14/12/08

Justicia

La sorpresa precedió al miedo y enseguida supo que era grave. Ojala el niño estuviera dormido. Ese fue precisamente el reflejo que le reprimió el grito y la impulsó a obedecer. “Llévense lo que quieran pero no nos hagan daño” se había oído decir mientras los dos hombres fingían escucharla con atención esbozando sonrisas cínicas. “Nos lo llevaremos después, y si te portas bien no te haremos daño… todo lo contrario”. A la mujer, el miedo le provocó un nudo en el estómago que le produjo nauseas, pero se sobrepuso e intentó llegar corriendo al baño. Lo consiguió y puso el cerrojo. Allí, trataba desesperadamente de pensar, pero no tuvo tiempo, una voz desde el otro lado de la puerta la convencía de la conveniencia de salir tranquila y dispuesta mientras ellos decidían si despertar o no al niño.

Temblando abrió la puerta, y en cuanto asomó, una mano la agarró por el cabello, la atrajo hasta sí y comenzó a darla instrucciones al oído: “mira, para empezar nos vas a poner algo de beber y después te vas a volver a poner tu uniforme de enfermera, ya verás lo bien que lo vamos a pasar”. Sin poder reprimir las lágrimas ella obedeció. Lo más decorosamente que pudo, se quitó el pijama y se puso el uniforme.

Cuando le acercó la cerveza al más grueso, éste le metió la manaza debajo de su falda, ella la retuvo instintivamente y él la propinó el primer bofetón con la mano abierta. “no has comprendido” la dijo flemático, “ a partir de ahora, si no quieres que nos divirtamos con tu hijo, vas a ser amable, o mejor aún, vas a seducirnos. Ven, dame un beso”, la chica no podía parar de llorar. ¡Que no llores!, gritó el más flaco de los dos. A ella le aterrorizó que hubiera despertado al niño. “Bésame” repitió el hombre, ella le besó cerca de la boca, “así no inútil, con la boca abierta y sonriendo”. La mujer habría deseado una violación pasiva, pero supo que no sería así porque disfrutaban humillándola. A partir de ahí la ordenaron constantemente que gimiera y que pidiera más.

Ninguna de las aberraciones, que fueron todas las imaginables, le dolió más que ver los ojos del niño abiertos de par en par en la puerta de la habitación.

Ahora, con la cara pegada contra la cama sentía las embestidas en un estado en el que el dolor físico ya no contaba. Quería morirse.

La policía la remitió a ella a un centro de salud y al niño a los asistentes sociales. Los desgarros y las contusiones sanaron pronto, las heridas del alma no. Tanto ella como el niño estuvieron por un tiempo recibiendo tratamiento psicológico.

Fue después de dos meses cuando recibió la primera llamada de la policía para comparecer en una ronda de reconocimiento. Se trataba de identificar entre siete a un sospechoso detenido que encajaba con el perfil elaborado a raíz de su descripción. En cuanto lo vio tras el cristal se puso a temblar, pero le señaló sin la menor duda. A los dos días se repitió la operación con el segundo de sus agresores.

El proceso fue simple, prisión preventiva y después juicio… en el que por falta de testigos y pruebas concluyentes, el juez dictó la puesta en libertad sin cargos para los dos “sospechosos”.

La mujer se tragó la indignación y declinó ante su abogado, la opción del recurso, porque en su mente ya tenía otros planes.

Como primera medida localizó la ubicación del abogado contrario e inició un discreto seguimiento. Su objetivo ahora era la memoria portátil que el letrado siempre llevaba al cuello e introducida en el bolsillo superior de su chaqueta.

El gimnasio le pareció el lugar ideal. Como cualquier otra abonada le fue relativamente fácil encontrar el momento para hacer saltar el candadito de la taquilla con la ayuda de una pequeña cizalla y llevarse la memoria, el reloj y la cartera para simular un simple robo.

Ante la pantalla de su “laptop” sonrió con malicia en cuanto aparecieron los datos de los clientes. A partir de ahora la cacería tomaba un rumbo más certero.

Desde el principio había desechado la ayuda de allegados e incluso la de cualquier profesional. “Lo que quieras que salga bien, - se había dicho - hazlo tu misma y lo que no quieras que se sepa… no se lo digas a nadie”.

Con el sencillo camuflaje de jeans, gorra y gafas oscuras perseguía con paciencia a su víctima.

Supo que en aquella concurrida discoteca tendría su oportunidad.

En cuanto el sujeto pasó al baño, ella se colocó discretamente unos guantes y entró tras él; mientras el hombre orinaba ella se le acercó por detrás sigilosa sosteniendo en la mano derecha un bisturí desechable. El hombre sólo percibió, en principio, un escalofrío que le hizo llevarse instintivamente la mano al cuello. Aún con el pantalón desabrochado se volvió para encontrarse de frente con el rostro de la mujer. Ésta dio un paso atrás y se quedó inmóvil observando como su víctima la miraba incrédulo, al momento caía de rodillas. Ella miraba como hipnotizada la sangre que a oleadas brotaba de aquella herida mortal. Aún tenía espasmos cuando le introdujo en el bolsillo de la camisa la tarjeta de un local de ambiente gay y unos recortes de periódico ofreciendo servicios homosexuales.

Mientras ganaba la calle con paso decidido, saboreaba su doble venganza: muerte y descrédito, aún así, se prometió un proceso más lento para la ejecución del segundo violador.

Tardó un mes en encontrar la ocasión, pero después de infinitas esperas y varios intentos fallidos, creyó que había llegado el momento.

Era hora punta y el autobús iba repleto de pasajeros. El hombre estaba apretujado en medio del pasillo agarrado a una de las barras superiores. Ella, con su camuflaje casual, se había ido aproximando poco a poco y con cautela. Cuando el autobús llegó a la calle prevista, sacó del bolso una jeringa y provocando un fortuito empujón se la clavó en el glúteo al tiempo que le inyectaba su contenido. El hombre se removió, pero cuando pudo volverse, ella ya estaba inmóvil y mirando hacia otro lado. Tal y como había anticipado, su victima se empezó a marear a causa del anestésico y para cuando se le doblaron las piernas, ya ella le agarraba presta llamándole por su nombre fingiendo preocupación. El violador no llegó a caer, enseguida dos hombres la ayudaron a sostenerlo y algunos de los pasajeros apremiaban al conductor para que se detuviera. La mujer decía en voz alta que su amigo sufría de epilepsia y que en unos minutos se pondría bien, además ella tenía el auto en la siguiente esquina. En cualquier caso los dos hombres ayudaron a llevar al enfermo al vehículo y lo acomodaron lo mejor que pudieron.

Después de deshacerse en gratitudes con los dos samaritanos arrancó deprisa mientras reía histérica de pura satisfacción. Dudaba que nadie se hubiera fijado mucho en ella y mucho menos en aquel auto alquilado.

En cuanto salió de la ciudad le inyectó otra dosis de anestésico en el muslo, eso le aseguraba el buen desenlace de la operación.

En el momento que llegó al apartado lugar elegido, arrastró al hombre, todavía inconsciente y lo amarró a un árbol, lo amordazó y se sentó a esperar.

Cuando el hombre abrió los ojos estaba completamente desconcertado. Ella pacientemente se ocupó de explicarle su situación. El hombre no dijo nada, pero reflejaba en su semblante el terror que le producía la fría determinación de aquella mujer a la que apenas recordaba. Cuando vio a su lado el hoyo que ella preparara días atrás, el hombre comenzó a sollozar. La mujer se explayaba sin ninguna prisa sobre los pormenores preliminares del desenlace en un soliloquio ante un interlocutor mudo, para pasar después a explicarle los detalles de su ejecución. El violador se orinó, y ella se estremeció al reconocer el íntimo placer que le producía el miedo de su víctima. Casi podía saborearlo, casi la excitaba. Pero se escandalizó al constatar que ahora su actitud no era muy diferente de la del propio violador, por eso decidió prescindir de las torturas que le había prometido y se propuso terminar de una vez con todo aquello. Sólo se limitó a colocarle una pinza en la nariz.

No murió de inmediato porque algo de aire debía entrarle a través de la mordaza. Ella observaba con atención sus ojos desorbitados y en el color púrpura que poco a poco iba adquiriendo su piel.

Ya casi era de noche cuando terminó de enterrar el cuerpo y de dejar el área como si nada hubiera sucedido en aquel lugar donde nunca pasaba nada.

Mientras conducía hacia su casa, pensaba en la trascendencia de haber trasgredido la ley de los hombres e incluso la ley de Dios, pero determinó que en realidad la importaba un bledo.


Oscar Zazo
Diciembre 2008

Sofistifagia

Miran desde lo alto, a través de las ventanas del helicóptero observan la nítida arquitectura, la luminosa pureza geométrica de la mansión construida en un claro del bosque a los pies de un macizo montañoso. Es la casa de Neus Celnegre, la persona con un mayor número de galardones otorgados por las más prestigiosas guías gastronómicas del mundo. En esa discreta residencia tienen algunos el exclusivo privilegio de asistir una vez al año a un banquete excepcional, elaborado y presentado por ella misma.

Érase una vez una niña muy pobre que ayudaba a sus papás en el pequeño negocio familiar, una carnicería donde no tardó mucho en demostrar sus dotes dejando encantada a la parroquia. Sus chacinas apasionaron a una clientela hasta entonces resignada a la baratura de unos productos sin alma. La tienda prosperó ocupando a varios parientes que felices despachaban carne de una extraordinaria calidad y las magistrales mezclas con las que se alcanzaba un aroma y sabor que hacía enloquecer de placer al más glotón y recuperaba el apetito del más desganado. Pasó el tiempo y la niña se convirtió en una joven que recién graduada en ginecología y obstetricia invirtió sus abundantes ahorros en la compra del antiguo palacete donde dio inicio a una sublime gastronomía.
A pesar de su autodidactismo en el arte de los fogones, apenas sin conocimientos prácticos pero con una gran confianza en sus facultades consiguió pronto reconocimientos, críticas favorables incluso de los calificadores más temidos y exigentes. Trabajadora infatigable, creativa, muy natural, desde el principio se abastece exclusivamente de los mejores productos en los mercados más prestigiosos del mundo con los que compone una poesía para cada plato gracias a una cocina técnica, elegante, dotada de un especial refinamiento que colma de satisfacción a la boca más fina. Esa mente tan creativa y tan singular sensibilidad hicieron crecer el negocio de forma imparable destacándose en el más reputado itinerario gastronómico con la selectas composiciones que sus restaurantes abiertos en distintas partes del mundo presentan a un público capaz de aguantar pacientemente la espera durante meses, o incluso años, antes de poder sentarse a alguna de sus mesas.

Muy pocos saben que ordenó construir un pabellón cercano a su residencia para albergar a jóvenes desvalidas. Una nave con sótano que penetra en una verde pendiente dando la sensación de ser un bunker, protegido bajo una cubierta vegetal que a penas le hace diferenciarse del entorno. El hormigón visto está presente en interiores y exteriores expresándose como una materia viva con claros volúmenes de líneas puras, un espacio, higiénico, diáfano y bien iluminado. En la estancia superior, panóptica, el paisaje se cuela por los estrechos huecos verticales que horadan los ásperos muros y que se cierran con cristales de seguridad. El escaso mobiliario se compone de una inmensa pantalla de TV sintonizada en un canal infantil y a la que es imposible desenchufar, frente a ella un cómodo sofá, detrás una cama, una mesa con una silla, a un lado una cinta de correr y una bicicleta estática. El inodoro, bidé y ducha tampoco están privados a la vista ajena. Al anochecer se desconecta la electricidad. Allí vive sola por el momento, Anna Damankova, a la que rescató de un burdel de Brest, en Bielorrusa; una mujer grande a la que apenas se le puede entender, con retraso mental y sin familia. Cuando llegó tenía 20 años, un lustro después seguía sola y vistiendo el mismo tipo de prendas con las que se le obligaba a vestirse, algo parecido a un kimono japonés, de colores neutros, marrón, grises y negros que hacían resaltar el azul de sus grandes ojos bovinos y el rubio casi blanco de su corta melena. La señora diseñó una dieta adaptada a sus características y necesidades, con un consumo regular de una amplia variedad de alimentos de primera calidad que le nutría adecuadamente al tiempo que protegía de enfermedades con una medicación intensiva tanto de carácter preventivo como sintomático. No se dejó nada a la improvisación, las influencias medioambientales, tales como las horas de luz, la temperatura, ventilación, humedad, también desempeñaron un papel importante en el diseño de la jaula.

Este final de año marca la fecha de un trascendental acontecimiento en la vida de un oscarizado director, fue citado por fin, al igual que el presidente de una de las democracias más desarrolladas del planeta; también tiene cita un magnate de la comunicación dueño de un emporio de inconmensurable influencia social; y una famosa estrella de Hollywood a la que se le reconoce una extraordinaria labor humanitaria; y un cantante europeo, celebridad muy sensibilizada ante la injusticia social con más de cuarenta años apareciendo en los principales escenarios y medios de difusión pública; esa fecha es clave también para uno de los más importantes banqueros del mundo; para un alto jerarca religioso; para el modisto más influyente del siglo y para un filósofo reconvertido en el mayor experto en estudios de mercado. Un conspicuo grupo de personas residentes en distintas partes del mundo ligados por un único vínculo; el de formar parte del selecto club de caníbales para el que la genial Neus Celnegre cocina sus más sofisticadas y secretas recetas.

El menú que se degusta en cada convocatoria se prepara con el cuerpo de un humano neonato, de un mes más o menos y hasta un máximo de 5 kilos. Hasta ahora fueron cocinados tres bebés para el club hijos todos del idiotismo de Anna y de un fornido y pésimo jardinero oligofrénico dedicado a semental y que malamente atiende el invernadero donde se cultivan especias y condimentos. Se le mantenía casi oculto en una cabaña entre una espesa arboleda de la finca destinado a padrear a los vástagos de la retrasada. En los meses de marzo y abril con la excusa de que ella lo ayudara en su trabajo, Neus les obligaba a permanecer juntos durante mucho tiempo en la cabaña, el necesario hasta confirmar la preñez. El instinto del jardinero le hacía sentirse culpable de haber hecho algo malo tras copular con Anna por lo que disimulaba torpemente intentando ocultar los hechos. Casualmente fue la muchacha quien inició el ciclo espontáneamente dada su mayor experiencia y en un descuido de Neus, que no obstante contempló todo en silencio, facilitó sus siguientes encuentros y esperó el primer embarazo.

Como en todas las ocasiones anteriores los invitados se sientan en unas sillas rojas Panton de Vitra frente a la amplia mesa de acero Big Irony en una gran sala habilitada en el sótano y a la que se accede por una estrecha puerta. El espacio sin ventanales y de altas paredes blancas y desnudas daba la apariencia de un quirófano por su mobiliario y su extremada higiene. En uno de sus lados, la cocina, donde Neus prepara otro sublime menú para el clan, compuesto por entrante de sesitos asados a la parrilla a fuego flojo acompañados de un puré de coliflor y cubierto de caviar; un caldo de tuétano y huesitos deshechos con jugo de trufa denso en matices y ligero en texturas al que acompaña una tosta de paté a la canela y pechuguita picada con morcilla de sangre dulce en canutillo de brik con cerezas. Se descorchan tres botellas Perrier Jouet para los primeros bocadosy se presenta a continuación una sopa tibia de cebollino con ajos silvestres, perfumada con semillas y hojas aromáticas con carrillada asada y troceada sobre una pasta de curry rojo y hojas carnosas; le siguen los riñones y corazón caramelizados; la espalda y costillar hervidos con leche materna y confitados con canela y vainilla; a continuación presenta las manitas y pies rellenos con jardinera de berenjena y ceps empalizados con cereales; los muslitos se presentan hechos hebras con hilo de cebollita caramelizada, todo ello acompañado por cuatro botellas Doble Mágnum de Vega Sicilia. Con leche condensada y otra pasteurizada recogida de la madre en días anteriores compone una mousse al limón con tropezones de cubitos de ananá como postre.

Al final de la cena los comensales brindan plenamente satisfechos con la esperanza de ser elegidos nuevamente y comentan las bondades de esa delicia cárnica apenas conocida por unos pocos iniciados, el secreto sabor, la delicada esencia del bebé humano, esa carne a la que nada se le puede comparar, ni tan siquiera la de buey de Kobe; ni el mejor toro de atún; ni el más sublime jamón de bellota bien cortado y en su perfecta curación. Suprema carne humana, inagotable, a la que se cría para ellos y con la que disfrutan de la mayor expresión culinaria cuando tragan la elemental inocencia del ser, transubstanciando la pureza en elemental alimento, en sofisticada manduca. El culmen de una elite depravada, hastiada, depredadores acostumbrados por los siglos a las prebendas, a los privilegios del poder, del prestigio social, que se satisfacen despreocupados por la trasgresión de toda moral y sin un ápice de remordimiento ético, sofistifagos en busca del más sublime hedonismo intentando paliar el tedio y la hartura de sus envidiadas vidas. Realizan por fin el último brindis y cuando se disponen a salir, aparece Anna Damankova por la estrecha puerta que abre muy despacio, como si esperara permiso para entrar, asoma primero la cabeza, pasa y la cierra tras de sí, se acerca lentamente hasta la acerada mesa y fija su mirada bovina en los restos de los platos, observa un trozo de piel dorado por el fuego con un pequeño lunar con forma de corazón, el corpachón de la mujer permanece inmóvil durante un buen rato y de pronto abre la boca y al principio en un grito sordo lanza después un gran chillido que reverbera en las paredes y que cesa de pronto; despacio toma un cuchillo y corta sus venas y mientras dice:
- ¡No más niños… no más niños!
Clava la afilada punta en la base de su oreja izquierda y traza un profundo tajo hasta la base de la derecha, se degüella con la mirada perdida en el alto techo. La sangre le empapa de inmediato el pecho tintándole el kimono el cuchillo cae sólo un instante antes que ella. Alguno hace intención de auxiliar pero Neus Celnegre lo impide, diciendo:
- Es su venganza. Estos pobres seres la buscan así, haciéndose daño, mortificándose en una especie de ridícula heroicidad mártir y teatrera. Será un honor seguir cocinando para todos ustedes. Buena noche y ojalá pueda verles el año próximo.

Los comensales pasan silentes por encima de la agonizante Anna procurando no mancharse los zapatos con la sangre caliente. En el exterior, las aspas del magnífico helicóptero agitan la hojarasca de la planicie, todos abordo se eleva el aparato majestuoso hasta desaparecer en la oscuridad. El jardinero a la puerta de su cabaña oye el ruido pero no descubre nada en el negro cielo, sin luna, sin estrellas y… colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

Directriz para Justicia y Sofistifagia

Miedo, venganza.

17/11/08

AMORES REALES

Por aquel tiempo la voluntad de las personas no contaba, y mucho menos las opiniones o los gustos, por lo menos los míos.

Me aburría la corte, pero allí me encontrada merced a los esfuerzos, intrigas y sobornos, que con tanta dedicación, entretejiera mi padre hasta conseguir hacerme cortesano.

Por mi propensión innata a la pereza y mi natural desinterés por las cosas, no fueron pocos los palos y castigos de los que me hice acreedor, al parecer con sobrada razón, hasta que consiguieron meterme en la mollera modales y protocolos necesarios para el desenvolvimiento en la corte. Tampoco tuve nunca prejuicios ni lastres de conciencia que menoscabaran mi dignidad, tales como orgullo, lealtad o vanidad. De manera que a la postre lograron convertirme en un cortesano joven, apuesto y ahora refinado.

Y me habría ido bien, de no ser por una serie de acontecimientos en los que me vi, involuntariamente envuelto.

Todo empezó el día en que, a pesar de mis disimulos, su regia majestad puso los ojos en mí, sabría Dios con qué intenciones.

Una tarde a la salida de palacio una dama de compañía de la reina puso en mis manos un “billete real” con instrucciones precisas. Se trataba de una cita secreta con su alteza aquella misma noche. Recomendaba máxima discreción, “so pena de muerte” pensé yo, con los más lúgubres augurios.

Lleno de aprensión, acudí a la cita entrando a palacio por las caballerizas, desde donde la dama de marras, me condujo a una recámara. Allí permanecí solo durante interminables minutos hasta que de improviso apareció la reina.

Rodilla en tierra incliné la cabeza – Majestad…

- Vamos al grano, - escuché perplejo – estáis aquí para hacer un servicio a vuestra reina.

- ¡Siempre majestad!- manifesté raudo - Pedid la luna y al punto removeré cielo y tierra para ponerla a los pies de vuestra merced. – Y añadí aun a riesgo de excederme en mi actitud pelota y servil – Podéis confiar a muerte, que vuestro súbdito y seguro servidor derramará hasta la última gota de su sangre…

- Dejad ya de decir sandeces, majadero, - atajó la reina - e iros desnudando que tengo poco tiempo – escuché con estupor

- Pero majestad…

- Ni majestad ni gaitas, estáis aquí para llevar a cabo lo que el rey no puede o no quiere hacer, y espero quedar satisfecha de vuestros oficios, que no son otros que preñarme lo antes posible por vuestro bien, por el mío y por el de la corona. Que para la descendencia siempre será mejor un discreto bastardo que el escándalo de una impotencia manifiesta. Y ¡ay! de vos si vais sobrado de lengua y flojo de verga como el inútil de vuestro rey… así es que basta de palabrería y al tajo.

Mucho miedo y poca experiencia no eran buenos aliados para acometer tamaña empresa. Aún así, me puse a ello diligente. Fue tal vez, mi condición de mozarrón saludable, lo que aportó brío suficiente para obviar ciertas trabas que obstaculizaban el buen desenvolvimiento de la tarea encomendada, a saber: primero, incisivo e hiriente tufo sobaquero. Segundo, abundante y tupida pelambre púbica, que por un buen rato despistó mi desentrenado sentido de la orientación.

Sea como fuere, y a pesar de mi torpeza como amante, esa noche y otras posteriores, cumplí a duras penas lo convenido como obediente y discreto donante de “mascadas”. Eso si, esgrimiendo como atenuante en mi defensa, la presión y, por qué no decirlo, el miedo que infundían durante el acto sus descalcificaciones y amenazas.

En el fondo de una mazmorra, encadenado en prisión preventiva, dijeron, recordé a no se qué imbécil cortesano diciendo eso de “no hay acción sin reacción”, y allí estaba yo tratando de desenmarañar eso de las causas y los efectos, temiendo, con buen criterio, que preñada o no la reina, ya mi cabeza, por no nombrar otras partes de mi anatomía, no valía nada.

Voces autoritarias rompieron el silencio de la madrugada despejando del todo mi duermevela. Cuando sonó el cerrojo de mi celda temí lo peor. El rey en persona ordenaba al guardia y al resto de la comitiva que le dejaran entrar solo. Mis ojos acostumbrados ya a la penumbra percibieron nítidamente un ceño fruncido y una mirada de gravedad inquietante. En cuanto sonó el portazo, el monarca avanzó hacia mi rincón con paso lento pero decidido. Yo me incorporé como pude y él se detuvo a escasa distancia, como sopesando lo que estaba a punto de hacer. Sus mandíbulas se tensaron y su barbilla tembló visiblemente. Entonces me abrazó y lloró con gran congoja. Al poco su mano se deslizó hasta mi trasero y lo apretó con fuerza. Involuntariamente se dibujó en mi rostro una casi imperceptible sonrisa de suficiencia.

Oscar Zazo
Octubre 2008

Yo preñé a la reina

Yo, señor, estando cerca ya el fin de mis días y para dejar constancia de mi revolucionario acto genético-terrorista silenciado por absolutamente toda la canalla mediática, no sólo la nacional, también por todos los medios de comunicación del mundo, escribo estas letras que podrán leerse en las blancas paredes de ésta mi pequeña celda de la cárcel-manicomio en la que me sepultaron en vida hace tantos años. Es mi última esperanza de que el suceso que a continuación relataré sea conocido por los ojos curiosos que se entretengan en descifrar mis torpes letras escritas con este lápiz casi consumido a modo de jeroglífico angustiado y ansioso por darse a la luz y el conocimiento del mundo entero.

Yo, señor, fui a nacer en una estirpe de menganos miserables reproductores de vaciedades y sinsustancias siglo tras siglo; todas las averiguaciones que hice sobre mis orígenes lo único que me procuraron fue deshonra y abatimiento de alma. La lista de mi linaje hasta donde llegó mi conocimiento fue formada por obreros vagos, campesinos necios, pastores cerriles y otros casi esclavos agradecidos en servidumbres a amos de muy poca importancia. Todos ellos sufrieron grandes hambres y profundas calamidades que hicieron peligrar la casta que culmina en mi persona de puro milagro. Yo, señor, soy el único y último heredero de la mustia cadena de los Braga-Palomino, estirpe ignorada por la historia agotada en su inanidad e insignificancia. Yo, señor, ideé, planifiqué y ejecuté el magistral plan reivindicandor con el que conseguí trocar es destino de mi triste y paupérrima ascendencia casi troglodita y también los de esta vigorosa Monarquía nuestra a la que tanto amamos.

Yo, señor, soy de oficio cabrero y además muy inclinado a las filosofías y a las ciencias naturales, por lo que en mis solitarias jornadas campestres tras dar durante muchos años vueltas al asunto genético-reproductivo, llegué a la conclusión que de los vivos que merodeamos por el planeta, son los más fuertes, los más hábiles o los más bonitos los que mejor y más se reproducen.
Yo, señor, no fui agraciado con un cuerpo recio; ya desde chico me apodaron el Sansonito con muy mala guasa por ser canijo y flojo de fuerzas a causa de la desnutrición que heredamos unos de otros, pues tanto mi madre, como mi padre, y todos mis abuelos, eran poco más altos que lo que se entiende por enanos; tampoco he salido muy habilidoso ni para el hacer ni para el cavilar; ni tampoco soy un bonito que luzca guapuras como podrían testificar con recto juramento y ante juez o notario todos los que me hayan visto una o mil veces.

Yo, señor, encontrándome tan solo y último en este mundo, sin padre; ni madre; ni compañía de hembra con la que aparearme ni multiplicarme, tuve la agudeza, el arte, la ocurrencia, la gracia de diseñar un plan para legar a esta nación un Braga-Palomino muy, pero que muy principal, un sucesor para honra mía y la de toda mi estirpe elevándonos de golpe y por fin a lo más alto de la pirámide sociobiológica tras luengos siglos de infamia, poquedad y anonimatos. Un heredero que aunque adornaría su nombre con otros ilustres apellidos, sería el portador de lo verdaderamente importante, de la simiente Braga-Palomino, que yo; su servidor; sería capaz de transmitirle tan ingeniosamente a la siguiente generación salvándola de su disolución en el olvido y otorgándoles el mejor futuro a nuestro linaje. Y así sucedió todo durante ese día de la primavera del año 1967, en la plaza mayor de la capital de mi provincia y a la vista de la ciudadanía.


Yo, señor, tras tener noticia tres meses antes de los sucesos de la visita que nuestra señora la entonces princesa y hoy reina de nuestra nación al convento de las Hermanas de los Ancianos Desamparados, tuve esa ocurrencia y descubrí la ocasión para el desarrollo del plan, por lo que estuve tres meses sin acuchillarme las ingles, sin masturbación, o como se suele decirse científicamente sin enanismo alguno para acumular cuantas más semillas mejor y que de ellas la culebrilla más viva del ejército Braga-Palomino fuera la que preñara a nuestra majestad, osea, a la que sería reina, para que se me entienda mejor.

Yo, señor, con las criadillas a punto de reventar llenas de sémenes y espermas, llegué ese día de los primeros a la Plaza Mayor de la ciudad para situarme en sitio más adecuado a mis propósitos. Siguiendo el plan vestí mi camisa más limpia, un peto de cuero decorado con bordados de lana de colores y una chaqueta de paño negro. En las piernas me puse mi calzón de paño negro y también faja, aunque quedaron tapados por delante con los zajones, hechos con cuero y piel con pelo de cabra, rematando el conjunto un cencerro grande y lustroso de adorno sujeto con correa independiente a los riñones, además cargué con un cabrito blanco, el más lucido que tenía.

Yo, señor, al llegar su majestad y para resaltarme superando mi baja estatura aplaudí y lancé vivas procurando llamar su atención lo que conseguí muy fácilmente y también la de toda la plaza por ser el único que llevaba un cabrito a los hombros y que gritaba como un loco, también por estar engalanado con el rústico traje de gala de cabrero. Esperé los treinta minutos que tardó en salir del convento procurando amigarme y ganar la confianza del escolta más cercano cantándole algunas de las coplillas de mi pueblo al tiempo que le sonreía intentando evidenciar inocencias, pero el lugar de parecer inofensivo tal y como yo preveía, resultó todo lo contrario y ordenó a un guardia del municipio para que estuviera vigilante a mi lado.

Salió como medio adormecida nuestra honorable soberana del convento saludando a todos los presentes con una delicada sonrisa en los labios y caminó elegantemente el corto trecho que la separaba de su real vehículo acompañada por la madre superiora, por algunos ancianitos desamparados, por el alcalde y demás autoridades. Al llegar a la puerta del coche y cuando ya lanzaba su último saludo a la concurrencia grité:

--Majestad, majestad, una jota, una jotica, déjeme cantarle una jota.

Todo salió según planeé porque conociendo que nuestra reina es receptiva a estos actos sencillos y espontáneos del bajo-pueblo, probablemente me concediera la oportunidad. Así, consintió y, con un leve gesto de su grácil mano, ordenó a los escoltas que dejaran de retorcerme los brazos y pellizcarme las tetillas permitiendo el acercarme. La multitud congregada enmudeció expectante, durante un instante se produjo un extraño silencio tan sólo roto por el débil y corto balido de la cabritilla que llevaba en mis hombros, carraspeé para aclarar la voz y empecé a cantar en tono re al tiempo que bailaba la hermosa jota que dice:

El dolor que siente un burro
cuando le estiran del rabo
es el mismo que yo siento
cuando te vas de mi lado

entonces; inmediatamente; y sin dar tiempo a reacción alguna, me abalancé sobre ella introduciéndonos junto con el cabrito en el coche, cerré raudo la puerta abierta bajando inmediatamente los seguros. Por extraño que parezca, durante unos instantes nadie reaccionó y sólo se escuchó el sonido de la vara del alcalde al caer de sus manos y chocar en el suelo. Yo, señor, al estar dentro de un vehículo ultra blindado, me despreocupé de los golpes y las amenazas desesperadas que lanzaban los escoltas contra mi persona, entonces suspiré, y dije lo que sigue según había memorizado:

--Majestad, Alta Señora, en primer lugar siento el atufarla; excuse el olor a cabra, o como se dice científicamente a capra hispánica, pero señora, mi oficio me obliga; así es como huelen los cabreros, así he olido siempre y puedo asegurarle, alta dama, que no hay agua de colonia, champú o yerbas que puedan con ello. En segundo lugar, eminencia altísima, me dispongo a preñarla, o a fecundarla según se dice más finamente, por lo que inevitablemente deberé el introducirle el miembro falo, o pene, del latín penis según se dice científicamente; le recomiendo que acomode a su persona y que se deje maniobrar a tal efecto porque, por muy soberana que usted es de este país y que pudiera serlo de otros treinta, como no se este quieta, me veré obligado a soltarla dos sopapos terroristas como estoy seguro que no le han dado nunca. Permítame entonces que descargue al chivito y procedamos señora.

Yo, señor, solamente he entrado en hembra humana cuatro veces; tres fueron con Justina, la puta manca, la única del pueblo, o prostituta como se dice educadamente, y la cuarta fue, según el plan, en nuestra reconocida soberana que por cierto se estuvo muy quieta durante el proceso reproductivo y que fue un tanto largo debido a mi torpeza y también a la flaccidez del mi miembro falo que tardó algo más de lo acostumbrado en remontar debido a la gravedad del acontecimiento, a los fuertes golpes en los cristales, también por los insistentes ruegos de la anciana madre superiora del convento, a las advertencias del alcalde, a las órdenes de fuerzas policiales y por las risas, gritos y aplausos de la concurrencia que asistió al evento o show según se dice científicamente ahora. Conseguí concentrarme y culminar gracias al sonido del cencerro que llevaba atado a los riñones y que marcaba el ritmo de mis empujes.

Yo, señor, después de arrojar mis abundantes sémenes y espermas en su principesca vagina, delicadamente agarre por los tobillos a la señora, que seguía con los ojos muy abiertos y sin pronunciar palabra, o bajo shock como se dice ahora, y le elevé las piernas durante unos minutos para facilitar la fecundación de otro Braga-Palomino. Así permanecimos hasta que la pericia de un soldador consiguió abrir una de las puertas por la que como una exhalación salió el chivo asustado sacándome después a mí los escoltas arrastras, agarrado de los pelos y sin dejarme subir los calzones siquiera. No me voy a extender más porque se está acabando el espacio para mis letras en estas humildes paredes. Valga decir, señor, que el castigo para semejante afrenta nacional es alto; encerrado estoy desde entonces sin poder hablar con nadie. Sé que de esto nada sabías porque todos los periodistas fueron advertidos de lo que supondría tanta deshonra para la Monarquía y para la nación a la que representa, se requisó todo material gráfico, toda grabación y seguro que amenazaron a quien tuvieran que amenazar para que nada de esto llegara a la opinión pública, así lo preveía mi plan.

Ya me queda poco de vida, muero solo, anciano y enfermo aunque contento porque sé que preñe a la reina y que hay un príncipe, que nació en las fechas que tenía que nacer y aunque no he visto retrato alguno estoy seguro que será otro característico morenito Braga-Palomino, delgado y pequeño de estatura, aunque como todos sus antepasados, grande de corazón.
La saga sigue viva y la estirpe ya sin amenaza. Yo he cumplido.
He dicho y escrito para que se sepa.
Amén

Directriz para Amores reales y Yo preñe a la reina

Preñar a la reina, sociobiología, humor

8/10/08

7,5 Escala Richter

Súbitamente cesó el movimiento y con él, el estruendo. El hombre temblaba incontroladamente. La oscuridad era absoluta y ahora el silencio, mortal.

Estaba desconcertado y tardó un rato en asimilar su situación. Se sentía magullado aunque de momento los dolores no eran intensos, sin embargo su movilidad era muy limitada. Enseguida supo que estaba atrapado. Recordó las dimensiones del edificio y le abordo el inoportuno pensamiento de imaginar la cantidad de toneladas de hormigón que tendría encima. Esto le provocó un ataque de claustrofobia. En el pequeño hueco pataleaba y manoteaba gritando descontroladamente. Le faltó el aire y supo que se moría.

Después de un rato, ya casi sin fuerzas, comenzó a serenarse. Trató de controlar la respiración y comenzó a palparse el cuerpo para conocer el alcance de sus lesiones. Estaba dolorido, pero podía moverse. Volvió a asaltarle la cuestión del oxigeno, si estaba herméticamente sepultado moriría por asfixia en poco tiempo.

Tendido boca arriba, parpadeó varias veces comprobando que en la total oscuridad, daba igual tener los ojo abiertos que cerrados. Hizo por incorporarse, pero no pudo, en seguida su frente topó con la piedra. Trató a izquierda y derecha y de arriba abajo, para comprobar que el límite estaba sólo a unos centímetros. Percibía el aire enrarecido. Estaba enterrado en vida. Iba a morir y se propuso que el trámite fuera rápido y sin traumas. Se entregaría de manera templada y serena.

Pensó en su familia y lloró por la incertidumbre y la impotencia. Tal vez, después se durmió.

Había perdido la noción del tiempo, estaba en un duermevela constante que no le permitía saber si estaba despierto o no, si pensaba o soñaba, pero en pesadilla permanente. En un intento por determinar su estado de vigilia, pretendió sentir su cuerpo, estaba entumecido. Aún así, consiguió mover ligeramente las caderas, los brazos y las piernas, pero con el movimiento llegó el dolor, el frío y la sed. Prefería el sueño… o la muerte.

En estado de semi-inconsciencia creyó encontrar una vía de escape. Se la proporcionaba la mente. Visualizaba escenas agradables de su vida. Fueron llegando poco a poco: el abrazo de su padre, los saludos de los amigos, el beso de su mujer o la mirada de su niña cuando la llevaba de la mano. Y seguían llegando imágenes, cada vez más sutiles pero no exentas de belleza: el viento en la cara, el roce de unas sábanas limpias o un simple trago de agua con la boca seca. Y la mente apoyada en la imaginación y en la memoria le transportaba a otras situaciones emotivas: el nacimiento de un niño, el hormigueo en el estómago de dos jóvenes enamorados o la premura por la agrupación familiar la noche de Navidad. Soñó con el mar en calma y con la brisa de la montaña, fraternizó con cada uno de los seres vivos, incluso con las plantas; ahora podía, sin esfuerzos, sentir la vida.

Se descubrió a sí mismo con una sonrisa mantenida que sólo rompió el llanto. Pero un llanto, que no era de pena, sino de emoción. De pronto descubría perspectivas que no conocía. Esas imágenes le provocaban sensaciones tan intensas que le liberaban de su espantosa prisión.

Había perdido por completo la noción del tiempo. Ya no se preocupó por el sueño o la vigilia, no trató más de sentirse, porque no le interesaba el miedo, ni la sed, ni el hambre, ni el dolor. Ya tenía la ruta de su liberación. Despreciaba la esperanza vana del rescate porque rechazaba la frustración y huía de la ansiedad.

Pero sabía muy bien que si recuperara la vida, todo iba a ser radicalmente distinto. Sería mucho más feliz de lo que nunca pudo soñar, porque necesitaría muy poco para ser un hombre realizado. Su escala de valores ahora era otra. Había una nueva perspectiva. Ya no se preocuparía por nimiedades como solía; al contrario, disfrutaría tremendamente de las cosas que hasta entonces creía insignificantes: un paseo, una palabra, un gesto o un silencio, se le antojaban lujos propios de reyes. Ya nunca leería en un libro sólo las palabras, buscaría las intenciones, los sentimientos, o las pretensiones de su autor. La vida sería infinitamente más intensa.

Poco a poco le fue embargando la emoción pueril del aprendizaje, casi de la revelación, tanto, que no se inmutó con las vibraciones, ni siquiera con los sonidos de los martillos hidráulicos. Ni siquiera sabía si estaba dormido o despierto. Tal vez, incluso ya estuviera muerto.


Oscar Zazo
Otoño 2008

Estoy muerto

¡Ya está! ya me morí; estoy muerto. Estoy en la fosa, me enterraron. Lo último que oí fue el estrépito de los terruños sobre el ataúd; mi ataúd, éste que me contiene ahora y que está cubierto por la tierra que antes pisaba.
No siento temor; no siento nada; no tengo ningún miedo. Sé que ya no respiro, que no late mi corazón pero no sé si están mis ojos cerrados o abiertos, no veo la nada; no es que vea todo blanco o todo negro, es que es la nada y a la nada no se la ve. No sé cuanto tiempo llevaré sepultado quizás debería estar oliendo mi putrefacción pero tampoco olfateo nada, ni oigo, ni trago saliva, nada me pica, ni me escuece o duele, no tengo sueño, ni frío ni calor; estoy muerto.

Entonces; ¿por qué siguen chispeando los ecos de algunos pensamientos por mi cabeza, por qué sigo escuchándome en el cerebro? o… en el alma. ¿Hay un alma? ¿De dónde llegan estas resonancias? ¿Hay una conciencia que no se separa nunca del cuerpo y que se descompone también poco a poco mientras se separa la carne de nuestros huesos? Puede que la mente siga trabajando, que no se desconecte de golpe, que se vaya apagando paso a paso, del mismo modo que se apagan las luces de una casa; primero la cocina… el salón… después el dormitorio…. acaso ahora sea así y yo esté en las últimas y cuando se apague mi última luz se habrá consumido definitivamente otra existencia como la de otros miles de millones anteriores a la mía. Así de simple, no hay más. Así murió Colón estuviera dónde estuviera, Shakespeare, Ghandi, Stalin o el humilde panadero de cualquier pueblo. Éste es el secreto jamás desvelado. Nadie regreso después de morir para decir a los vivos que muerto no se está bien ni se está mal, que morimos sin miedo, sin angustia, sin necesidad alguna, sin esperar ningún futuro ni salvación.

O quizás estar muerto no sea sólo esto, posiblemente me encuentre en una espera, algo puede ocurrir, o jamás me ocurrirá nada más. De repente puede aparecérseme una luz divina o que mi alma comience a filtrase entre los poros del ataúd primero y por los millones de granos de la tierra que lo cubren para elevarse a algún paraíso, o también podría derretírseme como el plomo y colarse poco a poco hacia algún infierno.
Es el momento de esperar a alguna divinidad. Puedo esperarla o no esperarla eternamente porque el tiempo ya no se divide en horas, ni en días, ahora son eones indefinidos los que me llevan del mañana al ayer y del nunca al siempre. Ni siquiera existe eso a lo que llamé tiempo.
¿Tendré un juicio? ¿Seré juzgado por el ojo que todo lo ve, por un juez infalible que sabe todo lo que se puede saber? porque él; o ella; o ello; será la sabiduría y por lo tanto todos seremos exonerados de pena y castigo por él, o por ella, o por ello, porque quien todo lo comprende todo lo perdona. ¿O seré castigado por lo que dije y debí callar? o por lo que no hice y debí hacer, o por todo el dolor que regué por el mundo sin importarme el sufrimiento con tal de satisfacerme. No lo sé; no sé si habrá o vendrá un juez; o un Dios; o el mismo Satán, tampoco me importa. No me importa nada.

Todo lo que en vida me aterraba muerto me es tan indiferente como el pestañeo de una vaca en un prado. El miedo a morir, al infierno, a la nada, al vacio… ¡Qué sublime tontería! Si pudiera regresar y decir a todos los que sufren la vida: ¡Eh! Escuchen. Estar vivo es una tremenda carga, lo mejor del mundo es morirse de una vez, estar muerto y descansar; dejar de comenzar y recomenzar los días y los años. Es un alivio abandonar esa gota de agua en la que habita nuestra miserable existencia y que flota en un insondable mar cósmico guareciendo a miles de millones de existencias sin sentido como la nuestra.
El impulso vital, la reproducción de este tremendo error que llamamos vida nos obliga a vivir, a amarnos, a devorar a otros seres para seguir existiendo y prolongarnos en nuestra descendencia.
No sé para qué existimos aunque ahora sé por qué merece la pena vivir a pesar de todo. Mi vida está plenamente justificada por lo único que puede justificar a todas las vidas: por la belleza.

El color es bello, la forma es bella, la paternidad fue bella. Los amantes son hermosos, la geometría, el sexo, la arquitectura, los campos y las nubes; los barcos, el pan, los besos y los adioses; las mañanas de invierno, el estío, el otoño y la primavera. Casi todo lo que fabricó la mano del ser humano es bello. Las matemáticas, los ritos, las risas, las caricias, las nieves y las lluvias son bellas; los museos, el furioso viento silbante y el que mece a las rosas, las olas de todos los mares, el agua clara, la amistad, los cristales empañados, el ondulante vaho de un aromático café, la húmeda selva, el soplo que enfría la sopa, los caminos, la miradas de los niños, los acantilados y los desiertos, la porcelana, los perros, los animales, una mesa bien puesta, todo es hermoso. La caridad, el olvido, el perdón… las madres… cuando te dicen: ¡buen día!... Sí; por la belleza merece la pena vivir… el poder… el dinero… no merecen… la… pena… belleza… vida… yo… ya no soy… estoy muerto… morí… la belleza… no tengo miedo… estoy muerto… yo… vivir es bello… la vida es bella… yo… la vida… vivir… vivir… vivir… la vida…. …. …

Directriz para 7,5 Escala Richter y Estoy muerto


Un hombre sepultado

8/9/08

EL GRAN CANAL

Se recordó a si mismo meditando a cerca de su vida, una noche mientras miraba las
llamas del hogar en la cocina, “Había sido buena” se dijo entonces.


A su memoria le llegaban de la infancia sólo imágenes del trabajo en el campo o de la
escuela municipal, en cambio de la juventud, le llegaban algunas del servicio militar y sobre todo del sí que le diera aquella joven una noche en la plaza del pueblo durante las fiestas patronales. Luego sería su esposa por más de cuarenta años, y aunque no le dio hijos, con él fue una buena mujer.

Los sábados iban al cine y los domingos por la tarde al bar. Las mujeres, a parte
hablaban de sus cosas, los hombres jugaban a las cartas y veían el partido. No tenía
sobresaltos ni grandes necesidades. Era una existencia tranquila.

Pero el año nuevo trajo cambios. Primero lo de su Próstata y después la repentina
muerte de la esposa fueron acontecimientos que le hicieron recapacitar a cerca de su
propia provisionalidad.

Fue todo un proceso. En un principio apareció la aflicción al constatar su insignificancia en medio de tantas vidas y tantas muertes durante la historia de la humanidad. Pero una vez asumida su condición temporal, nació en él una desconocida necesidad de romper la rutina y hacer algo trascendente.

Cuando vendió las vacas sintió vértigo. No podía desprenderse de la sensación de estar haciendo algo indebido, por eso hizo la transacción con la mayor de las discreciones.
Viajó a la ciudad, solicitó el pasaporte y luego visitó una agencia de viajes.

-¿En qué podemos servirle caballero?- Le dijo a modo de saludo el joven y eficiente
empleado.

-Quiero ir allí- contestó señalando un póster de la pared donde aparecía una góndola
pasando bajo un puente.

-Venecia ¡Excelente elección!

En el pueblo no dijo nada. Simplemente una mañana se fue.

Con los codos apoyados sobre la baranda inclinada del Ponte di Rialto pasó lentamente
la mirada sobre el Gran Canal y los viejos palacetes impregnados con la melancólica
belleza del cielo gris veneciano.

Le pareció escuchar de lejos la triste canción de un gondolero desde uno de los canales adyacentes.

No recordaba haber llorado ni siquiera en los velorios más íntimos. Y ahora sin oponer resistencia dejaba que ascendiera poco a poco una emoción que le nacía en el estómago y le llegaba a la garganta.

Y así sobre el canal, sintió sin pudor cómo se le llenaban los ojos de agua y cómo
mansamente comenzaban a salir lágrimas que ni pudo, ni quiso reprimir. Era un llanto
franco, casi deliberado. Lloraba por la belleza serena de Venecia, y por todas las
Venecias que no había conocido, y lloraba por su mujer, y por todas las mujeres que
nunca conoció, y lloró amargamente por las tardes de cartas y futbol en la taberna del pueblo, y por su tierra seca y agrietada, y pensó en su padre, en su teniente, en su maestro, en su párroco, y lloró con rabia por que se sintió engañado.
Sólo se consoló al comprobar que sus lágrimas cargadas de, emoción, sensibilidad,
frustración y pena se diluían en las serenas aguas del Gran Canal.



Oscar Zazo
Verano 2008

Las limosnas de Dios

Dicen que hasta entonces, en ninguno de sus 65 años de vida, soltó una lágrima. Parecía inmunizado al dolor; a la pena, al sufrimiento. Vivió siempre en la casa en que nació, una antigua nave reacondicionada del primer polígono industrial que hubo en la ciudad. La altura y el velo de suciedad que cubría los cristales impedían la vista y el paso de la luz por los estrechos ventanales. La centenaria fábrica se dividió en una treintena de espacios sin techar que se alquilaban a los obreros más pobres. La que fue una calle adoquinada con el tiempo fue perdiendo poco a poco la piedra y ganando charcos que a la caída de la tarde semejaban trozos de espejos rotos desparramados por el suelo. En los pocos días en que el suelo estaba seco, el polvo sustituía al barro y con el incesante paso de los camiones de la cementera próxima se introducía abiertamente por el ancho y alto portón de la entrada a la moradas del interior sin cubrimiento. Jamás vio limpia su casa. Dos calles más abajo se encontraban las vías del ferrocarril. Escuchó durante años el traqueteo metálico; los soplidos de las locomotoras de vapor; el paso fatigado de vetustos trenes lanzando en estertores gruesas bocanadas de humo y hollín que elevaban al perenne cielo gris y que veía aparecer en voluminosas nubes sucias por detrás de los altos muros enladrillados de los talleres de enfrente.

En aquella travesía se pasó su infancia sin recibir un buen gesto o una caricia de nadie, su única dicha fue la compañía del perro que apareció de repente. Era entonces un cachorro mestizo al que le faltaba un gran trozo del belfo inferior por donde siempre le goteó la baba y por el que asomaba el rosa amoratado de la encía. No le dio un nombre porque jamás tuvo necesidad de llamarlo. Un chucho despierto, atento, que jamás recibió un baño. No se separaron hasta el día en que murió después de ser atropellado por un destartalado carromato frente al portal de su casa. Quedó tendido con las tripas fuera, sin apartar la mirada de la sombra del muchacho con unos ojos que se fueron velando en un azul nacarado al paso de los años; intentó socorrerle metiéndoselas para adentro y envolviéndole la barriga con su camisa. Así; agonizando durante dos días, acabó expiando entre sus brazos; pero ni siquiera entonces el hombre soltó una lágrima.
Huérfano de madre desde muy chico, puede decirse que se crió así mismo. Sus progenitores llegaron un año antes de su nacimiento a esa calle y ahí se quedaron para siempre; soñando con emigrar a un lejano país tropical en el que tenían algún pariente, aunque al final su padre remató allí sus últimos días tras pasarse la existencia picando en la mina de carbón en el noreste de la región y en la que murió por una explosión en la profundidades del yacimiento. Su hijo, entonces, tampoco lloró. Sintió algo parecido al alivio porque la tos crónica que arrastraba su padre se amplificaba entre esas cuatro paredes impidiéndole el sueño durante muchas noches. El viejo padecía dificultad respiratoria a causa de neumoconiosis, la enfermedad del pulmón negro, además, no sabía como pero; a pesar de aparecer limpio; siempre dejaba el polvo negro y fino de la mina ennegreciendo las sábanas de su lado de la cama, la única de la casa.
A los diez años comenzó a ganarse la vida recogiendo botellas, metales o cualquier otra cosa a lo largo de la vía del tren, llegaba hasta el lejano barrio donde se encontraban los talleres del ferrocarril, una zona donde se juntaban a beber los mecánicos; los maquinistas y al anochecer jóvenes y maleantes al amparo de la oscuridad. Vendía al peso cartones y trapos que rebuscaba en el basurero. Así hasta que entró en la plantilla de una empresa situada a doscientos metros de su chamizo dedicada a la fabricación de tornillos, bulones, pernos y tuercas. En sus pequeños talleres y, resignado desde el principio al ruido atroz de una maquinaria obsoleta, se pasaron 45 años de su vida.

Casi en la treintena se emparejó con una mujer diez años mayor que él, una compañera apagada de la que apenas podría decir nada de los cinco lustros que pasaron juntos, poco más que era callada, fría, sosegada. No recordaba ninguna conversación fuera de las de la rutina de la convivencia. Falleció sin hijos y fue enterrada sin llanto cerca de su vivienda pues los muros del cementerio de la ciudad no distaban más de 300 metros de su hogar.

El hombre pasó los últimos cinco de vida laboral relegado a vigilante nocturno en la misma empresa, recluido en un cuchitril de una sola ventanilla orientada a la entrada de la fábrica en el que tan sólo oía el ininterrumpido zumbido del tubo fluorescente que iluminaba las grises paredes donde únicamente pendía un calendario caducado. Había una pequeña mesa con la tapa llena de arañazos y rayones que mostraban el color natural de la madera y que contrastaba con el marrón oscuro con el que se pintó; ahí fijó la vista durante cientos de horas imaginando que esas ralladuras eran ríos, canales por los que fluía un agua azul y fresca. Memorizó todos en un fantasioso mapa fluvial y podría describir con los ojos cerrados hasta la más leve marca en la tapa de la mesa.

Poco más puede añadirse al resumen de esta existencia; aunque parezca imposible, jamás olfateó el perfume de una flor; ni tampoco escuchó el canto de un pájaro; ni vio una montaña o un mar. Nunca salió de la ciudad, de su barrio; no pasó más allá de los lejanos talleres del ferrocarril a los que llegaba de chico como a una frontera buscando botellas. Ese era su mundo; fábricas; talleres; ruido; olor a grasa, a goma; a gasolina quemada.

Se le ocurrió durante su última guardia nocturna. Miró las rayas, las profundas marcas en la mesa, miró después la foto de una góndola del calendario y decidió entonces que no habría de morirse sin viajar a Venecia.

Y así, un mes después de su jubilación entraba en la ciudad de los canales tras pasar un largo puente. Llegó en una luminosa mañana azulada en la que el tibio velo de la calima apenas permitía distinguir al horizonte que se diluía hasta desaparecer entre el cielo y el agua. En la estación de Santa Lucía y subió a bordo del vaporetto indicado que de inmediato inició su marcha a barlovento en calmosa navegación por los cuatro kilómetros de la gran “S” que traza el Gran Canal de Venecia. Se acomodó asomándose a una de las ventanillas abiertas y miró hacia arriba descubriendo el contraste de las tejas ocres oscuras con algunas de la primeras claras fachadas del canal, se fijó en la hermosa cúpula en color verde de San Simeone Piccolo. El sol refulgía en las pequeñas lanchas blancas que adelantaban al vaporetto provocando estelas que se le asemejaban a un largo velo blanco de novia contrastado con el color azul verdoso del líquido, muy similar al de la aguamarina. Casi rozaban en su navegación la verticalidad de los anchos postes de madera hincados en la fangosa profundidad y que servían de amarre. Los nobles edificios asomaban al canal sus colores rosas, salmón, siena, marrones. Estrechos canales aparecían a babor y estribor, algunos cruzados por pequeños puentes metálicos o de madera. Las tonalidades de las persianas entreabiertas a esa hora y la de los toldos desplegados en las fachadas salpicaban con vivo color a superficies más apagadas de las construcciones. Los botes se balanceaban pacíficamente mientras los turistas paseaban con galbana por las graníticas aceras que bordeaban los canales. El hombre, con un nudo en la garganta miró hacia el interior de la nave en el instante en que un muchacho besaba la mano de una joven; la chica le correspondió con un beso en los labios; después sonrió y le abanicó despacio su rostro con un mapa doblado. Devolvió la vista al Gran Canal y quedó maravillado con todas esas edificaciones, con los palazzos; una fantasía arquitectónica, un delirio artístico que, desde su perspectiva, orillaban al canal en ingrávidas franjas de una realidad imposible y maciza, flotando entre los azules del agua y del cielo. Al jubilado le empezó a temblar la barbilla y no pudo evitar los primeros pucheros.

La brisa parecía acariciarle la cara mientras escuchaba el zumbido sordo del motor y el chapoteo de las pequeñas olas en el casco como a una melodía y de repente; aparecieron las primeras góndolas; tan elegantes como en el caduco calendario. Los destellos refulgentes del sol en el agua reverberaban también en su negro acharolado; su quilla centelleaba como lo harían miles de luciérnagas en una noche sin luna.
Sintió a la primera lágrima de su vida deslizándose muy despacio por la mejilla. El vaporetto cruzó en ese instante el Ponte degli Scalzi, de un solo arco y en el que destacaba su piedra blanca, justo en el momento en una mujer pasaba por encima con un gran sombrero de paja y una cesta cuajada de rosas amarillas.
Se descubría una Venecia más íntima en los pequeños canales que seguían apareciéndose. Un gran pájaro blanco voló majestuoso muy cerca del bote durante unos instantes batiendo las alas con parsimonia, después viró por una de las soleadas calles inundadas a estribor. En los jardines las plantas desbordaban rejas y muros con un su magnífico verde avivado por el sol hasta caer y rozar con sus hojas en la superficie. A la sombra de la vegetación una muchacha morena leía un libro mientras uno de sus pies trazaba círculos dentro del agua, se cruzaron con otra góndola en la que una pareja cómodamente reclinada miraba adelante sonriendo. De pronto apareció el Ponte di Rialto, soberbio; el más antiguo de los que cruzan el Gran Canal y el más famoso de Venecia, con su único arco con dos níveas rampas inclinadas y que se cruzan en un pórtico central.

El hombre, ya en llanto abierto, temía que le descubrieran; no por vergüenza, sino porque le interrumpieran el placer procurándole consuelo. No necesitaba alivio porque sus sollozos eran el fruto de un descubrimiento, de una sobredosis de gozo que milagrosamente compensaba todo su pasado justificándole la existencia.
Podía oír los acelerados latidos de un corazón que pareció palpitar por primera vez en esos momentos. El sol hacía centellear sus lágrimas en el aire antes de caer al canal que lo mecía como una tierna madre y tuvo la certeza, supo entonces que ya tenía la vida agotada; un lento escalofrío recorrió su espinazo y le inundó una sensación desconocida que supuso que era eso que llaman felicidad; algo que no venía de la esperanza sino de una antigua inocencia, de su propia raíz y lo recibió como una limosna de Dios. Se agarró al cristal de la ventana cerrando los húmedos ojos sumergiéndose en esa plenitud, deseando no volverlos a abrir nunca más. Un leve golpe de aire le hizo sentir el frescor de sus lágrimas en la cara y sonrió. El vaporetto siguió deslizándose parsimonioso por el Gran Canal hacia la dársena de la Piazza San Marco, en el Mar Adriático.

Directriz para "El Gran Canal" y "Las Limosnas de Dios"

Un jubilado que jamás soltó una lágrima en su vida, rompe a llorar en el Gran Canal de Venecia

13/8/08

El transeúnte

Los transeúntes con rostros inexpresivos se movían al mismo ritmo, como una masa uniforme y como programados hacia sus destinos.

Él avanzaba con paso enérgico por la concurrida acera de la avenida. Llevaba las mandíbulas comprimidas y la determinación propia del que sabe lo que quiere.

Si fuera por su aspecto podría pasar desapercibido, su estatura media, el traje caro o las gafas de sol, le proporcionaban un camuflaje perfecto en aquella zona de oficinas.

Tras los cristales oscuros, su vista entrenada detectó la arritmia proveniente de un ciego que caminaba con torpeza ajeno al peligro. Un paso más y caería inexorablemente por el agujero abierto en la acera. No fue la piedad, ni la solidaridad, fueron los reflejos involuntarios adquiridos en las agotadoras sesiones de squash, los que permitieron que en un movimiento rápido y preciso le asiera por el brazo justo a tiempo. Sin embargo no pudo evitar que en el tirón, sus lentes de marca cayeran en el hoyo.

Ensimismado con la profundad de la sima, no se percató cuando el ciego se reincorporó al torrente humano, ni de que los viandantes no hubieran reparado en el incidente, tampoco advirtió que sus facciones sin el refugio de las gafas ya no parecían tan duras. Ni siquiera su mente rápida y analítica pensó en la, más que viable, posibilidad de demanda a la ciudad por una obra sin señalizar.

La oscuridad en el agujero era total, sin embargo percibía alguna sensación agradable, tal vez, fuera el frescor que ascendía nítidamente desde el fondo.

Sin pensarlo metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó las monedas que encontró. Lanzó una y se quedó escuchando sin lograr detectar sonido alguno. A medida que iba tirando el resto le iba invadiendo una sensación dulce y no podía evitar una sonrisa bobalicona.

Miraba al fondo sin pensar mientras aflojaba el nudo de su corbata y soltaba el primer botón de la camisa, tal vez dio algunos pasos alrededor sin apartar la vista del enigmático lugar al tiempo que desanudaba del todo la corbata y tiraba lentamente sintiendo el roce de la seda en el cuello almidonado hasta que un instante después la veía volando hacia la oscuridad.

Con calma se sentó en el borde y con los pies colgando jugueteó tocando con los talones la pared. No hubo pausas entre la tentación, el reto y la acción. Con la punta del pie derecho presionó el tacón del izquierdo y el zapato siguió raudo su destino, el otro le fue a la zaga de inmediato hasta que ambos fueron engullidos por las sombras.

El hombre observaba fascinado e invadido con una extraña y casi familiar sensación de bienestar.

Del bolsillo interior de su chaqueta saco su cartera, la abrió y se entretuvo con el fajito de billetes perfectamente ordenados, se deleitó mientras se suspendían en el aire revoloteando. Entonces se acordó de los confetis navideños e incluso de la nieve cayendo suavemente en las noches de invierno. Aún conservaba el dinero de plástico. Ahora, pensó, sería mucho más divertido. Las tarjetas fueron saliendo disparadas de los dedos con la misma maestría que un samurai debía lanzar los mortíferos surikens. A continuación lanzó la cartera con todas sus identidades dentro. Cautivado ya por el aspecto lúdico imperante, se incorporó y orinó mansamente.

Cerró los ojos tratando de atrapar la intensidad del momento. A continuación abrió los brazos para ayudarse a respirar las sensaciones y se recreó en el momento de la semiflexión para tomar el impulso necesario previo a la ingravidez.

Los transeúntes con rostros inexpresivos se movían al mismo ritmo, como una masa uniforme y como programados hacia sus destinos. Algunos hombres llevaban trajes caros y gafas oscuras, avanzaban con paso enérgico por la concurrida acera de la avenida. Llevaban las mandíbulas comprimidas y la determinación propia del que sabe lo que quiere.

Óscar Zazo

Verano del 2008


Directriz: Alguien encuentra un agujero y se precipita dentro de él.

Inspector García

Tres meses antes de dar a luz la mujer del inspector García por fin le dio el nombre del que la dejó preñada. Él se lo exigió con la misma contundencia con la que solía interrogar a los sospechosos en comisaría. La esposa lo pronunció rápidamente no separando el nombre del apellido, ése que tanto deseaba escuchar, mientras cerraba despacio la puerta del portal. Él poli podría habérselo pedido a alguno de sus compañeros, el nombre y mucho más, pero quería escucharlo de su propia boca para oírlo como una declaración de culpa, otra más, a las que ya estaba acostumbrado, también lo deseaba para provocarle un reconocimiento de vergüenza. Necesitaba un nombre que le patentizara la gravedad de los hechos y volcar sobre él la responsabilidad de su propia mortificación. Le era tan necesario como encontrar la clave de un asunto o como poner un nombre al personaje principal de una novela. No le parecía conveniente saber nada más, trataba de contener su furia el tiempo necesario para que se consumiera sin consecuencias. Se reconocía capaz de cualquier temeridad, como por ejemplo; el presentarse en el trabajo del hombre con una barra de hierro en la mano, o esperarle en su casa, o cortarle los huevos y obligarle a tragárselos.

El inspector quería demasiado a su mujer, con auténtica obsesión, aceptaba con agrado su dependencia, no resistía su ausencia más allá de las ocho horas de jornada laboral y corría contento a su domicilio casi con la misma precipitación de su primera cita. Su amor extremo, poderoso, equilibraba su existencia, expiaba las culpas y le liberaba del peso de los remordimientos por tanto dolor vertido fuera de su hogar, de su santuario. La veneraba porque para él representaba todo lo digno de ser respetado en un ser humano. Se purificaba colmándola de atenciones y ternura santificándola como a una imagen que reflejara todas las virtudes en contraposición de toda la bajeza y vicio que estaba obligado a conocer y soportar como policía. A su lado, el discurrir del tiempo era una delicada quietud, la complacencia en la gloriosa simpleza del momento, el contento de la compañía anhelada. Disfrutaba mirándola cuando se pintaba los labios frente al espejo, al escuchar sus pasos, cuando sentía el roce de su tersa piel en el pequeño sofá, al percibir la sutileza de su aroma personal, al saborear el fresco que le dejaba en los labios la humedad de sus besos. Aparte del trabajo, no tenía otra dedicación más en la vida que el adorarla. Así se complacía y aceptaba en el paso del tiempo hasta que se clavó la única espina que había en su camino y detuvo su ventura.
Desde muy joven sintió el ansia de ser padre, un buen padre. Cuando conoció a su pareja, casi una niña, ya la quiso antes que como mujer, como madre de sus hijos. Eran entonces las ilusiones tan jóvenes y poderosas como ellos. Hablaban de sus futuros hijos sin cansarse y no se les agotaban las listas de nombres, debatían durante horas sobre cunas, vestiditos, vacunas, colegios, se cuchicheaban sus deseos, soñaban con ojos verde esmeralda y oscuros rizos. Pero pasaron los años, muchos, y cuando dejaron de hablar de sus niños ideales casi guardaron total silencio.

Ella supo un viernes que estaba embarazada pero esperó a primera hora de la mañana del lunes, justo en el momento en que el inspector jefe García salía para comunicárselo. Asomando por la puerta entreabierta de su casa la escuchó decir que estaba encinta. Se lo dijo con el mismo tono que le pedía que trajera su revista favorita. Más que el golpe de la durísima revelación, sufrió por la cruel impasibilidad de su rostro mirando al suelo y por como cerró la puerta; despacio y sin hacer ningún ruido.
Ambos sabían desde mucho tiempo atrás de su esterilidad. García, infecundo, infértil, fue desde entonces una condena para su mujer, un arenal tedioso, un futuro infructuoso, un agua estancada y pútrida. Ansiaba ser madre, dar vida, pero ese hombre estaba incapacitado para fecundarla y aferrado a ella la hundía en lo vano de su existencia. Sentía aumentar su angustia ante el vacío, se consideraba estafada por el destino.
Esa tarde, cuando regresó del trabajo, García se sentó a su lado, muy cerca, le tomó delicadamente una de sus manos y le juró mirándola a los ojos el querer a ese niño como si fuera suyo, el darle todo el cariño y la mejor educación que le pudiera dar, también le aseguró que el amor que sentía por ella era más fuerte que nunca y que pasara lo que pasara, jamás dejaría de quererla como lo había hecho hasta entonces, pero cuando se le acabaron las promesas ella retiró la mano de entre las suyas muy despacio y fijando la vista en el suelo dijo que lo mejor era que él se marchara, que dejara esa casa rogándole que no le impidiera esa oportunidad de ser feliz, de comenzar una nueva vida porque la que vivía junto a él estaba muerta y le estaba consumiendo.
Esa noche, el inspector cerró la puerta de su domicilio por última vez y ya en la calle lanzó una mirada a la ventana desde la que su mujer le despedía todas las mañanas saludándole con la mano. Le pareció muy pequeña con la luz apagada y las cortinas corridas. Arrancó su viejo Ford negro y entre visillos ella lo vio desaparecer cuando giró al final de la calle.

Fue tres meses antes de dar a luz cuando la esposa del inspector jefe García le dio al fin el nombre del padre de la niña que estaba gestando. La esperó en el portal y muy tranquilo le dijo que de ahí no se movería hasta no saberlo. Ella estaba harta de su insistencia, de escuchar esa pregunta. Le pedía el nombre igual que cuando interrogaba a algún sospechoso en comisaría. No quería descubrírselo porque aunque con ella siempre fue tierno, sabía que era un hombre cruel, que no llegó a comisario por su incontenible furia, aunque también sabía que García era un hombre de palabra y le prometió que le bastaba con el nombre, le garantizó que no le preguntaría nada más, que no le buscaría y que los dejaría vivir a los dos en paz. La mujer deseaba con toda el alma apartarle de su futuro definitivamente y vio la oportunidad en ese momento, creyó que llevándose ese bocado, esa mínima concesión, los dejaría seguir su camino mientras él se limitaría a rumiar su dolor hasta agotarlo en soledad. Por eso le dio el nombre, por eso lo dijo con un gesto de hartazgo y con una voz casi inaudible mientras cerraba el portal de su casa. Se llamaba Anastasio Cervantes, como el escritor, imposible de olvidar.

Cuando dio a luz, el inspector se presentó con un gran ramo de flores blancas en la habitación de la clínica, se las ofreció pero ella las rechazó sin hacer un gesto y sin decir una palabra, las dejó sobre una silla y la besó en la mejilla. Después se asomó a la cuna y comenzó a gimotear, la mujer vio como una rutilante lágrima se deslizaba muy despacio por su mejilla hasta caer como un goterón sobre la perfumada colchita rosa del moisés. Entonces tomó suavemente a la niña entre sus brazos y poniéndose de rodillas ante ella le suplicó amor, le prometió olvido, le juró querer a esa criatura más que a su vida, ser una familia, pero ella, inclemente; le ordenó con la serenidad a la que estaba acostumbrado que dejara al bebé en la cuna y que saliera inmediatamente del cuarto, “entiende de una vez que ya no te quiero. Vete por favor” dijo señalando la puerta y eso fue lo último que el poli oyó de sus labios.
Como borracho, deambuló durante un buen rato por la maternidad hasta encontrar la salida. Aturdido, casi sin ver por donde iba, no le importó disimular su trágica figura a los pacientes y visitantes, no le importó mostrar su llanto abierto. Al fin, sobre el asiento de su viejo Ford negro arrancó de inmediato y casi al instante chocó contra otro vehículo, un Ford blanco, en la misma entrada de la clínica. Como ajeno al accidente se secó las lágrimas con la manga y fijo la mirada en una pequeña fotografía que llevaba de su mujer en el salpicadero del coche, vio la sombra de un hombre que tocaba su ventanilla con los nudillos y él la bajó sin mirarle, el sujeto le pedía explicaciones pero al ver su lastimoso estado cambió el tono diciendo que todo se arreglaría, que le diera sus datos, que no habría problemas, que tenía mucha prisa porque venía a conocer a su hija recién nacida. El inspector jefe, impasible; no apartaba la vista de la foto; el hombre al fin le puso una tarjeta de visita delante de los ojos mientras le decía que no podía esperar y que se pusiera en contacto con él para rellenar los partes del seguro.

García pudo leer entre lágrimas su nombre: Anastasio Cervantes, inesperadamente, hizo presa en el cuello del individuo con su mano izquierda, mientras, con la derecha extrajo de la cartuchera su arma reglamentaria.
Antes de morir, Anastasio Cervantes vio aterrorizado la foto de la madre de su hija en el salpicadero de ese coche. El inspector disparó todas las balas menos una en la cara del hombre, así, sin soltarle, metió el cañón humeante y caliente de la pistola en la boca y mirando a su mujer apretó el gatillo.


V. Pisabarro


Directriz: Un hombre tiene un accidente de tráfico cuando va a conocer a su hijo recién nacido, el conductor del coche con el que colisionó le dispara y le mata.