13/8/08

El transeúnte

Los transeúntes con rostros inexpresivos se movían al mismo ritmo, como una masa uniforme y como programados hacia sus destinos.

Él avanzaba con paso enérgico por la concurrida acera de la avenida. Llevaba las mandíbulas comprimidas y la determinación propia del que sabe lo que quiere.

Si fuera por su aspecto podría pasar desapercibido, su estatura media, el traje caro o las gafas de sol, le proporcionaban un camuflaje perfecto en aquella zona de oficinas.

Tras los cristales oscuros, su vista entrenada detectó la arritmia proveniente de un ciego que caminaba con torpeza ajeno al peligro. Un paso más y caería inexorablemente por el agujero abierto en la acera. No fue la piedad, ni la solidaridad, fueron los reflejos involuntarios adquiridos en las agotadoras sesiones de squash, los que permitieron que en un movimiento rápido y preciso le asiera por el brazo justo a tiempo. Sin embargo no pudo evitar que en el tirón, sus lentes de marca cayeran en el hoyo.

Ensimismado con la profundad de la sima, no se percató cuando el ciego se reincorporó al torrente humano, ni de que los viandantes no hubieran reparado en el incidente, tampoco advirtió que sus facciones sin el refugio de las gafas ya no parecían tan duras. Ni siquiera su mente rápida y analítica pensó en la, más que viable, posibilidad de demanda a la ciudad por una obra sin señalizar.

La oscuridad en el agujero era total, sin embargo percibía alguna sensación agradable, tal vez, fuera el frescor que ascendía nítidamente desde el fondo.

Sin pensarlo metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó las monedas que encontró. Lanzó una y se quedó escuchando sin lograr detectar sonido alguno. A medida que iba tirando el resto le iba invadiendo una sensación dulce y no podía evitar una sonrisa bobalicona.

Miraba al fondo sin pensar mientras aflojaba el nudo de su corbata y soltaba el primer botón de la camisa, tal vez dio algunos pasos alrededor sin apartar la vista del enigmático lugar al tiempo que desanudaba del todo la corbata y tiraba lentamente sintiendo el roce de la seda en el cuello almidonado hasta que un instante después la veía volando hacia la oscuridad.

Con calma se sentó en el borde y con los pies colgando jugueteó tocando con los talones la pared. No hubo pausas entre la tentación, el reto y la acción. Con la punta del pie derecho presionó el tacón del izquierdo y el zapato siguió raudo su destino, el otro le fue a la zaga de inmediato hasta que ambos fueron engullidos por las sombras.

El hombre observaba fascinado e invadido con una extraña y casi familiar sensación de bienestar.

Del bolsillo interior de su chaqueta saco su cartera, la abrió y se entretuvo con el fajito de billetes perfectamente ordenados, se deleitó mientras se suspendían en el aire revoloteando. Entonces se acordó de los confetis navideños e incluso de la nieve cayendo suavemente en las noches de invierno. Aún conservaba el dinero de plástico. Ahora, pensó, sería mucho más divertido. Las tarjetas fueron saliendo disparadas de los dedos con la misma maestría que un samurai debía lanzar los mortíferos surikens. A continuación lanzó la cartera con todas sus identidades dentro. Cautivado ya por el aspecto lúdico imperante, se incorporó y orinó mansamente.

Cerró los ojos tratando de atrapar la intensidad del momento. A continuación abrió los brazos para ayudarse a respirar las sensaciones y se recreó en el momento de la semiflexión para tomar el impulso necesario previo a la ingravidez.

Los transeúntes con rostros inexpresivos se movían al mismo ritmo, como una masa uniforme y como programados hacia sus destinos. Algunos hombres llevaban trajes caros y gafas oscuras, avanzaban con paso enérgico por la concurrida acera de la avenida. Llevaban las mandíbulas comprimidas y la determinación propia del que sabe lo que quiere.

Óscar Zazo

Verano del 2008


Directriz: Alguien encuentra un agujero y se precipita dentro de él.

Inspector García

Tres meses antes de dar a luz la mujer del inspector García por fin le dio el nombre del que la dejó preñada. Él se lo exigió con la misma contundencia con la que solía interrogar a los sospechosos en comisaría. La esposa lo pronunció rápidamente no separando el nombre del apellido, ése que tanto deseaba escuchar, mientras cerraba despacio la puerta del portal. Él poli podría habérselo pedido a alguno de sus compañeros, el nombre y mucho más, pero quería escucharlo de su propia boca para oírlo como una declaración de culpa, otra más, a las que ya estaba acostumbrado, también lo deseaba para provocarle un reconocimiento de vergüenza. Necesitaba un nombre que le patentizara la gravedad de los hechos y volcar sobre él la responsabilidad de su propia mortificación. Le era tan necesario como encontrar la clave de un asunto o como poner un nombre al personaje principal de una novela. No le parecía conveniente saber nada más, trataba de contener su furia el tiempo necesario para que se consumiera sin consecuencias. Se reconocía capaz de cualquier temeridad, como por ejemplo; el presentarse en el trabajo del hombre con una barra de hierro en la mano, o esperarle en su casa, o cortarle los huevos y obligarle a tragárselos.

El inspector quería demasiado a su mujer, con auténtica obsesión, aceptaba con agrado su dependencia, no resistía su ausencia más allá de las ocho horas de jornada laboral y corría contento a su domicilio casi con la misma precipitación de su primera cita. Su amor extremo, poderoso, equilibraba su existencia, expiaba las culpas y le liberaba del peso de los remordimientos por tanto dolor vertido fuera de su hogar, de su santuario. La veneraba porque para él representaba todo lo digno de ser respetado en un ser humano. Se purificaba colmándola de atenciones y ternura santificándola como a una imagen que reflejara todas las virtudes en contraposición de toda la bajeza y vicio que estaba obligado a conocer y soportar como policía. A su lado, el discurrir del tiempo era una delicada quietud, la complacencia en la gloriosa simpleza del momento, el contento de la compañía anhelada. Disfrutaba mirándola cuando se pintaba los labios frente al espejo, al escuchar sus pasos, cuando sentía el roce de su tersa piel en el pequeño sofá, al percibir la sutileza de su aroma personal, al saborear el fresco que le dejaba en los labios la humedad de sus besos. Aparte del trabajo, no tenía otra dedicación más en la vida que el adorarla. Así se complacía y aceptaba en el paso del tiempo hasta que se clavó la única espina que había en su camino y detuvo su ventura.
Desde muy joven sintió el ansia de ser padre, un buen padre. Cuando conoció a su pareja, casi una niña, ya la quiso antes que como mujer, como madre de sus hijos. Eran entonces las ilusiones tan jóvenes y poderosas como ellos. Hablaban de sus futuros hijos sin cansarse y no se les agotaban las listas de nombres, debatían durante horas sobre cunas, vestiditos, vacunas, colegios, se cuchicheaban sus deseos, soñaban con ojos verde esmeralda y oscuros rizos. Pero pasaron los años, muchos, y cuando dejaron de hablar de sus niños ideales casi guardaron total silencio.

Ella supo un viernes que estaba embarazada pero esperó a primera hora de la mañana del lunes, justo en el momento en que el inspector jefe García salía para comunicárselo. Asomando por la puerta entreabierta de su casa la escuchó decir que estaba encinta. Se lo dijo con el mismo tono que le pedía que trajera su revista favorita. Más que el golpe de la durísima revelación, sufrió por la cruel impasibilidad de su rostro mirando al suelo y por como cerró la puerta; despacio y sin hacer ningún ruido.
Ambos sabían desde mucho tiempo atrás de su esterilidad. García, infecundo, infértil, fue desde entonces una condena para su mujer, un arenal tedioso, un futuro infructuoso, un agua estancada y pútrida. Ansiaba ser madre, dar vida, pero ese hombre estaba incapacitado para fecundarla y aferrado a ella la hundía en lo vano de su existencia. Sentía aumentar su angustia ante el vacío, se consideraba estafada por el destino.
Esa tarde, cuando regresó del trabajo, García se sentó a su lado, muy cerca, le tomó delicadamente una de sus manos y le juró mirándola a los ojos el querer a ese niño como si fuera suyo, el darle todo el cariño y la mejor educación que le pudiera dar, también le aseguró que el amor que sentía por ella era más fuerte que nunca y que pasara lo que pasara, jamás dejaría de quererla como lo había hecho hasta entonces, pero cuando se le acabaron las promesas ella retiró la mano de entre las suyas muy despacio y fijando la vista en el suelo dijo que lo mejor era que él se marchara, que dejara esa casa rogándole que no le impidiera esa oportunidad de ser feliz, de comenzar una nueva vida porque la que vivía junto a él estaba muerta y le estaba consumiendo.
Esa noche, el inspector cerró la puerta de su domicilio por última vez y ya en la calle lanzó una mirada a la ventana desde la que su mujer le despedía todas las mañanas saludándole con la mano. Le pareció muy pequeña con la luz apagada y las cortinas corridas. Arrancó su viejo Ford negro y entre visillos ella lo vio desaparecer cuando giró al final de la calle.

Fue tres meses antes de dar a luz cuando la esposa del inspector jefe García le dio al fin el nombre del padre de la niña que estaba gestando. La esperó en el portal y muy tranquilo le dijo que de ahí no se movería hasta no saberlo. Ella estaba harta de su insistencia, de escuchar esa pregunta. Le pedía el nombre igual que cuando interrogaba a algún sospechoso en comisaría. No quería descubrírselo porque aunque con ella siempre fue tierno, sabía que era un hombre cruel, que no llegó a comisario por su incontenible furia, aunque también sabía que García era un hombre de palabra y le prometió que le bastaba con el nombre, le garantizó que no le preguntaría nada más, que no le buscaría y que los dejaría vivir a los dos en paz. La mujer deseaba con toda el alma apartarle de su futuro definitivamente y vio la oportunidad en ese momento, creyó que llevándose ese bocado, esa mínima concesión, los dejaría seguir su camino mientras él se limitaría a rumiar su dolor hasta agotarlo en soledad. Por eso le dio el nombre, por eso lo dijo con un gesto de hartazgo y con una voz casi inaudible mientras cerraba el portal de su casa. Se llamaba Anastasio Cervantes, como el escritor, imposible de olvidar.

Cuando dio a luz, el inspector se presentó con un gran ramo de flores blancas en la habitación de la clínica, se las ofreció pero ella las rechazó sin hacer un gesto y sin decir una palabra, las dejó sobre una silla y la besó en la mejilla. Después se asomó a la cuna y comenzó a gimotear, la mujer vio como una rutilante lágrima se deslizaba muy despacio por su mejilla hasta caer como un goterón sobre la perfumada colchita rosa del moisés. Entonces tomó suavemente a la niña entre sus brazos y poniéndose de rodillas ante ella le suplicó amor, le prometió olvido, le juró querer a esa criatura más que a su vida, ser una familia, pero ella, inclemente; le ordenó con la serenidad a la que estaba acostumbrado que dejara al bebé en la cuna y que saliera inmediatamente del cuarto, “entiende de una vez que ya no te quiero. Vete por favor” dijo señalando la puerta y eso fue lo último que el poli oyó de sus labios.
Como borracho, deambuló durante un buen rato por la maternidad hasta encontrar la salida. Aturdido, casi sin ver por donde iba, no le importó disimular su trágica figura a los pacientes y visitantes, no le importó mostrar su llanto abierto. Al fin, sobre el asiento de su viejo Ford negro arrancó de inmediato y casi al instante chocó contra otro vehículo, un Ford blanco, en la misma entrada de la clínica. Como ajeno al accidente se secó las lágrimas con la manga y fijo la mirada en una pequeña fotografía que llevaba de su mujer en el salpicadero del coche, vio la sombra de un hombre que tocaba su ventanilla con los nudillos y él la bajó sin mirarle, el sujeto le pedía explicaciones pero al ver su lastimoso estado cambió el tono diciendo que todo se arreglaría, que le diera sus datos, que no habría problemas, que tenía mucha prisa porque venía a conocer a su hija recién nacida. El inspector jefe, impasible; no apartaba la vista de la foto; el hombre al fin le puso una tarjeta de visita delante de los ojos mientras le decía que no podía esperar y que se pusiera en contacto con él para rellenar los partes del seguro.

García pudo leer entre lágrimas su nombre: Anastasio Cervantes, inesperadamente, hizo presa en el cuello del individuo con su mano izquierda, mientras, con la derecha extrajo de la cartuchera su arma reglamentaria.
Antes de morir, Anastasio Cervantes vio aterrorizado la foto de la madre de su hija en el salpicadero de ese coche. El inspector disparó todas las balas menos una en la cara del hombre, así, sin soltarle, metió el cañón humeante y caliente de la pistola en la boca y mirando a su mujer apretó el gatillo.


V. Pisabarro


Directriz: Un hombre tiene un accidente de tráfico cuando va a conocer a su hijo recién nacido, el conductor del coche con el que colisionó le dispara y le mata.