forzadas, no fuera a poner de manifiesto que, lejos de ser una “chica de vida alegre” era una mujer asqueada, sobretodo de sí misma, y de sobra sabía que una de las quejas más usuales de los clientes era precisamente esa: mujeres “poco divertidas” y en muchos casos con la amargura reflejada en el semblante.

Entraba al cuarto tras el hombre después de haber negociado el precio hasta el límite de lo inaceptable. Ahora sus esperanzas se cifraban simplemente en terminar cuanto antes, pero éstas desaparecieron en cuanto el hombre se desnudó y pudo comprobar que su miembro no reaccionaba a pesar de los esfuerzos. Supo entonces, que tendría que usar la boca para excitarle. Y con resignación se puso a ello diligente.

En cuanto inició la tarea, tuvo una sensación extraña, remotamente familiar... era el sabor. ¿A qué sabía? ¡Pollo! ¡Sabía a pollo! El muy cerdo debió ir a orinar justo después de comer, pensó ella aguantando a duras penas las nauseas y las lagrimas. En ese momento tuvo la certeza que tarde o temprano regresaría a prisión. Difícilmente podría evitarlo. Sería por romperle una botella en la cabeza a uno o por arrebatarle el dinero mientras dormía borracho a otro, no sabía. Lo que sí sabía era que no habría forma de escapar a su destino.

Sentada en la acera con la mirada perdida trataba de no pensar. Se sentía sucia, sucia por dentro y por fuera; y cansada, era un cansancio viejo que se tragaba su vitalidad, su dignidad y su esperanza.

El bar ya había cerrado y otra de las mujeres se sentó a su lado, de debajo de la ropa sacó una botella, las dos mujeres bebieron. Ninguna dijo nada.

Libertad efímera

Aquella mañana con la pequeña mochila pertrechada y después de firmar el formulario de rigor, me dispuse a salir del penal por cuarta vez ya en mi corta vida.

Ésta vez la estancia no había sido muy larga, siete meses y un día, pero sí quizás, si la sopesamos con el hecho acontecido, que no fue otro sino la disputa en que nos enzarzamos un agente de la benemérita y yo mismo por un asunto que no lo merecía, o al menos yo lo creo así, y que fue mas bien la cabezonería del agente y reconozco que la mía propia la que nos llevo a pasar de los reproches a los guantazos, también aquí reconozco que yo fui el primero en utilizar la violencia en modo de puñetazo en la jeta, pero es justo reconocer, como le conté a su señoría, que si bien yo fui por delante en esto él y sus compañeros, que acudieron como centellas tras el golpe, me molieron a palos a conciencia, y si bien a un agente no se le debe agredir, creo yo que a un ciudadano, totalmente reducido en el suelo por cuatro de ellos, tampoco.

Su señoría llevaba grabado en la cara que estaba del lado del cuerpo y que por más que me empeñara en explicarle que llevaba razón en la riña que desencadenó todo el rifirrafe que nos llevaba ante él, no demostraría una mínima empatía hacía mi persona en ningún momento del juicio, mas bien todo lo contrario. Por lo que una vez escuchadas las partes y visto por él mis antecedentes, salí de aquel juzgado esposado y en furgón policial con destino al centro penitenciario que ahora acababa de abandonar, no sin antes ver la sonrisa con que me despedía el cabrón del picoleto, así que hice el camino a la trena humillado, a oscuras, con las manos amarradas y por supuesto sin el autógrafo de Raúl que tanto deseaba.

Siempre que recuperaba la libertad me invadía una sensación de limpieza, de purga, me sentía como un vehículo recién pasada la revisión, con el aceite limpio y los filtros nuevos, dispuesto otra vez a seguir haciendo kilómetros. Pero debía de ser cauto y sensato, controlar mi mal genio y asumir que las cosas son como son y no como a mi me gustaría que fueran, como me enseño la psicóloga del centro.

Cuando subí al autobús que me llevaría a Madrid tuve la sensación de que todo el mundo me miraba sin ningún pudor, me eché un vistazo rápido por si llevaba algo que delatara el lugar de donde acababa de salir, al no ver nada extraño opté por dejar pasar el asunto y sentarme en mi asiento tranquilamente.

Me deleité, mirando tras la ventanilla, como se habría ante mi, nuevamente, un mundo maravilloso. Casas, coches, gente en bicicleta, un rebaño de ovejas, las montañas al fondo, todo me resultaba fascinante después de siete meses a la sombra.

Intenté concentrarme en el plan que había tramado minuciosamente en la cárcel, para de una vez por todas encauzar mi vida, pero las ganas de mojar el churro hacían imposible esta labor, y sólo venían a mi cabeza la casa de campo con sus putas, que sin ninguna duda sería el primer lugar al cual me dirigiría.
Una vez en Madrid y después de la visita obligada por el pulmón de la ciudad, que me puso el cuerpo en mi sitio y volvió a hacerme sentir macho, me dirigí a casa de mi hermano, única familia que tenía y el único lugar donde tendría cama y comida, o eso pensaba.
Mi hermano residía y se buscaba la vida en el barrio de la Ventilla, allí poseía una casucha semiderruida que fue de nuestra abuela y que la hizo suya al ser el mayor. La compartía con un perro con muy malas pulgas que era su única compañía. Pasaba más tiempo en los bares que en casa, así que me dispuse a realizar un recorrido por la ruta normal en él, y que yo conocía perfectamente, no en vano le recogí borracho de todos ellos varias veces.

No tardé en encontrarle y me sorprendió, negativamente, su aspecto, pues vestía sucio y desaliñado, como habitualmente, pero la cojera la tenía acentuada y uno de los vidrios de las gafas lo había sustituido por un trozo de cartón, sin duda roto en una de sus continuas caídas; cuando sorpresivamente me plante ante él su primera reacción fue mostrarme los decimos que colgaban de su pecho, ignorando que tenía ante sí a sangre de su sangre.

Pasé lo que quedaba de tarde con él y al caer la noche se mostró muy generoso, como ya sabía yo, de ofrecerme el viejo sofá donde dormía el perro, éste, que sin duda no conocía bien de que trataba la cortesía y la solidaridad entre hermanos, no dejaba de gruñir hacía dentro y mostrarme sus afilados dientes. He de reconocer que a mitad de la noche ya sentía nostalgia por la litera de mi celda, aunque cueste asumirlo.

Al amanecer el día salí de la casa y de la barriada con premura, a paso vivo llegue,sin darme apenas cuenta, a la zona financiera de la ciudad, con sus cuatros rascacielos recién inaugurados, y me resultó chocante lo mucho que cambiaba el paisaje urbano en unos cientos de metros.

Me encaminé a la estación de Chamartín, con el caminar mas pausado, al comprobar que me sobraba tiempo para tomar el tren hacia una nueva vida.

Al entrar en la estación pensé que era la primera vez que iba allí con propósito de viajar, siempre había ido a robar cobre o a timar a los incautos turistas.
El tiempo de espera se me hizo corto mirando a la gente que por allí deambulaba. Siempre fui bueno para elegir a las presas y se debía, con certeza, a la paciencia que empleaba en observarles.

Me senté en un banco y saqué de la mochila el papel con el nombre y la dirección que me había escrito mi compadre y compañero de celda. De esas pocas letras dependía mi futuro. Sonó el primer aviso de mi tren y me aseguré de guardar el papel en lugar seguro, cogí mis pocas pertenencias y tomé dirección al andén, iba a comenzar a bajar las escaleras mecánicas que dan acceso a éste cuando noté que alguien me sujetaba del brazo, me volví para ver a dos agentes del cuerpo nacional de policía que sin ninguna educación me pedían mi documentación. Juro que les expliqué que salía mi tren, les supliqué que no me entretuvieran, pero no hubo manera, por lo que no me quedó otra que salir corriendo hacia el tren, pero los agentes, más jóvenes y rápidos que yo, no tardaron en darme alcance, ahora estaban mucho mas cabreados, lo que me llevo a pensar que estas nuevas generaciones de policías salen mucho más preparados físicamente que las anteriores pero con la misma mala hostia. Me pusieron de cara a la pared, me cachearon y sacaron la documentación que revisaron a conciencia, con parsimonia, después utilizaron el Walki para pedir información sobre mí, todo esto sin escuchar mis súplicas, pues sonó el ultimo aviso, previo a la partida y yo veía esfumarse el sueño de una vida mejor.

Una vez informado desde su central de la clase de individuo que era, pero también de que mi deuda con la sociedad estaba saldada se dispusieron a entregarme mis cosas, a dejarme marchar, momento que yo esperaba ansioso para salir zumbando a mi destino.

Pero uno de ellos, rubicundo y pecoso, quiso jugar con mi pobre persona y fingiendo apuntar otra vez mis datos se recreaba en su libreta mientras yo me desesperaba mirando del tren al guardia y del guarda al tren, rogando con lagrimas en los ojos que me entregara mis papeles para salir corriendo y apurar esos veinte metros hasta el último vagón.

Pero lo inevitable siempre acaba sucediendo, se cerraron las puertas y el convoy inició su marcha con el sonido in´crechendo característico, momento que, de muy mala baba, aprovechó el agente para, con media sonrisa que ya conocía, entregarme mi carnet de identidad.

Entonces comprendí que la libertad es un privilegio que yo no debía merecer, debido sin duda a unos genes que heredé de mis progenitores y que no me habían traído más que problemas.

Antes de notar el impacto de mis nudillos en el rostro del policía ya sabía lo que vendría después, por lo que tras sentir una milésima de segundo de satisfacción al ver al rubicundo caer con la boca partida me tumbé en el suelo en posición fetal.

Entonces me acordé de la psicóloga del penal.

Directriz para De las personas con olvido, Cuento sórdido y Libertad efímera:

Libertad recuperada

1/4/09

Año bisiesto

Eran estómagos agradecidos, la ropa que les alienaba no era barata y las Scooter retocadas que les esperaban indicaban que no eran marginados, sin embargo, con solo observarles unos minutos se apreciaba que rebosaban odio. Uno de ellos tallaba a navaja unas iniciales en un banco con destreza, se veía que estaba acostumbrado a su uso; otro miembro de la manada dibujaba siglas con spray sobre el pedestal de una estatua de un rey español.

29 de Febrero de 2008

Tomás hacía tintinear los hielos de su whisky mientras observaba el vuelo del pajarillo de un lado al otro del salón. No sabía cuanto puede vivir un gorrión pero estaba casi seguro de que no podía ser el mismo año tras año. Paco y Chuchi, sus dos compañeros de mesa se ponían al corriente de sus vidas como cada cuatro años.

Era el aniversario del fatal incidente que llevaba juntarse a los tres amigos desde hacía ya dieciséis años. La idea partió de Don Víctor, en la homilía previa al entierro de Jesusin, Tomás creía recordar sus palabras exactas: “Cada 29 de Febrero honraremos en este mismo lugar santo la memoria del inocente niño Jesús Martín Expósito y daremos gracias a Dios por evitar que la desgracia se cebara aun con más fuerza en nuestros hijos”. Para él fue como el padre que no conoció, sus enseñanzas y consejos aun los tenia en valor. Siempre agradeció que les tratara como a hombres, como aquel día que les saco de clase de gimnasia para enseñarles un recorte de periódico donde aparecían ellos con un pie de página que decía “Los héroes del San Gines”. Las palabras posteriores también las tenia grabadas: “Alegrar esas caras, hicisteis algo maravilloso, y sobre todo no os culpéis”.

Don Víctor murió dos años después de estos acontecimientos y en su entierro los tres decidieron seguir adelante con su propuesta, a parte de honrar a Jesusín les serviría para seguir en contacto una vez acabado el colegio. En lugar de verse en la capilla del colegio eligieron un café cercano que se encontraba en los jardines de un palacio de cuento de hadas del cual tomaba el nombre.

Tras la cristalera, se veía a un grupo de macarras molestando a una anciana que levantaba su bastón amenazante, uno de ellos se lo arrebato tan bruscamente que estuvo a punto de caer al suelo, después lo lanzo con fuerza lejos de allí, todos reían y se burlaban de ella con una especie de baile simiesco. Nadie la presto ayuda.

Tomas y Chuchi vieron la escena perfectamente.

_Como esta el mundo, si se nos hubiera ocurrido a nosotros con su edad putear así a una pobre abuela.

_ Pues el primer hombre que hubiera pasado cerca nuestro nos habría dado dos hostias, Sentencio Tomás.

_ Estoy seguro de ello, tío, este mundo o al menos esta ciudad se esta deshumanizando, ya no existen valores a respetar.

_ Los valores si existen, Chuchi, lo que hay es mucho insolidaridad y sobre todo mucho miedo. Ahora solo patrullan las calles la policía y ante este tipo de comportamiento poco pueden hacer. Los demás nos limitamos a cambiar de acera o mirar a otro lado, no es nuestro problema.

Tras un trago largo del whisky de malta recordó el barrio de entrevias donde su tía Charo, su única familia, le llevaba cada quince días a pasar el fin de semana, el Felipe, el Banana, el Hueso, eran como espectros que se le aparecían ahora, con sus caras demacradas por la droga, sus pantalones de pitillo y su mirada orgullosa de inadaptados a una sociedad que les despreciaba. Eran gente dura, de otra época mucho más difícil que la actual a la cual no sobrevivió ninguno de ellos. Pese a ello jamás les vio reírse de una vieja o abusar de un débil, existían códigos no escritos que respetaban, esos códigos, pensó Tomás, se perdieron en algún cambio generacional.

Las gorras de béisbol y los pantalones abombachados a punto de caer rodeaban ahora a dos jóvenes estudiantes aterrorizados.

_ Serán cabrones ahora la han tomado con esos dos chavales.

Paco se giró para ver de qué hablaban sus amigos y cambió radical el tema de conversación.

_ Me quiero deshacer del BMW, si sabéis de alguien a quien le pueda interesar.

_ En cuanto lo venderías, pregunto Chuchi.


29 de Febrero de 1992

El timbre que se utilizaba como aviso de fin del recreo le despertó bruscamente. Que fuera de noche y que no dejara de sonar produjo en el una sensación de desconcierto. Cuando salió de la habitación la mayoría de sus compañeros ya se encontraba en el pasillo y la confusión era total. Los monitores, se desgañitaban por dirigir a los niños a que bajaran las escaleras que llevaban al hall principal, se zafó de uno de ellos y se tomó unos segundos para comprender que sucedía, subió unos escalones en dirección contraria a lo que decía la lógica, y por fin comprendió qué estaba pasando; un humo negro y espeso salía del pasillo de los internos mas pequeños. Una vez vencida su curiosidad se dispuso a escapar cuando algo le hizo detenerse, creyó oír una voz infantil pidiendo auxilio, avanzó unos escalones hasta llegar a la misma boca del lobo y afino el oído, ahora lo aprecio con claridad eran los gritos de un niño, un niño muy pequeño que aterrorizado pedía que le sacaran de allí, no podía creer que el inútil del monitor que dormía con ellos se dejara a un pequeño en aquel infierno, Tomás se indigno al recordar verle bajar atropelladamente entre los niños para ponerse a salvo. Intento serenarse, conocía esas estancias a la perfección pues él mismo las ocupo hasta cuarto curso, aun así trato de visualizarlas mentalmente, un pasillo largo, la primera puerta un dormitorio con seis literas, a continuación de este otro ocupado por el celador y al fondo el cuarto de baño.

Cuando noto la presencia de Paquito y Chuchi, ya tenia anudada la chaqueta del pijama en la cara por lo que ellos obraron igual, era como un juego, se agarraron los tres y con el corazón en un puño entraron en el túnel, sin pensar, sin hablar antes, sin razonar, tuvieron un impulso y se adentraron en las tinieblas sin más. Las carótidas le latían con fuerza, la falta de oxigeno y el calor le abrumaban, pero lo peor era la tupida nube de humo que no les dejaba ver nada, curiosamente allí reinaba el silencio, solo roto por el sonido devorador del fuego y los cada vez mas débiles gritos del niño que provenían del fondo, del sitio mas alejado, el cuarto de baño. Se agacharon instintivamente los tres, aun seguían cogidos unos a otros con fuerza. Desde el suelo, donde el humo era menos denso pudieron apreciar con mayor claridad la escena, el fuego provenía de la habitación del monitor, las llamas salían con fuerza de esta y chocaban con la pared del pasillo, lo que dejaba aislado por completo el servicio. A través de la llamas le vieron, era Jesusín con su osito de peluche bajo el brazo y el rostro negro por el humo, lloraba, dos surcos provocados por la lagrimas se habrían paso por el hollín de la cara, ya no pedía ayuda, solo contemplaba a los tres muchachos agarrado al quicio de la puerta.

El miedo se apoderó de ellos, estaba claro que no era un juego, tenían que salir lo antes posible de aquel sitio y se dispusieron a ello, fue entonces cuando Paquito abrió la puerta del dormitorio que se encontraba frente a ellos y para su sorpresa encontraron a siete pequeños acurrucados en una esquina con el terror grabado en sus angelicales caras, todo surgió rápido, Paquito y Chuchi encabezaron la expedición y los niños se agarraron a sus pijamas salvadores, Tomás cerraba la fila y por eso fue el ultimo en salir de aquel infierno, no sin antes mirar por ultima vez a Jesusin, que ya sin llorar doblo las rodillas.

Bajaron las escaleras, donde ya no quedaba nadie, al llegar al hall encontraron a varios profesores que les sacaron a empujones al frío de la noche. Al poco rato, arrullados con unas mantas atendieron a una llamada de atención, la luz de un flash los cegó. Todo había acabado.


29 de Febrero de 2008

Le estaban golpeando, un instante antes su amigo salio corriendo escapando de la jauría, ahora estaba solo y asustado, le rodeaban entre seis y le golpeaban alternativamente, uno de ellos portaba un estilete que el chaval aterrorizado no perdía de vista.

En el interior del café encendieron las luces, estaba atardeciendo y la luz que entraba por los ventanales empezaba a ser escasa. Tomás observo a sus amigos, cada cuatro años se juntaba con ellos, se tomaban unas copas se ponían al día de las novedades en sus vidas y se volvían a separar hasta otro 29 de Febrero. Era como un ritual, y así lo sentía él, no los unía apenas nada, compartieron infancia en un colegio de huérfanos y una noche de aquella etapa paso algo extraordinario que cambió para siempre sus vidas, sobre todo la de él, pues rara era la madrugada que no despertara angustiado y bañado en sudor con la pesadilla de siempre, Jesusín en llamas ofreciéndole los brazos.

_ Joder esto ya esta pasando de castaño a oscuro, quizá deberíamos llamar a la policía, no os parece, pregunto Chuchi a sus amigos.

Lo decía porque las alimañas del jardín estaban humillando al chico hasta un extremo vomitivo, le vaciaron la mochila esparciendo cuadernos y libros por el suelo y le seguían agrediendo sin que nadie hiciera nada.

Paquito miro el reloj y se levanto de la mesa sobresaltado.

_ Hostias las siete y media, Belén me mata, está con la niña en el dentista y tenía que recogerlas a las siete, lo que me extraña es que no me haya llamado ya.

_ Nuestras mujeres respetan mucho estas reuniones, dijo Chuchi y pidió con un gesto la cuenta a la vez que se enfundaba su chaqueta. Este año pago yo.

Ya en la calle Tomás pensó en lo paradójico de la situación, cada cuatro años se juntaba con Paquito y Chuchi, compañeros de colegio, y todo venía motivado por el terrible incendio que asolo gran parte de éste y que los elevo a la categoría de héroes con medalla incluida, sin embargo no tenia nada en común con ellos, entre otras cosas él no se había casado ni tenia hijos, que era el tema de conversación principal de estos encuentros, el único tema que les unía a ellos es algo que paso hacia muchos años y de lo que curiosamente jamás volvieron a hablar.

Se abrazaron y Tomás se quedo en la puerta del café apurando un cigarrillo mientras veía alejarse a sus compañeros, antes que doblaran la esquina llamo su atención.

_ ¿Sabéis una cosa?, se volvieron los dos aun tiempo, Jesusín tendría ahora veinticuatro años.

Siguieron su camino y no tuvo la seguridad de que le hubieran escuchado, se subió las solapas de la chaqueta y encamino sus pasos al jardín mientras entre dientes mascullo unas palabras.

_ No temas Jesusín voy a por ti.

La noche convertía en siluetas al grupo de orangutanes que seguía abusando del chaval que ahora se encontraba en el suelo.

La voz sonó potente.

_ Eh, vosotros, panda de hijos de puta, dejar ahora mismo al chico en paz, si no queréis que os saque a hostias toda la mierda que tenéis en vuestras cabezas.

Se encamino hacia ellos con paso decidido y antes de recibir el primer golpe vio al muchacho escapar tras los matorrales.

Josel Momar

Héroes

Los jóvenes de aquel pueblo, ociosos casi siempre, se reunían en los escalones de la plaza, a la sombra del frondoso árbol centenario. La inactividad no impedía que su disparatada imaginación juvenil les hiciera soñar con viajes y hazañas. Por eso, aquella tarde, junto con los hombres que llegaron llamando a la insurrección desde lo alto del camión, también llegó la oportunidad que los mozos habían estado esperando para alcanzar la gloria.

Todos sin excepción, empacaron sus escasas pertenencias y desoyendo los prudentes consejos de los mayores, subieron a bordo de aquel improvisado “Banderín de Enganche”.

Como fuera, aquella noche partieron hacia la costa donde embarcarían antes del amanecer rumbo a la capital para iniciar la revuelta.

Las primeras horas fueron de absoluta euforia. Codo con codo como auténticos camaradas, entre “hurras” y “vivas” que se sucedían acompañados de consignas cada vez más fervorosas. Su valentía y su sentido del deber les conduciría directamente a la victoria, y regresarían a su pueblo como héroes, donde serían recibidos en olor de multitudes. Tal vez hasta les hicieran un monumento…

Pero el traqueteo del camino y el ronroneo del sufrido motor fueron suavizando la exaltación, y poco a poco el ambiente se fue impregnando de una pesada sensación de sopor.

El amanecer los encontró a la orilla del mar con los ojos enrojecidos por la vigilia y con el estómago encogido por el ayuno, pero la gloria exigía sacrificios, de manera que de buen grado abordaron la vieja barca que les iba a llevar hasta alta mar, donde serían recogidos por la fragata que habría de enfrentar a las tropas gubernamentales.

Los primeros vaivenes de las olas enardecieron al grupo y enseguida se profirieron gritos llamando al valor que de inmediato fueron secundados por todos. Al rato aún se escuchaba alguna que otra consigna, todavía coreada tímidamente. Después, un silencio total se adueñó del bote desde donde surgían miradas, ora escépticas hacia el capitán y su dudosa pericia, ora aprensivas hacia la enclenque embarcación, extrañados con razón de que aún se mantuviera a flote.

Ellos no lo advirtieron, pero uno tras otro sus rostros iban adquiriendo un indefinido color ceniciento entre el amarillo y el verde que les confería un aspecto poco saludable.

El olor a humo y a aceite quemado se alojaba en nariz y boca de los muchachos provocando algunas muecas y a continuación las primeras arcadas.

Con cada movimiento aumentaba alarmantemente el mareo, que conectando la cabeza con el estómago, incrementaba las ya incontrolables nauseas.

Después de un rato se iban intercalando las cabezas inclinadas hacia la borda arrojando lo poco que les quedaba en el estómago primero, y las bilis luego hasta que ya no quedó nada dentro. Pero lo peor aún estaba por venir, porque cuando llegaron al punto de encuentro, (que punto habría, pero lo que se dice de encuentro, nada,) allí estaban con el motor detenido, esperando a merced de la marea mientras el capitán especulaba con diferentes posibilidades a cerca de la incomparecencia de la fragata. El viejo cascarón ahora se movía de babor a estribor y de proa a popa o como quiera que se llamaran todos y cada uno de los puntos existentes o imaginables en tales embarcaciones, en una danza arrítmica y antojadiza que terminó por someter las últimas resistencias de los maltrechos jóvenes, que por cierto ofrecían aspectos lamentables en posturas grotescas: unos, asomados por la borda con cabeza, brazos y hasta las babas colgando en un estado de semiinconsciencia; otros tumbados en el suelo emitiendo una especie de quejido permanente tal vez provocado por el evidente malestar o tal vez por la imposibilidad de controlar sus esfínteres. Los que tenían más aguante, movían lentamente la cabeza sujetada a duras penas entre los brazos y en constante gesto de negación.

No sintieron alivio alguno cuando el capitán tomó la decisión de regresar a la costa en busca de nuevas instrucciones, porque nadie estaba en condiciones de interpretar, ni esa, ni ninguna otra orden que se diera a bordo.

Finalmente hubo que ayudarles a bajar a tierra, y tuvo que pasar un buen rato para que los muchachos fueran volviendo en sí. Aun estando ya en suelo firme sentados, tumbados o de rodillas, todavía volvían las arcadas con sólo mirar a la embarcación.

En cuanto pudieron, se fueron enderezando y comenzaron a caminar en dirección opuesta al mar sin decir nada, sin atender a preguntas, propuestas o reclamaciones que allí les pudieran hacer.

Y como pudieron regresaron a su pueblo y a su lugar en la plaza a la sombra del frondoso árbol centenario, aunque nadie les recibiera como héroes, ni les hicieran monumentos.

¿Y la gloria?

¡Anda y que la jodan!

Héroe de marzo

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.

Cuando el perro me lo propuso supe que había llegado mi hora, que habría de morir en poco tiempo por deseo de Alá. Juro que al saberlo sentí paz, que no tuve ningún temor y que por fin dejé de soportar el fatigoso peso de mi pecadora existencia. Me dijo que todo estaba perfectamente organizado, que yo correría pocos riesgos ganando mucho dinero. Supongo que pensaba que era lo que yo que quería oír: dinero. Pero el perro se equivocaba; en realidad lo que yo deseaba escuchar es que sería un héroe, un ejemplo para los míos, pero él remarcaba lo del dinero, hablaba de montañas de dinero para mí y para otros pensando que era lo mejor que podía decir a los que nos dedicamos a la briba, a un haragán, a una escoria social como era yo.

A esa hora la luz del sol entraba por el escaparate evidenciando la suciedad del cristal y dándonos de pleno nos hacía guiñar los ojos aunque por aquellas frías fechas se agradecía el calorcito. El perro hablaba repanchingado en una de las sillas tapizadas con skay rojo del mismo bar donde me dio el soplo de un alijo muy fácil de robar, donde me habló del despreocupado representante de joyería, en fin; era mi informador y yo era su soplón. Allí, en aquel pequeño bar le chivaba aquello que me interesaba que supiera de mis competidores, de esos arrastrados con los que a sangre me disputaba el barrio. Sentados a esa misma mesa le di el nombre del que apuñaló al agente municipal, del que robó el coche del diputado; de la verdadera historia del secuestro del hijo maricón de la concejala del distrito. Fue él quien me convirtió en el rey de la zona más podrida de la ciudad, o mejor dicho, me convirtió en el virrey porque el rey era él, el amo y señor era él; un dios en el que era imposible creer pero que podía acabar con cualquiera de nosotros con tan sólo señalarle con uno de sus jodidos deditos. A pesar de las sospechas jamás se demostró que fuera policía, lo que sí estaba claro es que era un tipo poderoso, que estaba blindado por otros aun más poderosos y que sabía demasiado.

Como ya he dicho, cuando en esa mañana me informó del asunto supe que estaba muerto. Nadie sale con vida de un negocio así implicándose con tipos como el perro como podría imaginarse cualquiera con dos dedos de frente aunque siempre hay idiotas sin dos dedos de frente tal y como él supondría que lo sería yo. Mientras hablaba de euros, de fajos de euros, yo lo miraba como si mirara la soga con la que habrían de colgarme comprendiendo que ya era una pieza quemada para él, para ellos; para los que fabriqué cientos de historias de infamia que al fin se remataban así.

-No quiero dinero; quiero redención, quiero ganarme el paraíso –dije.

Sorprendido preguntó que de qué coño de paraíso hablaba, porque hay muchos paraísos y que se trata de saber cual es el que le corresponde a cada uno. Callé la respuesta, no quise decirle que me ahogaba en el fangoso deshonor de mi existencia, que desde niño anhelé protagonizar un acto heroico que me librara de un destino marcado elevándome sobre la inmundicia de la que siempre estuve rodeado. Esperé la gran ocasión de mi vida para ponerme a prueba y demostrar al mundo que no era solamente un narcotraficante, un chapero; que en lo más profundo de mi ser germinaba la pureza, la semilla de un héroe que tras tantos años de oprobio tenía al fin su oportunidad para ser admirado, respetado; y eso para mí; más que un deseo; era una necesidad. Por eso sentía paz sin ningún temor; el perro sin saberlo me brindaba la ocasión, el acto heroico, la hazaña con la que purgaría mis pecados y que me redimiría ante mis venerables antepasados, con mi familia, con mi religión, con mis gentes.

La sanguijuela fumaba exhalando humo y halagos. Comprendió que le convenía cambiar su discurso para tentarme mejor y se dedicó entonces a envanecer a mi pequeño ego; dijo que se alegraba por fin de descubrir en mí a un verdadero musulmán, a un ser humano con principios aunque atrapado en el apestoso mundo del lumpen; dijo que podía llegar a comprender el odio que sentíamos muchos de los de mi religión contra la arrogancia de los infieles europeos y americanos, que olvidados de su propia fe aplastaban al pueblo de Alá arrasando países con ansia materialista, con la avaricia del mercader por el beneficio del petróleo. Todo lo que decía el perro era basura, igual que él, pero aun así doy gracias a Dios por presentarme al infiel en mi camino de dolor hacia la salvación. Pasara lo que pasara yo ya estaba agradecido. Si Dios me predestina la cárcel, diré lo que dijo el Shaykh Ibn Taimiyya: “¿Qué podrán hacer conmigo mis enemigos? Si me encarcelan será para mí un retiro, si me destierran será un viaje, y si me matan seré mártir”.

Levanté la mano y calló. Yo sabía que en ese momento me podía permitir el lujo, la arrogancia, que no me plantaría un puñetazo en los hocicos como habría hecho en otra ocasión sin dudarlo ni un instante, pero ahora me necesitaba tanto, debía aguantar todos los desplantes que me apeteciera hacer, por eso yo tenía la mano levantada y él callaba. Noté que la rabia le hacía apretar los labios, aunque en realidad el perro no tenía labios; su boca era un pozo oscuro, una sajadura en la geta por la que expulsaba el humo y las promesas. Permanecí así con la mano en alto mirando a través del escaparate del pequeño bar. En la plaza reverberaba el sol y parecía que también reverberaba el fracaso de los que por ahí bullían; hormigas sin hormiguero que aparecerían y desaparecían por la desembocadura de las calles; delincuentes disimulando, putas del mediodía, el borracho regular, la cofradía de los politoxicómanos, el gremio de los trabajadores del desempleo, también ancianos sin delito viviendo en un presente inimaginable. Recuperó mi atención echándome el humo del tabaco en la cara.

-No quiero dinero –dije- lo único que pido es que cumpláis con lo que prometes, que se diga públicamente que soy un mártir, un fiel de Ala; un guerrero de la fe, un puto Ché islámico; que lo hice empujado por el odio que os tengo. Maldigo a este país de perros, a todos los que son como tú, a tus compatriotas. Quiero que se diga que yo soy la pena, el castigo a vuestra arrogancia. Juro por Alá, que no puedo soportar más el vivir en este mundo, humillado y débil ante vuestros ojos de infieles; que tengo miedo a que Dios me pida cuentas en el día del juicio y yo no tenga una excusa legítima para que pueda perdonarme. Por fin he dejado de seguir los extravíos de Satán, de humillarme ante el mundo entero que se ríe de mí, de nosotros. Yo maldigo a los tiranos y juro combatirlos con todas mis fuerzas. Pido a Dios que me facilite el martirio.

Entonces, el que levantó la mano fue él.

-Bueno bueno... no hace falta que me eches más sermones. Para de decir gilipolleces de una puta vez moro de mierda. Sólo quiero saber si estás dispuesto a colaborar, a hacer lo que se te pide, a poner la puta bomba donde se te diga. Me da igual que lo hagas por dinero o por tu puto Alá. Dime de una vez si tienes los cojones suficientes para hacerlo.

Le dije que sí buscándole la mirada tras el oscuro de las gafas, le reafirmé mi compromiso sabiendo que iba a morir utilizando a los que me querían utilizar tratando de convertirme en un terrorista suicida sin saber que me convertirían en un mártir. Al optar por el camino del yihad cesaron de repente los ecos de suicidio que desde hacía tanto tiempo resonaban en mi cabeza. Por eso sentí paz. Me hizo repetírselo otra vez y le dije que sí, que pondría el explosivo donde y cuando ellos me dijeran. Se levantó arrastrando la silla que sonó como el chillido de una fiera herida, arrojó el cigarro al suelo, dijo que alguien me llamaría para darme las órdenes y que no me moviera del barrio. Fue la última vez que lo vi. Mi vista lo siguió hasta que desapareció entre los que pululaban por la plaza. Permanecí un rato más ahí observando el blanquecino humeo de la colilla mientras era incapaz de encontrar otra alternativa a mi futuro que no fuera la de la expiación, la de la purificación por medio del sacrificio. Causé tanto mal que ya había gastado toda la autoestima intentando justificar las injusticias que cometí; deshonré a mi familia quebrantando nuestra Ley, cometiendo actos impuros; atenté tantas veces contra la bondad de Alá que se me hacía insoportable el pensar en vivir un minuto más de esta vida de pecado; mi único anhelo entonces era el ofrecer mi inmolación como súplica y que la religión triunfara al fin por la sangre. Volví a los Dichos del Profeta (Dios reza por su alma). Me aferré al Islam como yihad no como hasta entonces había hecho reduciéndolo a unas cuantas oraciones en la mezquita.
Días después, un individuo me entregó un teléfono en plena calle sin decir palabra. El aparato sonó casi de inmediato, una voz me dio instrucciones.

Empezaba a asomar la luz de un nuevo día de marzo cuando subí al vagón de un tren de cercanías. Tal como me ordenaron dejé la mochila con el explosivo bajo mi asiento protegiéndome de la vista de los que iban a morir tapando parcialmente mi rostro con una mano. No me atreví a mirar a ninguno de los que me rodeaban. Gente soñolienta que cumplía por última vez con su deber ignorando que en ese amanecer cerraron por última vez la puerta de su casa. Viajaba con ellos y yo los iba a separar definitivamente de sus madres, de sus hermanos, de sus hijos, de sus esposos, de sus mujeres; de todas esas personas que acabarían con el alma tan desmembrada como los cuerpos de los que ahora estaban a mi lado y que parecían conservabar el calor de sus camas. Fuera, la silueta gris de los barrios periféricos se recortaba sobre el horizonte anaranjado y de un cielo que se iba azulando. Me fue imposible el no fijarme en alguno de los rostros reflejados en el cristal de la ventana, casi todos eran jóvenes, ninguno hablaba, parecían dedicarse a enhebrar sus deseos en la realidad.
El rodaje de las ruedas sobre la vía, el ligero vaivén, la calefacción complacían al pasaje hasta que llegando a una nueva estación las puertas resoplaban horriblemente y se abrían dejando pasar al frío y a nuevos viajeros. Yo me apeé en ésa, en la que me indicaron, nadie reparó en la mochila que dejé bajo el asiento. Juro que entonces yo invoqué a Dios pidiéndole las fuerzas que me facilitaran el martirio para unirme con los míos en el Paraíso, pero para mi vergüenza no tuve el valor de seguir en el viaje en el tren de los muertos y me bajé temblando como una mujer intentando ahogar las arcadas que me vidriaban los ojos con los que vi entrar el tren en la gran ciudad como si entrara el justiciero sable del Profeta en ella.

A la hora indicada me dirigí al piso. Cuando llegué ya estaban todos. Ninguno era hermano en el Camino de Alá. Un perro me apartó a mí y a otros dos para grabar el video que reivindicaba los atentados. Te lo prometieron, me dijo, te dijeron que aparecerías como un héroe, cuando vean la esto lo serás para millones. Encapuchados, armados, a los otros los disfrazaron de yihadistas, yo era yihadista; estábamos tan ridículos con el Corán, la metralleta y llenos de cartuchos los bolsillos de los chalecos que si no fueran esos momentos tan dramáticos sería gracioso mirarse con esa pinta en un espejo como preparados para el desfile en un día de carnaval. Amenazamos con sangre y destrucción según lo escrito en el papel que nos hicieron leer. Después los perros se fueron y nos dejaron solos, nos quedamos ocho compatriotas en el piso. Permanecimos durante mucho tiempo en silencio, nos prohibieron hablar. Pasaron los minutos y algunos empezaron a cuchichear hablaban de dinero, de millones, de pasaportes falsos, de billetes de avión, de los explosivos que cada uno dejó en los trenes. Pasamos así más de veinte días, encerrados, casi en silencio, sin luz, comiendo la basura que nos traían y esperando dinero, yo era el único que esperaba la muerte, nada más; deseaba morir, por eso era el más paciente y cada día que pasaba me sorprendía el seguir vivo. Alguno habló de cargo de conciencia aun sin saber a cuantos habríamos matado, pero a mi no me pesaba ninguna de las muertes; me hacía más daño la muerte de mi honor que la muerte de los infieles a los que quitara la vida; no los maté por dinero, los maté por Alá, eso es lo que yo sabía y lo que al final contaba. No devolvería si pudiera la vida a ninguno de esos perros infieles; no me arrepiento de sus muertes, me arrepiento de de las ofensas que hice a Dios, por eso deseo morir, por eso soy un suicida que pronto morirá inmolado, como muere un héroe.

De repente llegaron; eran dos hombres y una mujer, abrieron la puerta y nos pidieron salir del salón donde introdujeron un fardo de unos veinte kilos. Yo sabía que en ese fardo no había dinero ni pasaportes pero los otros no apartaban la vista de él calculando el peso de los millones. Cerraron la puerta y tras unos momentos salieron. Nos dijeron que no tocáramos nada hasta que llegara la persona encargada del reparto, pidieron un poco de más de paciencia. Nos hicieron pasar al salón y cerraron la puerta con llave, la única puerta blindada del piso. Me extrañaba que ninguno de mis compañeros sospechara que iba a morir en poco tiempo. Al rato, uno preguntó que por qué nos encerraban; que por qué había una puerta blindada en el salón; otro respondió que sería para evitar que huyéramos con el dinero; otro dijo que no había cerraduras ni cierres en ese fardo hermético, otro, que parecía pesar demasiado para ser el dinero. Entonces fue cuando empezamos a escuchar los gritos.

Desde el portal nos exigían rendición. Las voces decían ser de las fuerzas especiales de la policía, querían que saliéramos desnudos, con las manos en alto y de uno en uno. Cuando mis acompañantes comprendieron al fin que era una trampa y que estábamos perdidos comenzaron a maldecir, supieron entonces lo que yo sabía desde el principio; que no teníamos escapatoria. Decidieron entregarse y chillaron cuanto pudieron diciendo que no podíamos salir porque no teníamos llave, como locos intentaban abrir la puerta desde adentro pidiendo clemencia y que no nos dispararan, rogaban que vinieran a buscarnos, el que abrieran la puerta. La policía gritaba también desde abajo aunque yo no los entendía, entonces sonaron algunos disparos.

Todos callaron y en ese instante de silencio yo dije:

- Vosotros no sabéis dónde está el Bien. Eso es una bomba; la que os mandará al infierno. A mi no. Yo me sacrifico partiendo de mi total convicción y porque el Yihad es una obligación para los creyentes. Os confirmo que dejaré feliz este mundo porque no vale tanto como vosotros pensáis, y porque yo quiero encontrarme con mi Dios y que esté Él contento conmigo.

Volvieron a gritar, lloraban, maldecían pero después todos acabaron gritando al unísono: Alá es grande, muerte al infiel. De repente sonó un teléfono dentro del fardo, una única llamada antes de la explosión.

Ahora no sé donde estoy; si soy un héroe o un asesino; es tan poca la diferencia. Todo depende del dios al que se rece.

Qué la maldición de Alá caiga sobre los injustos.